Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.
El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.
Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.
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CAPITULO 21 EL FRÍO Y EL FUEGO
(Narrado por Emiliano Fierro)
El agua me golpeó con fuerza, fría y repentina, pero no me detuve. Mis manos la buscaron en la penumbra del fondo, y en cuanto la encontré, la ceñí con fuerza por la cintura, pegándola contra mi pecho para que no se hundiera más. Ella aferró su cuello con ambas manos, los dedos entrelazándose detrás de mi nuca como si fuera el único punto firme en todo el mundo, y apoyó la cara en mi hombro, temblando.
—¿Estás bien? —le pregunté al oído, con la voz ronca por el esfuerzo y el agua.
Ella asintió contra mi piel, sin separarse.
—Sí… ya estoy tranquila —susurró.
—Vamos, salgamos de aquí antes de que te dé una hipotermia —dije, y nadé con brazadas largas y seguras hasta el borde de la alberca. La ayudé a sentarse en el borde mojado, donde el sol ya no calentaba tanto. Miré a su alrededor, frunciendo el ceño—: ¿Y Susana? ¿Dónde se quedó?
—Me dijo que iba al baño un momento —respondió ella, pasándose una mano por la cara para apartar el pelo mojado.
Me puse de pie de un salto, el agua empapando el suelo de piedra alrededor. Me quité el saco de traje y lo dejé caer al suelo, luego la camisa y la corbata, quedándome solo con los pantalones empapados. Sentí cómo el agua bajaba por mi torso, dibujando cada músculo, cada línea marcada por años de disciplina y esfuerzo. Al levantar la vista, vi que Camila no apartaba la mirada: sus ojos recorrieron mi pecho, mis abdominales, y se puso roja de golpe al darse cuenta de que la había visto.
Le extendí la mano, firme y segura.
—Ven —le dije.
La tomé de la mano, la levanté sin esfuerzo y la cargué en brazos; ella pesaba muy poco, casi nada entre mis brazos. Susana apareció corriendo desde el pasillo, con la cara descompuesta.
—¡Ay, señorita Camila, lo siento muchísimo! —exclamó, casi llorando—. Se me fue el tiempo y…
—No pasa nada —la interrumpió Camila suavemente, apoyando la cabeza en mi hombro—. Fue mi culpa, no debí caminar sola por ahí. No se preocupe.
Caminé con paso firme hacia la casa, subí las escaleras hasta mi habitación y la dejé en pie junto al baño.
—Entra —le dije abriendo la puerta—. Toma una ducha caliente, te vas a enfermar si te quedas así. Ya te traigo ropa seca.
—Me da mucha pena, Emiliano… —empezó a decir, bajando la vista.
Sonreí, una sonrisa segura y masculina, y le toqué la barbilla para que me mirara.
—Ándale, como si no nos conociéramos ya —le dije con tono de broma, pero con esa firmeza que no admite negativas—. Date prisa.
Fui al armario y busqué lo primero que encontré que le pudiera servir: un pants negro de mi hermana, que solía dejar aquí cuando venía, y un top de algodón suave del mismo color. También saqué unos bóxers nuevos de Calvin Klein y un sostén que estaba ahí olvidado, sin usar. Lo puse todo en una toalla limpia y regresé a la puerta del baño.
—Te lo dejo aquí en el pomo —dije, golpeando suavemente la madera—. ¿Entendido?
—Sí, gracias —respondió ella desde adentro, con la voz aún temblorosa.
Me fui al baño de invitados, me quité lo que quedaba de ropa mojada y me puse un pantalón deportivo negro y una sudadera gruesa del mismo color. Cuando salí, pasaron unos quince minutos más hasta que ella apareció en la puerta. El pantalón le quedaba un poco largo, pero se lo había doblado en los tobillos. Le di un peine y la secadora.
—Seca bien el pelo —le ordené—.
Bajamos al comedor poco después. La mesa estaba puesta con el pollo al asador dorado y crujiente, el arroz rojo esponjoso, las ensaladas frescas y las salsas que ella había preparado. Me senté y comí sin detenerme: cada bocado era perfecto, lleno de sabor, sin esa sensación extraña que siempre me cierra la garganta. Cuando terminé, el plato estaba vacío.
