—¿Si pudieras volver atrás... te enamorarías otra vez de mí? —le pregunté.
Dante no respondió enseguida.
Solo me miró con esa calma que siempre lograba desarmarme.
—La verdadera pregunta, Valeria... es si tú volverías a alejarte de mí.
No contesté.
Porque los dos conocíamos la respuesta.
Mi nombre es Valeria.
Durante mucho tiempo creí que las historias de amor estaban hechas para mujeres distintas a mí. Mujeres bonitas. Seguras de sí mismas. Mujeres que no tenían que vender su cuerpo para pagar el alquiler de un pequeño apartamento en Nueva York.
Entonces apareció Dante De Luca.
Un hombre del que todos hablaban, pero al que muy pocos conocían de verdad.
Yo pensaba que él sería el mayor problema de mi vida.
Qué equivocada estaba.
Porque enamorarme de Dante fue fácil.
Lo difícil fue sobrevivir a todo lo que llegó después.
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Capítulo 23 : La persona equivocada
...VALERIA...
Nunca imaginé que el trayecto de regreso pudiera hacerse tan corto.
Durante todo el camino fui incapaz de apartar la mirada de la ventana del automóvil. La ciudad seguía siendo la misma: las calles aún brillaban por la lluvia, los semáforos cambiaban de color con la misma monotonía de siempre y las pocas personas que caminaban por las aceras parecían ajenas a todo lo que acababa de ocurrir. Nada había cambiado a mi alrededor y ,sin embargo, yo sentía que ya no era la misma mujer que había subido a ese coche unas horas antes.
Intenté recordar nuestra conversación, pero descubrí que apenas podía reconstruir las palabras. Lo que permanecía intacto eran las sensaciones. Recordaba sus manos sosteniéndome con una delicadeza que jamás habría imaginado en un hombre como Dante. Recordaba la forma en que pronunció mi nombre, como si cada sílaba tuviera un significado especial. Recordaba el abrazo con el que todo terminó, largo y tranquilo, como si por unos minutos el tiempo hubiera dejado de existir y el resto del mundo pudiera esperar.
Sonreí sin darme cuenta.
Toda mi vida había pensado que mi cuerpo era algo que simplemente debía aceptar. Demasiado grande para algunos, demasiado imperfecto para otros, lleno de pequeñas marcas que aprendí a esconder incluso de mí misma. Durante años me acostumbré a bajar la mirada antes de que alguien pudiera encontrar un defecto más.
Con Dante había sido diferente.
En ningún momento sentí vergüenza. Nunca tuve la impresión de que me estuviera observando para juzgarme o compararme. Al contrario, por primera vez tuve la extraña sensación de que alguien era capaz de verme de verdad.
No a la mujer que trabajaba en el club.
No a la chica que intentaba sobrevivir.
A mí.
Fue entonces cuando comprendí qué era lo que realmente había cambiado.
No había sido la noche más intensa de mi vida.
Había sido la primera en la que dejé de sentirme invisible.
El automóvil se detuvo frente al edificio donde Camila y yo vivíamos. Respiré hondo antes de abrir la puerta, pero Dante descendió primero, como hacía siempre. Recorrió la calle con la mirada, atento a cada movimiento, y solo cuando estuvo seguro de que todo estaba en orden se acercó para abrirme.
Aquel gesto ya empezaba a parecerle completamente natural.
—Entra y cierra con seguro.
Asentí en silencio.
No quería despedirme.
Me invadía la absurda sensación de que, si cruzaba aquella puerta, todo lo que habíamos vivido terminaría pareciendo un sueño del que inevitablemente tendría que despertar.
Debió de notarlo, porque cuando di el primer paso hacia la entrada tomó mi mano con suavidad.
—Descansa.
Le devolví una sonrisa que me nació sin esfuerzo.
—Tú también.
Ninguno añadió nada más.
No hacía falta.
Había silencios capaces de decir mucho más que cualquier despedida.
Subí las escaleras intentando controlar el temblor que todavía recorría mis piernas. Al abrir la puerta del apartamento encontré la luz de la sala encendida. Camila dormía en el sofá con una manta sobre las piernas y un libro abierto sobre el pecho. El ruido de la cerradura la hizo abrir los ojos de golpe.
—¡Valeria!
Se incorporó sobresaltada y corrió hacia mí para abrazarme con fuerza.
—¿Dónde estabas? Me asusté muchísimo.
La abracé de vuelta sintiendo un nudo en el pecho.
Mentirle nunca había sido fácil.
—Lo siento. Hubo un problema en el club y... terminé quedándome en otro lugar.
No era exactamente una mentira.
Pero tampoco era toda la verdad.
Camila soltó un largo suspiro de alivio.
—Pensé que te había pasado algo.
Negué despacio.
—Estoy bien.
Permaneció observándome durante unos segundos con esa expresión curiosa que conocía desde hacía años. Después una sonrisa traviesa comenzó a dibujarse en sus labios.
—Hay algo diferente en ti.
Sentí un vuelco en el estómago.
—¿Diferente?
