Un alfa embarazado de un Omega dominante
Dante Lombard Sanford siempre vivió a la sombra de su familia, hasta que conoció a Trébol Armstrong, un omega dominante que desafía todas las reglas. Lo que comienza como una atracción imposible termina convirtiéndose en un amor capaz de romper las leyes de la biología y los prejuicios de la sociedad.
Cuando Dante descubre que está embarazado de un omega, ambos deberán enfrentarse al rechazo, las ambiciones familiares y a quienes intentarán separarlos. Juntos demostrarán que el verdadero amor no entiende de jerarquías, solo de la valentía para elegir a la persona correcta.
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Accidente o bendición?
El cumpleaños de Deivid fue exactamente tan horrible como cualquier evento organizado por mi madre con dinero, expectativas y alcohol de por medio.
Mi hermano menor cumplía veintitantos y había decidido celebrarlo en la casa familiar “solo con gente cercana”, una frase que, en idioma Lombard Sanford, significaba cuarenta invitados de renombre, un chef privado, música en vivo, una mesa de postres ridícula y suficiente licor como para intoxicar a una embajada pequeña.
Yo no quería estar allí.
Pero asistir a los cumpleaños familiares era una de esas tradiciones que uno cumple por cansancio, por costumbre o por miedo a escuchar a su madre hablar del tema durante los próximos seis meses.
Así que me aliste y baje al salón principal.
Y bebí porque mi padre no paraba de presentarme Omegas hijas de sus colegas.
No hasta perder la conciencia, pero sí lo suficiente como para que mi paciencia bajara de nivel y mi sentido común se quedara sentado en algún rincón con ganas de llorar.
Dimitri estaba impecable, como siempre. Traje oscuro, sonrisa impecable, el aura de heredero perfecto brillándole hasta en la manera de sostener una copa. A su lado, la gente se acomodaba sola. Mi padre lo miraba como si siguiera viendo el mejor negocio de su vida. Mi madre lo trataba como a una obra de arte costosa. Y Deivid, por supuesto, lo adoraba porque Dimitri tenía el talento de hacer sentir especiales a las personas mientras seguía controlándolo todo.
Yo no lo odiaba.
No exactamente.
Pero había días en los que compartir sangre con él me sabía a derrota antigua.
La noche avanzó entre saludos, brindis, comentarios vacíos y varias conversaciones que no recuerdo porque estaba demasiado ocupado evitando a ciertos socios de mi padre que todavía me preguntaban por mi ex prometida con esa clase de curiosidad malsana que solo aparece en fiestas caras.
A la tercera copa, Dimitri decidió acercarse a mí en la terraza.
—Has estado raro últimamente —dijo, apoyándose en la barandilla a mi lado.
—Qué observador.
—Te saltaste dos cenas familiares este mes.
—Tengo trabajo.
—Siempre has tenido trabajo.
—Entonces quizá solo no quería bajar y ver sus caras.
Dimitri tomó un sorbo de su whisky.
—¿Tiene algo que ver con la ruptura o con el vecino? Ya escucho los comentarios de las sirvientas y de nuestro hermanito.
Lo miré despacio.
—Veo que Deivid sigue sin encontrar una actividad que no incluya meterse donde no lo llaman. Y deberé buscar nuevo personal de limpieza.
—No hace falta que él hable. Tienes cara de hombre obsesionado.
—Qué amable.
—Solo digo que te noto distraído. Recuerda que papá es quien decide con quién andas. Debes pensar en el apellido. De seguro ese vecino se habrá sacado la lotería o se metió con algún viejo con dinero y le sacó esa casa. Debe ser un mantenido.
Solté una risa breve.
—¿Y a ti qué te importa?
Dimitri me devolvió una mirada serena, de esas que siempre me habían puesto de peor humor porque parecían venir de alguien que ya se sentía moralmente por encima de la conversación.
—Eres mi hermano.
—No recordaba que te interesara el papel.
—No empieces.
—¿Por qué no? —giré hacia él con la copa en la mano—. ¿Porque arruinaría la imagen del cumpleaños perfecto? ¿O porque tendrías que fingir que no has disfrutado media vida viendo cómo me comparaban contigo?
Dimitri entrecerró los ojos.
—Estás borracho. Será mejor que subas a tu cuarto.
—No lo suficiente.
—Dante, eres adulto pero a veces actúas como un bebé.
—¿No me digas?, dime quién es el inmaduro aquí—seguí, bajando la voz con una sonrisa que no tenía nada de amable—. ¿Te acostaste con Camila porque te gustaba o solo porque era otra cosa mía que podías probar?
Su expresión cambió.
No mucho.
Lo justo.
—Eso no pasó así. Ella solo se encontraba en apuros, tú no estabas y yo la ayudé.
Solté una carcajada sin humor.
—Claro. Seguro ella tropezó y cayó encima de tu pene por accidente.
—Baja la voz.
—¿Te preocupa que te escuchen o que yo siga hablando?
—Me preocupa que estés haciendo el ridículo.
Y ahí estuvo.
La frase.
La chispa.
La maldita gota final.
Me reí, pero esta vez fue una risa vacía, de esas que uno suelta cuando el enojo ya está demasiado cerca del hueso.
—Eso es lo que siempre piensas de mí, ¿verdad? El hermano brillante pero desordenado. El hijo que funciona bien en público mientras no lo pongan al lado del heredero. El alfa útil, pero no el mejor. Que familia me gasto. Que padre más diligente buscándome pareja que mi hermano está dispuesto a comerse sin mi aprobación.
Dimitri apretó la mandíbula.
