Tras un accidente todos creen que Clara ha perdido la memoria. Ella permite que así sea luego de darse cuenta de que su reciente esposo y la supuesta amiga de él parecen haber estado engañandola desde antes del matrimonio.
Pero lo peor no es eso, lo peor viene cuando se da cuenta de que han tramado una red de mentiras entre las cuales existe un "esposo" del que ella no tiene idea.
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El umbral del dolor y un aliado inesperado
El crujido de la puerta de la suite al cerrarse dejó un eco sordo que pareció aislar la habitación del resto de la mansión Salvatierra. Marcos Salles dejó su maletín de cuero sobre una de las sillas de estilo Luis XV, desentonando por completo con la opulencia rancia y recargada del mobiliario. Se quitó la chaqueta con movimientos fluidos y metódicos, arremangándose la camisa blanca hasta los codos. Sus brazos, fuertes y surcados por venas sutiles, delataban a un hombre acostumbrado al esfuerzo físico, muy alejado de la palidez de oficina que exhibían Julián y, en menor medida, Matías.
Clara lo observaba desde la cama, con la espalda apoyada en un muro de almohadones de seda. Mantenía las manos entrelazadas sobre el regazo, una postura ensayada que proyectaba la sumisión y la fragilidad que todos en esa casa esperaban de ella. Su pierna lesionada, descubierta desde la mitad del muslo hacia abajo debido al corte del camisón, descansaba sobre una sábana de lino blanco. La cicatriz del accidente, una línea rosada y rugosa que ascendía de forma irregular por encima de la rodilla, parecía un mapa de la violencia que había sufrido.
—Bien, Clara —dijo Marcos, acercándose a la cama con paso seguro. No pidió permiso para sentarse en el borde del colchón; simplemente lo hizo, haciendo que el peso de su cuerpo alterara sutilmente la inclinación de la cama—. Hoy vamos a evaluar el daño neurológico y la resistencia del tejido muscular. Te advierto que no va a ser un paseo por el parque. Necesito romper las adherencias que se formaron tras la cirugía, y eso duele.
—Estoy lista —respondió ella, forzando una voz trémula, una nota de timidez que consideraba indispensable para mantener su personaje—. Matías me dijo que eres el mejor.
Marcos soltó una risita seca, casi imperceptible, mientras extendía las manos hacia su pierna. Sus dedos eran largos y sorprendentemente cálidos cuando hicieron el primer contacto con su piel.
—No te lastimaré más de lo necesario, pero el límite entre la curación y el dolor a veces es muy delgado —comentó él, aplicando una presión firme en la base del tobillo.
Clara contuvo el aliento. El dolor físico fue inmediato, agudo y punzante, ascendiendo como una corriente eléctrica por su sistema nervioso. Su primer impulso fue retirar la pierna, pero las manos de Marcos se cerraron como sutiles grilletes de carne alrededor de su articulación, manteniéndola inmóvil. Clara apretó los dientes, hundiéndose los dedos en la tela de las sábanas para no gritar. No quería llorar. No frente a este desconocido. Mostrar debilidad real ante alguien que entraba y salía de esa casa de mentiras le parecía una vulnerabilidad táctica que no podía permitirse.
Marcos continuó el recorrido de sus manos ascendiendo por la pantorrilla, ejerciendo una fricción profunda sobre las fibras musculares. Monitoreaba las reacciones de Clara, pero no miraba sus ojos; estudiaba los espasmos involuntarios de los tendones.
—Tienes una tolerancia al dolor bastante inusual, Clara —observó Marcos con un tono conversacional, casi clínico—. La mayoría de las pacientes en tu estado ya estarían suplicando que me detenga. O llamando a su abnegado esposo para que me eche de la habitación.
—Quiero recuperarme rápido —consiguió decir ella, con la respiración entrecortada y el sudor frío comenzando a perlarle la frente—. No quiero ser una carga para Matías. Él ya hace demasiado por mí.
Marcos no respondió. Sus dedos llegaron a la zona de la rodilla, con un cuidado meticuloso. Sin embargo, su ritmo cambió. Ya no era el masaje fluido de un terapeuta; era la búsqueda deliberada de un punto de quiebre. De pronto, el pulgar de Marcos se clavó con fuerza exacta en un punto gatillo subpatelar, justo donde el tejido nervioso se conectaba con la cicatriz principal.
El impacto del dolor fue tan brutal que la fachada de Clara se resquebrajó por completo.
No hubo un llanto de niña desvalida, ni un gemido de súplica. En su lugar, el cuerpo de Clara se tensó como una cuerda de piano a punto de romperse. Se incorporó bruscamente en la cama, rompiendo la distancia entre ambos, y clavó sus uñas directamente en la muñeca de Marcos para apartar su mano. Cuando sus ojos se encontraron con los del fisioterapeuta, ya no quedaba rastro de la mirada vacía y desorientada de la amnésica. Sus ojos eran dos pozos de fuego negro, destilando una agudeza letal y un odio tan puro, tan concentrado, que el aire de la suite pareció congelarse.
Era la mirada de una mujer que recordaba perfectamente quién la había puesto en esa cama, y que desearía tener un puñal en la mano para cobrarse la deuda en ese mismo instante.
Marcos se quedó inmóvil. No retiró su mano por la fuerza, ni se mostró sorprendido. Al contrario, sus ojos grises se abrieron ligeramente con una fascinación oscura. Observó las uñas de Clara enterradas en su piel y luego regresó a la ferocidad del rostro de ella. Una sonrisa lenta y calculadora comenzó a dibujarse en las comisuras de sus labios.
