Kayla apenas tiene veintitrés años cuando su padre le arregla un matrimonio con un desconocido: Arturo, un neurocirujano brillante al que todo el hospital conoce como el "Dr. Hielo" por su temperamento implacable. En cuestión de semanas pasa de ser una estudiante de medicina libre a convertirse en la esposa secreta del hombre más temido del quirófano.
Las reglas son claras: en el hospital, él es su superior y ella una simple interna. Nadie puede saber que están casados. De día, Arturo la interroga sin piedad frente a sus compañeros y le exige perfección con una frialdad que congela. De noche, es el mismo hombre quien le deja notas manuscritas, le besa la frente mientras duerme y la abraza hasta que el miedo desaparece.
Pero mantener una doble vida tiene un precio. Entre rivales que acechan, secretos que amenazan con salir a la luz y una separación que pondrá a prueba todo lo que sienten, Kayla descubrirá que detrás del hielo arde algo mucho más intenso de lo que jamás imaginó.
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Episodio 23
—Entonces estudiaré con más empeño, doctor —respondió Kayla en voz baja, pero había un destello de determinación en sus ojos.
Arturo no respondió con palabras; solo asintió despacio. Esa noche, Arturo no se movió de ahí. Durmió en el pequeño sofá junto a la cama de Kayla, asegurándose de que la temperatura de su esposa fuera monitoreada constantemente.
La tensión que se había congelado durante la última semana fue derritiéndose poco a poco, aunque aún estaban separados por los muros del profesionalismo hospitalario.
Gracias a los cuidados intensivos y la estricta supervisión de su esposo, Kayla se recuperó rápidamente. Hoy era su primer día de vuelta en servicio completo después del incidente del desmayo.
Kayla entró a la estación de enfermería con su uniforme de prácticas bien planchado. El ambiente se sentía ligeramente diferente. Si antes la miraban con lástima o con desdén, ahora las enfermeras la observaban con respeto; la noticia de su actuación heroica salvando al paciente infantil en la sala de tercera clase había borrado el estigma de que era solo una consentida sin habilidades.
—¡Buenos días, Kayla! Vaya, ya te ves bien —la saludó Celina mientras la abrazaba por los hombros.
—Sí, ya estoy bien —dijo Kayla.
—El Dr. Arturo ya te espera en el consultorio. Dijo que si llegas un minuto tarde, va a reactivar el castigo de cambiar vendajes —dijo Celina.
—Jajaja, este sí es el Dr. Arturo que conozco. Ya me voy, ¿sí? —dijo Kayla.
—Jajaja, sí. Ten cuidado, Kayla —dijo Celina, y Kayla asintió.
Cuando Kayla entró al consultorio, Arturo estaba leyendo los resultados de una resonancia magnética de un paciente. Solo la miró de reojo por encima de sus lentes.
—Llegaste a tiempo. Siéntate —dijo Arturo con brevedad.
Las consultas transcurrieron de forma muy intensa, pero esta vez algo era diferente: Arturo ya no solo daba órdenes frías. Cada vez que aparecía un caso interesante, se detenía un momento y le hacía preguntas de sondeo a Kayla.
—Mira este estudio, doctora en prácticas Kayla. Hay un estrechamiento en la arteria vertebral. Si tú fueras quien indicara el tratamiento inicial, ¿qué medicamento elegirías primero? —preguntó Arturo.
Arturo me está poniendo a prueba para ver si soy capaz o no. Tengo que demostrarlo, pensó Kayla.
Kayla respondió con fluidez, mencionando el grupo de antiagregantes plaquetarios y sus consideraciones. Arturo solo asintió levemente, una señal de satisfacción que Kayla ya comenzaba a interpretar.
Durante la pausa del almuerzo, Arturo pidió que todos salieran, dejándolos solos a él y a Kayla en la habitación. Sacó una bolsa de papel que contenía un sándwich saludable y un cartón de leche.
—Come esto. No quiero que tu glucosa vuelva a bajar como ayer —dijo Arturo mientras empujaba la comida hacia Kayla.
—Arturo... digo, doctor. Es demasiado. ¿Qué pasa si alguien entra? —susurró Kayla preocupada.
—La puerta ya está con llave. Después de que termine el horario de consultas, tenemos programación en quirófano y quiero que seas mi segunda asistente —respondió Arturo con naturalidad, reclinándose en su silla y mirando fijamente a Kayla.
Los ojos de Kayla brillaron. Ser segunda asistente del Dr. Arturo era un puesto muy codiciado por los residentes, ni se diga por los internos.
