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La Luna renacida del Alpha

La Luna renacida del Alpha

Status: En proceso
Genre:Venganza / Hombre lobo / Venganza de la protagonista / Reencarnación
Popularitas:58.6k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valeria Luna Marín murió traicionada por el hombre al que eligió y por la hermana que juraba amarla. Le arrancaron la voz, quebraron a su loba y colgaron su nombre como una advertencia para toda la manada.
Pero antes de que la muerte la reclamara, Sebastián de la Vega, el Alpha que ella había rechazado, llegó por ella entre sangre y fuego.
Cuando Valeria despierta en el pasado, vuelve a la noche en que estaba a punto de rechazar su vínculo con Sebastián. Esta vez no huirá. Esta vez escuchará el aroma que su loba siempre reconoció.
Mientras un falso heredero, una falsa Luna y un Consejo corrupto conspiran para robar la corona de Silver Moon, Valeria deberá abrir el Moon Archive, recuperar su voz y decidir si está lista para aceptar la marca del Alpha que nunca dejó de pertenecerle.
Porque Sebastián no solo quiere salvarla.
Quiere poner la manada entera a los pies de su Luna.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

Capítulo 005: La hermana que sonrió demasiado

Casa Marín olía a café recién hecho, madera encerada y preocupación familiar.

Valeria se quedó unos segundos frente a la entrada principal sin atreverse a cruzarla. En la otra vida, ese mismo pórtico había quedado lleno de polvo después de que los hombres de Adrián confiscaran cada retrato, cada libro, cada recuerdo que pudiera probar que los Marín habían sido leales a Silver Moon.

Ahora las bugambilias seguían trepando por los muros blancos.

La fuente seguía cantando en el patio.

Su madre seguía viva.

Valeria apretó los dedos alrededor del bolso pequeño que llevaba contra el pecho.

Dentro estaban la copia del contrato manchada con el aroma de Adrián, el informe del sanador sobre la taza y tres horas de preguntas sin respuesta.

Sebastián había querido acompañarla.

No lo dijo así. Dijo que Casa Marín era territorio vulnerable, que Isabela podía adelantarse, que los centinelas de la familia no respondían directamente a él. Valeria lo escuchó enumerar razones con el rostro serio y el lobo demasiado cerca de los ojos.

Luego le dijo que no.

No porque no quisiera su protección. La quería tanto que le daba miedo.

Sino porque había puertas que debía cruzar sola si quería que su familia volviera a creer en su criterio.

Sebastián no estuvo feliz.

Pero la dejó ir con dos centinelas discretos, un auto sin emblema y una frase que todavía le calentaba el pecho:

—No estás sola aunque no me veas.

El vínculo, recién despierto, había respondido a eso con un tirón suave, como si quisiera probarle que era cierto.

Valeria respiró hondo y entró.

—¡Mi niña!

Elena Marín apareció al fondo del corredor antes de que cualquier empleado anunciara la visita. Llevaba el cabello recogido a medias, una taza en la mano y el rostro pálido de quien no había dormido bien.

Valeria vio a su madre y el mundo se desarmó.

En la visión de muerte, Elena estaba encerrada en una habitación sin ventanas. Viva, había dicho Isabela. Por ahora. Esa crueldad seguía afilada dentro de Valeria.

—Mamá.

No pudo decir más.

Elena dejó la taza sobre una consola y la abrazó con fuerza. Olía a lavanda, pan dulce y hogar. Nada de acónito. Nada de sangre. Valeria hundió la cara en su hombro y cerró los ojos.

Por un segundo fue pequeña otra vez.

Por un segundo no había Consejo, ni contrato, ni luna roja.

Solo su madre acariciándole el cabello.

—Me asustaste —susurró Elena—. Isabela llamó anoche diciendo que estabas alterada, que el Alpha te tenía encerrada, que tal vez habías intentado hacerte daño otra vez.

Valeria abrió los ojos.

Ahí estaba.

Isabela nunca perdía tiempo.

—No intenté hacerme daño.

Elena se apartó lo justo para mirarla.

—¿Entonces qué pasó?

Antes de que Valeria pudiera responder, una voz masculina llegó desde el comedor.

—Eso quisiera saber yo.

Rodrigo Marín estaba de pie junto a la mesa, con los brazos cruzados y el ceño que había hecho temblar a más de un guerrero en entrenamiento. Diego estaba detrás de él, aún con ropa de patrulla. Mateo, sentado con una tablet y tres carpetas abiertas, levantó la vista con una seriedad que no le pertenecía.

