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Capítulo 19
Capítulo 19: El Guardarropa
Tres camisetas.
Llevaba dos semanas trabajando como mi asistente y el hombre tenía exactamente tres camisetas. Una gris oscura con un pequeño agujero cerca de la costura del hombro izquierdo. Una azul marino tan lavada que había adquirido ese tono fantasmal de las cosas que alguna vez fueron nuevas. Y una blanca —la peor de todas— cuyo cuello amarillento delataba años de uso sin remedio.
Las rotaba con una disciplina militar que habría sido admirable si no fuera tan deprimente.
Gris. Azul. Blanca. Gris. Azul. Blanca.
El ciclo se repetía sin falta, sin variación, sin vergüenza. Renato Solís llegaba cada mañana con una de esas tres camisetas perfectamente planchadas, como si el acto de plancharlas las elevara de categoría. No lo hacía. Seguían siendo tres camisetas tristes en rotación infinita.
Hoy era día de la blanca.
Lo observé de reojo mientras revisaba su tableta en la esquina del estudio, de pie como siempre porque se negaba a sentarse a menos que yo se lo indicara explícitamente. El cuello amarillento contrastaba contra su piel como una acusación. Me molestaba. No por mí —me daba igual lo que la gente pensara de mi asistente— sino porque alguien con esos hombros, con esa mandíbula, con ese porte de deportista que caminaba como si el mundo fuera una cancha y cada paso un punto ganado... merecía algo mejor que una camiseta cuyo blanco original era ya un recuerdo lejano.
No. Espera. Reformulo.
Me molestaba porque era poco profesional. Punto. Nada más.
—Renato.
Levantó la vista de la tableta. Sus ojos oscuros me encontraron con esa expresión neutra que ya empezaba a conocer: la que usaba cuando esperaba una orden sin revelar si le importaba o no recibirla.
—¿Cuántas camisetas tienes?
Una pausa. Casi imperceptible, pero la vi. Un músculo en su mandíbula se tensó.
—Las suficientes.
—Tienes tres.
Silencio.
—Las he contado —añadí, cruzándome de brazos—. Gris, azul, blanca. En ese orden. Cada semana. Sin falta.
Renato cerró la tableta con un movimiento lento y controlado.
—Están limpias.
—No dije que estuvieran sucias. Dije que tienes tres.
Sus ojos se estrecharon apenas, y ahí estaba: esa resistencia silenciosa que desplegaba cuando sentía que algo lo acorralaba. Lo había visto hacer lo mismo en la cancha, en los videos que definitivamente no había estado revisando a las dos de la mañana. Cuando un oponente lo presionaba contra la línea de fondo, Renato no retrocedía. Se plantaba. Se convertía en piedra.
Se estaba convirtiendo en piedra ahora mismo, frente a mí, por unas camisetas.
Me puse de pie y tomé mi bolso del respaldo de la silla.
—Vamos.
—¿Adónde?
—Al centro comercial.
La expresión de piedra se fracturó. Solo un poco. Solo lo suficiente para que yo detectara algo parecido a la alarma cruzándole el rostro.
—No necesito...
—Mi asistente necesita verse presentable —lo interrumpí, caminando hacia la puerta sin mirarlo—. Que andes vestido así es un insulto a mi imagen. La gente va a pensar que no te pago.
—No me pagas.
Me detuve en seco. Me giré.
Renato me sostuvo la mirada con una calma infuriante. Tenía razón, técnicamente. Su "salario" era parte del acuerdo con mi familia, no un pago directo de mi bolsillo. Pero el muy desgraciado lo sabía y lo estaba usando como escudo.
—Con mayor razón —dije, alzando la barbilla—. Si la gente descubre que te tengo trabajando gratis Y mal vestido, van a pensar que soy una tirana.
—¿Y no lo eres?
Lo miré. Él me miró. Algo chispeó en el aire entre nosotros, algo que no era exactamente tensión ni exactamente otra cosa, algo que me calentó el pecho de una manera incómoda.
—Camina, Renato.
Caminó.
El Plaza Libertador era el tipo de centro comercial donde el mármol del piso brillaba tanto que podías ver tu reflejo caminando. Yo lo conocía bien —había crecido arrastrando a mis nanas de tienda en tienda, exigiendo vestidos que después usaba exactamente una vez—. Pero verlo a través de los ojos de Renato era... diferente.
