Lisa es una joven invisible y recatada con una meta clara: completar su pasantía para asegurar el futuro de su hermana. Sin embargo, su camino se cruza con el de Maximilian Sterling, un magnate tan brillante como despiadado. Como su asistente temporal, Lisa no solo gestiona agendas millonarias, sino también el desfile de mujeres que entran y salen de la cama de su jefe.
En la intimidad del penthouse, Max la provoca con una arrogancia desmedida y una desnudez que ella intenta ignorar. Pero la tensión erótica estalla en una noche de alcohol y confesiones que termina en una entrega total. Al amanecer, el despertar es cruel: "No recuerdo nada, prepárame un café".
Mientras Max se refugia en su fachada de playboy sin escrúpulos para ocultar su vulnerabilidad, descubre que Lisa no es una empleada más, sino el único caos que no puede dominar. En este peligroso juego de poder y deseo, él es el dueño de la ciudad, pero ella posee sus secretos. Al final, solo uno quedará de rodillas.
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La lista de la discordia
La acusación de Maximilian quedó suspendida en el espacio del cubículo, asfixiante y cargada de una sospecha que a Lisa le heló la sangre. Ella sostuvo la mirada del magnate, a pesar de que el temblor de sus propias manos amenazaba con delatar el pánico que sentía. El olor a la loción cara de Maximilian y el calor de su respiración furiosa contra sus labios la envolvían, atrapándola contra el respaldo de la silla de oficina.
—Yo no fui, señor Sterling —consiguió decir Lisa. Su voz sonó pequeña, pero firme dentro de la rigidez que le entumecía los hombros—. Encontré la nota mientras acomodaba la cama, es verdad. Pero no le tomé fotos y no envié ese correo. No sé quién lo hizo, pero yo necesito este trabajo. No tiraría mi futuro a la basura de esa manera.
Maximilian la estudió durante unos segundos eternos. Sus ojos oscuros escanearon cada facción de la joven, buscaron un rastro de mentira detrás de los cristales de sus gafas, pero solo encontraron el terror genuino de una empleada que temía perder su sustento. La furia en el rostro de Maximilian cambió de rumbo; la mandíbula se mantuvo tensa, pero se apartó de golpe, liberando el espacio que la asfixiaba. Se pasó una mano por el cabello alborotado y soltó un suspiro cargado de frustración.
—Alguien entró a mi servidor o a mi apartamento, Miller —dijo Maximilian. Su voz bajó a un tono grave que denotaba un cansancio profundo—. Y descubriremos quién fue. Por ahora, regrese a sus labores. No quiero que mencione este asunto con nadie de la empresa.
Lisa asintió con rapidez, acomodó sus gafas con un dedo torpe y fijó la vista en la pantalla de la computadora, mientras Maximilian se encerraba de nuevo en su despacho con un portazo que hizo vibrar el cristal.
El resto de la tarde transcurrió bajo una calma tensa. Lisa intentó concentrarse en los archivos de la corporación, pero la sospecha de su jefe y la amenaza anónima que pesaba sobre ellos le provocaban un nudo constante en el estómago. Sabía que un paso en falso significaría el fin de la pasantía, y el dinero de ese empleo era vital para ella en ese momento.
A las cuatro de la tarde, la puerta del despacho principal se abrió de nuevo. Maximilian salió ya sin el saco del traje azul marino. Llevaba las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los antebrazos y sostenía una pequeña libreta de cuero negro en la mano derecha. Su rostro lucía recuperado de la agitación de la mañana, estaba de nuevo cubierto por esa capa de indiferencia y superioridad habitual.
Se detuvo frente al escritorio de Lisa y dejó caer la libreta de cuero justo sobre el teclado de la computadora.
—Tenga, Miller —anunció Maximilian con un tono de voz desprovisto de emoción—. Esta es mi agenda de entretenimiento. Necesito que llame a los tres primeros nombres que aparecen en la lista de esta semana y cancele las citas que programé para los próximos días. Invente cualquier excusa. Dígales que tengo viajes de negocios de última hora.