—No metas a papá en esto.
—¿Por qué no? Lleva haciéndolo toda mi vida.
—Estás buscando una pelea.
—Tal vez porque estoy cansado de tragármelas.
No sé quién se movió primero. Pero llegué al borde de la escalera sin darme cuenta.
Tal vez fui yo.
Tal vez fue él intentando apartarme cuando avancé demasiado.
Tal vez el whisky tuvo más protagonismo del que me gustaría admitir.
Lo único que sé es que un segundo estaba frente a Dimitri en el descanso superior de la escalera principal y al siguiente estaba perdiendo el equilibrio cuando di otro paso hacia atrás para irme a mi cuarto.
Sentí el borde del escalón bajo el pie.
El vacío.
El golpe seco del hombro contra la madera.
Luego otro.
Y otro.
El mundo se volvió ruido, dolor y un destello blanco detrás de los ojos. No sé a dónde calló mi copa. Por suerte no me corté la vena carótida o la aorta.
Cuando mi cuerpo se detuvo al pie de la escalera, el salón entero se dió cuenta por el grito seco que mi garganta emitió.
Alguien gritó mi nombre.
Mi madre, probablemente. Deivid soltó una exclamación ahogada. Y yo me quedé tumbado boca arriba, mirando el techo, tratando de entender por qué el brazo derecho me dolía como si alguien hubiera decidido arrancármelo con paciencia.
—¡Ahhh! No me jodan —grité y murmuré.
Entonces intenté incorporarme.
Mala idea.
El dolor me atravesó desde la muñeca hasta el hombro con tanta violencia que tuve que cerrar los ojos.
—No te muevas —ordenó Dimitri, arrodillándose a mi lado con el rostro pálido.
Lo miré con una furia borrosa.
—Aléjate de mí, cabrón.
—Dante, no seas idiota.
—Cállate o me pondré de pie solo para lanzarte yo mismo desde allá arriba.
Alguien llamó a una ambulancia. Mi madre lloraba. Mi padre gritaba órdenes como si el volumen fuera a reparar huesos. Deivid temblaba en un rincón con la copa todavía en la mano.
Y yo solo podía pensar una cosa:
qué forma tan elegante de arruinarle el cumpleaños a mi hermanito.
La fractura no fue grave, según el traumatólogo.
Fractura de radio, inmovilización, reposo, antiinflamatorios, analgésicos, fisioterapia después y prohibición estricta de cargar peso, conducir como un imbécil o fingir que el dolor no existía.
En otras palabras: una tortura.
Pasé los primeros días encerrado en mi casa, trabajando a medias, durmiendo mal y evitando cualquier conversación sobre lo ocurrido. Mi madre llamó a mi puerta diecisiete veces y por teléfono cuando no estaba en casa muchas veces más. Dimitri, muchas. Deivid apareció dos veces con comida y cara de funeral. Rafael me amenazó con llevarme de las orejas al hospital otra vez si seguía contestando mensajes con monosílabos.
Y yo seguí ignorando a todo el mundo.
También dejé de ir al gimnasio.
La primera sesión perdida me pareció lógica. La segunda, inevitable. La tercera me dejó un sabor extraño en la boca, como si además de la rutina estuviera perdiendo algo más.
El miércoles por la mañana, mientras intentaba abrir un frasco de café con una sola mano y muy poca dignidad, mi teléfono vibró sobre la encimera.
Trébol.
Me quedé quieto un segundo.
Luego abrí el mensaje.
Trébol: Faltaste a varias sesiones. Si estás cansado, aburrido o muerto, avisa. Reorganizar horarios también cuenta como respeto básico. Además me he asomado a tu casa y no te veo ni salir ni entrar ¿Te fuiste de viaje sin avisar?
Lo releí dos veces.
Y, de manera bastante humillante, sentí algo aflojarse dentro de mi pecho.
No era un mensaje dulce. No era una declaración. Ni siquiera era particularmente amable.
Pero era suyo. Y significaba que había notado mi ausencia.
Le respondí con el pulgar de la mano izquierda, bastante más lento de lo habitual.
Mensaje:
Yo: No estoy muerto ni nada de lo demás. Solo temporalmente averiado.
Los tres puntos de escritura aparecieron casi de inmediato.
Mensaje:
Trébol: ¿Qué hiciste?
(Miré el yeso. Miré el café cerrado. Miré mi orgullo.)
Mensaje:
Yo: Nada que mejore si lo cuento por chat.
Pasaron unos segundos.
Trébol: Entonces ven. Estoy en casa.
Me quedé mirando la pantalla.
No decía si quieres. No decía cuando puedas. No decía cuéntame.
Decía ven.
Como si fuera lo más natural del mundo. Como si él tuviera derecho a pedirme eso. Como si yo fuera a obedecer sin discutir.
Lo peor fue descubrir que tenía razón.
A las seis y media de la tarde crucé el jardín que separaba nuestras casas con el brazo inmovilizado, una camiseta negra, pantalones jeans, mal humor, nervioso, ansioso y el orgullo sostenido con cinta adhesiva.
Toqué el timbre de Trébol con la mano izquierda.
Él abrió casi de inmediato.
Y lo vi genuinamente sorprendido.
Sus ojos bajaron directo al yeso blanco que me cubría desde debajo del codo hasta la muñeca.
Luego volvieron a mi cara.
—Mierda —dijo.
No era una palabra que le oyera usar a menudo, así que la gravedad del asunto quedó bastante clara.
—Qué recibimiento tan cálido —murmuré.
Trébol abrió más la puerta.
—Entra.
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(人*´∀`)。*゚+
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