No es que él mirara con asombro. No era eso. Renato no miraba las tiendas ni las vitrinas ni los pisos relucientes. Miraba recto, hacia adelante, con la mandíbula firme y los hombros cuadrados, como si estuviera cruzando territorio enemigo y cada paso fuera una concesión táctica. Su camiseta blanca con el cuello amarillento resaltaba entre la marea de marcas de diseñador como una señal de socorro.
Entré a la primera tienda deportiva que vi. Una de las buenas, de esas donde una camiseta costaba lo que un mes de comida para una persona normal y donde los vendedores olían el dinero como tiburones olían la sangre.
Excepto que cuando entramos, los tiburones no olieron dinero.
Olieron a Renato.
Lo vi suceder en tiempo real. La vendedora más cercana —pelo recogido, sonrisa profesional, uñas perfectas— nos evaluó en menos de dos segundos. Sus ojos fueron de mi bolso de diseñador a la camiseta amarillenta de Renato, y algo cambió en su expresión. Algo sutil. Algo que la gente como ella creía que era invisible pero que yo reconocía perfectamente porque había crecido rodeada de personas que hacían exactamente lo mismo.
Se acercó a mí. Solo a mí.
—Bienvenida. ¿Busca algo en particular?
Detrás de nosotras, otro vendedor le lanzó a su compañera una mirada que yo capté por el reflejo en el espejo de cuerpo completo. Una sonrisita. Pequeña. Casi nada. Pero ahí estaba.
Renato también la vio. Lo supe porque sus hombros se tensaron un milímetro. Porque su respiración cambió. Porque bajó la vista medio segundo hacia su propia camiseta y después la subió de nuevo, y su expresión era exactamente la misma de siempre pero ahora tenía algo detrás, algo duro y oscuro que me apretó el estómago.
No.
Ni en esta vida ni en la otra.
—Él necesita ropa —dije, señalando a Renato sin girarme—. Empezamos por camisetas deportivas. Todas las que tengan en talla mediana. Negras, grises, blancas. También quiero ver chaquetas. Las de la línea técnica, no las casuales. Y pantalones de entrenamiento, los de corte slim. ¿Cuántos vestidores tienen libres?
La vendedora parpadeó, recalibrando.
—Eh... dos, señorita.
—Perfecto. Que estén listos en cinco minutos.
Me giré hacia el espejo como si estuviera revisando mi propio reflejo —mi pelo, mis aretes— y en la superficie pulida vi al vendedor del fondo codeando a otro. Otra sonrisita.
No levanté la voz. No necesitaba hacerlo. Nunca lo necesité. Mi abuela me enseñó algo antes de morir: el poder real no grita.
—Una cosa más —dije, todavía mirando mi reflejo, todavía sin girarme—. Si alguien en esta tienda vuelve a sonreír de esa manera, voy a pedir hablar con el gerente. Y si el gerente no me satisface, voy a llamar al director regional, que resulta que cenó en mi casa el mes pasado. ¿Quedó claro?
El silencio que cayó sobre la tienda fue hermoso. Denso. Total.
La vendedora tragó saliva.
—Clarísimo, señorita. Enseguida le preparamos los vestidores.
Se movieron como si les hubieran incendiado. De repente, Renato era el cliente más importante que había cruzado esas puertas. Lo guiaron al vestidor con una cortesía tan exagerada que rayaba en lo cómico, ofreciéndole agua, café, un asiento acolchado.
Renato rechazó todo con un movimiento de cabeza y desapareció detrás de la cortina con un montón de ropa sobre el brazo y la misma expresión de piedra de siempre.
Me senté en el sillón frente a los vestidores, crucé las piernas y saqué mi teléfono.
Piedra, piedra, piedra. Ese hombre era una fortaleza.
Pero yo tenía paciencia. Y una tarjeta de crédito sin límite.
Salió con la primera camiseta negra y se plantó frente al espejo sin decir nada. Le quedaba bien. Le quedaba objetivamente bien, de esa manera en que la ropa cara le queda bien a la gente que tiene la estructura para sostenerla. Hombros anchos, cintura estrecha, brazos donde se adivinaba cada músculo sin exageración.
—Esa sirve —dije sin levantar la vista de mi teléfono—. Siguiente.
Gris técnica con costuras reflectantes. Bien.
Blanca de cuello redondo, tela que se sentía como mantequilla. Bien.
Azul oscura de compresión que se le pegaba al torso como una segunda piel. Muy bien. Demasiado bien. Desvié la mirada.
—Esa también —murmuré.