Lisa tomó la libreta con curiosidad y la abrió. En las primeras páginas venían anotados nombres de mujeres con números telefónicos privados y anotaciones cortas al lado de cada una. Sintió un leve pinchazo de incomodidad en el pecho; después de ver la forma en que el magnate echó a Tiffany esa mañana, la tarea le resultó desagradable. Era evidente la desfachatez con la que este hombre manejaba sus relaciones afectivas, como si fueran simples reuniones de oficina.
—¿Quiere que las cancele todas hoy mismo, señor? —le preguntó Lisa, forzando una postura rígida para ocultar su descontento.
—Sí, ahora mismo —respondió Maximilian mientras se cruzaba de brazos—. No tengo humor para lidiar con dramas femeninos esta semana. Hágalo desde el teléfono de la oficina.
El magnate dio media vuelta y caminó hacia la sala de descanso que estaba al fondo del pasillo principal, donde se encontraba la cafetera premium, dejando a Lisa sola con la lista de la discordia.
Lisa soltó un aire pesado y marcó el primer número de la agenda. El nombre correspondía a una mujer llamada Rebecca. La llamada conectó al segundo tono y una voz sofisticada respondió del otro lado.
—Buenas tardes, hablo de parte del señor Maximilian Sterling —dijo Lisa, asumiendo su papel formal de asistente—. Lamento informarle que el señor Sterling debe cancelar el compromiso de este jueves debido a una reunión de imprevisto con el comité ejecutivo.
La respuesta de Rebecca fue fría y cortante, un simple reproche sobre la falta de caballerosidad de Max, pero aceptó la cancelación sin gritos. Lisa tachó el primer nombre con un bolígrafo negro y procedió a marcar el segundo número, que pertenecía a una modelo llamada Vanessa. En esta ocasión, la mujer mostró más frustración, quejándose del poco tiempo que Max le dedicaba, pero Lisa mantuvo la amabilidad y cerró la llamada con rapidez.
El verdadero problema surgió con el tercer nombre de la lista: Tatiana.
Cuando Lisa marcó el número y repitió el discurso protocolar sobre la cancelación de la cita del viernes por motivos de agenda, la reacción del otro lado de la línea fue violenta. Tatiana no ocultó su furia y su voz chillona inundó el receptor del teléfono.
—¿Quién te crees que eres para cancelarme a mí, estúpida? —le espetó Tatiana con un tono cargado de veneno—. Eres una simple secretaria de quinta que le carga los papeles a Max. Dile a ese hombre que me llame él mismo. Seguro eres una muerta de hambre que inventa estas cosas porque me tienes envidia. No eres más que una sirvienta con traje feo que limpia sus desastres.
Lisa sintió que la sangre le hervía en las venas. Los insultos de la mujer eran directos y buscaban humillarla, recordándole las palabras crueles que Tiffany le había dicho esa misma mañana en el penthouse. La timidez de Lisa amagó con hacerla colgar el teléfono, pero el orgullo y la rabia acumulada por el trato que recibía de ese entorno de ricos superficiales la hicieron reaccionar.
Se enderezó en su silla, apretó el auricular contra su oreja y adoptó una postura de total firmeza.
—Señorita Tatiana —habló Lisa, con voz pausada, elegante y libre de cualquier alteración emocional que delatara su enojo—. Mi trabajo consiste en gestionar la agenda del señor Sterling, no en recibir sus frustraciones personales. El señor Sterling no la atenderá hoy ni el viernes. Si usted considera que mi puesto es bajo, le recuerdo que soy yo quien decide qué llamadas y qué personas pasan a su oficina. Si mantiene ese tono de insultos hacia el personal de esta empresa, me encargaré personalmente de que su nombre no vuelva a figurar en ninguna lista de esta corporación. Que tenga una buena tarde.