—Vaya —susurró Marcos, bajando la voz a un tono apenas audible, un murmullo que no saldría de esas cuatro paredes—. Así que ahí estás.
Clara parpadeó, intentando recuperar la máscara con urgencia, pero ya era tarde. El destello de furia salvaje había sido demasiado explícito.
—Suéltame... me dolió mucho —intentó modular, suavizando la voz, pero el veneno aún vibraba en sus cuerdas vocales.
—No te muevas —le ordenó él, sin romper el contacto visual—. Y deja de actuar. No estás confundida, Clara. Estás furiosa. Y esa mirada que acabas de darme no es la de alguien que no sabe quién es. Es la de alguien que sabe exactamente quién es, y lo que es peor, sabe perfectamente quiénes son los que caminan por el pasillo de esta casa.
Clara sintió que el corazón le daba un vuelco salvaje contra las costillas. La adrenalina sustituyó al dolor físico. Estaba acorralada. Este hombre, un extraño que apenas llevaba unas horas en la mansión, había desmantelado en un segundo la farsa que Julián y Lucía consideraban perfecta. Su mente trabajó a toda velocidad, evaluando los riesgos. Si negaba todo, Marcos podría comentárselo a Matías como una observación médica extraña, y Julián se enteraría. Si admitía la verdad, se ponía a merced de un mercenario de la salud pagado por los Salvatierra.
Miró la muñeca de Marcos, donde sus propias uñas habían dejado marcas rojas. Luego volvió a mirarlo a él.
Decidió arriesgarse. Era su única jugada.
—¿Qué es lo que quieres, Marcos? —preguntó Clara, abandonando por completo el tono desvalido. Su voz sonó profunda, gélida, la voz de la verdadera Clara—. ¿Cuánto te paga Julián por este trabajo? ¿O fue Matías?
Marcos soltó la pierna de ella y se reincorporó lentamente, cruzándose de brazos. Su sonrisa se amplió, mostrando una hilera de dientes perfectos.
—Me paga Matías, de hecho. Y me paga muy bien —respondió él, divertido—. Pero no me pagan lo suficiente como para ignorar un misterio tan delicioso. Me habían dicho que no tenías recuerdos, pero me parece que eso no es así. Así que dime... ¿qué recuerdas?
—Recuerdo lo suficiente —siseó Clara, inclinándose hacia delante, sus ojos fijos en los de él—. Recuerdo que el hombre que me trajo aquí no es mi esposo. Recuerdo que mi verdadero esposo está abajo planeando una boda con su mejor amiga. Y recuerdo que si alguien en esta casa descubre lo que sabes, mi vida no valdrá nada mañana por la mañana.
Marcos arqueó una ceja, asimilando la información sin mostrar un ápice de horror. El apellido Salvatierra y sus trapos sucios no parecían sorprenderlo; al contrario, su desprecio natural por la arrogancia de la élite corporativa encontró un nuevo propósito.
—Una bigamia corporativa... Los ricos nunca decepcionan cuando se trata de ser miserables —comentó Marcos con un cinismo refrescante—. Así que estás jugando a la víctima para salvar el pellejo mientras planeas cómo devolverles el golpe.
—Estoy sobreviviendo, alguien quiso deshacerse de mi, pero no lo. consiguió —lo corrigió Clara—. Y necesito saber de qué lado estás tú. Si vas a ir con el cuento a Matías, hazlo ahora. Pero ten por seguro que si caigo yo, me encargaré de arrastrar a todos los que pueda conmigo. Incluyendo al fisioterapeuta que no supo hacer su diagnóstico.
Marcos dejó escapar una carcajada suave, impresionado por la audacia de la mujer que tenía enfrente. Se inclinó hacia ella, apoyando una mano en el colchón, sellando un espacio de absoluta confidencialidad.
—Tranquila, Clara. No me agrada la gente que cree que puede comprar el mundo con un apellido, y tu "esposo" y su hermano tienen esa actitud que me revuelve el estómago. Además, me pareces mucho más interesante como estratega que como una cáscara vacía. Tu secreto está a salvo conmigo. De hecho... creo que vas a necesitar ayuda fuera de estos muros de cristal.
Clara lo estudió durante unos segundos interminables, buscando cualquier rastro de engaño. No lo encontró. Había un pacto silencioso sellándose entre el dolor de su cuerpo y el cinismo de la mente de Marcos.
—Necesito información sobre mi accidente —dijo Clara, su voz apenas un hilo de acero—. Y necesito un teléfono que nadie pueda rastrear.
—Considera que tu terapia acaba de volverse mucho más integral —respondió Marcos, guiñándole un ojo mientras volvía a tomar su pierna con profesionalismo—. Ahora, volvamos al trabajo físico. Y esta vez, intenta fingir un poco mejor cuando te duela, querida. No queremos que quién camine por el pasillo sospeche que estamos curando algo más que tus músculos.
Marcos que noticias traerá y si encontró el vehículo que la atropello.
Como harán porque Clara algún día tiene que dejar de fingir la amnesia allí que dirá o que hará Julian y la Lucia 🤔🤔🤔❓❓❓
Veremos que noticias trae Marcos 🤔🤔🤔❓❓❓
Regresa Marcos después de una semana veremos si encontró el vehículo y que paso con el.