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La mujer que despertó mi corazón.

La mujer que despertó mi corazón.

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio contratado / Matrimonio arreglado / Enfermizo
Popularitas:114.1k
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Sol Linares no tenía tiempo para soñar con vestidos blancos ni finales felices. Su mamá necesitaba una cirugía urgente, y su padre, que llevaba años mirándola desde lejos, le ofreció una sola salida: casarse con Bruno Alcázar, el heredero de una de las familias más poderosas de Buenos Aires.

Bruno no podía hablar. No podía moverse. Después de una caída extraña, todos lo daban por perdido.

Pero Sol descubre algo que nadie le había dicho: ese hombre inmóvil fue quien la salvó una noche en la que ella creyó que no iba a salir viva.

Lo que empezó como un trato frío se vuelve una deuda, después una promesa, y finalmente una guerra silenciosa dentro de una casa llena de secretos. Mientras Sol cuida a Bruno, alguien intenta terminar lo que empezó aquella caída.

Y Bruno, atrapado en su propio cuerpo, escucha todo.

La chica que compraron para acompañarlo no se parece a nadie de su mundo. Habla demasiado, cocina como si pudiera curar con las manos, pelea cuando la acorralan y no sabe rendirse.

Él sólo tiene una idea fija: despertar antes de que la destruyan.

NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11

La residencia Alcázar estaba cerrada y oscura.

Sol no quiso tocar timbre. Si despertaba a media casa, Marta iba a aparecer con esa cara larga y esos ojos de sospecha. Además, no venía de visita. Venía a mirar si Bruno seguía respirando.

La casa no tenía muro perimetral, pero las puertas dobles de madera eran enormes y pesadas. Sin que alguien abriera desde adentro, no había forma de entrar por ahí.

Sol rodeó la fachada.

Las pequeñas luces empotradas en la pared titilaban como puntos bajos en la noche. El dormitorio de Bruno quedaba en el tercer piso. Ni loca trepaba hasta ahí. Pero en el segundo piso, junto a la escalera, había una ventana rectangular entreabierta, a unos cuatro metros del suelo.

Sol retrocedió unos pasos.

Corrió, apoyó los pies contra la pared, se impulsó y logró agarrarse del marco. Los brazos le temblaron un segundo, pero subió igual y se metió por la abertura.

Cayó casi sin ruido.

Era la primera vez que entraba a una casa por una ventana. No le salió tan mal.

—Bien, Sol —se susurró—. No te caíste. Algo es algo.

Subió al tercer piso y empujó la puerta del cuarto de Bruno.

Apenas pisó, el pie derecho se le deslizó.

Se golpeó el codo contra la puerta y tuvo que morderse los labios para no quejarse en voz alta. Bajó la linterna del celular hacia el piso.

Había una película finísima de líquido bajo la puerta. Casi transparente, apenas amarilla, pegajosa.

Y el olor.

Químico. Áspero. De esos que se meten en la nariz.

Sol apagó la linterna de golpe y cerró la puerta.

Había repartido pedidos en el edificio de química de la facultad. No podía entrar a los laboratorios, pero esperaba abajo mientras chicos con guardapolvo y barbijo bajaban a buscar comida. Varias veces había sentido ese tipo de olor en la ropa de ellos.

Eso no era agua.

Eso no era normal.

La espalda se le llenó de sudor frío.

La casa Alcázar era más peligrosa de lo que había imaginado.

Ricardo la había tirado a un pozo. Ella quería devolverle a Bruno lo que él había hecho por ella, sí. Pero no quería dejar la vida en una pelea de millonarios. Era una estudiante común, con una madre recién operada y demasiadas cuentas encima.

No tenía experiencia para esto.

No tenía poder.

No tenía a quién llamar.

Agarró el picaporte para irse.

Entonces se quedó quieta.

Bruno, tres años atrás, no había dudado ni medio segundo cuando la vio arrastrada a un pasaje. Se metió solo, golpeó a dos hombres y le tiró su saco sin preguntar quién era.

Si él hubiera dudado, Sol no sabía qué habría sido de ella.

—Cobarde —se dijo, y se dio una palmada suave en la mejilla—. No seas cobarde.

Sacó un pañuelo de papel, encendió otra vez la linterna y absorbió lo poco que quedaba del líquido. Lo guardó con cuidado en una bolsita, limpió el piso y recién entonces fue hacia la cama.

Bruno estaba quieto.

Demasiado quieto.

Sol le acercó los dedos a la nariz.

Respiraba.

Sólo ahí notó que tenía la remera pegada a la espalda.

—Señor Alcázar, ¿qué hago ahora? —murmuró.

Bruno había dormido un rato después de la cena. Desde aquel dolor en la cabeza, su oído parecía más fino. En la noche podía captar sonidos mínimos: una madera que crujía, pasos lejos, el roce de una tela.

Estaba contando ovejas por puro aburrimiento cuando la puerta se abrió.

