Cuando sus mundos chocan, la atracción es inmediata, explosiva y peligrosa. Lo que comienza como una misión para Scarlett se convierte en una obsesión mutua donde la línea entre el deber y el deseo se desdibuja peligrosamente.
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CAPÍTULO 20
Scarlett lleva doce horas en el sótano.
Doce horas atada a una silla, con las manos entumecidas y la espalda agarrotada. Doce horas sin comida, sin agua, sin ver la luz del día. Doce horas pensando en Alejandro, en su hijo, en cómo salir de esta.
Pero no ha perdido la esperanza.
Porque Scarlett no se rinde.
Ha estado trabajando en las cuerdas durante toda la noche. Movimientos pequeños, casi imperceptibles, para no alertar a los guardias. La cuerda está cediendo, lentamente. Pronto podrá liberar una mano.
El problema son los guardias. Dos hombres custodian la puerta. Los oye hablar, reír, jugar a las cartas. No parecen tomarse su trabajo muy en serio. Después de todo, es solo una mujer embarazada atada a una silla. ¿Qué peligro puede representar?
No saben con quién se meten.
A la hora trece, Scarlett libera la mano derecha.
El dolor es insoportable cuando la sangre vuelve a circular, pero se muerde el labio para no gritar. Espera unos minutos, recuperando la sensibilidad. Luego, con movimientos lentos y silenciosos, comienza a trabajar en las ataduras de los tobillos.
Los guardias siguen jugando. No sospechan nada.
Cuando los pies están libres, Scarlett se levanta con cuidado. Las piernas le tiemblan, pero logra mantenerse en pie. Observa la habitación, una silla, una mesa, una bombilla. Nada que pueda usar como arma.
Pero tiene algo mejor, su entrenamiento.
Se acerca sigilosamente a la puerta. Los guardias están al otro lado, distraídos. Si puede sorprenderlos...
Abre la puerta de golpe.
Los dos hombres se giran, sorprendidos. Scarlett no les da tiempo a reaccionar. Su primer golpe impacta en la garganta del más cercano, que cae al suelo ahogándose. El segundo intenta sacar su arma, pero ella es más rápida, una patada en la muñeca, un golpe en la sien, y el hombre se desploma.
Todo ha durado tres segundos.
Scarlett recoge las armas de ambos, las asegura en su cintura, y mira a su alrededor. Está en un pasillo subterráneo, con varias puertas. Una de ellas debe llevar al exterior.
Pero antes de moverse, oye algo.
Un llanto. Débil, apenas un susurro. Viene de una de las puertas.
Scarlett duda. Debería huir, buscar a Alejandro, ponerse a salvo. Pero el llanto...
Abre la puerta.
Y lo que ve le parte el corazón.
Una mujer joven, apenas una adolescente, está en el suelo, acurrucada en un rincón. Tiene moretones en la cara, la ropa rasgada, y está llorando en silencio.
—Dios mío
murmura Scarlett, arrodillándose a su lado.
— ¿Quién eres?
La muchacha la mira con ojos asustados.
—Me llamo Soila. Me trajeron aquí hace... no sé cuánto tiempo. Días. Semanas.
—¿Quién te trajo?
—Los hombres de Vittorio. Mi padre le debía dinero. Dijeron que me quedaría aquí hasta que pagara.
Scarlett siente que la sangre hierve en sus venas. Conoce las historias, los rumores. Víctimas, rehenes, personas usadas como moneda de cambio. Pero verlo en persona es diferente.
—Vas a salir de aquí
dice con firmeza.
— Conmigo. Ahora.
—Pero los guardias...
—Están inconscientes. Vamos.
Ayuda a Soila a levantarse. La muchacha apenas puede mantenerse en pie, pero Scarlett la sostiene.
—¿Puedes caminar?
—Lo intentaré.
Salen al pasillo. Scarlett guía a Soila hacia donde cree que está la salida. Escuchan voces a lo lejos, pasos. Se esconden en un hueco hasta que pasan.
Finalmente, encuentran una escalera. Suben. Al final, una puerta.
Scarlett la abre lentamente.
Están en un callejón. Es de noche. La ciudad está ahí, con sus luces y su ruido.
—Somos libres
susurra Soila, incrédula.
—Todavía no. Tenemos que llegar a un lugar seguro. ¿Conoces a alguien, Algún familiar?
—Mi tía. Vive en el centro. Pero no tengo dinero, no tengo nada.
