Él domina un imperio, pero ante ella se vuelve un cobarde.
Dominic Sterling es el implacable magnate de la moda inclusiva en Nueva York, un hombre frío que construyó una fortaleza de éxito para proteger a su madre, Elena, de los fantasmas del pasado. Pero cuando Scarlett Sinclair —una brillante y hermosa diseñadora de alta costura que pisa fuerte en sus tacones altos— irrumpe en su empresa, el control de Dominic se desmorona.
Scarlett busca un socio, pero encuentra a un hombre que la desarma y que, al mismo tiempo, levanta una barrera de hielo por pánico a ser vulnerable. Mientras Dominic calla lo que siente, la llegada del carismático fotógrafo Julian Beck amenaza con alejar a Scarlett para siempre. Atrapado en su propio silencio, Dominic se enfrentará a la prueba más difícil: descubrir si el orgullo vale más que el precio de amarte.
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11: La Víspera de la Tormenta
El reloj digital del taller marcaba las doce y media de la noche. Fuera, Manhattan dormía bajo un manto de neblina, pero dentro del centro de operaciones de Sterling Textiles el ambiente era una olla a presión. Era la noche anterior al gran desfile de modas, el evento crucial que consolidaría la alianza empresarial entre Dominic y Scarlett. Durante el día, el lugar había sido un escenario histérico: costureras corriendo con alfileres en la boca, coordinadores de pasarela gritando por los radiocomunicadores y asistentes al borde del colapso revisando las listas de invitados. Sin embargo, a medianoche, el silencio finalmente se apoderó del lugar cuando el último empleado se marchó. En medio de la penumbra, iluminados solo por una lámpara de pie, Scarlett y Dominic se quedaron completamente solos en el taller, realizando la última y minuciosa revisión del vestido principal que cerraría la pasarela.
Dominic, con la camisa abierta en el cuello y la corbata desanudada, observaba cómo Scarlett realizaba un ajuste imperceptible en el encaje del maniquí. El silencio entre ambos era tan denso que se podía cortar con un hilo. Scarlett, consciente de que esta era una de sus últimas noches juntos en Nueva York antes de abordar un avión rumbo a Europa, sintió que el pecho le ardía por la frustración de tanto dolor acumulado. Ya no podía seguir fingiendo. Dejó caer las tijeras sobre la mesa de madera con un golpe seco, rompiendo la calma ficticia.
Se giró hacia él. Sus ojos claros, fijos en la mirada oscura del magnate, se cristalizaron por completo, y las lágrimas que había estado conteniendo durante semanas comenzaron a rodar por sus mejillas.
—¿De verdad no significo nada para ti, Dominic? —preguntó Scarlett, con la voz quebrada por el dolor, plantándose firme sobre sus tacones—. Dime si todo este mes, cada noche desvelándonos, cada roce y cada mirada fueron solo una maldita transacción comercial para ti. ¡Dímelo!
Al ver sus lágrimas, algo se rompió dentro de Dominic. Olvidándose de sus propias reglas, dio tres pasos largos, recortando la distancia entre ambos, y la sostuvo con fuerza por los hombros. La atrajo hacia sí con una desesperación que no pudo ocultar. La tenía tan cerca que podía sentir el calor de su respiración agitada contra sus labios y el aroma dulce de su perfume inundándole los sentidos. Por dentro, Dominic se estaba quemando vivo; su alma le gritaba que la estrechara contra su pecho, que la besara con toda la pasión que le carcomía las entrañas y que le rogara, de rodillas si era necesario, que no abordara ese maldito avión, que no se fuera con Julian, que se quedara a su lado para siempre porque ella era su única luz.
Pero en el último milisegundo, justo cuando las palabras de confesión estaban a punto de salir de su boca, los fantasmas de su infancia regresaron al ataque. El pánico destructivo a quedar completamente vulnerable, el terror absoluto a entregar el control de su vida y el miedo arraigado a que el amor lo destruyera como destruyó a su madre, lo atenazaron con la fuerza de un tornillo de banco. La cobardía ganó la batalla.
Dominic abrió los ojos, asustado de su propio impulso. Con un movimiento brusco, soltó el agarre de sus hombros, dio un paso atrás para alejarse de su calor y le dio la espalda, clavando la mirada en la pared vacía para que ella no pudiera ver la tormenta de dolor que cruzaba sus facciones.
—Usted lo dijo ayer, señorita Sinclair —articuló Dominic, con una voz que recuperó una rigidez gélida y artificial que le desgarró la garganta—. Esto es un negocio. Que tenga un buen viaje, señorita Sinclair. Espero que Europa le dé el éxito que busca.
Scarlett retrocedió un paso, sintiendo cómo esas palabras terminaban de destrozar los últimos pedazos de su corazón. La indiferencia fingida de Dominic fue la estocada final. Sin decir una sola palabra más, tomó su bolso y salió corriendo del taller, con el sonido de sus tacones desvaneciéndose en el pasillo mientras se ahogaba en un llanto amargo.
Al escuchar el eco del ascensor cerrándose, Dominic se quedó completamente solo en la inmensidad del taller. El silencio regresó, pero esta vez vino acompañado de una culpa sofocante. Se giró despacio y vio su propio reflejo en el gran espejo de cuerpo entero del fondo: la viva imagen de un hombre poderoso ante el mundo, pero un absoluto cobarde ante el amor. La frustración, el odio hacia sus propios miedos y la certeza de que acababa de perder para siempre a la única mujer que lo había hecho sentir vivo, lo desbordaron.
Dominic rugió de rabia y, cerrando el puño con todas sus fuerzas, estrelló su mano directamente contra el cristal. El espejo se fragmentó en mil pedazos con un estallido ensordecedor, salpicando el suelo de madera con astillas brillantes, mientras Dominic caía de rodillas entre los vidrios rotos, mirando sus manos ensangrentadas en medio de la más absoluta y dolorosa soledad.