—¿En serio, Arturo? Digo, ¿doctor? —preguntó Kayla.
—No me hagas arrepentirme de darte esta oportunidad, Kayla —dijo Arturo con tono de advertencia, aunque había un destello de orgullo en sus ojos.
—Lo prometo, no haré que se arrepienta, doctor. Voy a demostrar mi capacidad —dijo Kayla con plena confianza.
—Bien, mantén ese ánimo. Te estoy dando la oportunidad de demostrarle a todos que eres capaz —dijo Arturo.
—Sí, doctor. Voy a demostrar que tengo habilidades que hasta ahora la gente no ha podido ver —dijo Kayla, y Arturo asintió.
Antes de que la cirugía comenzara, el ambiente en el área de quirófano era de gran agitación. Kayla ya se había cambiado a la ropa quirúrgica verde, con gorro y cubrebocas. Pero, a pesar de sus esfuerzos por mantenerse tranquila, sus dedos ocultos dentro de los bolsillos no dejaban de temblar.
No era una cirugía cualquiera: era una craneotomía para extirpar un tumor cerebral, un procedimiento de altísimo riesgo, y ella estaría de pie justo al lado de Arturo, el maestro de la neurocirugía.
—Concéntrate, Kayla. No vayas a decepcionar —se susurró a sí misma mientras respiraba profundo frente al lavabo de esterilización.
Mientras Kayla se concentraba en calmarse, de pronto una silueta alta se plantó a su lado. Sin voltear siquiera, Kayla supo que era Arturo por el aroma característico de su jabón masculino. Arturo comenzó a lavarse las manos con movimientos rítmicos y profesionales según el protocolo quirúrgico.
—Pareces alguien que va a enfrentar una sentencia de muerte, no una asistente de cirugía —la voz de Arturo rompió el silencio del frío lavabo.
—So-solo estoy un poco nerviosa, doctor. Es la primera vez que entro a un caso de tumor de este tamaño —dijo Kayla con honestidad, su voz ligeramente amortiguada por el cubrebocas.
Arturo detuvo sus movimientos un instante. Cerró la llave con el codo y se giró hacia Kayla. Como sus manos ya estaban en proceso de esterilización, no podía tocarla directamente, pero inclinó su cuerpo hacia ella.
—Mírame a los ojos, Kayla —ordenó Arturo.
Kayla alzó la vista y se encontró con esos ojos agudos tras los lentes transparentes.
—Allá adentro no serás mi esposa, pero serás parte de mi equipo. Yo nunca elijo a alguien incapaz para estar junto a mi mesa de operaciones. Respira hondo. Ya estudiaste esta anatomía hasta sabértela de memoria, así que confía en ti misma, como yo confío en ti —dijo Arturo. Su mirada, normalmente fría como el hielo, ahora irradiaba una cálida confianza.
Las palabras de Arturo eran simples, pero para Kayla fueron la dosis de calma más poderosa. La ansiedad que la asfixiaba se fue aflojando poco a poco.
Kayla entró al quirófano y notó las miradas de duda de quienes estaban ahí, lo que la hizo sentirse insegura. Arturo lo percibió y negó con la cabeza, dándole a Kayla la señal de que no respondiera a esas miradas escépticas; al contrario, debía demostrar que todos estaban equivocados.
¡Tú puedes, Kayla! Arturo te eligió porque eres capaz. Él confía en tus habilidades y esta es la oportunidad que te dio para demostrar lo que siempre has pregonado, pensó Kayla.
La cirugía comenzó. El ambiente dentro del quirófano era de absoluto silencio; solo se escuchaba el pitido rítmico del monitor de anestesia y el sonido de la máquina de aspiración. Arturo trabajaba con el microscopio quirúrgico, sus manos moviéndose con extrema delicadeza al diseccionar el tejido cerebral finísimo.
—Segunda asistente, sostenga el retractor en este ángulo. Mantenga la posición, ni un milímetro de movimiento —ordenó Arturo sin apartar la vista del microscopio.
Kayla tomó posición de inmediato. Sostener el retractor durante horas era una tarea físicamente agotadora, pero Kayla no se inmutó. Concentró su mirada en el área operatoria, asegurándose de ejecutar las instrucciones de Arturo a la perfección.
—Bien, manténgalo así —murmuró Arturo.
Varios residentes sénior que también estaban en el quirófano se miraron entre sí, impresionados al ver cómo una interna podía seguir el ritmo de trabajo de Arturo —extremadamente rápido y perfeccionista— sin cometer un solo error.
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Continuará…