—Yo te llevaré.
Mientras Alejandro está desesperado.
Lleva horas encerrado en su habitación, sin noticias de Scarlett. Ha intentado sobornar a los guardias, amenazarlos, convencerlos. Nada funciona. Su padre lo tiene incomunicado.
Pero entonces oye un ruido.
Algo en la ventana. Se acerca y ve una piedra envuelta en un papel. La recoge.
-Soy Damián. Escapa por la ventana trasera. Tengo información.
Alejandro no lo duda. Busca una salida, encuentra una tubería por la que descolgarse. En minutos, está en la calle, corriendo hacia el lugar acordado.
Damián lo espera en un coche oscuro.
—Sube.
—¿Qué pasa, Dónde está Scarlett?
—Escapa. De los hombres de tu padre. Y no está sola.
—¿Cómo?
—Encontró a una chica en el sótano. Una rehén. Las dos huyen.
Alejandro siente una mezcla de orgullo y miedo.
—¿Dónde están?
—No lo sé. Pero tu padre ya lo sabe. Sus hombres las buscan.
—Tenemos que encontrarlas primero.
—Estoy en ello.
Scarlett y Soila caminan por calles oscuras, evitando las principales. Soila está débil, apenas puede moverse, pero Scarlett la anima a seguir.
—Un poco más
dice.
— Ya casi llegamos.
—¿Por qué me ayudas?
pregunta Soila
— No me conoces.
—Porque alguien tiene que hacerlo. Porque no puedo dejar a nadie en ese infierno.
—¿Quién eres?
—Alguien que también está huyendo.
De repente, unos faros las iluminan. Un coche negro frena a su lado. Scarlett empuja a Soila detrás de ella, sacando el arma.
Pero del coche baja Damián.
—¡Scarlett!
grita.
—¡Soy yo!
Y detrás de él, Alejandro.
Scarlett siente que las piernas le fallan. Alejandro corre hacia ella, la abraza con una fuerza desesperada.
—Dios mío
susurra.
— Creí que te perdía. Creí que te perdía.
—Estoy bien. Estamos bien.
Ella llora, aferrándose a él.
—Alejandro, encontré a una chica. Estaba en el sótano. No podía dejarla.
Alejandro mira a Soila, que observa la escena con los ojos muy abiertos.
—Suban las dos
dice Damián.
— Tenemos que irnos. Los hombres de Vittorio están cerca.
Suben al coche. Mientras Damián conduce a toda velocidad, Scarlett se recuesta contra Alejandro, temblando.
—Lo logramos
murmura.
—Por ahora. Pero mi padre no se rendirá.
—Lo sé. Pero tenemos a Soila. Ella puede testificar. Puede contar lo que Vittorio hace con los deudores, con los rehenes. Son pruebas.
Alejandro la mira con admiración.
—Eres increíble. Incluso huyendo, estás planeando el siguiente movimiento.
—Es la única manera de sobrevivir. Siempre un paso adelante.
—Y yo detrás de ti. Siempre.
Se besan, un beso rápido pero profundo, mientras el coche atraviesa la noche.
Llegan a un nuevo escondite. Un departamento pequeño en una zona anónima de la ciudad. Damián lo ha preparado todo, comida, ropa, documentos falsos.
Soila se sienta en un rincón, todavía en shock. Scarlett se acerca a ella.
—Vas a estar bien
le dice.
—Aquí estás a salvo.
—¿Y ustedes, Adónde irán?
—Todavía no lo sabemos. Pero pase lo que pase, no olvides lo que viste. Vittorio Moretti es un monstruo. Y los monstruos pueden ser derrotados.
Soila asiente, con una nueva determinación en sus ojos.
—Cuando pueda, contaré todo. Lo prometo.
Scarlett sonríe y abraza a la muchacha.
—Eso es todo lo que necesitamos.
Alejandro observa la escena desde la puerta. Ve a la mujer que ama, abrazando a una desconocida, dándole esperanza. Y piensa que nunca, en toda su vida, ha visto a nadie tan fuerte, tan buena, tan suya.
Scarlet se acerca a el y la abraza.
—Formamos un buen equipo
dice.
—El mejor
responde Scarlett.
Afuera, la noche sigue siendo peligrosa. Vittorio sigue buscándolos. Pero en este pequeño departamento, por ahora, están a salvo.
Y están juntos.
Eso es todo lo que importa.