En mi vida anterior amé hasta destruirme.
Soporté cada traición creyendo que el amor debía doler.
Morí rota.
Desperté años atrás con una sola promesa: esta vez no vuelvo contigo.
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Capítulo 2: La primera mentira que no voy a contar
La primera mentira que no voy a contar
El abrazo de Lucas duró más de lo normal.
Yo me aferraba a él como si todavía estuviera cayendo, y él me sujetaba con esa fuerza silenciosa que siempre había tenido cuando me veía romperme. El problema era que esta vez yo no estaba rompiéndome… estaba recordando.
—Valeria… —susurró contra mi cabello—. ¿Qué pasó? Te escuché gritar.
Tragué saliva. El nombre salió de su boca con la misma suavidad de siempre, pero ahora me dolía de una forma distinta. En mi vida anterior, la última vez que lo escuché decir mi nombre fue en el hospital, cuando yo ya no podía contestarle.
—Solo… una pesadilla —mentí.
La primera mentira de esta nueva vida.
Y odié lo fácil que me salió.
Lucas se separó un poco para mirarme la cara. Tenía los ojos hinchados, como si él también hubiera llorado recientemente. Me sequé las mejillas con el dorso de la mano y forcé una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Estoy bien. De verdad.
Él no me creyó. Nunca me creía cuando mentía sobre lo que sentía. Pero esta vez, en lugar de insistir, solo suspiró y se sentó en el suelo a mi lado, con la espalda apoyada en la bañera.
—Mateo te llamó tres veces anoche —dijo de repente.
El nombre me golpeó el pecho como un puñetazo.
Mateo.
Todavía no sabía que yo había muerto.
Todavía no sabía que yo recordaba cada una de sus traiciones.
—¿Qué le dijiste? —pregunté con voz baja.
—Que estabas dormida. Como siempre.
Me quedé callada. En mi vida anterior, esas llamadas eran el inicio de otra pelea. Él reclamándome por no contestar, yo justificándome, y al final yo pidiendo perdón aunque no hubiera hecho nada malo. El ciclo de siempre.
Esta vez no.
—No le devuelvas la llamada —dije.
Lucas me miró sorprendido.
—¿Qué?
—No le devuelvas la llamada. Ni le digas que estoy despierta.
Él frunció el ceño, confundido. En esta línea temporal yo todavía era la novia perfecta de Mateo. La que siempre contestaba, la que siempre cedía, la que siempre tenía una excusa lista para perdonarlo.
—Valeria… ¿ustedes están bien?
La pregunta me revolvió el estómago. Me levanté del suelo y me lavé la cara con agua fría, evitando su mirada en el espejo.
—No lo sé —respondí con honestidad—. Pero esta vez voy a averiguarlo de verdad.
Lucas se quedó en silencio unos segundos. Después se puso de pie y me pasó una toalla.
—Sea lo que sea… estoy de tu lado. Siempre.
Esas cuatro palabras me partieron el pecho.
En mi vida anterior, él me las dijo muchas veces. Y yo nunca pude devolvérselas cuando él más las necesitó.
Me giré y lo abracé otra vez, más fuerte.
—Yo también estoy de tu lado, Lucas. Esta vez de verdad.
Sentí que él se tensaba un segundo. Como si esas palabras le hubieran tocado algo que prefería mantener escondido. No pregunté. Todavía no. Pero guardé esa reacción en la memoria.
Después de que se fuera a su habitación, me quedé sola frente al espejo.
La Valeria de hace tres años me miraba con ojos asustados. Yo ya no era ella. Yo era la mujer que había muerto amando a alguien que nunca me eligió del todo. Y ahora tenía la oportunidad de no repetir la misma estupidez.
Saqué el teléfono.
El chat con Mateo seguía abierto en la última pelea que habíamos tenido (en esta línea temporal) por algo tan estúpido como no contestarle en menos de cinco minutos.
Escribí un mensaje.
Lo borré.
Escribí otro.
Lo borré también.
Al final dejé el teléfono boca abajo sobre el lavabo.
No iba a ser la misma mujer que corría a calmarlo.
No iba a ser la misma mujer que inventaba excusas para sus silencios.
Esa noche no dormí.
Me senté en la cama con las rodillas contra el pecho y repasé mentalmente todo lo que recordaba de los próximos meses. Las fechas. Las mentiras. Las veces que lo perdoné. Y también… las veces que Lucas llegó a casa con los ojos rojos y la excusa de “estoy cansado”.
Thiago.
El nombre me revolvió el estómago ahora que lo pensaba con claridad.
El mejor amigo de Mateo. El chico alegre que siempre estaba en nuestras reuniones. El que hacía reír a Lucas como nadie más podía.
Y el que, según descubrí demasiado tarde en mi vida anterior, tenía novia desde hacía casi un año mientras le juraba a mi hermano que él era el único.
Cerré los ojos con fuerza.
Esta vez no solo iba a salvarme a mí.
Iba a intentar salvarnos a los dos.
Aunque me costara cada gota de la sangre que todavía no había derramado.
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A la mañana siguiente, el destino decidió no darme tiempo.
Estaba en la cocina preparándome un café cuando la puerta principal se abrió sin llamar. Solo una persona tenía llave además de nosotros dos.
Mateo entró como si nada, con esa sonrisa confiada que siempre me desarmaba.
—Buenos días, amor. Traje pan…
Se detuvo al verme. Su sonrisa vaciló un segundo.
Yo me quedé paralizada, con la taza en la mano. El corazón me latía tan fuerte que pensé que él podía oírlo desde la puerta.
Tres años.
Habían pasado tres años desde la última vez que lo vi con vida… y sin embargo, ahí estaba. Tan real. Tan hermoso. Tan peligroso.
—Valeria… —dijo suavemente—. ¿Estás enojada conmigo por anoche?
Anoche.
La pelea estúpida de esta línea temporal.
La que en mi vida anterior yo había terminado pidiendo perdón de rodillas.
Esta vez levanté la mirada y lo sostuve sin parpadear.
—Sí —respondí con voz tranquila—. Estoy enojada.
Mateo parpadeó, sorprendido. No estaba acostumbrado a que le contestara así.
Y por primera vez en mucho tiempo…
vi una grieta real en su expresión.