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Nica Y Los Cinco Destinos

Nica Y Los Cinco Destinos

Status: En proceso
Genre:Romance / Mujer poderosa / CEO
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Giulian Ocampo

Huyó para escapar de un matrimonio arreglado, pero el destino tenía preparados cinco caminos que cambiarían su vida para siempre.

NovelToon tiene autorización de Giulian Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: La primera grieta

El rugido de los motores del avión privado rompió el silencio de la madrugada.

Richard Beaumont permanecía sentado junto a la ventana, observando las luces de la ciudad desaparecer poco a poco bajo las nubes.

Sobre la mesa de madera descansaba la fotografía de Nica sonriendo frente al mar.

No podía dejar de mirarla.

—Hace años que no sonreía así... —murmuró.

Alexander cerró la carpeta con los informes.

—Los investigadores ya verificaron la dirección. Trabaja en una cafetería llamada Café del Puerto.

Gabriel soltó una risa incrédula.

—¿Una camarera? Nica jamás había servido ni un vaso de agua.

Richard levantó lentamente la mirada.

—Eso demuestra cuánto estaba dispuesta a sacrificar por escapar.

Lucas permanecía en silencio.

Cada palabra que escuchaba hacía más difícil ocultar la culpa que sentía.

Él siempre había sospechado que su hermana terminaría huyendo.

Y, aun así, nunca hizo nada para detenerla.

En Puerto Azul...

Nica caminaba rumbo al trabajo con la tarjeta en blanco guardada dentro de la mochila.

No había dejado de pensar en ella desde el día anterior.

—¿Quién sos realmente...? —se preguntó mientras observaba el pequeño símbolo plateado.

Había buscado el dibujo en internet desde su viejo teléfono, pero no encontró absolutamente nada.

Parecía un emblema creado exclusivamente para esa tarjeta.

Guardó nuevamente el objeto.

Decidió dejar de pensar en eso.

Al menos por hoy.

Cuando llegó al Café del Puerto, Marta ya estaba organizando la mercadería.

—¡Buenos días!

—Buenos días, dormilona.

Nica miró el reloj sorprendida.

—¡Llegué cinco minutos antes!

—Sí... pero igual te dije dormilona.

Las dos comenzaron a reír.

Era increíble lo rápido que aquella mujer se había convertido en una figura casi maternal para ella.

—Hoy vamos a cerrar un poco más tarde.

—¿Por qué?

—Esta noche empieza el Festival del Mar.

Nica abrió los ojos con curiosidad.

—¿Qué es eso?

—¿Nunca escuchaste hablar del festival?

Ella negó con la cabeza.

—Bueno... entonces preparate.

Es el evento más importante de Puerto Azul.

Durante una semana la ciudad se llena de turistas, música, puestos de comida y espectáculos.

Nica sonrió como una niña.

—Nunca fui a un festival.

Marta dejó de acomodar unas cajas.

—¿Nunca?

—No...

En su casa, todas las salidas estaban organizadas.

Las fiestas eran privadas.

Los eventos, exclusivos.

Nunca había caminado entre puestos callejeros ni había probado comida comprada en una feria.

Marta negó con la cabeza.

—Entonces esta noche no acepto un no por respuesta.

—¿Qué querés decir?

—Cuando terminemos de trabajar, vamos juntas.

Nica sintió una emoción difícil de explicar.

Por primera vez alguien la invitaba a salir simplemente porque quería compartir un momento con ella.

Las horas pasaron rápidamente.

El café estaba completamente lleno.

Turistas, pescadores, familias y músicos ocupaban casi todas las mesas.

Nica iba de un lado a otro sin detenerse.

Ya no parecía la joven insegura de los primeros días.

Ahora sonreía, hacía recomendaciones del menú y hasta bromeaba con los clientes habituales.

—Nica.

Ella levantó la vista.

Era él.

El hombre de los ojos grises acababa de entrar.

Pero aquella vez había algo diferente.

No llevaba computadora.

Tampoco documentos.

Solo una campera de cuero negra y una expresión mucho más relajada.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Hoy no trabajás?

Él sonrió.

—Hoy decidí tomarme el día libre.

—¿Eso significa que vas a pedir algo distinto?

—Sorprendeme.

Nica levantó una ceja.

—¿Y si no te gusta?

—Voy a correr el riesgo.

Ella caminó hasta la cocina pensando qué servirle.

Marta la observó de reojo.

—¿Ya sabés qué le gusta?

—Justamente hoy me dijo que lo sorprenda.

—Entonces hacelo.

Nica preparó una porción de tarta casera de manzana, un café suave y un jugo de naranja natural.

Cuando dejó la bandeja sobre la mesa, él la miró con curiosidad.

—Interesante elección.

—Confío en mi intuición.

Él probó un bocado de la tarta.

Después tomó un sorbo de café.

Finalmente levantó la vista.

—Creo que acabás de descubrir mi desayuno favorito.

Nica sonrió orgullosa.

—Entonces aprobé el examen.

Los dos rieron.

Sin darse cuenta, la distancia entre ellos comenzaba a desaparecer.

Pero ninguno imaginaba que, a pocos metros del café, un automóvil negro acababa de estacionar.

Desde el interior, un hombre observaba atentamente la entrada.

Sacó unos binoculares.

