Ella renace en un nuevo mundo, destinada a ser una madrastra malvada, pero decidida a cambiar su futuro.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Culpa
Los días siguieron pasando.
Y la cercanía entre Edward y Harriet crecía de una forma tan natural...
Que ninguno de los dos supo decir en qué momento ocurrió.
Ahora desayunaban juntos algunas veces.
Revisaban documentos uno al lado del otro.
Si Harriet encontraba algo divertido en un libro, inmediatamente iba a enseñárselo.
Si Edward descubría una flor particularmente hermosa durante sus recorridos por el ducado...
La hacía crecer en el jardín para que Harriet la encontrara al día siguiente.
Eran pequeños gestos.
Tan pequeños...
Que solo quienes los observaban desde fuera podían notar cuánto significaban.
Una mañana...
Edward caminaba por uno de los corredores de la mansión.
No tenía intención de escuchar conversaciones ajenas.
Pero, al pasar junto a una puerta entreabierta...
Oyó la voz de dos doncellas.
—La verdad...
Dijo una de ellas en voz baja.
—Los duques se ven muy felices.
La otra sonrió.
—Sí.
—Nunca imaginé que terminarían enamorándose.
Hubo un pequeño silencio.
Entonces la primera suspiró.
—Aunque... Me da un poco de pena.
—¿Por qué?
—Parece que el duque ya olvidó a Lady Missandre.
Edward se quedó completamente inmóvil.
Su respiración se detuvo un instante.
La otra doncella bajó la cabeza.
—Ella era una buena mujer. Murió muy joven... Y ahora...
La primera suspiró otra vez.
—Es como si nunca hubiera existido.
Edward sintió un peso caer sobre su pecho.
No esperó escuchar más.
Continuó caminando.
Pero aquellas palabras...
Lo acompañaron todo el día.
[Parece que ya olvidó a Lady Missandre.]
Una y otra vez.
Como un eco.
Aquella tarde...
Mientras revisaba unos informes...
No consiguió leer una sola línea.
Su mente había regresado muchos años atrás.
Missandre.
Su primera esposa.
Recordó su sonrisa.
Su voz.
Las tardes caminando por los jardines.
Y el día en que todo cambió.
El parto.
Las complicaciones.
La desesperación.
El silencio.
La pérdida.
Cerró lentamente los ojos.
[Habría querido...]
[Que vieras a nuestros hijos.]
Imaginó a Missandre riendo junto a Eric.
Abrazando a Ellie.
Viendo cómo daban sus primeros pasos.
Celebrando su primer cumpleaños.
Sintió un nudo en la garganta.
[Y ahora...]
[Yo...]
Pensó en Harriet.
En sus besos.
En las risas.
En la felicidad que había regresado a la mansión.
Y la culpa apareció sin pedir permiso.
[¿Estoy...]
[Traicionándote?]
Aquella pregunta le dolió más de lo que esperaba.
Un rato después...
El mayordomo llamó a la puerta.
—Su Excelencia.
Edward levantó apenas la vista.
—Adelante.
El anciano sonrió.
—Las niñeras tienen casi una apuesta entre ellas y las doncellas
—¿Como?
—Creen que Lady Ellie hablará primero que el joven Eric.
Edward sonrió apenas.
—¿Sí?
—Sí. Parece que intenta imitar muchos sonidos.
El duque asintió.
Por un instante...
La culpa pareció desaparecer.
Pero entonces el mayordomo añadió con una sonrisa llena de ternura.
—Es muy probable... Que la primera palabra de alguno de los dos sea "mamá".
Edward levantó lentamente la cabeza..
Continuó el anciano.
—Cuando eso pase Lady Harriet va a estar muy emocionada..
El despacho quedó completamente en silencio.
El mayordomo, sin darse cuenta del efecto de sus palabras, siguió hablando.
—La buscan todo el tiempo. Ella los calma. Los cuida. Los abraza. Para ellos... Será lo más natural del mundo.
Edward ya no escuchaba el resto.
Su mente había vuelto a detenerse.
[Mamá.]
Sintió una punzada en el pecho.
[Missandre...]
[Ellos...]
[Tienen una mamá.]
Una madre que los había esperado durante meses.
Que los había llevado en su vientre.
Que había dado la vida para traerlos al mundo.
Y ahora...
Sus hijos probablemente llamarían "mamá" a otra mujer.
Una mujer maravillosa.
Que los quería sinceramente.
Que jamás había intentado ocupar el lugar de nadie.
Y, precisamente por eso...
La culpa se hizo todavía más fuerte.
[¿Qué derecho tengo...]
[A ser feliz?]
[¿Qué derecho tengo...]
[A enamorarme otra vez?]
Miró por la ventana.
En el jardín...
Harriet estaba arrodillada frente a Ellie.
La pequeña reía mientras intentaba colocar una corona de flores sobre la cabeza de Edward... que en realidad estaba sobre un muñeco de madera.
Eric aplaudía feliz.
Harriet comenzó a reír con ellos.
Era una escena llena de vida.
De alegría.
De paz.
Y, aun así...
Edward sintió que el pecho le pesaba cada vez más.
El mayordomo observó en silencio la expresión de su señor.
Conocía aquella mirada.
La había visto hace un año atrás.
Cuando Missandre murió.
No dijo nada.
Solo hizo una pequeña reverencia y abandonó el despacho.
Edward permaneció completamente solo.
Mirando a su familia desde la ventana.
Deseando con todas sus fuerzas poder disfrutar de aquella felicidad.
Pero sintiendo que, cada vez que sonreía...
Le estaba fallando a una persona que ya no podía responderle.
Y aquella culpa...
Silenciosa.
Invisible.
Comenzó a instalarse lentamente en su corazón.