—Está buenísimo —dije, mirándola mientras ella permanecía sentada frente a mí, con las manos juntas en el regazo—. ¿Qué vas a preparar para la cena de esta noche?
—Carne marinada a la parrilla —respondió ella en voz baja.
Asentí.
—Nunca la he probado —dije—.
Subí de nuevo a mi habitación para revisar unos informes y responder correos, pero apenas pasaron unos minutos cuando sonó el teléfono. Era mi madre.
—Ya estoy en la sala, mi amor —dijo con su tono cariñoso—. ¿Dónde te metiste?
Miré el reloj: eran las ocho en punto, y el viento golpeaba fuerte contra los ventanales; se sentía mucho frío. Bajé las escaleras rápido. Mi madre estaba sentada en el sofá principal, con su abrigo de lana claro y esa elegancia que la caracteriza. Se levantó al verme y me dio un beso en la mejilla.
—Hola, mamá —le dije—. No hubieras venido con este frío.
—Y perderme a la mujer especial que logra que comas? Ni lo sueñes —respondió ella, apretándome el brazo—. Tengo que conocerla sí o sí.
En ese momento apareció Camila en la puerta del comedor, frotándose los brazos por el frío que entraba por las ventanas abiertas. Sin pensarlo dos veces, me quité la sudadera y se la entregué.
—Póntela —le ordené suavemente—. Te vas a congelar.
Mi madre la miró con ternura, se acercó a ella y le ayudó a ponérsela, acomodándole el cuello.
—Bienvenida, hija —le dijo con una sonrisa sincera—. Gracias por todo lo que estás haciendo por él.
Camila asintió, con los ojos brillantes de emoción, y explicó cada uno de los platillos con calma antes de sentarse justo al lado mío. Mi madre siempre había sido muy extrovertida, directa y cariñosa; nada más empezar a comer, no dejó de preguntarle cosas, con esa curiosidad que le sale del alma. Sé que ella siempre ha querido que yo me case por amor, que elija a alguien con quien sea feliz, aunque mi padre siempre insistió en matrimonios arreglados entre familias de negocios, para unir empresas y fortunas. Pero mi madre nunca se rindió en que siguiera mi corazón.
—Dime, mi niña —empezó—, ¿tienes hermanos? ¿O eres hija única?
Camila sonrió, con una expresión dulce.
—Tengo una hermana menor y cuatro hermanos adoptados —respondió—.
—¡Qué maravilla! —exclamó mi madre—. ¿Y de dónde eres?¿De Canadá?.
—Sí,—. Pero nací y crecí una parte de mi vida en México. Mi papá es dueño de una empresa de licores, además tiene tierras de cultivo y ganado; comercializamos todo tipo de productos del campo.
—¡Un empresario como tú, Emiliano! —dijo mi madre, mirándome—. ¿Y tu hermana? ¿Es menor o mayor? ¿Vive aquí cerca?
Camila hizo una pausa breve, se le apagó un poco la sonrisa y bajó la mirada hacia su plato.
—Es menor que yo por dos años —dijo muy bajito—. Vivía en Canadá … pero murió hace dos meses y una semana.
Mi madre se llevó la mano a la boca, con los ojos llenos de lágrimas.
—Lo siento muchísimo, mi vida —dijo, acercándose para darle una palmadita en la mano—. Perdóname por preguntar, no tenía idea.
—No se preocupe —respondió Camila, alzando la vista con fuerza—. Todo bien. La vida sigue, ¿no? Estoy aprendiendo a vivir sin ella poco a poco.
Le hice una seña rápida a mi madre con la mirada para que no siguiera tocando el tema, y ella entendió al instante.
—La verdad —dijo entonces, limpiándose una lágrima—, estoy tan feliz de ver esto. Nunca en mi vida lo vi comer así, terminarse todo el plato sin dejar nada. Hace años que no necesitamos sueros ni medicamentos para que retenga la comida… y verlo ahora así, gracias a ti… no tienes idea de lo que significa para nosotros.
Me miró a mí, con los ojos todavía húmedos, y luego volvió a mirar a Camila con gratitud infinita.
—Eres una mujer maravillosa —añadió.
Camila sonrió de nuevo, más relajada esta vez.
—Muchísimas gracias, señora —dijo—. Le aseguro que lo hago con todo el cariño del mundo. Me alegra mucho poder ayudarle.