Liam Volkov es un CEO implacable que cree que el dinero puede comprarlo todo, excepto la salud de su único heredero, el pequeño Ian, quien padece una enfermedad cardíaca degenerativa. Desesperado y tras haber despedido a diez especialistas, se cruza con la Dra. Elena Ríos, una cardióloga brillante, extrovertida y sin filtros que no le teme a sus gritos ni a su fortuna.
Mientras la villana, Sabrina Valois (la ambiciosa prometida de Liam), planea la "muerte accidental" del niño para heredar la fortuna Volkov, Elena se convierte en el escudo de Ian. Pero en el proceso de salvar la vida del pequeño, Elena terminará operando el órgano más difícil de tratar: el corazón de piedra de su padre.
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Capitulo 4
La suite del Hospital Central no parecía una habitación médica; parecía la celda de cristal de un príncipe moderno. Había flores frescas que se renovaban cada mañana, una televisión de ochenta pulgadas que emitía documentales en silencio y una hilera de máquinas de última generación cuyos ledes azules parpadeaban como ojos artificiales. En medio de toda esa opulencia tecnológica, Ian Volkov parecía un pequeño náufrago.
Elena entró en la habitación sin pedir permiso, haciendo que el chirrido de sus zapatos de goma sobre el mármol rompiera el silencio sepulcral.
Liam ya estaba allí, de pie junto a la ventana, hablando por un manos libres sobre una fusión de empresas en Tokio. Al verla, cortó la comunicación de golpe.
—Llega tarde, doctora —dijo Liam, consultando su reloj con la precisión de un verdugo.
Elena no le respondió. Ni siquiera lo miró. Su atención estaba centrada totalmente en el niño. Ian estaba sentado en la cama, con la espalda encorvada y los ojos fijos en una tableta electrónica. Su piel tenía un tono grisáceo, y las ojeras marcaban su rostro infantil con una profundidad que le dolió a Elena en el alma.
—Hola, pequeño guerrero —dijo Elena, acercándose con suavidad.
Ian no levantó la vista. Sus dedos se movían mecánicamente sobre la pantalla, matando alienígenas en un bucle infinito.
Elena frunció el ceño. Se acercó a los monitores y empezó a revisar el flujo de medicamentos que goteaban en el suero del niño. Sus ojos escanearon las dosis de betabloqueantes y sedantes suaves. Sus labios se apretaron en una línea fina de desaprobación. Luego, tomó la carpeta de registros físicos que colgaba a los pies de la cama.
—Doctora, ¿va a proceder con el examen clínico o seguirá ignorándome? —presionó Liam, caminando hacia ella.
Elena se giró bruscamente, con la carpeta en la mano.
—Lo que voy a hacer, señor Volkov, es decirle la verdad que sus médicos de diez mil dólares la hora no se atreven a decirle porque temen perder su iguala mensual —su voz era baja, pero cargada de una autoridad eléctrica—. Su hijo está sobremedicado. Tiene el sistema nervioso tan sedado que su corazón ni siquiera recuerda cómo latir con alegría. Y lo que es peor... está muriendo de apatía.
—¿Apatía? —Liam soltó una risa seca y amarga—. Tiene una malformación valvular congénita. No confunda la cardiología con la poesía, doctora.
Elena ignoró el sarcasmo. Se volvió hacia Ian y, con un movimiento rápido pero delicado, le arrebató la tableta de las manos.
—¡Oye! —protestó el niño por primera vez, levantando la vista. Sus ojos eran iguales a los de Liam, pero carecían del brillo del mando; solo tenían miedo.
—Esa cosa es aburrida, Ian —dijo Elena, dejando la tableta sobre una mesa lejana—. El brillo de la pantalla te está poniendo los ojos como a un pez cocinado. Y a mí no me gusta tratar con peces, me gustan los humanos.
—Devuélvasela —ordenó Liam, dando un paso al frente—. Es lo único que lo mantiene tranquilo.
—No está tranquilo, está anestesiado del mundo —replicó Elena. Se sentó en el borde de la cama, rompiendo todas las reglas de "distancia profesional" que Liam conocía. Se sacó una moneda de cinco centavos del bolsillo—. Ian, apuesto a que no puedes atrapar esta moneda antes de que toque la sábana.
—No tengo ganas —susurró el niño, volviendo a hundirse en las almohadas.
—Claro, es que es difícil. Requiere reflejos de ninja, y tú pareces más un koala somnoliento —lo provocó ella con una sonrisa desafiante.
Ian la miró con curiosidad. Elena lanzó la moneda al aire. El niño hizo un intento débil de atraparla, pero falló. La moneda rodó por la cama.
—Casi —dijo Elena—. Otra vez.
Liam observaba la escena con una mezcla de horror y furia. Para él, la medicina era una serie de procedimientos estériles, análisis de sangre y cirugías precisas. Ver a esa mujer jugando con monedas en una suite de cuidados intensivos le parecía un insulto a la gravedad de la situación.
—Doctora Ríos, basta de juegos —intervino Liam, su voz vibrando con una advertencia—. He traído a la mejor especialista del país para un diagnóstico quirúrgico, no para que actúe como una animadora de fiestas infantiles. Esto es una falta de profesionalismo intolerable. Saque sus instrumentos y haga su trabajo.
