Novela +18
Dante, un poderoso Alfa y líder de la mafia, entrega su vida para salvar a su amado omega, Kael, durante una sangrienta guerra entre organizaciones criminales.
Sin embargo, la muerte no fue el final.
Al abrir los ojos, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de Elizabeth, una joven Alfa universitaria que murió durante el despertar de su poder. Ahora, atrapado en el cuerpo de una mujer, Dante solo tiene un objetivo: recuperar al omega que juró proteger y amar.
Pero todo ha cambiado.
Kael ya no es el omega indefenso del pasado. Ahora es un frío y brillante CEO, marcado por un accidente que lo dejó paralítico. Y, para empeorar las cosas, rechaza rotundamente a Elizabeth, pues asegura que jamás podría enamorarse de una mujer.
Dante no piensa rendirse.
No importa si ahora posee un cuerpo diferente, si el mundo entero está en su contra o si Kael lo odia. Para él, Kael sigue siendo su omega... y jamás permitirá que otro Alfa lo reclame.
Porque, aunque haya renacido como...
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CAPÍTULO 3 — UNA SORPRESA INESPERADA
Llegaron frente al enorme edificio.
Elizabeth levantó lentamente la vista. El rascacielos de cristal reflejaba el cielo de la tarde, mientras algunos empleados entraban y salían. A simple vista era evidente que aquella empresa pertenecía a alguien con un inmenso poder económico.
Sus labios se curvaron apenas.
—Así que este es el lugar donde estás, Kael...
A su lado, el universitario que la había guiado seguía tan pálido como cuando salieron de la universidad. No dejaba de lanzar miradas nerviosas hacia Elizabeth, temiendo que cualquier palabra pudiera molestarla.
Ella ni siquiera volvió a mirarlo.
—Puedes irte.
El muchacho abrió los ojos como si acabara de recibir un indulto.
—¡S-sí!
No necesitó que se lo repitieran. Dio media vuelta y salió prácticamente corriendo, desapareciendo entre la multitud en cuestión de segundos.
Elizabeth chasqueó la lengua.
—Cobarde.
Sin darle mayor importancia, comenzó a caminar hacia la entrada principal del edificio.
En ese instante, las puertas automáticas se abrieron de golpe.
Un pequeño niño salió corriendo con lágrimas resbalando por sus mejillas.
—¡Joven señorito, espere! ¡No corra!
Detrás de él venía una mujer vestida de manera impecable, jadeando mientras intentaba alcanzarlo.
El niño, de unos nueve años, tenía el cabello rubio que brillaba bajo el sol y unos llamativos ojos rojos completamente empañados por el llanto.
—¡Déjame en paz! —gritó entre sollozos—. ¡Quiero estar solo!
Elizabeth se quedó inmóvil.
Sintió un extraño estremecimiento recorrerle el cuerpo.
Aquel niño...
Era demasiado parecido a él cuando aún era Dante.
El mismo cabello rubio.
Los mismos rasgos delicados.
Incluso aquella expresión testaruda le resultaba dolorosamente familiar.
...
Antes de que pudiera procesarlo, el pequeño bajó de la acera sin mirar a ambos lados.
Un potente claxon rompió el aire.
Un enorme camión avanzaba directamente hacia él.
Los transeúntes comenzaron a gritar.
—¡Cuidado!
—¡El niño!
La asistente soltó un grito desesperado.
—¡¡Joven señorito!!
Elizabeth no tuvo tiempo para pensar.
La energía verde de un Alfa estalló alrededor de su cuerpo.
El suelo bajo sus pies se agrietó cuando salió disparada como una flecha.
En apenas un instante alcanzó al niño y lo rodeó con ambos brazos, protegiéndolo contra su pecho.
Al segundo siguiente...
¡BOOM!
El camión impactó de lleno contra Elizabeth.
El estruendo resonó por toda la avenida.
El frente del vehículo quedó completamente abollado por el choque, mientras las ruedas traseras se levantaban ligeramente antes de volver a golpear el pavimento.
Elizabeth permaneció inmóvil.
Su energía Alfa absorbía la mayor parte del impacto, formando una barrera invisible alrededor de su cuerpo.
El conductor descendió del camión completamente pálido.
—¿Qué... qué demonios...?
Los peatones contemplaban la escena sin poder creer lo que acababan de presenciar.
—¿Detuvo el camión...?
—¡Es una Alfa!
Elizabeth ignoró todas las voces.
Bajó la mirada hacia el niño que seguía aferrado a ella.
Todavía temblaba del susto.
Con una voz mucho más suave de la que cualquiera habría imaginado en ella, preguntó:
—¿Estás bien?
El pequeño levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos rojos se encontraron con los verdes de Elizabeth.
Durante un instante permaneció completamente inmóvil.
De pronto, el miedo desapareció de su rostro y fue sustituido por una enorme emoción.
