Bella campesina y rico citadino se aman contra la voluntad de él. Ella sufre humillación en la ciudad. Él cambia. Ella huye. Él la busca. Celos, maldad y un embarazo los unen para siempre.
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Capítulo 13: La vida en el refugio
La cabaña junto al lago se convirtió en su pequeño paraíso. Los primeros días fueron de adaptación, de aprender a vivir con lo mínimo, de descubrirse el uno al otro en la intimidad de un espacio reducido. No tenían lujos, pero tenían paz. No tenían dinero, pero tenían amor. Y para Lucía y Sebastián, eso era suficiente.
Las mañanas comenzaban con el canto de los pájaros y el rumor suave del agua contra la orilla. Sebastián se levantaba temprano para pescar en el lago, mientras Lucía preparaba el desayuno con lo poco que tenían: huevos de las gallinas que habían comprado a un vecino, pan duro que ablandaban con leche, y frutas silvestres que recolectaban en el bosque.
—Nunca pensé que la vida sencilla pudiera ser tan hermosa —dijo Lucía una mañana, mientras veía a Sebastián regresar con su caña de pescar y una sonrisa en el rostro.
—Es hermosa porque estás tú —respondió él, dejando los peces en una cubeta y abrazándola por la cintura—. Contigo, hasta el día más gris se vuelve dorado.
Ella rió, apoyando la cabeza en su pecho. Era feliz. Una felicidad tan pura y tan simple que a veces le parecía un sueño del que despertaría en cualquier momento.
Pero no todo era perfecto. La sombra de Victoria Montenegro los perseguía incluso en aquel rincón perdido del mundo. Sebastián revisaba constantemente las noticias del pueblo cercano, temiendo que su madre hubiera puesto recompensas por su paradero. Cada vez que veía un coche desconocido en el camino, su corazón se aceleraba.
—Tenemos que ser cuidadosos —le dijo una noche a Lucía, mientras cenaban a la luz de una vela—. No podemos confiar en nadie.
—Lo sé —respondió ella, tomando su mano—. Pero mientras estemos juntos, no importa lo que pase.
Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una tarde, mientras Lucía caminaba por el bosque recolectando leña, se encontró con una mujer mayor que vivía en una cabaña cercana. Era una anciana de rostro arrugado y ojos bondadosos, que llevaba una cesta de hierbas en el brazo.
—Hola, joven —dijo la mujer, con una voz suave como el viento—. Eres nueva por aquí, ¿verdad?
—Sí —respondió Lucía, con cautela—. Acabo de llegar con mi esposo.
—¿Esposo? —la anciana sonrió—. Qué bonito. Hace años que no veo a una pareja joven por estos lares. ¿De dónde vienen?
Lucía dudó. No sabía si debía confiar en aquella desconocida. Pero algo en sus ojos le transmitía paz.
—De la ciudad —dijo finalmente—. Huimos de una situación difícil.
La anciana asintió, como si lo entendiera todo.
—No te preocupes, hija. Aquí tu secreto está a salvo. La montaña guarda los secretos de quienes la buscan.
Desde ese día, la anciana, que se llamaba Doña Remedios, se convirtió en una aliada. Les enseñó a cultivar hierbas medicinales, a reconocer las setas comestibles y a preparar remedios para el invierno. También les contó historias del pueblo, de amores prohibidos y de familias que se habían separado por el orgullo y el dinero.
—El amor verdadero es raro —dijo una tarde, mientras tomaban té en su cabaña—. Cuando lo encuentras, debes aferrarte a él con todas tus fuerzas. Incluso si el mundo entero se empeña en destruirlo.
—Eso es lo que intento hacer —dijo Lucía, con una sonrisa triste—. Pero a veces siento que no es suficiente.
—El amor nunca es suficiente por sí solo —respondió Doña Remedios—. Necesita fe, necesita paciencia, necesita lucha. Pero si ambos están dispuestos a darlo todo, entonces sí, es suficiente.
Esa noche, Lucía le contó a Sebastián sobre su conversación con Doña Remedios.
—Creo que tiene razón —dijo ella, mientras se acurrucaba a su lado—. Necesitamos luchar por esto. No solo por nosotros, sino por el futuro que queremos construir juntos.
Sebastián la besó en la frente.
—Lucharemos —dijo—. Siempre.
Pero la calma no duraría para siempre. Una mañana, mientras Sebastián regresaba de pescar, vio un coche negro estacionado en el camino que llevaba a su cabaña. Su corazón se detuvo por un instante. Se escondió detrás de un árbol y observó. Del coche bajó un hombre de traje, que caminó hacia la cabaña y tocó la puerta.
Lucía abrió, y al ver al desconocido, dio un paso atrás.
—¿Señora Lucía? —preguntó el hombre—. Soy investigador privado, contratado por la señora Victoria Montenegro. Necesito hablar con usted.
Lucía sintió que las piernas le temblaban, pero mantuvo la compostura.
—No sé quién es esa señora —dijo—. Debe estar equivocado.
—No creo —respondió el investigador, sacando una fotografía de Sebastián—. Este es el hijo de la señora Montenegro. Hemos recibido información de que se esconde por esta zona.
Lucía negó con la cabeza.
—Nunca he visto a ese hombre. Por favor, váyase. No quiero problemas.
El investigador la miró con desconfianza, pero finalmente asintió y se fue. Cuando el coche desapareció en la distancia, Lucía se apoyó contra la puerta, sintiendo que el corazón se le salía del pecho.
Sebastián salió de su escondite y corrió hacia ella.
—¿Estás bien?
—Sí —respondió ella, con voz temblorosa—. Pero nos encontraron. No podemos quedarnos aquí.
—Lo sé —dijo Sebastián, tomando su rostro entre las manos—. Vámonos. Ahora.
Empacaron sus pocas pertenencias en la camioneta y, despidiéndose de Doña Remedios, emprendieron el camino de regreso al campo.
—¿Estás seguro de que debemos volver? —preguntó Lucía—. Tu madre buscará allí primero.
—Por eso precisamente debemos ir —respondió Sebastián—. Porque nadie espera que volvamos al lugar donde todo empezó. Además, necesito hablar con tu padre. Necesito pedirle su bendición para casarme contigo.
Lucía sintió que las lágrimas le brotaban.
—¿Casarnos?
—Sí —dijo él, sonriendo—. Quiero que seas mi esposa, Lucía. Quiero pasar el resto de mi vida a tu lado.
Ella lo abrazó con fuerza, sintiendo que el amor, a pesar de todo, seguía siendo lo más importante.
El viaje fue largo y peligroso, pero finalmente llegaron al campo. Don Justo los recibió con los brazos abiertos y lágrimas en los ojos.
—Hija —dijo, abrazándola—. Creí que nunca volverías.
—Volví, papá —respondió ella—. Y no voy a irme nunca más.
Sebastián se arrodilló frente a don Justo.
—Señor Justo, sé que al principio no confiaba en mí. Y sé que le he dado motivos para dudar. Pero quiero pedirle su bendición para casarme con su hija.
Don Justo lo miró largamente. Vio en sus ojos la sinceridad, el cansancio, pero también la determinación.
—Te la doy —dijo finalmente—. Porque has demostrado que amas a mi hija más que a tu propia vida. Y eso, para mí, vale más que cualquier fortuna.
Esa noche, bajo las estrellas del campo, Sebastián y Lucía celebraron su promesa de amor. Pero en la ciudad, Victoria Montenegro planeaba su próximo movimiento.
La guerra no había terminado. Solo había comenzado.