Elena se puso de pie, pero no para sacar su estetoscopio, sino para sacar un mazo de cartas gastadas de su maletín.
—Mi trabajo es salvar al paciente, señor Volkov. Y el paciente no es solo un músculo de cuatro cavidades que bombea sangre.
Es este niño —señaló a Ian—. Si lo opero mañana, con el ánimo que tiene ahora, su cuerpo no luchará por despertar. El corazón es el motor, pero la voluntad es el combustible. Y usted le ha vaciado el tanque rodeándolo de silencio y aparatos caros.
—¡No se atreva a decirme cómo ser padre! —rugió Liam, olvidando por un momento que estaban en un hospital. Su pecho subía y bajaba con violencia—. Le doy todo lo que existe. Tiene la mejor atención del mundo...
—Le da todo, excepto a usted —sentenció Elena, golpeando donde más dolía.
Se volvió hacia Ian y empezó a hacer un truco de magia torpe con las cartas. Se le cayeron a propósito, haciendo gestos exagerados de frustración.
—¡Rayos! Soy la peor maga del mundo. Ian, ayúdame, creo que esta carta está encantada.
Elena empezó a hacer ruidos cómicos, fingiendo que la carta de la sota de corazones se le escapaba de las manos. Empezó a perseguirla por la habitación, tropezando "accidentalmente" con una silla.
Liam estaba a punto de llamar a seguridad para que la sacaran a rastras cuando, de repente, un sonido extraño llenó la suite.
Era un sonido pequeño, quebradizo, como el de algo que se rompe después de mucho tiempo bajo presión.
Ian estaba riendo.
Al principio fue solo una risita ahogada, pero mientras Elena seguía con su pantomima absurda de "médica torpe", la risa del niño creció, volviéndose clara y cristalina. Sus mejillas, antes pálidas, empezaron a mostrar un leve tinte rosado.
Liam se quedó paralizado. El aire se le escapó de los pulmones. No recordaba la última vez que había escuchado ese sonido. En su mundo de reuniones, adquisiciones y poder, la risa de su hijo se había convertido en un recuerdo fantasmagórico, algo que creía perdido para siempre tras la muerte de su esposa.
El CEO sintió un golpe en el centro del pecho, un dolor que no era físico, sino una grieta en su armadura de hielo. Miró a Elena. Ella estaba despeinada, con una carta pegada a la frente con sudor, riendo junto al niño.
En ese momento, Liam no vio a una doctora rebelde o a una insolente de hospital público. Vio a una mujer que acababa de lograr lo que sus millones no pudieron: devolverle la luz a los ojos de su hijo.
Elena se detuvo un momento y miró a Liam. Su mirada no era de triunfo, sino de una comprensión profunda. Sabía que le había dado una lección, pero también sabía que él estaba sufriendo.
—¿Lo oye, señor Volkov? —preguntó ella en un susurro, mientras Ian seguía mirando las cartas con una sonrisa—. Ese es el diagnóstico real. Su hijo está vivo ahí dentro, pero está solo. La cirugía arreglará la válvula, pero solo usted puede arreglar el resto.
Liam no supo qué decir. Se acercó lentamente a la cama y, por primera vez en semanas, no revisó el monitor de frecuencia cardíaca. En lugar de eso, puso su mano sobre el cabello de Ian.
—¿Te gusta la doctora, Ian? —preguntó Liam, con una voz que temblaba levemente.
—Es divertida, papá. No huele a hospital, huele a chicle de fresa —respondió el niño, bostezando, pero esta vez con una expresión de paz.
Elena se colgó el estetoscopio y, ahora sí, con una suavidad profesional, auscultó el pecho del niño.
—El ritmo sigue siendo irregular, pero la fuerza del latido ha mejorado —concluyó ella—. Señor Volkov, mañana temprano reduciremos la medicación a la mitad. Quiero que esté despierto, quiero que tenga hambre de vida. Y usted... usted se va a quedar aquí esta noche. No en el sofá de la oficina, aquí, en esta habitación. Sin teléfono.
Liam miró su celular, que vibraba en su bolsillo con una llamada urgente de Londres. Lo sacó, lo miró por un segundo y, ante la mirada expectante de Elena, lo apagó por completo.
—Me quedaré —dijo Liam, fijando sus ojos azules en los de ella con una intensidad nueva. Ya no era solo arrogancia; era un reconocimiento—. Pero si algo sale mal por reducir la medicación...
—Nada saldrá mal —lo interrumpió Elena con una confianza que le heló la sangre y le dio calor al mismo tiempo—. Porque ahora, por fin, somos dos personas cuidando a un niño, en lugar de un CEO y una máquina de diagnóstico.
Elena salió de la habitación, dejando a Liam en la penumbra de la suite, sentado al borde de la cama, sosteniendo la mano de su hijo. Mientras caminaba por el pasillo del hospital de lujo, Elena se permitió sonreír. El "CEO mandón" estaba empezando a entender que en el reino del corazón, el dinero era la moneda más devaluada de todas.
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Demuestra que es una persona fiel a sus principios y a sí misma.
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