Lía fue criada para obedecer.
En Sierra Oscura, nadie desafiaba a Damián Velasco, el Alfa que convertía lobos jóvenes en armas y llamaba ley a sus cadenas. Lía era su ejecutora más perfecta: fría, letal, incapaz de temblar... hasta que le entregaron a Mateo Rojas, un prisionero con el lobo sellado y una sangre de Alfa que nadie debía reconocer.
El primer roce de su aroma lo cambió todo.
Mateo no era solo otro cautivo. Era su pareja destinada. Y Velasco lo supo antes que ellos.
Atados por un juramento de sangre y castigados con acónito cada vez que intentan desobedecer, Lía y Mateo deberán sobrevivir a la manada que los quiere rotos, a una atracción que duele como una herida abierta y a una verdad capaz de incendiar todos los territorios: ella no nació para servir al rey oscuro, y él no nació para arrodillarse.
Cuando la luna reclame lo que es suyo, Lía tendrá que elegir entre seguir siendo el arma de un Alfa cruel... o marcar al enemigo que su loba ya reconoció como hogar.
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Capítulo 4
Capítulo 4: La orden del Alpha
Kaia no caminaba.
Cortaba el pasillo.
Mateo la siguió con dos Warriors detrás y el eco de su sangre todavía metido en el pecho. Cada gota que caía desde el dedo de ella parecía tocar algo dentro de él, una cuerda recién atada a sus costillas. No dolía como el acónito. No ardía como el command.
Era peor.
Era íntimo.
No debería sentirla.
No debería saber que su rabia olía a metal frío sobre laurel mojado. No debería notar que su respiración seguía exactamente medida, demasiado medida, como si cada inhalación fuera una orden que se daba a sí misma para no girarse y clavarle los dientes a alguien.
*Mate.*
El lobo de Mateo volvió a decirlo desde la jaula.
Más bajo.
Más peligroso.
Mateo apretó la mandíbula hasta que la herida de la boca se abrió otra vez.
No.
La Enforcer se detuvo frente a una puerta de madera negra sin tocarla. El crest de los Dark Howlers estaba marcado en el centro, pero no con la brutalidad de los pasillos principales. Allí era más pequeño, casi discreto. Dos guardias bajaron la cabeza al verla.
Kaia no los miró.
—Fuera.
—Gamma Salazar viene en camino —dijo uno.
—Entonces esperará adentro.
El guardia tragó saliva y abrió la puerta.
Los quarters de Kaia no se parecían a las celdas ni a la arena. Tampoco a una habitación de alguien libre. Eran amplios, limpios, demasiado ordenados. Una cama grande junto a la pared oeste. Un escritorio con mapas doblados. Un armario de armas cerrado con tres candados. Una ventana estrecha que daba al bosque, tan alta que nadie podría saltar sin romperse las piernas.
No había recuerdos.
Ni fotografías.
Ni objetos suaves.
Solo función.
Una jaula elegante.
Kaia entró primero.
—De pie junto a la pared.
Mateo se quedó donde estaba.
Los Warriors avanzaron un paso.
Kaia levantó la mano sin girarse.
—Él me pertenece por orden del Alpha. Nadie lo toca sin mi permiso.
El bond tiró de Mateo tan fuerte que casi dio un paso hacia ella.
No por deseo.
Por furia.
Porque las palabras deberían haberlo humillado. Y lo hicieron. Pero debajo de la humillación, su lobo escuchó otra cosa: protección. Torcida, venenosa, impuesta por Velasco, pero protección al fin.
Mateo odiaba que su cuerpo reconociera la diferencia.
Los Warriors salieron.
La puerta se cerró.
Kaia giró entonces.
Durante un segundo, ninguno habló.
Ella estaba a cuatro metros, quizá cinco. Suficiente distancia para que un humano se sintiera lejos. No suficiente para un mate bond recién despierto y hambriento. El olor de Kaia llenaba la habitación con una claridad insoportable: laurel, lluvia, flor blanca, y ahora esa nota amarga de miedo que ella jamás habría admitido.
Mateo dio un paso hacia la pared, no porque obedeciera.
Porque si se quedaba en medio de la habitación, iba a acercarse a ella.
Y si se acercaba, no sabía si la besaría o la mordería por haber dejado que Velasco los atara así.
—No vuelvas a decir eso —dijo.
Kaia dejó un paño sobre la mesa y presionó su dedo cortado contra él.
—¿Qué cosa?
—Que te pertenezco.
—Técnicamente, ahora es cierto.
Mateo soltó una risa sin humor.
