A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 11
Capítulo 11
Cooperación
La primera reunión con el despacho de Matías Rivas fue más administrativa que dramática.
Una asistente tomó mis datos, pidió copia del acta de matrimonio, información de bienes, registros médicos, capturas de amenazas, enlaces de notas y cualquier comunicación con Diego. Me habló con calma profesional. Eso, después de días de gritos, fue casi terapéutico.
—El licenciado Rivas revisará personalmente el caso —dijo.
—¿Está seguro?
—Su caso involucra a Grupo Alcázar y a Dulces Salcedo. Sí.
Salí con una lista de documentos y la sensación de haber encontrado una puerta.
Lucía fingió no esperar mi reporte.
—¿Y?
—Mañana quizá vea a Matías.
Se le movió un músculo en la cara.
—Qué bien.
—Quieres venir.
—No.
—Quieres.
—No.
—Te tiemblan los dedos.
—Es cafeína.
No insistí. Tenía demasiadas guerras abiertas.
En Naranja, Carmen estaba fascinada con el cambio de protagonista de El Encanto. Sofía Reyes era perfecta para limpiar el desastre. La cobertura nos dio tráfico, entrevistas y una pequeña sensación de victoria.
Pero Camila no desapareció.
Su caída estaba por todas partes. Algunos medios contaban su historia con morbo. Otros la devoraban. La llamaban trepadora, mantenida, vergüenza de la industria. Yo guardé capturas, no por compasión, sino porque sabía que Diego podía intentar usar esa narrativa contra mí después.
El viernes se acercaba.
Santiago apareció frente a la oficina al final del día.
—Necesita vestido.
—Necesito divorcio, abogado y dormir.
—También vestido.
—Tengo ropa.
—No para entrar en esa recepción con la cabeza alta.
Lo odié por tener razón.
Me llevó a Lido, a una boutique de alta costura. Ximena Luján, la dueña, era una mujer de esas que parecen haber nacido con luz propia: cabello castaño ondulado, boca roja, vestido impecable y una mirada que te medía sin pedir permiso.
—Santiago —dijo—. Qué raro verte trayendo a alguien.
—Valeria Salcedo.
—¿Tu novia?
Santiago miró un perchero como si de pronto le interesara mucho la seda.
Yo sonreí.
—Su proyecto de venganza con deudas.
Ximena rió.
—Me cae bien.
Le dije que quería un vestido corto.
—¿Por qué?
—Por si tengo que pelear.
Ella miró a Santiago.
—Me gusta más todavía.
Primero probé un vestido largo color vino. Al verme en el espejo, me quedé sin aire. No era solo bonito. Me hacía parecer una mujer que no había llorado en taxis ni dormido en el sillón de su amiga. Me hacía parecer intacta.
Santiago levantó la vista.
Algo pasó por sus ojos.
—Horrible —dijo.
—¿Tiene problemas de vista?
—El otro.
El segundo vestido era corto, azul pálido, con tirantes finos y una chaqueta ligera. Me permitía moverme. Me permitía correr, si era necesario. También me hacía ver joven, fresca, menos herida.
—Este —decidió Ximena.
Santiago tomó una chaqueta y me la lanzó.
—Póngasela.
—¿Ahora qué?
Ximena se acercó a mi oído.
—Le molesta el escote.
Me puse roja.
Santiago siguió mirando su revista como si no hubiera escuchado.
Al pagar, casi lloré.
Ochocientos noventa mil pesos.
Saqué la tarjeta que mi madre me había dado como fondo de emergencia de recién casada. Nunca imaginó que la usaría para comprar un vestido para enfrentar a mi esposo infiel en la fiesta de reconocimiento de su familia secreta.
Ximena, al despedirme, me dijo:
—Un vestido no arregla una vida, pero ayuda a entrar en un lugar como si todavía fueras dueña de ti.
Eso sí me lo llevé guardado.
En el auto, Santiago no dijo nada.
Yo tampoco.
La cooperación entre nosotros era extraña: él me empujaba, yo lo insultaba, y aun así avanzábamos en la misma dirección.
No sabía si eso era alianza o desastre.
Probablemente ambas.