Una historia sobre las cicatrices del pasado, las decisiones imposibles y la dolorosa lección de que, a veces, incluso el amor más intenso necesita ser Cuestión de tiempo.
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Capítulo 6: La culpa de tus labios
Escaparse de semejante pelea en la discoteca no era el verdadero problema; el verdadero dolor de cabeza era tratar de escabullirse de las miradas gélidas que Liam y Dominic nos venían lanzando. Si alguien me preguntaba, yo estaba sumamente molesta. ¿Quiénes se creían que eran para ponerse así? Mi hermano andaba por la vida diciendo que Sara solo era una "amiga con derechos", y Liam no se quedaba atrás con su estúpido discurso de que me veía "como a una hermana". Pero el muy descarado no quería reconocer que, si por él fuera, estaríamos teniendo sexo duro en este mismo instante. Ah, pero no, el señor insistía en su ridículo papel de hermano protector. Qué hipocresía de parte de él.
Mi amiga Sara, que es mucho más escandalosa que yo, no se quedó de brazos cruzados y le estaba cayendo a golpes en el pecho a Dominic en plena acera. ¿Qué se había creído él? No quería nada serio con ella, pero tampoco soportaba ver que otros la hicieran feliz.
—¡Ustedes dos se volvieron completamente locas! —dijo Dominic molesto, agarrándole las manos a Sara para detener sus golpes.
—¿Cómo se les ocurre ponerse a bailar de esa forma con esos hombres? —reclamó Liam, con la mandíbula apretada y la voz ronca de la rabia.
—¡Ustedes se callan! —les dijo Sara, zafándose del agarre de mi hermano—. Estábamos pasando un rato agradable, ¡pero ustedes tenían que venir a dañarnos la salida!
Dominic la miró fijamente, con una mezcla de frustración y desesperación que pocas veces le había visto.
—Mira, Sara, tú y yo tenemos que hablar. No podemos seguir así, ya basta de juegitos.
Sin darle tiempo a replicar, mi hermano prácticamente se llevó a Sara a rastras hacia una esquina apartada de la calle. Y de repente, el caos se desvaneció. Me quedé a solas con Liam, envuelta en un silencio nocturno que se sentía peligrosamente pesado.
—Liam, no debiste hacer eso —le reclamé, cruzándome de brazos—. ¿En qué estabas pensando? ¿Cómo se te ocurrió rebajarte a los golpes de esa manera?
—¡No iba a permitir que ese idiota te pusiera las manos encima, Zoe! —exclamó él, dando un paso hacia mí. Sus ojos chispeaban en la oscuridad de la noche —¿En qué estabas pensando tú al ponerte a bailar así con él? Ese movimiento de caderas... Ese vestido que parecía detallar cada maldita parte de tu cuerpo... Me estoy volviendo loco, Zoe. No soporto que otros hombres te miren así.
Antes de que mi cerebro pudiera procesar sus palabras o recordarme que en unas pocas horas él se casaría, Liam acortó la distancia. Su mano subió rápidamente a mi nuca, enredando sus dedos en mi cabello con una urgencia que me congeló el aliento. Me pegó con fuerza contra su cuerpo y, rompiendo todas las barreras que habíamos construido por años, pasó lo más inesperado: me besó.
El beso fue urgente, desesperado, lleno de toda la rabia, los celos y el deseo contenido de la noche. Sus labios quemaban los míos con una fuerza que me dejó sin aliento, y yo, lejos de apartarlo, me colgué de su cuello, respondiendo con la misma intensidad. Sabía que estaba mal, sabía que era prohibido, pero en ese segundo, mientras el sabor a whisky y adrenalina nos consumía, no existía el viaje a Londres, no existía Tiffany, ni la boda. Solo éramos él y yo, rompiendo todas las reglas antes de que saliera el sol.
Duramos mucho tiempo besándonos, devorándonos como si tuviéramos la necesidad imperiosa de reponer cada segundo del tiempo perdido. Me sentía sorprendida, extasiada y flotando en una nube con lo que estaba sucediendo; simplemente no podía creer que sus labios estuvieran sobre los míos.
Pero la magia se rompió de golpe cuando Liam, respirando agitadamente, me apartó suavemente por los hombros.
—Perdóname, Zoe... —dijo, pasando una mano por su rostro, visiblemente abrumado—. Esto... esto es un error. Yo me voy a casar dentro de unas horas.
Sentí como si me hubieran lanzado un balde de agua fría directo al corazón.
—¿Es en serio, Liam? ¿Me estás diciendo esto justo después de lo que acaba de pasar?
—Yo te veo como a una hermana, Zoe... Esto que pasó fue un grave error —insistió, intentando recuperar la compostura, aunque sus ojos decían todo lo contrario.
—¡Que no soy tu hermana, Liam! ¡Entiéndelo de una maldita vez! —le grité, sintiendo las lágrimas de impotencia pinchar mis ojos.
Él dio un paso atrás, mirándome con confusión.
—¿Estás bien, Zoe? Te he notado extraña desde que te di las noticias de la boda...
Ya no podía más. El nudo en mi garganta exigía salir y la verdad me estaba quemando por dentro. Así se cayera el mundo a pedazos o arruinara todo para siempre, se lo iba a decir.
—¡No, no estoy bien, Liam! ¿Sabes qué? Estoy hecha trizas desde que me diste esa noticia absurda —solté, dejando que todo el dolor saliera de golpe—. No quiero que te cases con esa mujer. Lo quiero todo contigo. Yo no te veo como a un hermano, Liam... Te veo como la mujer que está completamente enamorada de ti.
Liam se quedó helado, pálido, mirándome con los labios entreabiertos.
—Zoe... —susurró mi nombre, como si fuera lo único que su mente lograra procesar.