La protagonista
(La Reina de Concreto)
Edad y Profesión: 42 años. CEO de Rangel & Asociados Ingeniería, una de las firmas de arquitectura y construcción más cotizadas del país. Seria, con carácter.
El protagonista
Gael "Gaelito" Navarro Fuentes (El Torbellino de Azúcar)
Edad y Profesión: 35 años. Arquitecto de alma bohemia.
Personalidad: Mide 1.90 m, tiene un cuerpo de infarto, una cara de ángel que es pura fachada y una sonrisa burlona que desarma a cualquiera.
La cupido de la historia
Zoe (10 años): Una miniversión de su padre pero con un doctorado en ironía. Lengua afilada, defensora de la justicia y alérgica a la prepotencia y a la gente altanera. Odia mortalmente a la "amiga fija" de su papá, a quien considera una grosería estética y mental.
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RENDICIÓN BAJO LA PENUMBRA
El reloj digital sobre el enorme escritorio de cristal marcaba las nueve y cuatro minutos de la noche. En la planta dieciocho de Guzmán & Asociados Ingeniería, el silencio era absoluto y sepulcral. Todos los empleados llevaban horas habiendo abandonado el edificio, dejando a Miranda sola en su despacho con la única compañía de una lámpara de escritorio y una pila interminable de informes financieros que fingía leer con atención milimétrica.
Habían pasado tres días desde el altercado en el sótano de la obra. Tres días de evasión sistemática, de reuniones reprogramadas a través de intermediarios, de correos electrónicos puramente técnicos y de una huida constante que rozaba la paranoia clínica. Miranda se había blindado tras una muralla de reuniones interminables, negándose a pisar el sitio de construcción y prohibiendo expresamente cualquier llamada proveniente del estudio de arquitectura de los andes. Sin embargo, sentada allí en la oscuridad de su oficina, sabía perfectamente que estaba jugando una partida que ya había perdido. Su reflejo en la pantalla apagada del ordenador le devolvía la imagen de una mujer agotada de tanto sostener una armadura que ya no tenía piezas donde encajar.
Un sonido seco y amortiguado en la puerta principal del despacho rompió la quietud de la noche.
Miranda contuvo la respiración, con los ojos clavados en la madera de caoba. Creyó por un segundo que se trataba de su imaginación jugándole una mala pasada debido al exceso de cafeína y al insomnio acumulado. Pero el picaporte giró con suavidad y la puerta se abrió con una lentitud exasperante.
En el umbral, recortado por la tenue luz del pasillo, apareció Gael. Llevaba la chaqueta de cuero abierta, la camisa ligeramente desabotonada en el cuello y esa expresión de absoluta determinación que hacía que el pulso de Miranda se descontrolara al instante.
—Ya está bien de huir, Miri —dijo Gael con su voz ronca, grave y resonando con una autoridad suave que le heló la sangre.
Miranda se puso de pie de un salto, sintiendo que el suelo se le movía bajo los pies, y estiró un brazo hacia adelante en un gesto instintivo de defensa.
—¡Largo de aquí! ¡Estás violando la propiedad privada y los acuerdos de distancia! ¡Eres un imbécil descarado y te juro que si das un paso más voy a llamar a seguridad! —estalló Miranda, lanzándole un cúmulo de insultos desesperados en un intento fútil por mantenerlo a raya.
Gael no se detuvo ni un segundo. Cruzó el despacho con pasos largos y firmes, inmune a sus advertencias, hasta acorralarla contra el borde del escritorio. Miranda intentó retroceder, pero las caderas le chocaron contra el vidrio frío, cerrándole cualquier ruta de escape.
—¿Insultarme es lo único que te queda, ingeniera? —susurró él, acortando la distancia hasta que su aliento cálido rozó sus labios—. ¿No te das cuenta de que estoy completamente loco por ti? ¡No soporto que me trates con esa maldita indiferencia cuando los dos sabemos perfectamente lo que pasa entre nosotros!
Antes de que Miranda pudiera articular una sola palabra de réplica, Gael la agarró con firmeza de la cintura y la levantó sin esfuerzo, sentándola de golpe sobre la superficie de cuero del amplio sofá ejecutivo situado a un costado de la oficina.
Sus labios cayeron sobre los de ella con un hambre voraz, un deseo desbordado y acumulado durante tres largos días de ausencia. El beso fue profundo, exigente y devastador. Las manos de Gael se deslizaron con desesperación por su espalda, arqueando el cuerpo de Miranda hacia el suyo mientras la devoraba sin contemplaciones.
Ella intentó protestar con un gemido ahogado, pero el calor de su boca disolvió cualquier resistencia. Los labios de Gael descendieron con urgencia por la línea de su mandíbula, recorriendo el cuello de Miranda con besos húmedos y febriles que le arrancaron un escalofrío de los pies a la cabeza. Siguió la trayectoria descendente hasta la clavícula, mordiendo con suavidad la piel sensible mientras una de sus manos hábiles desabotonaba con rapidez los primeros botones de su camisa de seda.
—No... por favor, Gael, no... —balbuceó Miranda entre suspiros quebrados, sintiendo que el suelo de sus convicciones se derrumbaba por completo.
Pero sus palabras fueron ignoradas cuando la tela cedió y Gael apartó la seda para dejar al descubierto un seno turgente. Sin vacilar un segundo, inclinó la cabeza y se lo metió en la boca, succionándolo con una mezcla de hambre y devoción, mientras sus dientes mordían levemente el pezón endurecido.
Miranda soltó un grito ahogado de puro deseo, arqueando la espalda con violencia y enterrando los dedos en el cabello castaño de Gael, empujándolo hacia su pecho en un acto involuntario de entrega total.
Las manos del arquitecto no se detuvieron allí. Con una agilidad desesperada, se deslizaron por debajo de su falda lápiz, recorriendo la suavidad de sus muslos hasta encontrar la lencería de encaje. Con un movimiento experto, apartó la tela y metió dos dedos directamente en su intimidad, encontrándola completamente empapada y temblando de necesidad. Al tocarle el clítoris con una presión exacta y rítmica, Miranda emitió un gemido desgarrador y levantó las caderas con fuerza contra su mano, perdiendo el control absoluto de sus sentidos.
El orgasmo la golpeó como una ola sísmica de escala incontrolable: un temblor violento recorrió cada centímetro de su cuerpo mientras gritaba su nombre contra su hombro, abandonándose por completo al abismo del placer.
Cuando las últimas réplicas del clímax la dejaron sin aliento, con el pecho subiendo y bajando desbocado y el cuerpo relajado sobre el sofá, Gael retiró lentamente los dedos mojados de su intimidad. Ante la mirada atónita de Miranda, que la observaba con los ojos cristalinos y dilatados, Gael se llevó los dedos a los labios y se chupó con una lentitud deliberada, saboreando los jugos de ella con una intensidad posesiva que la dejó sin habla.
Miranda se quedó inmóvil, con la camisa abierta, el cabello revuelto y el corazón latiendo a mil por hora, incapaz de apartar los ojos de él. Con la voz temblorosa, rota y completamente desarmada, le murmuró en un susurro apenas audible:
—Dime... ¿qué demonios me has hecho, Gael?