Renato entraba y salía del vestidor con la eficiencia mecánica de alguien que estaba soportando un procedimiento médico. No se miraba al espejo más de dos segundos. No preguntaba mi opinión. No sonreía, no se quejaba, no reaccionaba. Solo se cambiaba, salía, esperaba mi veredicto y volvía a entrar.
Era desesperante.
Era absolutamente desesperante y yo estaba cada vez más fascinada.
Entonces salió con la chaqueta.
Era negra. Ajustada. Técnica, con un cierre delgado y solapas que enmarcaban su cuello —su cuello, largo y limpio, sin el amarillo de la camiseta vieja, solo piel y la línea de su mandíbula— y los hombros cortados con una precisión que parecía diseñada específicamente para él. El material se ajustaba en la cintura y caía recto por las caderas, y cuando Renato se giró hacia el espejo con ese movimiento seco que hacía siempre, con esa economía de gestos que convertía cada acción en algo contenido y preciso...
Mi corazón se detuvo.
No metafóricamente. No como figura literaria. Mi corazón, el órgano físico dentro de mi pecho, dejó de latir por un instante tan claro y definido que sentí el vacío como un golpe. Y después se reanudó con fuerza, como si estuviera compensando el latido perdido, bombeando calor hacia mi cara, mi cuello, mis manos.
Bajé la vista a mi teléfono. La pantalla estaba en blanco. No estaba haciendo nada. Llevaba treinta segundos mirando una pantalla apagada para no mirarlo a él.
—¿Y esta? —preguntó Renato.
Su voz era la misma de siempre. Plana. Neutra. Pero era la primera vez en todo el proceso que preguntaba activamente.
Levanté la vista con toda la indiferencia que pude reunir, que fue considerable. Años de entrenamiento social. Años de esconder exactamente lo que sentía detrás de una máscara de aburrimiento aristocrático. Lo miré de arriba abajo como si estuviera evaluando un mueble.
—Aceptable —dije.
Aceptable. Esa fue la palabra que usé. Aceptable, como si ese hombre parado frente a mí en esa chaqueta negra no fuera la cosa más devastadoramente hermosa que había visto en dos vidas.
Renato asintió y volvió al vestidor.
Yo solté el aire que no sabía que estaba reteniendo.
—Nos llevamos todo —le dije a la vendedora, que ahora me trataba como si yo fuera la reina de un país pequeño—. La chaqueta incluida. Envuelvan las que él no lleve puestas.
La cuenta fue obscena. No pestañeé. Puse la tarjeta sobre el mostrador y firmé sin mirar el total, porque en mi mundo eso era lo que se hacía y porque si miraba el total iba a pensar en todas las camisetas que Renato no había podido comprarse durante todos esos años en que el mundo del tenis le daba la espalda, y si pensaba en eso me iba a enojar, y si me enojaba iba a comprar la tienda entera.
Renato salió del vestidor con su camiseta blanca amarillenta doblada bajo el brazo, como si no pudiera dejarla atrás. Como si fuera algo que no podía soltar.
No dije nada. Hay cosas que no se tocan.
Afuera, el sol de la tarde le daba al estacionamiento ese brillo dorado que hace que todo parezca una película. Yo caminaba adelante, como siempre. Renato caminaba detrás, cargando las bolsas con esa naturalidad silenciosa con la que cargaba todo: las bolsas, las humillaciones, las derrotas, los años de soledad deportiva.
Me detuve frente al auto y busqué las llaves en mi bolso. Detrás de mí, Renato esperaba. Podía sentirlo: su presencia, su altura, su silencio.
Me giré como si se me hubiera olvidado algo y levanté el teléfono.
Clic.
La foto se tomó antes de que él reaccionara. Renato de espaldas, las bolsas en ambas manos, la chaqueta negra ajustándose a sus hombros, el sol delineando su silueta contra el cielo dorado del atardecer. Su pelo oscuro, ligeramente despeinado por el viento. La línea de su espalda, recta, fuerte, interminable.
—¿Qué haces? —preguntó, girándose.
—Nada. Revisaba la hora.
Mentira. Mentira podrida. Pero Renato me miró un segundo, decidió que no valía la pena investigar, y caminó hacia el auto.
Yo guardé el teléfono como si no acabara de cometer un crimen. Como si mi corazón no estuviera latiendo como un tambor de guerra. Como si no hubiera puesto esa foto de fondo de pantalla antes de que él llegara al auto.
Era para fines profesionales. Para recordar qué estilo de ropa le había comprado. Para referencia futura.
Ni yo me lo creía.