En una manada donde todos nacen marcados por la Luna, Lyra es la única que jamás recibió una marca. Creció siendo ignorada, despreciada y tratada como un error incluso por quienes debían protegerla. Para la manada, alguien sin marca no tiene lugar, poder… ni valor. Pero todo cambia cuando comienza a encontrarse en secreto con Rowan, el heredero de una manada vecina que nunca la miró con rechazo. Mientras él le enseña a confiar en sí misma, Kael —el futuro alfa que siempre la despreció— empieza a verla de una forma diferente tras descubrir que Lyra oculta algo imposible. Entre antiguas profecías, secretos de las manadas y un poder que podría cambiarlo todo, Lyra tendrá que decidir quién es realmente… antes de que otros decidan por ella.
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Cansada
El establo olía a heno húmedo, tierra y lluvia.
Lyra empujaba la escoba lentamente mientras afuera el cielo comenzaba a oscurecerse. El castigo llevaba horas, y sus brazos ya dolían del cansancio.
Nadie había ido a verla.
Ni sus padres.
Ni Elira.
Nadie.
Claro que no era raro.
Pero después de lo ocurrido en la escuela…
dolía más.
Escuchó un suave relincho detrás suyo.
Uno de los caballos apoyó el hocico sobre su hombro.
Lyra soltó una pequeña risa cansada mientras acariciaba su nariz.
—Al menos tú no me odias.
El animal resopló suavemente.
Los animales siempre eran diferentes con ella.
No parecían incómodos.
No la evitaban.
A veces incluso sentía que la entendían mejor que las personas.
Lyra terminó de limpiar uno de los establos y se dejó caer sobre un montón de heno viejo.
El silencio la envolvió lentamente.
Y entonces todo volvió de golpe.
Las risas.
Las miradas.
El tono decepcionado de Kael.
El cuaderno roto.
El pecho comenzó a dolerle demasiado.
Se cubrió el rostro con las manos mientras las lágrimas finalmente escapaban.
—Estoy cansada… —susurró con la voz rota.
Cansada de intentar.
Cansada de demostrar que merecía existir ahí.
Cansada de ser siempre el error.
Porque no importaba cuánto estudiara,
cuánto obedeciera,
o cuánto intentara desaparecer…
seguía siendo “la chica sin marca”.
Lyra lloró en silencio mientras los caballos se movían inquietos alrededor.
Y entonces uno de ellos se acercó lentamente hasta quedar frente a ella.
Era un caballo negro enorme y normalmente agresivo con cualquiera excepto los cuidadores.
Pero ahora solo inclinó la cabeza hacia ella.
Lyra apoyó la frente contra su cuello cálido.
—Ojalá pudiera irme lejos…
El caballo soltó un resoplido bajo.
Por un segundo, Lyra cerró los ojos imaginando cómo sería vivir en un lugar donde nadie la mirara con desprecio.
Donde pudiera respirar sin sentir vergüenza todo el tiempo.
Donde no tuviera que luchar para que la trataran como persona.
Una lágrima cayó sobre el pelaje oscuro del animal.
Y entonces algo extraño ocurrió.
Los caballos comenzaron a inquietarse suavemente.
No asustados.
Atentos.
Como si reaccionaran a algo invisible en el aire.
Lyra frunció el ceño limpiándose rápidamente las lágrimas.
El establo se sentía… diferente.
Más cálido.
Un leve brillo rojizo atravesó sus pupilas por un instante.
Tan rápido que ni siquiera ella lo notó.
Pero los animales sí.
Porque todos se acercaron lentamente hacia ella.
Como si respondieran a una llamada silenciosa.
Y por primera vez en años…
Lyra no se sintió completamente sola.
Cuando terminó de limpiar, el cielo ya estaba completamente oscuro.
La lluvia suave golpeaba el techo del establo mientras Lyra dejaba la escoba apoyada contra la pared. Sus manos estaban sucias, sus piernas dolían y todavía sentía los ojos pesados por haber llorado.
Los caballos ya descansaban tranquilos.
El gran caballo negro seguía observándola desde su lugar.
Lyra sonrió apenas.
—Buenas noches.
El animal resopló suavemente, como respondiéndole.
Ella apagó una de las lámparas y abrió la puerta del establo. El aire frío de la noche golpeó inmediatamente su rostro.
La aldea estaba silenciosa.
La mayoría ya dormía.
Lyra caminó despacio por los senderos húmedos intentando no pensar demasiado.
Pero era imposible.
Las palabras seguían repitiéndose en su cabeza.
“Ahora tu familia tiene una hija digna.”
“Otra vez perdiendo el control.”
“Sin marca, sin lugar.”
A veces sentía que toda la manada había decidido quién era incluso antes de que naciera.
Y no importaba cuánto intentara cambiarlo.
La lluvia comenzó a caer un poco más fuerte.
Lyra se abrazó a sí misma mientras seguía caminando hacia su casa.
Al pasar cerca del campo de entrenamiento vio movimiento entre las sombras.
Guerreros entrenando tarde.
Entre ellos estaba Kael.
Lo reconoció inmediatamente por la marca roja brillando débilmente sobre su piel bajo la lluvia.
Él levantó la cabeza apenas.
Sus ojos se encontraron por un instante.
Lyra apartó la mirada enseguida y siguió caminando.
No tenía energía para soportarlo esa noche.
Pero detrás de ella, Kael permaneció observándola alejarse.
Algo en su expresión cambió apenas al verla empapada, agotada y completamente sola caminando bajo la lluvia.
Porque por primera vez…
se dio cuenta de que nunca veía a nadie junto a ella.
Nunca.
Ni amigos.
Ni familia.
Nadie esperando su regreso.
Solo silencio.
Kael frunció levemente el ceño.
Y aunque no entendía por qué…
esa imagen le dejó una sensación incómoda en el pecho.