—¡Una Alfa!
Elizabeth arqueó ligeramente una ceja.
—¿Sí?
—¡Es la primera vez que veo una Alfa en persona!
Ella salió tranquilamente de la calle con el niño entre sus brazos y lo dejó nuevamente sobre la acera.
—¿Ah, sí?
El pequeño asintió con energía.
—¡Mamá nunca deja que me acerque a uno! Dice que es peligroso, así que nunca he conocido a ninguno.
Elizabeth lo observó con detenimiento.
Cabello rubio.
Ojos rojos.
La edad...
Las fechas coincidían.
Un pensamiento cruzó su mente con tanta fuerza que incluso ella quedó sorprendida.
¿Podría ser... mi hijo?
Su corazón dio un vuelco.
En ese momento la asistente finalmente llegó hasta ellos, completamente agitada.
—¡Joven señorito! Por favor, venga conmigo.
Intentó tomar la mano del niño.
Sin embargo, él retrocedió rápidamente y, para sorpresa de ambas mujeres, se escondió detrás de Elizabeth.
Sujetó con fuerza la tela de su ropa.
—No quiero ir.
La asistente parecía al borde del llanto.
Miró a Elizabeth casi suplicando ayuda.
—Señorita... por favor...
Elizabeth dejó escapar un leve suspiro.
Luego volvió su atención al niño.
—¿Dónde están tus padres?
—Mi papá está adentro.
—¿Cómo se llama tú papá?
El pequeño respondió con total naturalidad.
—Mi papá se llama Kael.
Elizabeth sonrió.
Una sonrisa pequeña, pero completamente siniestra.
Lo sabía.
No me equivoqué.
Este niño... es mi hijo.
Por dentro sintió una mezcla de felicidad, alivio y una creciente indignación.
Diez años.
Kael había criado solo a aquel niño durante diez años.
Elizabeth se inclinó ligeramente y con naturalidad levantó a Dael entre sus brazos. El pequeño soltó un leve jadeo de sorpresa, pero enseguida rodeó su cuello con ambos brazos, acomodándose con total confianza contra ella.
—¿Eh...? —murmuró el niño, parpadeando varias veces.
Elizabeth comenzó a caminar con paso firme hacia la entrada del edificio.
La asistente reaccionó de inmediato y se apresuró a interponerse en su camino.
—¡Señorita, espere! ¡Por favor, deje al joven señorito! Tengo que llevarlo con su madre.
Elizabeth ni siquiera disminuyó el paso. Pasó junto a la mujer con Dael cómodamente sostenido entre sus brazos y, con un tono tranquilo que no admitía discusión, dijo:
—Estás despedida.
La mujer se quedó petrificada.
—¿Qué...?
—Tu pago será enviado a tu cuenta bancaria.
La asistente recuperó el habla de inmediato.
—¡No puede hacer eso! ¡Usted no tiene autoridad para despedirme!
Elizabeth giró lentamente el rostro.
La miró fijamente.
Sus ojos verdes se volvieron tan fríos que la mujer sintió cómo un escalofrío recorría toda su espalda.
La presión de la energía de un Alfa cayó únicamente sobre ella.
El aire se volvió insoportablemente pesado.
—No repito las cosas dos veces.
La asistente perdió toda fuerza en las piernas.
Cayó de rodillas al suelo mientras comenzaba a temblar sin control, incapaz siquiera de sostener la mirada de Elizabeth.
Esta simplemente desvió la vista como si aquella mujer ya hubiera dejado de existir.
Con delicadeza pasó una mano por el cabello rubio del niño.
Era increíblemente suave.
—¿Cómo te llamas?
El pequeño levantó la cabeza con una gran sonrisa.
—Dael.
—Dael...
Elizabeth repitió el nombre lentamente, saboreándolo.
Una expresión cálida apareció en su rostro.
—Es un nombre muy bonito.
El pequeño sonrió de oreja a oreja y apoyó la cabeza sobre su hombro, completamente tranquilo, como si llevara años conociéndola.
Aquello hizo que el pecho de Elizabeth se estremeciera.
¿Será un instinto...?
¿O simplemente... de verdad reconoce a su padre?
Ambos avanzaron hacia el interior del edificio mientras conversaban.
Dael hablaba sin parar, contándole cosas sobre la escuela, sus juegos favoritos y lo mucho que le gustaban los postres que preparaba Kael.
Elizabeth lo escuchaba en silencio, respondiendo de vez en cuando con alguna pregunta.
Sin embargo, detrás de aquella aparente tranquilidad, su mente no dejaba de pensar en una sola cosa.
Kael...
Sus ojos brillaron con una intensidad difícil de describir.
Te atreviste a ocultarme que estabas embarazado.
Ahora tendrás que darme una explicación.
tampoco así, debe haber una forma de que le diga que es dante sin que no se vuelva loco