Marta entró.

Se quedó al lado de la cama un momento. Después lo agarró con brusquedad y lo giró boca abajo.

Bruno quedó con la cara hundida en la almohada.

Marta escupió cerca de su nuca.

—A ver cuánto durás así.

Se fue.

Bruno sintió una risa seca por dentro.

Cuando estaba de pie, todos lo trataban con cuidado. Familiares, amigos, empleados: todos sabían inclinar la cabeza en el ángulo justo. Después de quedar postrado, muchos habían ido a verlo con excusa de visita y habían hablado delante de él como si fuera un mueble.

Fumaron en su cuarto aunque sabían que él odiaba el olor. Se lamentaron por obligación. Se burlaron de lo duro que había sido en la empresa. Algunos hasta calcularon, junto a su cama, cómo se repartirían el Grupo Alcázar cuando muriera.

Esteban, su tío, había sido el peor.

—No me culpes, Bruno —le había dicho una tarde, con voz casi amable—. Tu abuelo está viejo. La empresa no puede quedarse sin cabeza. Vos descansá. De lo demás me ocupo yo.

Después le dio órdenes a su asistente especial: cómo desplazar al equipo de Bruno, cómo sacar a sus secretarias, cómo ocultarle información a Don Ernesto, cómo traer a Tomás de vuelta.

Bruno lo escuchó todo.

Esteban siempre había sido ambicioso y mediocre. En la constructora había recortado materiales, ocultado impuestos y usado fondos de la compañía para comprar inversiones a título propio. Bruno lo había dejado pasar más de una vez por respeto a Don Ernesto.

Ahora veía el resultado.

Tomás no era mejor: soberbio, angosto, sin límites.

Don Ernesto lo sabía, pero repetía lo de siempre: eran familia, había que cubrirlos un poco.

Bruno había cedido demasiado por el viejo.

Y ahora estaba boca abajo, con la nariz contra la tela, respirando cada vez peor.

La manta era suave. Sol la había aireado el día anterior y todavía olía a sol.

Pero el aire no entraba.

Marta no haría algo así por cuenta propia. No era valiente, sólo codiciosa. Detrás de ella había alguien.

¿Quién?

El pecho empezó a dolerle.

Primero una presión. Después una punzada feroz, como si algo diminuto se rompiera cerca del corazón y el dolor quisiera abrirse paso por todo el cuerpo.

No quería morir.

No así.

Esa chica tonta, la que hablaba sola, la que cocinaba bien, la que leía Jane Eyre como si hubiera descubierto un tesoro viejo, había vuelto a ponerle ruido al mundo. Le había leído su ensayo con orgullo y después anunció:

—Señor Alcázar, dos créditos adentro.

Bruno se había reído por dentro.

Quizás todavía quería ver qué cara tenía esa persona.

Venía. Tenía que venir.

—¡Señor Alcázar!

Unas manos suaves, pero fuertes, lo giraron de golpe.

El aire entró como una ola.

Bruno quiso abrir la boca y tomarlo todo. El oxígeno le raspó la garganta, le llenó los pulmones y le devolvió, de manera brutal, la sensación de estar vivo.

Sol iluminó su cara con el celular.

Bruno estaba gris, con la boca apenas abierta y la respiración acelerada. El resto del cuerpo seguía rígido, inútil, como un muñeco pesado.

Sol apoyó una mano sobre su pecho.

El corazón golpeaba fuerte.

—Está vivo —dijo, casi sin voz.

Se dejó caer sobre la alfombra.

La casa Alcázar daba miedo.

Querían matar a Bruno.

Le tomó la muñeca. Sólo piel y hueso. Él ya no podía defenderse de nadie, y aun así no lo dejaban en paz.

El miedo se le fue convirtiendo en enojo.

Bruno era su salvador.

No iba a permitirlo.

A la mañana siguiente, Sol abrió los ojos en la cama de acompañante del sanatorio y encontró a Mercedes sentada, mirándola en silencio.

—Mamá.

Mercedes tenía la cara triste.

—Sol, ¿estás saliendo con alguien?

Sol se quedó helada.

—No. ¿Por qué me preguntás eso?

No tenía tiempo para enamorarse. Trabajaba, estudiaba, cuidaba a Mercedes, cuidaba a Bruno. Había rechazado más propuestas absurdas de las que quería recordar, incluso de tipos que creían que con plata podían comprarle la vida.

Mercedes suspiró.

—Siento que te até. No pude comprarte ropa linda, no pude llevarte de viaje, estás por terminar la carrera y ni novio tenés. Somos pobres, hija. A veces la gente mira eso.

Sol no sabía si reírse o llorar.

—Mamá, todavía soy chica. Y si alguien me desprecia por no tener plata, mejor que se quede lejos.

—Siempre me consolás.

—Porque soy excelente consolando. Además, su hija es brillante y linda. Algún día le voy a traer un yerno buenísimo, quédese tranquila.