Vivos.

Todos vivos.

Valeria casi perdió el aire.

Diego fue el primero en notarlo.

—Vale.

No preguntó. Solo cruzó la distancia y la abrazó, más torpe que su madre, más fuerte también. Valeria sintió el latido de su hermano contra la sien y recordó otro cuerpo cayendo en una frontera falsa.

Se obligó a no quebrarse.

Todavía no.

—Estoy bien —dijo.

Mateo soltó un sonido incrédulo.

—Claro. Por eso vienes con cara de haber visto un muerto y dos centinelas de la Casa de la Luna estacionados afuera.

—Mateo —advirtió Elena.

—¿Qué? Es verdad.

Valeria soltó una risa breve. Le dolió un poco, pero fue real.

Esa risa hizo que los tres hombres la miraran con más atención. En la última semana, la vieja Valeria habría entrado a la defensiva, lista para pelear por Adrián, lista para acusar a Sebastián de cualquier cosa. Esta mujer reía como si acabara de volver de un lugar donde ya no quedaban bromas.

Rodrigo señaló la silla.

—Siéntate. Y habla.

Valeria obedeció porque su cuerpo lo necesitaba, no porque fuera a esconderse detrás de la obediencia.

El desayuno estaba servido: fruta, pan dulce, huevos con chile, café negro. Detalles simples, cotidianos. La normalidad le pareció tan frágil que casi le dio rabia.

Isabela entró cuando Valeria apenas dejaba el bolso sobre la mesa.

Por supuesto.

Vestido celeste, ojos hinchados, cabello sujeto con una cinta blanca. La hermana perfecta que había pasado la noche preocupada.

Su aroma llegó antes que ella: gardenia, azúcar quemada y un rastro de acónito que no logró cubrir con perfume caro.

Valeria no se tensó.

No le daría ese placer.

—Val —dijo Isabela, llevándose una mano al pecho—. Gracias a la Luna. Pensé que no te dejarían venir.

Diego frunció el ceño.

—¿Por qué no la dejarían?

Isabela bajó la mirada.

—No quería preocuparlos más.

Mateo dejó la tablet sobre la mesa.

—Cuando alguien empieza con esa frase, normalmente viene a preocuparnos el doble.

Isabela sonrió con tristeza.

—Solo digo que Alpha Sebastián es... intenso. Y Valeria estaba muy alterada anoche.

Valeria tomó la taza de café frente a ella y la olió.

Elena la observó.

—¿Qué haces?

—Asegurarme de que solo sea café.

La habitación quedó quieta.

Isabela perdió el color por medio segundo.

Medio segundo bastó.

Rodrigo lo vio.

Diego también.

Mateo, por supuesto, ya estaba mirando como si acabara de encontrar un error delicioso en un contrato ajeno.

—¿Por qué no sería solo café? —preguntó Rodrigo.

Valeria sacó del bolso el informe del sanador y lo puso sobre la mesa.

—Porque anoche alguien dejó acónito en mi taza.

Elena se llevó una mano a la boca.

—No...

Isabela dio un paso atrás.

—Eso no es cierto.

—No dije que fueras tú.

El silencio que siguió fue precioso.

Isabela había negado demasiado rápido.

Valeria abrió la carpeta negra y puso la copia del contrato junto al informe.

—También encontré aroma de Adrián en una copia que estaba dentro del escritorio privado de Sebastián.

Rodrigo se puso de pie.

Su dominancia no era de Alpha, pero era de guerrero viejo, de padre, de hombre que había defendido fronteras antes de que sus hijos aprendieran a correr. La mesa pareció hacerse pequeña.

—Explícate.

Isabela levantó las manos.

—Yo no sé nada de contratos. Valeria está confundida. Anoche estaba diciendo cosas terribles, papá. Dijo que no quería ver a Adrián, que no quería salir de la Casa de la Luna, que Sebastián...

—Dije que no voy a rechazar a Sebastián.

Elena inhaló.

Mateo abrió los ojos.

Diego se quedó inmóvil.

Rodrigo miró a su hija como si acabara de cambiar de idioma.

Valeria sostuvo la mirada de todos.

—Y lo repito aquí, delante de mi familia: no voy a rechazarlo por Adrián Rojas.

Isabela dejó escapar una risa rota.

—¿Después de todo lo que dijiste de él? ¿Después de llorar porque te sentías atrapada?

—Me equivoqué.

—No cambias así de la noche a la mañana.

Valeria sonrió apenas.

—Tienes razón. A veces hace falta morir para cambiar.

