Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.
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Capítulo 8 Después de la cena
Ernesto entró. Cruzó el zaguán y llegó al comedor, un salón amplio con paredes encaladas y un techo de vigas de roble.
En el centro, una mesa larga de caoba podía sentar a doce personas, pero solo había tres lugares puestos en un extremo.
Las lámparas de queroseno colgaban del techo, proyectando sombras danzantes sobre los platos de barro y las jarras de barro.
El hombre observó cada rincón con disimulo. La casa era espaciosa, sí, pero no había lujos. Los muebles eran viejos, pero bien cuidados.
Las cortinas de lino eran sencillas. No había cuadros de valor, ni plata labrada, ni candelabros de cristal.
Entonces, ¿dónde está todo el dinero? —se preguntó Ernesto.
La fortuna de su tío Felipe era legendaria en la región: hectáreas de tierra de cultivo, caballos de pura raza, acciones en compañías de la capital. Pero la casa no lo reflejaba.
No había ostentación. No había derroche.
Solo una austeridad casi monástica que contrastaba con la riqueza que se suponía que Sabina había heredado.
—Siéntese —dijo Sabina, señalando una silla.
Ernesto obedeció. Abel se sentó frente a él, con las manos cruzadas sobre la mesa, imitando los modales que doña Alicia le había enseñado.
Sabina ocupó la cabecera, equidistante de ambos.
Doña Alicia entró con una sopera humeante.
—Caldo de gallina criolla —anunció con orgullo—. Y de segundo, estofado de cordero con papas. De postre, flan de caramelo. El señorito Abel se comerá todo, ¿verdad?
—Sí, doña Alicia —respondió el niño, con una docilidad que contrastaba con su habitual energía.
Sabina sirvió el caldo en los platos hondos. Movió la cuchara con parsimonia, sin prisas.
No ofreció vino. No preguntó si Ernesto quería algo más.
—Señora Montenegro —comenzó él, después de probar el caldo y asentir con aprobación—. Quiero que sepa que no he venido a pelear.
—Lo dijo ayer.
—Y hoy lo repito. Mis primos quieren quitarle la herencia. Yo no. Yo solo quiero entender.
—Entender, ¿qué?
Ernesto dejó la cuchara sobre el plato y la miró fijamente.
La luz del queroseno le iluminaba medio rostro, dejando el otro en sombras.
—Por qué mi tío la dejó todo a usted, que apenas conocía, y nada a nosotros, su propia sangre.
Abel dejó de comer. Sabina sintió la mirada del niño sobre ella, llena de una preocupación que ningún niño de siete años debería tener.
—Tu tío —dijo Sabina, bajando la voz— era un hombre sabio. Sabía que ustedes solo lo visitaban cuando necesitaban dinero. Sabía que lo veían como un banco, no como un familiar.
—Eso es cierto —admitió Ernesto—. Pero también es cierto que usted solo estuvo casada con él tres días.
—Tres días pueden ser suficientes para conocer a una persona.
—¿Y qué conoció usted de él?
Sabina se quedó en silencio. Por un momento, Ernesto creyó que no respondería.
Pero entonces ella levantó la mirada y sus ojos celestes parecieron atravesarlo.
—Conocí a un hombre que había pasado toda su vida rodeado de gente que quería aprovecharse de él. Un hombre cansado. Solo. Que ya no esperaba nada de nadie. Me eligió a mí porque no le pedí nada. Porque no fingí quererlo. Porque fui honesta.
—¿Y lo quiso?
—Lo respeté. A veces el respeto vale más que el amor.
Ernesto asintió lentamente. No era la respuesta que esperaba, pero precisamente por eso le creyó.
—Mi tío era un buen hombre —dijo—. Nunca debí alejarme.
—Nunca debió —respondió ella—. Pero ya no puede cambiarlo. Lo que puede hacer ahora es decidir si quiere ser como sus primos o quiere ser mejor.
El silencio se extendió entre ellos. Abel aprovechó para seguir comiendo, ajeno a la tensión que vibraba en el aire.
Doña Alicia entró con el estofado y rompió el hechizo.
—¡Coman, coman! —dijo, sirviendo porciones generosas—. Que la comida fría no alimenta el alma.
Ernesto probó el cordero y sus ojos se iluminaron.
—Esto está delicioso, doña Alicia.
—Gracias, joven. Usted perdone que le pregunte, pero ¿piensa quedarse mucho tiempo en el pueblo?
—Depende.
—¿De qué?
Él miró a Sabina. Ella no apartó la vista.
—De lo que encuentre.
*_*
Abel se durmió en su silla antes del postre. Sabina lo tomó en brazos —aún era liviano, aunque cada día pesaba más— y lo llevó a su habitación.
Cuando regresó, Ernesto estaba de pie junto a la ventana del comedor, mirando el patio iluminado por la luna.
—Es un niño callado —comentó.
—Ha tenido una vida difícil —respondió Sabina, y la frase resonó con un eco que iba más allá de lo que él podía imaginar.
—¿Sus padres?
—Murieron.
—Lo siento.
—No tiene por qué sentirlo. No los conocía.
Ernesto se volvió hacia ella. En la penumbra, su rostro parecía más joven, menos severo.
—Señora Montenegro —dijo en voz baja—. Quiero proponerle algo.
—Diga.
—Déjeme quedarme en el pueblo una temporada. Ayudaré en la finca, sin sueldo. Solo quiero conocer cómo era la vida de mi tío, qué hizo con su fortuna, por qué tomó las decisiones que tomó. Si al final decido que todo está en orden, me iré y no volveré a molestarla.
Sabina lo miró largamente. Sabía que debía rechazarlo. Sabía que tenerlo cerca era peligroso. Pero también sabía que negarse sería visto como una confesión de culpa.
—Tres meses —dijo al fin—. Tres meses para que averigüe lo que necesite. Si después de eso sigue dudando, hablaremos con abogados.
—Tres meses —aceptó él, extendiendo la mano para sellar el pacto.
Sabina no tomó su mano.
—No confundo las cortesías con las amistades, señor Montenegro. Esto es un acuerdo de negocios, nada más.
—Lo entiendo.
—Entonces puede retirarse. Mañana al amanecer, don Elías le mostrará las caballerizas. Allí puede empezar.
Ernesto asintió, tomó su sombrero de la silla y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo un instante.
—Gracias por la cena, señora.
—No fue un regalo. Fue una inversión.
Él sonrió, esta vez con una sinceridad que Sorprendió a Sabina.
—Buena noche.
Salió. La puerta se cerró con un golpe seco. Sabina se quedó en el comedor vacío, con los platos sucios y la luz de las lámparas parpadeando.
—¿Qué has hecho, Sabina? —se preguntó en voz baja.
No había respuesta. Solo el silencio y el viento afuera, trayendo consigo el olor a tierra mojada y el rumor lejano de un secreto que empezaba a moverse.
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