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Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Status: Terminada
Genre:Venganza / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.

Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.

A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.

Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

En realidad, Valentina no se sentía del todo cómoda durmiendo en el cuarto de descanso de la oficina de la granja. Sabía que ese lugar había sido usado con frecuencia por Adrián y Lorena. Aunque habían cambiado todos los muebles, repintado las paredes y modificado la decoración, los malos recuerdos seguían acechándola.

—¿El lugar es realmente cómodo y seguro? —preguntó Valentina con voz suave.

—Aunque la casa fue construida en los años ochenta, está bien conservada y no tiene nada de tétrica. Estoy seguro de que te va a gustar —respondió Santiago.

—Una casa vieja —murmuró Valentina.

—¿Qué tal si vamos ahora a verla? —propuso Santiago.

Valentina aceptó. Quién sabe, tal vez la casa le quedaba bien.

La casa estaba en las afueras de la ciudad, en una zona de mucha vegetación, rodeada solo de casas de vecinos. No había edificios de oficinas, mucho menos fábricas.

—Esta es la casa. Si te gusta, me comunico con el dueño —dijo Santiago mientras abría la puerta del portón.

El dueño de la casa le había dejado las llaves a Santiago y le había confiado la operación de compraventa, ya que vivía en otra ciudad.

Valentina contempló la casa sencilla con los ojos iluminados. El estilo de la construcción se parecía al de la casa de sus abuelos, la de antes.

Santiago la invitó a recorrerla por dentro. En general, la casa estaba en perfectas condiciones para ser habitada.

—Cada dos semanas viene alguien a limpiarla. Así que siempre está en buen estado —explicó Santiago.

—Me gusta esta casa —respondió Valentina. Le parecía perfecta como vivienda.

Santiago sonrió ampliamente. Luego llamó al propietario.

* * *

La vida de Adrián había cambiado de forma drástica en un lapso muy corto. Apenas unos meses bastaron para destruirlo todo.

La casa que antes rebosaba de actividad ahora se sentía vacía y silenciosa. El televisor que solía acompañar a doña Carmen a todas horas estaba apagado. Solo quedaban los restos de una ambición que poco a poco se convertía en desesperación.

Adrián estaba sentado en la sala con el cuerpo desplomado. La camisa que llevaba puesta estaba arrugada, el rostro descuidado. En las manos sostenía varias hojas con la copia de la sentencia judicial, que se sentían como una condena de vida.

—Todo el patrimonio quedó en manos de Valentina. Yo no obtuve nada —murmuró Adrián en voz baja, mientras sus ojos repasaban la misma frase una y otra vez.

Las manos le temblaban. No de frío, sino porque algo dentro de él comenzaba a resquebrajarse. Se revolvió el pelo, la respiración agitada.

—¡No puede ser! ¡Esto no puede ser! —exclamó Adrián; la voz se le elevó, pero sonaba a derrota.

Desde la recámara, doña Carmen salió con paso rápido. El rostro pálido, los ojos hinchados.

—¿Por qué sigues ahí sentado sin hacer nada? —le espetó, irritada—. ¡Ve a buscar la forma de recuperar esos bienes, Adrián! ¡No te quedes nada más gritando y lamentándote!

—¿Y qué más puedo hacer, mamá? —replicó Adrián; la voz empezaba a sonarle derrotada—. Todo el patrimonio ya es de Valentina. Ella tenía pruebas sólidas y perdimos.

—¡Perdimos porque eres un imbécil! —le soltó doña Carmen sin piedad—. ¡Desde el principio debiste ser más cuidadoso! ¡No dejar que te descubrieran!

Las palabras se le clavaron, pero Adrián ni siquiera tenía fuerzas para contestar. Solo soltó una risa breve, amarga, casi desquiciada.

—¿Cuidadoso? —repitió Adrián en voz baja—. Fui cuidadoso, mamá. Cuatro años lo escondí todo y durante cuatro años le mentí.

Adrián tragó saliva, la garganta reseca.

—Pero resulta que ella era más fuerte de lo que yo creía —continuó.

Doña Carmen bufó con fastidio y se dio la vuelta. No quería oír eso. Para ella, todo esto no era más que un fracaso vergonzoso.

* * *

Mientras tanto, en otro lugar, Lorena estaba de pie frente al espejo grande de su cuarto. Las manos ocupadas guardando ropa en el armario. Sobre la mesa, una bolsa con dinero yacía abierta. Lo que quedaba ya no era tanto como antes, pero alcanzaba para empezar de nuevo. Le daba demasiada vergüenza seguir viviendo en el pueblo después de lo ocurrido.

El celular de Lorena vibró suavemente, rompiendo el silencio de la habitación. El nombre de Adrián brillaba en la pantalla, parpadeando como si suplicara que contestara.

Lorena apenas le echó un vistazo, la mirada inexpresiva. El pulgar se movió con ligereza, tocó la pantalla, y en un segundo la llamada se cortó sin más. Exhaló un suspiro breve y se recargó con calma, como si nada acabara de pasar.