Enfocó directamente hacia la ventana donde Nica conversaba con el desconocido.

Luego tomó el teléfono.

—La encontré.

Esta vez... no hay ninguna duda.

El hombre dentro del automóvil bajó lentamente los binoculares.

No apartó la vista de la ventana del Café del Puerto.

Nica sonreía.

Hablaba con naturalidad.

Parecía otra persona.

Muy distinta a la joven seria y elegante que aparecía en todas las revistas de negocios.

Tomó una fotografía.

Después otra.

Y una más.

Finalmente guardó la cámara.

—Señor Beaumont... creo que su hija ya no es la misma.

No hizo la llamada.

Todavía no.

Quería seguir observando.

Algo le decía que esa historia era mucho más complicada de lo que parecía.

Dentro del café, Nica retiró los platos vacíos de la mesa.

—¿Entonces pasé la prueba?

El hombre de los ojos grises sonrió.

—Con sobresaliente.

—No exageres.

—No exagero. Hacía mucho que no desayunaba sin mirar el reloj.

Aquella respuesta llamó la atención de Nica.

—¿Trabajás demasiado?

Él apoyó los codos sobre la mesa.

—Más de lo que debería.

—Entonces deberías descansar un poco más.

Él soltó una pequeña risa.

—¿Siempre das consejos a tus clientes?

—Solo a los que parecen necesitarlos.

Por primera vez desde que se conocían, ambos se quedaron mirándose durante unos segundos.

No había incomodidad.

Solo curiosidad.

Era como si cada uno intentara descubrir quién era realmente la persona que tenía enfrente.

Marta apareció desde la cocina con una sonrisa pícara.

—Nica, necesito ayuda con unas cajas.

Ella se levantó enseguida.

—Ya voy.

Antes de irse, volvió a mirar al hombre.

—No te escapes.

Él levantó una ceja.

—¿Eso fue una orden?

Nica se rió.

—Tomalo como una sugerencia.

En el depósito, Marta terminó de cerrar una caja de mercadería.

Después observó a Nica con una sonrisa que decía mucho más de lo que hablaba.

—¿Qué?

—Nada...

—Marta...

—Hace días que ese joven viene al café.

—Sí.

—Y hace días que vos sonreís un poquito más cuando entra.

Nica dejó una caja sobre el estante.

—No inventes cosas.

—No invento. Solo observo.

Ella negó con la cabeza mientras reía.

—Es un cliente amable, nada más.

Marta no respondió.

Simplemente siguió acomodando las cajas.

Pero en el fondo estaba feliz.

Hacía apenas unas semanas, aquella muchacha había llegado con la mirada apagada.

Ahora volvía a reír.

Y eso era suficiente.

Cuando terminó el turno del mediodía, el hombre misterioso seguía sentado junto a la ventana.

Tenía la vista perdida en el mar.

Nica se acercó.

—Pensé que ya te habías ido.

—Estoy disfrutando del silencio.

Ella miró hacia la playa.

—A mí también me gusta.

Él se puso de pie.

—¿Marta ya te contó del Festival del Mar?

Nica abrió los ojos sorprendida.

—¿Cómo sabés?

—Todo Puerto Azul habla de eso durante esta semana.

Ella sonrió.

—Va a ser mi primera vez.

—Entonces elegiste un buen momento para llegar.

—Eso parece.

Él dudó unos segundos antes de hablar.

—Tal vez... nos crucemos esta noche.

Nica sintió un leve cosquilleo en el estómago.

—Puerto Azul no es tan grande.

—Exactamente.

Él tomó su campera.

—Hasta luego, Nica.

—Hasta luego...

Ella volvió a quedarse con la duda de siempre.

No sabía su nombre.

No sabía a qué se dedicaba.

Y, aun así, sentía que cada conversación con él era distinta a cualquier otra.

Al caer la tarde, el café cerró un poco antes de lo habitual.

Marta salió del local cargando un bolso.

—¿Lista?

Nica asintió con entusiasmo.

—Más que lista.

Caminaron juntas hacia el centro de la ciudad.

Las calles estaban decoradas con luces de colores.

Había música en vivo, artistas callejeros, puestos de artesanías y el delicioso aroma de comidas típicas.

Nica miraba todo con ojos de asombro.

—Es hermoso...

Una niña pasó corriendo con un globo en la mano.

Una pareja bailaba frente a un escenario.

Un anciano tocaba el violín mientras varias personas lo aplaudían.

Nica sonrió como nunca.

—Nunca había vivido algo así.

Marta la observó emocionada.

—A veces las cosas más simples son las que más felices nos hacen.

Nica asintió.

Tenía razón.

No necesitaba vestidos de diseñador.

No necesitaba una mansión.

No necesitaba un apellido famoso.

Solo necesitaba sentirse libre.

Pero, entre la multitud, un hombre vestido con una gorra negra levantó discretamente su teléfono.

En la pantalla apareció el rostro de Richard Beaumont.

—Señor...

La localizamos.

Richard cerró los ojos durante un instante.

Después respondió con una voz firme.

—No hagan nada todavía.

Quiero que nadie la asuste.

Mañana... viajaré personalmente a Puerto Azul.

Sin saberlo, Nica estaba disfrutando de la última noche de tranquilidad antes de que su pasado volviera a cruzarse en su camino.

Continuará...

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