Se metió al baño antes de que Mercedes pudiera ver demasiado en su cara.

Alguien golpeó la puerta.

—Señora Mercedes, mi mamá mandó desayuno. Dice que lo del sanatorio no se puede comer todos los días.

Era Santiago Quiroga, el hijo de la señora Clara.

Mercedes se acomodó enseguida.

—Pasá, Santi. Tu mamá es demasiado amable.

Cuando Sol salió, vio a un chico alto, de pelo oscuro, espalda recta y piernas largas ordenando recipientes sobre la mesa. Al verla, se puso un poco colorado.

—Gracias —dijo ella.

—No es nada. Voy en moto a la facultad. Si querés, te alcanzo.

Sol dio un paso atrás.

—No, gracias.

Santiago no insistió.

—Bueno. Señora Mercedes, me voy.

—Andá, hijo.

El desayuno era abundante y venía separado en bolsitas fáciles de llevar. Mercedes eligió lo más práctico y se lo puso a Sol en la mano.

—Comé algo en el camino. Siempre salís corriendo.

Sol le dio un beso rápido.

—Sos la mejor. Acordate de preguntarle al médico qué día te dan el alta.

—Dale, madre mía. Sos más pesada que yo.

Sol bajó corriendo hacia la parada. La primera clase era con la profesora más estricta de la carrera. Si llegaba tarde, se ganaba una tortura segura.

—Sol Linares.

Frenó.

Santiago estaba junto a una moto, con un casco rosa en la mano.

—¿Otra vez?

Él bajó la mirada, algo incómodo.

—Soy de la UBA. Posgrado en química ambiental. Suelo ir al comedor donde trabajás.

Química.

Sol pensó en la bolsita con el pañuelo y el olor punzante.

Los ojos se le movieron con rapidez.

—Bueno —dijo al fin—. Gracias.

Santiago le dio el casco, tomó su desayuno y lo colgó del manubrio. Ella subió rígida, sentada derecha, abrazada a la mochila como si fuera un escudo.

Él esperó unos segundos. Después se rió de sí mismo.

—Dame la mochila.

—¿Eh?

Santiago se la puso él y dijo:

—Vos abrazá la mochila delante tuyo. Así vas cómoda.

Sol entendió y se relajó apenas.

—Ah. Gracias.

La moto arrancó con un rugido. Los árboles retrocedieron a los costados y el viento fresco le tiró el pelo hacia atrás.

Por primera vez en días, Sol sintió que iba más rápido que sus problemas.

Santiago Quiroga

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Tina Farias
se nota que la autora de la novela no tiene idea de cómo se escribe una buena Novela
ya me e leído 5 novelas hermosas 💖
Belkis Sioli
????? 👀👀👀👀👀 que necesidad de alargarla tanto,
Nellys Bericote
Excelente Inicio de la Novela Escritora Felicitaciones tienes buena narración mantienes al lector queriendo más vamos a ver como se desarrolla la historia 👏👏👏👏👏
Belkis Sioli
a esta altura que aparezcan personajes nuevos, no da .
Belkis Sioli
apareció la madre 😕😕😕😕
Belkis Sioli
ayyyy por favorrrrr, no.pueden ser tan nabos los dos. 😅😅😅
Belkis Sioli
quiero un abogado así 😅😅😅
Belkis Sioli
claro ahora que está flaca la mira, antes no, que feo y vos narradora también, dejas mucho que desear con ese comentario , te fuiste al pasto.
Belkis Sioli
ya que esperamos más de 50 capítulos para su primer beso, espero que su primera vez valga la pena.
Tina Farias
uufff me e leído 3 novelas completas
y aun esta autora no sube el otro Capítulo
aprende a ser más responsable al momento de escribir una novela
las novelas tienen principio y final
😡😡😡
Belkis Sioli
ay no , no puede ser tan estúpida, no sabes si abrazarla o darle una patada para que despierte 😕😕😕👀👀
Belkis Sioli
muyyyyy lenta 🤔🤔🤔
Belkis Sioli
muyyyyy lenta 🤔🤔🤔
Belkis Sioli
siempre alguien interrumpe ???? es muy repetitivo, además Elias no había ido , solo fue Rodrigo
Belkis Sioli
que estúpida, hace cosas de pendeja.
Belkis Sioli
ya veo que esta tarada se va a estudiar y el viejo aprovecha y lo obliga a casarse con la siliconada fruncida. QUE LENTO TODO.
Jorge luis Méndez Montaño
porque está incompleta?
Belkis Sioli
comparto lo de Graciela, larga ,aburrida, me parece innecesario, se pudo abreviar y contar lo mismo 😒😒😒😕😕
Belkis Sioli
está un poco lento esto, 😕😕😕
Tina Farias
bueno de verdad que esta Novela no tiene final
sino tienen idea de como escribir una novela
mejor no lo aga
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