El frío de la oficina era lo único que conocía. Durante diez años, mi vida se resumió en trabajo, números y ambición. Para el mundo era la ejecutiva perfecta; para mi familia, solo una tarjeta de crédito. Nadie me quería de verdad, y jamás me detuve a buscar el amor. Hasta que el médico me entregó ese sobre blanco. Una sola palabra lo cambió todo: terminal. Tres meses. Noventa días de vida. Al salir a la calle, el mundo siguió girando sin mí. Pensé en llamar a mi madre, pero supe que solo me pediría dinero. Entendí que si moría mañana, nadie me lloraría de corazón. Había levantado un imperio millonario, pero jamás me había permitido vivir. Con la muerte enfrente, el miedo desapareció por completo. Si me quedaban solo tres meses, rompería cada una de las reglas que me mantuvieron cautiva toda mi vida. Caminé directo al edificio de enfrente y subí al último piso sin pedir permiso. Entré decidida al despacho de mi mayor rival en los negocios, el único hombre capaz de sacarme de quicio y el que jamás pensaría en elegir. Él levantó la vista sorprendido, luciendo esa sonrisa arrogante de siempre. Lo miré fijamente a los ojos, sintiendo por primera vez una libertad absoluta, lista para vivir aunque sea una farsa.
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Capítulo XIX Un secreto descubierto
Punto de vista de Adriana
Apreté los documentos contra mi pecho al salir de la oficina de Victoria, intentando tragarme el nudo que amenazaba con cerrarme la garganta. Verla consumir cada gramo de su fuerza vital en esa guerra absurda me estaba destrozando. Le había jurado guardar el secreto, pero llevar sobre mis hombros la carga de su diagnóstico terminal era una pesadilla diaria.
Caminé a paso rápido por el pasillo del piso ejecutivo, pero al doblar la esquina hacia el área de ascensores, una figura imponente me cortó el paso.
—Adriana. Necesitamos hablar —dijo Sebastián.
Su voz era baja, pero cargada de una autoridad aplastante. No llevaba su chaqueta y se había arremangado los puños de la camisa. Tenía los ojos oscuros clavados en mí con una lucidez aterradora.
—Señor Alarcón... la señorita Victoria está ocupada revisando los anexos del contrato —intenté excusarme, dando un paso hacia atrás, pero él se movió con rapidez y bloqueó la entrada al ascensor de servicio.
—No vengo a buscar a Victoria. Vengo a hablar contigo —sentenció, acorralándome con la mirada—. Y más vale que me escuches bien, porque no tengo tiempo para evasivas.
—Tengo mucho trabajo pendiente, señor, si me permite...
—Sé que le estás ocultando algo grave —me interrumpió de golpe, dando un paso al frente. El aire a nuestro alrededor se volvió helado—. Vi los analgésicos en su casa. La vi retorcerse de dolor en mitad de la reunión con Castañeda mientras fingía que todo estaba bajo control. Y acabo de verte salir de su oficina con cara de velorio tras entregarle agua y medicinas.
El corazón me dio un vuelco violento. Apreté las carpetas con tanta fuerza que las esquinas de papel se doblaron.
—La señorita Victoria sufre de un cuadro severo de colitis nerviosa y gastritis por el estrés de los últimos días —mentí, tratando de mantener la voz firme, tal como lo habíamos ensayado mil veces.
Sebastián soltó una risa amarga, desprovista de humor, e inclinó el rostro hacia mí.
—No me trates como a un imbécil, Adriana. Conozco el estrés. Sé cómo se ve una persona sobrecargada de trabajo. Lo que Victoria tiene no es gastritis. Esos analgésicos son para dolores insoportables, de nivel clínico. Está pálida, está perdiendo peso y se comporta como si no le importara quemar el mundo porque no le teme a las consecuencias de nada.
Me quedé helada. Sus palabras dieron en el blanco con mucha precisión.
—Si de verdad la aprecias y eres su leal confidente, dime qué le pasa —exigió Sebastián, y por primera vez noté una grieta en su armadura de acero: en su voz no había ira, sino una desesperación sofocada y genuina—. Está muriéndose de dolor frente a mis ojos y se niega a hablarme. Dime la verdad, Adriana. ¿Qué tiene Victoria?