—Perdón, Adrián, pero no pienso hundirme contigo.

Lo murmuró en voz baja, sin rastro de culpa, más bien como alguien que acaba de cerrar una puerta que no piensa volver a abrir. Los labios se le curvaron apenas.

Después volvió a lo suyo, tranquila, sin inquietud. No hubo lágrimas, no quedó ni una sola duda. Dentro de ella solo había una cosa: el deseo de salvarse a sí misma, costara lo que costara.

Pasaron unos minutos, pero la calma se rompió de nuevo cuando el celular de Lorena volvió a sonar. El nombre en la pantalla era el mismo: Adrián.

Lorena resopló con fastidio, un destello de irritación le cruzó el rostro. Esta vez miró la pantalla unos segundos más, como sopesando algo que en realidad ya había decidido desde el principio. Al final, contestó con un gesto perezoso.

—¿Qué quieres, Adrián? —La voz le salió plana, fría, muy lejos del tono meloso que antes usaba siempre para ablandarlo.

—Lorena, ¿dónde estás? —preguntó Adrián, la voz cargada de pánico al otro lado de la línea—. Fui a tu casa, pero no estabas...

—Salí —lo cortó Lorena, seca.

—¿A dónde? Te necesito, Lorena —dijo Adrián, debilitándose—. Tenemos que hablar. Enfrentemos esto juntos...

—¿Enfrentar qué? —lo cortó Lorena otra vez; el tono se volvió gélido—. ¿Tú crees que yo quiero pasar trabajo?

Adrián se quedó mudo un instante, como si no pudiera creer lo que estaba oyendo.

—Lo-Lorena, estás bromeando, ¿verdad?

Lorena soltó una risita. —Yo nunca estuve bromeando, Adrián. Simplemente... soy realista.

—Entonces todo lo que dijiste y todo lo que hiciste...

—Sí, me gustabas —lo atajó Lorena sin vacilar—. Pero me gusta más vivir bien.

La frase salió con una ligereza pasmosa. Sin peso, sin arrepentimiento. Y por supuesto, eso destrozó algo dentro de Adrián.

—¡Eres despiadada, Lorena! —gruñó Adrián.

—¿Despiadada? —repitió Lorena, subiendo un poco la voz—. ¿Ya se te olvidó? Tú también fuiste despiadado con tu propia esposa.

Adrián volvió a quedarse callado. No podía refutarlo.

—Ahora te toca sentirlo en carne propia —continuó Lorena—. Lo que se siente cuando te abandonan.

—Lorena, por favor... ¡no te vayas! —dijo Adrián, casi suplicando—. Tú eres lo único que me queda.

—Justamente por eso me voy, Adrián.

Clic.

La línea se cortó, dejando un silencio que de pronto se sintió inmenso alrededor de Adrián. Seguía con el celular pegado a la oreja, como esperando que la voz regresara. Pero solo había vacío.

El tiempo transcurrió sin que Adrián lo notara. El cuerpo rígido, la mente en blanco, hasta que la fuerza en la mano se le acabó. El celular se le resbaló y cayó al piso con un golpe sordo.

Poco a poco, Adrián se desplomó. Los hombros se le hundieron, la respiración se le volvió pesada, como si el aire a su alrededor se hubiera enrarecido de golpe. La opresión se le extendió por el pecho, no solo por las circunstancias que lo aplastaban, sino porque algo mucho más profundo empezaba a salir a la superficie.

Los recuerdos de Valentina aparecieron sin ser invitados. La esposa dulce, serena, llena de una sinceridad que él antes consideraba algo ordinario.

Adrián recordó cómo aquella mujer siempre lo recibía con una sonrisa cálida, cómo su voz suave lo llamaba "Adrián..." cargada de esperanza, cómo lo esperaba sin quejarse jamás, sin exigir nada. Toda la paciencia y toda la entrega de una mujer que él despreció sin más.

Las manos de Adrián le cubrieron el rostro, los dedos le temblaban.

—¿Cómo pude ser tan idiota? —El llanto de Adrián estalló, casi inaudible. El arrepentimiento llegó demasiado tarde, golpeándolo sin misericordia. Recordó cada pequeño momento que antes desestimó: la comida que siempre estaba lista, la atención que nunca se detenía, el amor tan sincero, sin condiciones. Ahora todo había desaparecido.

Las lágrimas de Adrián cayeron una a una, luego con más fuerza. No por los bienes perdidos, tampoco porque Lorena se hubiera ido, sino porque al fin entendía lo que de verdad había perdido todo ese tiempo. Algo que nadie podría reemplazar.

—¡Valentina...! —susurró Adrián en un hilo de voz.

El nombre le pesó, cargado de una culpa asfixiante. No habría segunda oportunidad. Todo había terminado. La mujer que antes él consideró débil ahora se había ido de verdad, y nunca volvería.

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