Mariana odió el libro dramático que leyó. Y como castigo, el libro la teletransporta dentro de la historia. dónde ahora es la protagonista muda y tonta.
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Capitulo 3
El interior de la casa Isolde no caminaba, avanzaba con rapidez, su vestido aún impecable, como si nada la hubiera tocado, pero su expresión lo decía todo, su mandíbula tensa, sus ojos cargados de molestia, y a su lado Fátima seguía hablando sin parar, con la voz aún alterada, el cabello húmedo pegado a su rostro, sus manos moviéndose con nerviosismo.
—¡Intentó ahogarme! —repetía, sin bajar el tono—. No fue un empujón, no fue un accidente, lo hizo a propósito.
Isolde no la interrumpía, dejaba que hablara, asentía apenas, como si cada palabra alimentara algo que ya estaba decidido.
—¡Y me miraba! —continuó Fátima, deteniéndose un segundo para enfatizar—, me miraba como si no le importara nada, como si no fuera a soltarme.
Llegaron al despacho.
La puerta se abrió sin anuncio.
El conde Ernesto Hart estaba de pie junto a su escritorio, revisando unos documentos, su postura recta, su presencia imponía sin necesidad de levantar la voz, levantó la mirada apenas entraron, y con eso fue suficiente para que el ambiente cambiara.
—Padre —dijo Fátima de inmediato, acercándose—, Lucero-...
—Ya lo sé.
La interrumpió sin mirarla siquiera. Isolde avanzó un poco más.
—Mi señor, esto no puede-
—He dicho que ya lo sé.
Esta vez levantó la voz.
No fue un grito descontrolado, fue uno que marcaba límite, que cortaba cualquier intento de seguir hablando.
Fátima cerró la boca, sorprendida. Isolde apretó los labios, pero no insistió de inmediato.
Ernesto dejó los papeles sobre el escritorio.
—Hay cosas más importantes que ese incidente.
—Más importantes que tu hija siendo atacada —respondió Isolde, esta vez sin suavizar su molestia.
Ernesto la miró. Esa sola mirada bastó.
—Sí. El duque ha hecho su movimiento.
Fátima frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir eso?
Ernesto cruzó las manos detrás de la espalda.
—Ha solicitado formalmente la mano de Lucero.
—¿Qué? —la voz de Fátima salió más alta de lo que esperaba—. Eso no tiene sentido. Esa muda. No tiene cualidades.
—Y no es todo. El marques también ha pedido la mano de Lucero.
Ambas se sorprendieron. Isolde dio un paso adelante.
—Tienes que hacer algo. Tu hija Lucero no puede casarse con alguien como el duque. Es mucho para ella. Que Fátima lo haga. Y que Lucero se quede con el marques.
Fátima asintió de inmediato.
—Si. Si... Yo quiero casarme con el duque.
—Basta.
La palabra fue suficiente para detenerla. Ernesto caminó unos pasos, su mirada se movió entre ambas.
—Justamente haré lo que me propones, Isolde. Le daré al marques lo que quiere y al duque lo que mejor le conviene.
Fátima lo miró con una sonrisa grande.
—¿En serio?
—Lucero se casará con el marqués Marcel Everth —continuó sin pausa—. Y tú aceptarás la propuesta del duque en lugar que tu hermana. No confío en que Lucero pueda representar adecuadamente a esta familia ante el duque, su condición es una limitación.
Isolde observó con atención. Fátima frunció el ceño entendiendo mejor el asunto.
—Entonces… —dudó un segundo—, ¿yo…?
—Tú serás duquesa. Nos favoreceras mucho
Fátima miró a su madre. Luego volvió a mirar a su padre. Su expresión cambió.
—Duquesa… —repitió en voz baja.
Isolde relajó ligeramente los hombros.
—Es una posición mejor.
No lo dijo con entusiasmo abierto, pero sí con aprobación.
Ernesto asintió.
—Es lo que conviene.
El ambiente se estabilizó.
La molestia no desapareció del todo, pero fue reemplazada por aceptación.
—Entonces —dijo Isolde—, habrá que informarlo.
Ernesto giró hacia la puerta.
—Que traigan a Lucero.
La orden fue inmediata.
Un sirviente que esperaba afuera asintió y se retiró sin perder tiempo.
Mientras tanto, en otra parte de la casa, Lucero ya estaba seca, su cabello aún húmedo pero recogido con cuidado, el vestido limpio reemplazaba al anterior, Gisela estaba a su lado, sus manos moviéndose con rapidez al acomodar los últimos detalles, pero su mirada no se apartaba de ella.
—No debiste hacer eso —dijo en voz baja, con preocupación evidente—, Fátima no se va a quedar tranquila.
Lucero la miró. No respondió. Pero tampoco bajó la mirada.
Gisela suspiró.
—Sé que no puedes hablar, pero mírame cuando te hablo así… —negó con la cabeza—. Esa forma tuya de mirar va a meterte en más problemas.
Lucero no cambió. Se mantuvo firme.
Eso hizo que Gisela se quedara en silencio un segundo.
—… estás diferente.
Lo dijo sin pensarlo demasiado.
Antes de que pudiera decir algo más, tocaron la puerta.
Un sirviente entró.
—El conde Hart solicita su presencia.
El tono fue respetuoso, pero no había opción. Lucero asintió levemente.
Cuando llegó al despacho. Su mirada fue directa a su padre. Ernesto estaba de pie. Isolde a un lado y Fátima más atrás.
Ninguno habló de inmediato.
Lucero se detuvo a una distancia adecuada. Ernesto la observó de arriba abajo, evaluando, como si midiera algo que solo él entendía.
—Te has excedido.
Lucero no reaccionó.
—Atacar a tu hermana dentro de esta casa no es algo que vaya a tolerar.
El tono se mantuvo firme. Lucero sostuvo la mirada.
Fátima habló.
—Casi me ahoga.
Isolde asintió.
—Fue una locura de su parte.
Ernesto levantó una mano. Silencio otra vez. Volvió a mirar a Lucero.
—Pero eso no es lo que nos reúne aquí.
Esa frase marcó el cambio.
—Hay un asunto más importante.
Lucero no se movió.
—El duque ha solicitado matrimonio.
Hizo una pausa breve.
—Con Fátima.—mintió.
Lucero no mostró sorpresa. Lo sabía. Lo había leído.
Ernesto continuó.
—Y tú te casarás con el marqués Marcel Everth.
Lucero no reaccionó de inmediato. No era sorpresa. Ya lo comprendía. Fátima sonrió apenas, intentando disimularlo.
Isolde observó a Lucero con atención. Ernesto dio un paso más cerca.
—Este es el mejor arreglo. Así todos ganamos.
"Si. Ganamos. Porque de alguna manera no dejaré que me vean con el borrego que fue Lucero"
Pudo decir por fin ella, pero en su pensamiento. Porque por más que quisiera gritar, no podía emitir ni una sola palabra.
Es inteligente y sensata y buena persona 🥰🥰