—Técnicamente, puedes irte al infierno.
Por primera vez, algo se movió en su rostro. No una sonrisa. Menos que eso. Una sombra rápida, casi humana.
—Sierra Oscura queda bastante cerca.
Mateo no quiso reír.
Lo hizo de todos modos, una exhalación seca que le dolió en las costillas.
La puerta se abrió sin aviso.
Gamma Salazar entró con una carpeta negra bajo el brazo y dos frascos pequeños en la mano. Era un hombre ancho, de cabello rapado y ojos oscuros sin prisa. Su olor llegó antes que su voz: cuero limpio, tinta, acónito destilado. No tenía la brutalidad descuidada de Ibarra. Salazar era otra clase de peligro. Uno que escribía la sentencia antes de mancharse las manos.
—Kaia —saludó—. Rojas.
Mateo no respondió.
Salazar dejó los frascos en el escritorio.
—Uno de ustedes va a intentar romper las reglas antes del amanecer. Prefiero ahorrar tiempo.
Kaia se cruzó de brazos.
—Explíquelas.
—Con gusto. Regla uno: Mateo Rojas no abandona tus quarters sin autorización directa tuya, mía o del Alpha. Regla dos: duerme en esta habitación. Regla tres: come lo que tú autorices. Regla cuatro: si intenta dañar a un miembro de Dark Howlers, el crest activa el acónito en tu sangre antes de activar el de él.
Mateo sintió que la sangre se le enfriaba.
Kaia no parpadeó.
—El Alpha dijo que yo sentiría el castigo primero si escapaba.
—El Alpha fue amable en resumir.
Salazar tomó uno de los frascos. El líquido dentro era transparente con una línea verde flotando en el centro.
—Estabilizador de acónito. Le permitirá mantenerse vivo y más o menos funcional. No curado. No fuerte. Funcional. Una dosis cada veinticuatro horas mientras el Alpha lo considere útil.
Mateo miró el frasco.
—Qué generoso.
—No confundas utilidad con misericordia.
—Jamás.
Salazar lo observó con algo parecido al interés.
—Regla cinco: si Kaia desobedece una orden directa del Alpha, tu dosis se retrasa. Si ella traiciona una misión, tu sello se cierra más. Si ella muere, tú no sobrevives a la semana.
El silencio golpeó la habitación.
Esta vez Kaia sí reaccionó.
Su scent cambió. No mucho. Una punzada metálica, afilada.
—Eso no estaba en la orden inicial.
—Está en la letra pequeña del pack law cuando el Alpha decide usar custody sobre un cautivo de sangre alta.
Mateo miró a Kaia.
Ella seguía mirando a Salazar.
Fría.
Controlada.
Pero la mano que sostenía el paño estaba cerrada con demasiada fuerza.
—Entonces no soy su Protector —dijo Mateo—. Soy su cadena.
Salazar sonrió apenas.
—Eres rápido.
Kaia dejó el paño en la mesa.
—¿Algo más?
—Sí.
El Gamma miró a Mateo, luego a Kaia. Sus ojos no tenían deseo ni burla. Solo cálculo.
—El Alpha sabe lo que olió en el Hall. Yo también lo olí. No voy a nombrarlo porque nombrar ciertas cosas las vuelve más difíciles de negar. Pero les doy un consejo: no se toquen si no quieren que todo el edificio lo sepa.
El calor subió por la nuca de Mateo.
Kaia se quedó inmóvil.
Demasiado inmóvil.
Salazar empujó el frasco hacia ella.
—Dáselo tú. Si lo toma de mi mano, su cuerpo podría rechazarlo por el sello. Si lo toma de la tuya, el crest aceptará la custodia.
—Conveniente —dijo Mateo.
—Cruel —corrigió Salazar—. La conveniencia es accidental.
Kaia tomó el frasco.
Sus dedos rozaron el vidrio.
Mateo sintió el tirón antes de que ella se acercara.
Cada paso redujo la habitación. La cama, la mesa, la ventana, Salazar, todo perdió borde. Solo quedaron sus botas sobre el piso, el sonido de su respiración y ese olor que su lobo quería seguir hasta hundir la cara en su cuello.
*Mate.*
Cállate.
*Herida. Nuestra.*
No.
Kaia se detuvo frente a él y extendió el frasco.
—Tómalo.
Mateo miró su mano.
El corte en su dedo seguía abierto. Una línea roja atravesaba la piel pálida. Pequeña. Estúpida. Nada comparado con todo lo que esa mujer debía haber soportado.
El impulso de tomarle la muñeca para mirar la herida lo enfureció.