Nadie entendió la frase completa.

Pero todos sintieron el frío.

Elena se acercó a ella.

—Hija...

Valeria tomó su mano bajo la mesa.

—Estoy bien, mamá.

No era verdad. No del todo. Pero estaba viva, y por ahora eso bastaba.

Mateo levantó el informe.

—Este sello es de un sanador de Casa de la Luna.

—Sí.

—Y dice que la dosis era baja. Para alterar juicio, no para matar.

—Esta vez.

La palabra hizo que Elena cerrara los ojos.

Isabela aprovechó.

—¿Ven? Está paranoica. Alpha Sebastián la está metiendo contra nosotros. Siempre quiso aislarla.

Valeria giró hacia ella.

—¿Dónde está la taza que me llevaste ayer antes de salir hacia Casa de la Luna?

Isabela se quedó muda.

—La de porcelana blanca —añadió Valeria—. Con miel. Dijiste que me calmaría los nervios.

El olor de Isabela se volvió agrio.

—No recuerdo.

—Yo sí.

Diego ya estaba en movimiento.

—Voy a revisar tu habitación.

—¡No puedes!

El grito salió demasiado alto.

Rodrigo no levantó la voz.

—Sí puede.

Isabela miró a Elena, esperando rescate.

Elena no se movió.

Y esa fue la primera derrota real.

Valeria sintió una punzada en el pecho. No de lástima. De duelo. Había amado a esa chica. Había defendido su lugar en la familia. Había puesto su propio nombre en manos de alguien que sonreía demasiado.

Isabela lo vio.

Por un instante, la máscara se le cayó.

—Te vas a arrepentir —susurró.

Valeria se levantó.

El vínculo con Sebastián tiró de ella desde lejos, apenas un eco cálido en el pecho, como si supiera que algo acababa de romperse en Casa Marín.

—No —dijo—. Eso ya lo hice.

Diego volvió diez minutos después con una taza envuelta en una toalla y una carta doblada.

La taza olía a miel rancia y acónito.

La carta, a rosas marchitas.

Adrián.

Mateo soltó una maldición baja.

Rodrigo extendió la mano.

—Dámela.

Isabela dio un paso hacia atrás.

Valeria fue más rápida.

Tomó la carta antes que su padre y la abrió.

La primera línea bastó para helarle la sangre.

Valeria debe salir de Casa de la Luna antes del amanecer. Si duda, aumenta la dosis.

Abajo, la firma de Adrián Rojas parecía casi elegante.

Isabela corrió.

1
Angy Palacios
me encantó la narrativa,fue justa y precisa.
felicitaciones, primera historia que me deja satisfecha. 👏👏👏👏👏👏.
un abracito y gracias por tan bella historia.
Marleys Sofia Cervantes
Que viva el amor yupi
y los cachorros para cuando
Marleys Sofia Cervantes
Así se habla 👏🥰👏🥰👏😂👏🥰👏🥰
Luz Mery Suarez
ya está bueno mastique el cuello Arturo es un maldito codicioso
Luz Mery Suarez
ya la loba de de Vale a dormido mucho que se ponga mosca porque lo que se viene es guerra
Marleys Sofia Cervantes
In pasó a la vez
Marleys Sofia Cervantes
Dios por fin
Marleys Sofia Cervantes
otro enemigo mas
Marleys Sofia Cervantes
Todos juntos victoria segura
Marleys Sofia Cervantes
Dale en las pelotas a ver si deja de joder Adrián
Marleys Sofia Cervantes
La verdad sale
tarde
pero sale
Marleys Sofia Cervantes
por lo menos hizo algo bien el alfa
Marleys Sofia Cervantes
Vamos Sebastián dale una palera 🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Gladys Torres
yo he leído muchas historias de Lobos y tengo entendido que se marcan mientras tienen sexos con más emociones bueno cada uno escribe a su manera sigo para ver como termina esta buena 💪💖
Sofia Carruso
A pelear otra vez👏👏👏👏
Sofia Carruso
Tu si críticas deja terminar la obra y si no busca otras con que entretenerte
Maryels Yulid Ribeiro
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
Maryels Yulid Ribeiro
Si
si
si
Estás novelas no son el tipo chicle de novelas de hombres lobos que son posesivos y que se curan solo son el tipo de novela que el alpha tiene que reconstruir un corazón y esperar y sufrir ufff Pacho
Maryels Yulid Ribeiro
estos dos llevan más golpe 😂😂😂😂
Maryels Yulid Ribeiro
ufff Pacho ya ni se que pensar
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