Huyendo de los murmullos de la boda de su hermana con su exnovio, una alegre médica y fotógrafa aficionada lo vende todo para mudarse a un pueblo de viñedos. Cuando su auto queda varado en el camino, su salvación llega en una camioneta: un atractivo vitivinicultor, un hombre dedicado por entero a sus tierras, y su pequeña y ocurrente hija de cinco años.
Tras una separación amistosa, él no busca complicaciones, pero la luz que ella irradia y la inmediata complicidad que nace con la nena cambiarán sus planes. Cuando descubren que ella es la nueva doctora del hospital local, sus caminos se vuelven inevitables. Entre clics de cámara y el aroma a uva madura, descubrirán que el amor más dulce nace sin prisa, cosechando un nuevo destino para los tres.
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Capítulo 7: El camino hacia "El Solitario
.El sábado por la tarde llegó acompañado de un cielo diáfano, pintado de un azul tan intenso que parecía casi irreal. El aire fresco de la montaña traía consigo el aroma dulzón de las flores silvestres y la promesa de una noche estrellada. Milena se miró por última vez en el espejo antes de salir: llevaba un vestido sencillo de lino color terracota, unas botas de cuero cómodas y el cabello oscuro suelto, cayéndole en ondas suaves sobre los hombros. En su bolso, protegida y con la batería al máximo, descansaba su inseparable cámara fotográfica. Tenía el corazón latiéndole con una mezcla de entusiasmo y una sutil expectativa que no lograba —ni quería— apagar.
Se subió a su auto y encendió el motor, dejando atrás las tranquilas casitas de madera de San Javier para incorporarse a la ruta principal. El viaje era un deleite para los sentidos. A ambos lados del camino, la vegetación se extendía en un despliegue de verdes y dorados que cambiaban de tonalidad a medida que el sol iniciaba su lento descenso hacia el oeste.
Después de unos veinte minutos de marcha constante, Milena redujo la velocidad. Allí, al margen derecho de la ruta, se alzaba la entrada principal. Un imponente portal rústico daba la bienvenida a los visitantes; dos gruesas columnas de piedra de la zona sostenían un enorme travesaño de madera maciza, tallado a mano con una caligrafía elegante y profunda que rezaba: *Finca El Solitario*. Del extremo superior del cartel colgaba un detalle de hierro forjado con la silueta de un racimo de uvas, que columpiaba suavemente con la brisa.
Milena giró el volante, adentrándose en el camino privado.
Lo que siguió fue un trayecto que le pareció extraído de un sueño de infancia. El sendero de tierra apisonada, de un tono arcilloso claro, se internaba en la propiedad flanqueado por dos hileras infinitas de árboles gigantescos. Eran viejos robles y eucaliptos de troncos tan anchos que hacían falta varias personas para abrazarlos. Sus copas se entrelazaban en lo alto, creando un túnel natural de hojas verdes y doradas por el que los rayos del sol se filtraban en haces de luz mágica, dibujando figuras danzantes sobre el capó del auto.
A la orilla del camino, la naturaleza crecía con una libertad hermosa. Alfombras de flores silvestres amarillas, violetas y margaritas blancas salpicaban los bordes, atrayendo a mariposas que revoloteaban sin prisa. Milena bajó la ventanilla del auto por completo, dejando que el aire puro y el aroma a tierra húmeda, resina de pino y un sutil fondo de fruta madura inundaran el habitáculo. Conducía despacio, disfrutando de cada metro, maravillada por la inmensidad y la paz que transmitía aquel trayecto de varios kilómetros. Sentía que cada metro que avanzaba la alejaba un poco más de cualquier rastro de su antigua vida.
Finalmente, el túnel de árboles se abrió, dando paso a una planicie espectacular, y la gran hacienda apareció majestuosa ante sus ojos.
Milena detuvo el auto por un instante, simplemente para contemplarla. La finca era una obra de arte de la arquitectura rústica. Se alzaba imponente con dos plantas completas, construida casi en su totalidad con madera noble y oscura que había sido tratada para resistir el paso del tiempo, combinada con cimientos de piedra rústica expuesta en la base. El diseño se integraba de manera perfecta con el paisaje montañoso que recortaba el fondo del horizonte.
En la planta baja, una gran galería techada rodeaba la estructura, sostenida por gruesos troncos pulidos. Allí se veían sillones de mimbre con almohadones claros, ideales para las tardes de lectura, y varias macetas de barro cocido con plantas colgantes que le daban un toque vivo y familiar. El piso superior destacaba por sus hermosos balcones de madera con barandas torneadas, decorados con enredaderas de hojas verdes que trepaban con delicadeza por las esquinas.
Pero lo más impresionante eran sus grandes ventanales de vidrio repartido. Diseñados para capturar hasta la última gota de luz natural, los vidrios reflejaban en ese momento los tonos encendidos del atardecer, brillando como si la casa misma estuviera iluminada por dentro con un fuego cálido y acogedor. Del techo de tejas oscuras y caídas pronunciadas sobresalía una chimenea de piedra de la que ya se elevaba un fino hilo de humo blanco, anticipando el calor de un hogar encendido.
A la derecha de la casa principal, extendiéndose hasta perderse de vista contra las faldas de los cerros, se desplegaban los viñedos. Hileras e hileras infinitas de parras perfectamente alineadas, cargadas con la cosecha de uvas que brillaban bajo el sol dorado de la tarde como pequeñas joyas moradas y verdes. El contraste del follaje verde brillante con la tierra oscura y el cielo cálido era una composición visual perfecta. A lo lejos, se podía divisar el movimiento de algunos trabajadores que daban los últimos retoques a las canastas de recolección, listos para unirse al festejo.
Milena sintió que el pecho se le llenaba de una calidez inexplicable. No había asfalto, no había ruidos molestos, no había prisas. Solo estaba esa inmensa y majestuosa belleza natural que parecía invitarla a quedarse.
Apagó el motor del auto y se quedó un segundo en silencio, escuchando el murmullo de la música folclórica que ya empezaba a sonar suavemente desde la parte trasera de la hacienda, mezclada con risas lejanas y el sonido del viento acariciando las parras. Se acomodó la correa de la cámara fotográfica sobre el hombro, abrió la puerta y bajó del vehículo, respirando hondo.
Mientras caminaba hacia la entrada de la gran casa de madera, sintiendo la tierra firme bajo sus botas, Milena supo que aquella tarde no solo capturaría hermosas imágenes con su lente. Estaba a punto de cruzar el umbral hacia una vida que, paso a paso, empezaba a sentirse verdaderamente suya.
SUPER RECOMENDADA 💯❌️💯👌🏻
Hermosa desde el primer momento, llens de amor de familia amistad
La super recomiendo 💕💕💕💕💕
Felicitaciones autora 💕 👏
estoy super emocionada con la historia . bellísima🥰🥰🥰🥰🥰