Asintió mientras me observaba de arriba abajo, como si intentara resolver un rompecabezas.
—No sé explicarlo... pero te ves feliz.
Bajé la mirada para esconder la sonrisa que insistía en aparecer.
—Estás imaginando cosas.
Ella soltó una pequeña risa y cruzó los brazos.
—No, Valeria. Te conozco demasiado. Cuando eres feliz, se te iluminan los ojos.
Aquellas palabras terminaron por desarmarme.
Porque tenía razón.
Era feliz.
Por primera vez en mucho tiempo lo era y lo más sorprendente de todo era que ya no sabía cómo ocultarlo.
—Bueno... luego me lo contarás. Yo tengo que decirte algo —dijo con la expresión más alegre que le había visto en años.
Camila tomó mi mano con suavidad y me llevó hasta el sofá. Se sentó frente a mí, jugueteando nerviosamente con el borde de la manta. Nunca la había visto tan inquieta para contarme algo.
—No te vayas a reír.
Sonreí.
—Lo prometo.
Respiró hondo antes de hablar.
—Creo que... me estoy enamorando.
La noticia me hizo sonreír de inmediato. Después de todo lo que habíamos vivido juntas, verla ilusionada era casi una alegría propia.
—¿Quién es?
Ella bajó la mirada y dejó escapar una risa nerviosa.
—No sé si llamarlo enamorarme. Ni siquiera lo conozco de verdad. Pero desde aquella noche no he podido dejar de pensar en él.
Sentí curiosidad.
—¿Lo conozco?
Asintió.
—Sí.
Esperé.
Camila levantó lentamente la vista.
—Es Dante.
Durante un instante el mundo dejó de existir.
No escuché la lluvia.
No escuché el reloj de la sala.
Ni siquiera fui consciente de mi propia respiración.
Solo de aquel nombre.
Dante.
Sentí que todo el aire abandonaba mis pulmones.
Camila continuó hablando sin notar el terremoto que acababa de provocar dentro de mí.
—Sé que parece absurdo. Probablemente, nunca vuelva a verme, pero... ¿No te dio la impresión de que era distinto? Todos hablan de él como si fuera un hombre frío, pero conmigo fue tan amable...
Cada palabra era un recuerdo que yo también guardaba.
La manera en que sostenía una taza de café. La paciencia con la que acomodaba un mechón de mi cabello. La forma en que pronunciaba mi nombre como si fuera algo valioso.
Tuve que bajar la mirada para esconder lo que estaba sintiendo.
—Es un buen hombre —murmuré.
Camila sonrió con timidez.
—¿Verdad que sí?
Asentí sin atreverme a mirarla.
Entonces guardó silencio unos segundos antes de preguntar con una inseguridad que me rompió el alma.
—¿Crees que alguien como él podría fijarse en una mujer como yo?
Aquellas palabras me atravesaron el pecho.
Porque eran exactamente las mismas que yo llevaba años repitiéndome frente al espejo.
Solo que ahora salían de la boca de la única persona que siempre había estado a mi lado.
La observé en silencio.
Camila era mi familia.
Había compartido conmigo el hambre, las deudas, las noches de miedo y los días en los que ninguna de las dos encontraba fuerzas para levantarse de la cama.
¿Cómo podía quitarle aquella ilusión?
¿Cómo podía decirle que el hombre del que hablaba había sido quien me sostuvo entre sus brazos apenas unas horas antes?
No podía.
Simplemente no podía.
Ella volvió a apretar mi mano.
—¿Tú qué harías?
Sentí que el corazón se partía lentamente.
Respiré hondo y obligué a mis labios a dibujar una sonrisa.
La sonrisa más difícil de toda mi vida.
—Si de verdad te gusta... creo que deberías intentarlo.
Los ojos de Camila se iluminaron.
—¿En serio?
Asentí.
—Sí.
Se lanzó a abrazarme con fuerza.
—Sabía que me entenderías.
La abracé de vuelta y cerré los ojos.
No quería que sintiera las lágrimas que ya comenzaban a acumularse bajo mis pestañas.
Permanecimos así unos segundos. Después ella se marchó a su habitación tarareando una melodía que no reconocí.
Cuando la puerta se cerró, el apartamento volvió a quedar en silencio.
Entré despacio en mi cuarto y apoyé la espalda contra la puerta.
Solo entonces dejé de fingir.
Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra, silenciosas, inevitables.
No lloraba porque creyera que Dante no pudiera quererme.
Lloraba porque estaba convencida de que la felicidad de Camila valía más que la mía.
Ella había sido mi hogar cuando no tenía ninguno y si para verla sonreír tenía que renunciar al único hombre que me había hecho sentir hermosa por primera vez en mi vida...
Lo haría.
Me llevé una mano a los labios, recordando todavía la calidez de su beso.
Sonreí entre lágrimas.
A veces la vida no rompe el corazón con grandes tragedias.
A veces basta una conversación en el sofá de tu casa y comprendí que el verdadero amor no siempre consiste en luchar por alguien.
A veces también significa hacerse a un lado... Aunque nadie llegue a saber cuánto te dolió hacerlo.