Miré a Sebastián a los ojos y vi el tormento real que sentía por ella. Una parte de mí quiso gritarle la verdad, rogarle que la llevara a un hospital a la fuerza, que la salvara de su propia terquedad. Pero el rostro de Victoria, implorándome lealtad y dignidad para sus últimos días, se cruzó en mi mente.
—Le sugiero que no presione a la señorita Victoria —dije con la voz temblorosa, pero sosteniéndole la mirada—. Ella está tomando las decisiones que considera correctas para su vida. Si de verdad le importa... solo acompáñela y no la deje sola.
Me escurrí por su lado antes de que pudiera detenerme y me metí al ascensor. Mientras las puertas se cerraban, vi a Sebastián apretar los puños contra la pared, consumido por la frustración y una sospecha que ya no iba a poder apagar.
Punto de vista de Selene
El té de jazmín de mi madre ya se había enfriado sobre la mesa, pero mi mente funcionaba a mil revoluciones por minuto. La explicación de mi madre sobre el romance desenfrenado de Victoria me parecía demasiado simple, demasiado fácil. Victoria no era una mujer que perdiera el juicio por un hombre, por muy Alarcón que fuera. Había algo más.
Saqué mi teléfono personal y busqué en la lista de contactos hasta dar con el número de mi informante en la clínica privada Central, el centro médico más exclusivo de la ciudad, donde nuestra familia siempre se había atendido.
—¿Alo? Selene, qué sorpresa —dijo la voz cautelosa al otro lado de la línea.
—Necesito un favor discreto, y sabes que pago muy bien —fui directo al grano, alejándome de mi madre para que no escuchara—. Quiero que revises el historial de ingresos y consultas de mi hermana, Victoria Valenzuela, en los últimos dos meses.
Hubo un silencio tenso en la línea.
—Selene, sabes que violar la privacidad de los expedientes médicos de la clínica es motivo de despido inmediato y demanda...
—Te transferiré el triple de lo que te di la última vez —la corté sin piedad—. Solo quiero saber qué departamento visitó y qué médico la atendió. Victoria ha estado faltando a reuniones y actuando de forma errática. Como vicepresidenta de la firma, necesito saber si mi hermana está ocultando una condición que ponga en riesgo a los accionistas.
Escuché el tecleo rápido en una computadora al otro lado del teléfono.
Tras un minuto que pareció eterno, el informante soltó un suspiro ahogado.
—Dios mío... Selene, esto es grave.
Un escalofrío de expectación me recorrió la espalda.
—Habla de una vez.
—Victoria estuvo aquí hace tres semanas. Se le realizaron estudios oncológicos de emergencia en el área de gastroenterología. El reporte firmado por el laboratorio indica un diagnóstico de carcinoma gástrico en fase avanzada... Terminal.
Me quedé congelada en mitad de la habitación. El auricular casi se me resbala de las manos.
—¿ Terminal ? —murmuré, sintiendo cómo una mezcla de shock e incredulidad me invadía.
—Sí. Según la ficha, la paciente rechazó el tratamiento de quimioterapia agresiva y solicitó únicamente medicación para manejo del dolor paliativo.
Colgué la llamada sin siquiera dar las gracias. El teléfono me temblaba en la mano mientras procesaba la información.
Un carcinoma terminal. Victoria pensaba que le quedaban semanas de vida. Por eso no le importaba arriesgar la empresa, por eso se acostaba con Sebastián Alarcón sin importarle el escándalo, por eso nos había desafiado en la junta con semejante arrogancia: ¡no le temía a nada porque creía que ya estaba muerta!
Una sonrisa lenta, oscura y llena de malicia se dibujó en mis labios. El destino me acababa de entregar el arma perfecta. No necesitaba mover un solo dedo para destruir a mi hermana; bastaba con usar su propia "sentencia de muerte" para quitarle el mando de la empresa inmediatamente antes de que terminara de regalársela a los Alarcón.