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Solo su cuerpo la desea

Solo su cuerpo la desea

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor a primera vista
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.

Hasta que la ve a ella.

Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.

De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.

Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.

¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?

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Capítulo 10

Capítulo 10. Mejor caro pero seguro

—Le caíste bien a ese señor.

Ofelia lo dijo cuando el salón ya se vaciaba, mientras las dos doblaban telas y guardaban maniquíes. Lo dijo con una media sonrisa, sin levantar la vista de la caja de alfileres, con esa puntería de las mujeres mayores que ven todo aunque parezca que no ven nada.

—¿Cuál señor? —Lucía se hizo la desentendida.

—El del vestido de la mamá. El que se paró media hora en nuestro stand como si nunca hubiera visto un bordado. —Ofelia por fin la miró, con los ojos brillantes de picardía—. Y no me digas que no te diste cuenta, porque lo seguiste con la mirada hasta la puerta, mija.

Lucía abrió la boca para negarlo y no encontró con qué. Se puso a doblar una tela con una concentración sospechosa.

—Es un cliente —dijo al fin.

—Ajá. —Ofelia no insistió. Pero tampoco se lo creyó, y las dos lo supieron.

La verdad es que el desfile había sido, para Lucía, la mejor tarde en mucho tiempo. Dos compradoras le habían pedido tarjeta. Una revista chica quería fotografiar su pieza. Por primera vez, gente que no la conocía había mirado su trabajo y había dicho "¿quién lo hizo?". Ese "¿quién lo hizo?" valía más que cualquier elogio de su familia, que nunca lo había preguntado.

Esa noche, en su cama de siempre, Lucía había repasado la tarde como quien repasa un tesoro: el momento en que una compradora acarició la pedrería y preguntó por el precio de un encargo; el instante en que la maestra Ofelia, sin que nadie la viera, le apretó el hombro y le dijo "lo hiciste tú, mija, que se sepa". Y, aunque le costara admitirlo, también había repasado más de una vez la voz grave del cliente diciéndole "es el mejor del salón". Se había dormido con esa frase dando vueltas, y se había despertado enojada consigo misma por haberla guardado.

Y esa noche, en la cama que todavía dormía en casa de los Reyes, Lucía tomó una decisión: tenía que acelerar la mudanza. Ahora sí. Con o sin el dinero que nunca le devolverían.

Al día siguiente fue a ver el primer departamento que se podía pagar.

Fue un desastre.

Era pequeño, oscuro y quedaba lejos, pero eso lo había previsto. Lo que no había previsto era a la casera: una señora que la recibió, la midió de arriba abajo —joven, sola, sin marido— y le hizo una oferta que le revolvió el estómago.

—Mira, si me ayudas con la limpieza del edificio y me lavas los pasillos los sábados, te rebajo la renta. Una muchacha sola tiene que arrimar el hombro. Nada es gratis en esta vida.

—¿Y eso viene en el contrato? —preguntó Lucía, con una calma que no sentía.

—Ay, no, mija, esas cosas no se ponen en papel. Es un acuerdo entre nosotras. De mujer a mujer. —La casera sonrió, mostrando un diente de oro—. Además, ¿qué más da? Sola como estás, ¿qué vas a hacer los sábados?

Lucía sintió el viejo empujón conocido: que la vieran chica, sola, necesitada, y creyeran que podían disponer de sus manos. Lo había vivido veinticinco años en su propia casa. No lo iba a repetir en la que sería suya. Ya sabía cómo empezaban esos "acuerdos de mujer a mujer": primero eran los pasillos, luego era abrirle a la casera cuando se le antojara, luego era no tener casa propia sino una versión más cara del mismo cuarto prestado de siempre.

—Gracias —dijo, con toda la calma del mundo, colgándose la bolsa—. Pero yo vengo a rentar, no a servir. Que le vaya bien.

Y se fue, con la barbilla en alto y el corazón encogido, porque decir que no le había salido fácil, pero pagar el precio de ese no —seguir sin casa— no le salía fácil para nada.

Esa tarde le contó a Ofelia por teléfono. La maestra suspiró al otro lado de la línea.

—Ay, mija. Ten cuidado con las gangas. Lo barato sale caro y a veces sale peligroso. Una mujer sola necesita un lugar donde esté a salvo, donde el portero la conozca, donde nadie toque a su puerta a deshoras. Mejor caro pero seguro, Lucía. Aunque tengas que apretarte otro poco.

—Es que si es más caro, no me alcanza, maestra.

—¿Y qué tanto te falta?

—No sé. Un mundo. —Lucía se rio sin ganas—. La verdad es que apenas junté para un depósito y para respirar un par de meses. Y eso, si el lugar es de los baratos. De los peligrosos.

Hubo un silencio breve. Después, la voz de Ofelia, firme y cariñosa a la vez:

—Para eso estoy yo. Déjame prestarte lo del depósito. No seas terca, que no te lo ofrezco de lástima, te lo ofrezco porque te lo has ganado a pulso conmigo. Cuántos encargos me has sacado adelante trabajando hasta la madrugada sin cobrarme una hora extra. Ya es hora de que alguien te devuelva algo.

—Ya le debo lo del enganche, maestra. No puedo deberle más.

—Me debes porque me quieres pagar, que es distinto a que yo te cobre. —Ofelia hizo una pausa—. Mija, óyeme bien: hay gente en tu vida que te quita y gente que te da. Aprende a dejar que los que te queremos te demos. No todo el mundo te va a pasar la cuenta como en tu casa.

Lucía apretó el teléfono. Miró, en su otra mano, el saldo de esa tarjeta secreta que tanto le había costado juntar. No alcanzaba para lo seguro. Alcanzaba apenas para lo peligroso. Y aceptar más dinero prestado de Ofelia —después de lo del enganche, que aún le debía— le sabía a traición a su propio orgullo.

—Déjeme pensarlo, maestra —dijo, con un nudo en la garganta.

Colgó y se quedó mirando la pared. No lo sabía todavía, pero el hogar de verdad —el que sería suyo, el que le cambiaría la vida— no la esperaba en ningún anuncio de renta. La esperaba en las manos de una viejita desconocida que aún no había aparecido.

1
Maria Elena Gomez
Bueno
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