Alessia es hielo, poder y control absoluto. Tras la sospechosa muerte de su padre, dirige un imperio multimillonario donde no se permiten las debilidades. Matteo es un genio informático humilde y brillante, un becado universitario ajeno a la crueldad de la alta sociedad. Dos mundos opuestos que colisionan en una alianza digital inquebrantable... y una atracción posesiva que ninguno puede frenar.
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Capítulo 14: Confesiones Celadas y Sangre en el Campus
El beso en la entrada de la universidad dejó un silencio sepulcral que tardó varios segundos en romperse. En cuanto el auto deportivo de Alessia rugió alejándose a toda velocidad, los murmullos estallaron como pólvora entre los estudiantes. Las miradas de envidia y desconcierto se clavaron en Matteo. Pietro Bianchi, con los puños apretados y la mandíbula tensa, observaba la escena carcomido por la rabia, mientras Valeria no ocultaba su asombro. Leo tomó a Matteo del brazo, quien seguía completamente rojo y paralizado, y lo arrastró rápidamente hacia el interior del edificio para huir de la atención.
Mientras tanto, Alessia llegó a las oficinas de la corporación para una junta de alta prioridad. Al entrar a su despacho, Alessandro ya la esperaba impecable, con los informes financieros listos sobre el escritorio. Sin embargo, tras cerrar la puerta, la mirada del Jefe de Finanzas dejó a un lado los números. Como su mano derecha y amigo de máxima confianza, Alessandro no pudo contener la duda.
—Alessia, tenemos que hablar de negocios, pero antes... necesito saber qué está pasando —dijo Alessandro con tono serio pero cercano—. Te vi marcharte con él. ¿Qué es exactamente lo que te traes con ese muchacho? ¿Qué sientes por Matteo?
Alessia se quitó las gafas de sol, suspiró y se sentó tras su escritorio, mostrando una vulnerabilidad que solo reservaba para él.
—Es la primera vez que me pasa esto, Alessandro —confesó con voz baja y sincera—. No es un capricho, ni es solo deseo físico. Ese chico tiene una pureza que me desarma. Siento una necesidad enorme de protegerlo, de cuidarlo de la podredumbre de este mundo. Me importa de verdad.
Alessandro la miró en silencio, asintiendo lentamente, sorprendido pero aliviado de ver a su amiga sintiendo algo tan real.
De vuelta en la universidad, las clases transcurrieron bajo una tensión insoportable para Matteo. En cuanto sonó el timbre del receso, el peligro se materializó. Pietro Bianchi, ciego de envidia por ver al chico de la periferia siendo reclamado por una mujer tan imponente como Alessia, decidió actuar. Junto a tres de sus amigos, acorralaron a Matteo en los pasillos y lo arrastraron a la fuerza hacia los baños principales, asegurándose de que nadie los viera.
Adentro, la violencia se desató. Pietro descargó toda su frustración golpeando brutalmente a Matteo en el estómago y el rostro. El joven genio, superado en número y fuerza, cayó al suelo ensangrentado. No conformes con la golpiza, los agresores lo levantaron y metieron su cabeza en el retrete, humillándolo sin piedad antes de soltarlo. Debido a la gravedad de los golpes, Matteo quedó completamente inconsciente en el frío suelo de mármol. Pietro y sus amigos huyeron del lugar, dejándolo a su suerte.
Minutos después, unos estudiantes entraron al baño y ahogaron un grito al conseguir a Matteo tirado en un charco de agua y sangre. Entrando en pánico al ver que no reaccionaba, los alumnos revisaron rápidamente los bolsillos de su ropa y sacaron su teléfono celular. Desesperados por encontrar a alguien que pudiera hacerse cargo, revisaron los contactos recientes y consiguieron el número de Alessia.
Sin dudarlo, marcaron de inmediato. Al otro lado de la línea, en medio de su oficina, el teléfono de Alessia vibró. Al atender y escuchar la voz temblorosa de un desconocido narrándole la terrible situación de Matteo, el rostro de la empresaria se transformó por completo. La ira y el miedo congelaron sus facciones. Sin decir una sola palabra más, colgó el teléfono.
—¿Qué pasa, Alessia? —preguntó Alessandro, poniéndose de pie de inmediato al notar el cambio drástico en su jefa.
—Golpearon a Matteo en la universidad. Está inconsciente —soltó ella con una voz gélida que prometía destrucción.
Alessandro no lo dudó ni un segundo. Agarró su saco y las llaves.
—Voy contigo. Vámonos ya.
Sin perder un solo instante, los dos salieron disparados de la oficina a toda velocidad directos al estacionamiento, listos para enfrentar lo que fuera y destrozar a quien le hubiera puesto una mano encima al muchacho.