Tomó el frasco sin tocarla.
—No confío en ti.
—Bien.
—No voy a obedecerte.
—Mejor.
Mateo levantó la vista.
Kaia estaba muy cerca. Sus ojos no eran tan fríos de cerca. Eran pálidos, sí, pero había cansancio debajo. Un cansancio viejo, enterrado con cuidado.
—¿Mejor? —repitió él.
—Si obedeces demasiado rápido, aquí te devoran.
Salazar soltó una risa breve desde el escritorio.
—Qué conmovedor. Ya están intercambiando consejos de supervivencia.
Kaia no apartó la mirada de Mateo.
—Bébelo.
Mateo destapó el frasco.
El olor del estabilizador le revolvió el estómago. Acónito diluido, hierbas amargas, algo dulce para cubrir la crueldad. Lo bebió de un trago.
El efecto fue inmediato.
No alivio.
Nunca alivio.
Primero el fuego. Un latigazo verde en la sangre. Los músculos de la espalda se tensaron. La mano rota se cerró sola y el dolor lo hizo ver blanco. Luego el sello cedió un mínimo, apenas lo suficiente para que pudiera llenar los pulmones sin sentir agujas.
Mateo se apoyó contra la pared.
Kaia dio medio paso.
Se detuvo antes de tocarlo.
Salazar vio ese medio paso.
Por supuesto que lo vio.
—Interesante —murmuró.
Kaia volvió a congelarse.
Mateo respiró con dificultad.
—¿Ese es su trabajo? ¿Mirar cómo sangran los demás y decir interesante?
—No. Mi trabajo es asegurarme de que sangren en el orden correcto.
Salazar recogió la carpeta.
—Mañana al amanecer, se presentarán en el patio interior. El Alpha quiere ver cuánto tiempo tarda nuestro nuevo Protector en aprender a no morir. Kaia, si lo pierdes, pierdes más que un cautivo.
—Lo sé.
—No. —Salazar se detuvo en la puerta—. Todavía no.
Cuando se fue, el silencio volvió con dientes.
Kaia cerró la puerta.
Mateo sostuvo el frasco vacío hasta que el vidrio crujió entre sus dedos.
—¿Cuánto de esto sabías?
—Nada.
—Mentira.
—Sabía que el Alpha usaría lo que olió. No sabía cómo.
—Pero sabías que lo haría.
Kaia lo miró.
—Velasco no deja nada vivo si no puede convertirlo en herramienta.
El nombre del Alpha sonó distinto en su boca. No miedo. No respeto. Odio domesticado.
Mateo se apartó de la pared.
—Entonces ayúdame a salir.
—No.
—Ni siquiera lo pensaste.
—Sí lo pensé. Durante tres pasos en el pasillo. En el cuarto paso entendí que si sales esta noche, me doblarán en el suelo antes de que cruces la segunda puerta, y tú caerás después porque tu lobo no puede sostenerte.
La verdad lo golpeó peor que una negativa.
—No sabes lo que puede sostenerme.
—Sé lo que olí.
El aire cambió.
Mateo no respiró.
Kaia tampoco.
Las palabras quedaron entre ellos, demasiado cerca de la cosa que ninguno quería nombrar.
Finalmente, ella se movió hacia el armario, abrió un compartimento bajo y sacó una manta delgada.
La arrojó al suelo, junto a la pared opuesta a la cama.
—Dormirás ahí.
Mateo miró la manta.
—Qué hospitalaria.
—Dormirías en una celda si no fuera por mí.
—¿Eso es lo que quieres? ¿Gratitud?
Kaia cerró el armario con un golpe seco.
—Quiero que entiendas algo, Rojas. No soy tu salvación. No soy tu aliada. No soy la respuesta a lo que tu lobo cree haber encontrado.
Su scent tembló con la mentira.
Mateo lo olió.
Y por la forma en que sus ojos se afilaron, ella supo que lo había olido.
—Entonces ¿qué eres? —preguntó él.
Kaia apagó una de las lámparas.
La habitación quedó partida en sombras.
—La razón por la que seguirás vivo mañana.
Mateo se quedó de pie, con la manta a sus pies, la sangre ardiendo por el estabilizador y el lobo empujando contra la jaula como si ella hubiera abierto una puerta.
*Mate,* gruñó de nuevo.
Esta vez, Mateo no pudo obligarlo a callar.
Porque lo que ellos no ven es que una niña de 6 años no tiene poder para decidir si quiere no convertirse en una asesina....
Ah pero buenos para exigir A los demás