5 PUERTAS
¿Y si tu destino hubiera sido elegido antes de nacer?
Cinco puertas. Cinco destinos. Un secreto capaz de cambiarlo todo.
Cuando varias personas comienzan a descubrir que sus vidas están unidas por un misterio imposible de explicar, entenderán que algunas puertas nunca debieron abrirse.
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CAPÍTULO 11 — NUEVAS CONEXIONES
La universidad comenzaba a llenarse de estudiantes.
Algunos caminaban con apuro hacia sus aulas.
Otros aprovechaban los primeros minutos de la mañana para conversar con sus amigos.
Julietta y Emma atravesaban el patio principal mientras el sol iluminaba los jardines del campus.
Emma llevaba varios libros abrazados contra el pecho, como de costumbre.
Julietta la observó de reojo y sonrió.
—¿No te cansás de llevar tantos libros?
Emma soltó una pequeña risa.
—Nunca se sabe cuándo pueden hacer falta.
—Vos siempre pensás en todo.
—Alguien tiene que hacerlo.
Las dos siguieron caminando.
Después de unos segundos de silencio, Julietta habló nuevamente.
—¿Sabés una cosa?
—¿Qué pasó?
—Cuando empecé la universidad pensé que iba a sentirme sola durante mucho tiempo.
Emma la miró con una sonrisa.
—Yo también.
Me daba miedo no hacer amigos.
Julietta bajó la vista unos instantes.
—Y ahora...
Tenemos un grupo bastante... especial.
Emma rió.
—Sí.
Especial es una buena palabra.
Las dos recordaron, casi al mismo tiempo, las ocurrencias de Mateo, la tranquilidad de Lucas, el carácter competitivo de Renata y la seriedad de Gio.
Cada uno era completamente diferente.
Y, sin embargo, todos lograban llevarse bien.
—Nunca pensé que iba a hacer amigos tan rápido —comentó Emma.
Julietta sonrió.
—Yo tampoco.
Siguieron caminando hasta llegar a la cafetería.
Apenas entraron, una voz conocida las saludó.
—¡Buen día!
Era Mateo.
Estaba sentado junto a Gio y Lucas.
—¡Buen día! —respondió Julietta.
—Vengan, todavía hay lugar.
Las dos dejaron sus mochilas y tomaron asiento.
Lucas levantó la vista del libro que estaba leyendo.
—¿Cómo están?
—Muy bien —respondió Emma.
—¿Y ustedes?
—Sobrevivimos a otra noche escuchando a Mateo hablar de videojuegos —contestó Gio.
Mateo llevó una mano al pecho con dramatismo.
—Qué poco valoran mi talento.
Julietta soltó una risa.
—¿Seguís diciendo que les vas a ganar?
—Algún día va a pasar.
Lucas sonrió.
—Llevamos años escuchando eso.
En ese momento, Gio levantó la vista.
Sus ojos se encontraron con los de Julietta.
Los dos sonrieron casi sin darse cuenta.
Fue solo un instante.
Pero alcanzó para que Mateo los observara con una sonrisa traviesa.
No dijo nada.
Todavía.
La tranquilidad de la cafetería se interrumpió cuando alguien dejó una bandeja sobre la mesa.
Todos levantaron la vista.
Era Renata.
—¿Qué hacés acá? —preguntó Mateo con una sonrisa.
Renata tomó asiento con total tranquilidad.
—No se acostumbren.
Solo vine porque no había otra mesa.
Mateo asintió exageradamente.
—Sí... seguro.
Lucas acomodó sus lentes.
—Qué casualidad que nunca encontrás otra mesa cuando nosotros estamos acá.
Renata lo miró de reojo.
—¿Vos también empezaste?
Emma escondió una sonrisa detrás de su taza.
Julietta soltó una pequeña risa.
Hasta Gio dejó escapar una sonrisa.
Renata suspiró al verlos.
—Qué grupo más raro...
Mateo levantó la mano.
—¡Gracias! Lo tomo como un cumplido.
Las risas llenaron la cafetería.
Por unos minutos, ninguno pensó en clases, entrenamientos ni responsabilidades.
Solo disfrutaban de aquel momento juntos.
Y, sin darse cuenta, esos pequeños encuentros comenzaban a convertirlos en un verdadero grupo de amigos.
El timbre anunció el comienzo de las clases.
Los seis se despidieron en la cafetería y caminaron por los pasillos hasta llegar a sus respectivas aulas.
La mañana transcurrió con tranquilidad.
Los profesores explicaban nuevos temas mientras los estudiantes tomaban apuntes.
Emma, como siempre, escribía con mucha atención.
No quería perderse ningún detalle.
Julietta, sentada a su lado, sonrió al verla llenar otra hoja de apuntes.
—Creo que cuando termine la clase ya vas a tener un libro entero.
Emma soltó una pequeña risa.
—Nunca está de más estudiar.
En ese momento, el profesor dejó el marcador sobre el escritorio.
—A ver... quiero hacer una pregunta.
El salón quedó completamente en silencio.
—¿Quién puede explicar la diferencia entre estos dos conceptos?
Nadie levantó la mano.
Los estudiantes comenzaron a mirarse entre sí.
Después de unos segundos, Emma levantó la mano con timidez.
—¿Sí, Emma? —preguntó el profesor.
Ella respondió con tranquilidad, explicando cada punto con claridad.
Cuando terminó, el profesor sonrió.
—Excelente respuesta.
Exactamente eso quería escuchar.
Varios compañeros comenzaron a aplaudir suavemente.
Emma sintió que sus mejillas se ponían rojas.
Julietta le sonrió con orgullo.
—Te dije que sos muy inteligente.
Emma bajó la mirada.
—Solo estudio mucho.
Mientras tanto, en otra parte del edificio, Gio, Mateo y Lucas también terminaban su clase.
Cuando salieron al pasillo, Mateo estiró los brazos.
—Bueno... sobrevivimos.
—No exageres —respondió Lucas.
—Vos porque entendés todo.
Yo ya me perdí en la segunda explicación.
Gio soltó una pequeña risa.
—Eso te pasa por hablar más de lo que escuchás.
—Puede ser...
Pero hace la vida más divertida.
Los tres comenzaron a caminar por el patio.
A lo lejos vieron salir a Julietta y Emma.
—¡Hola otra vez! —saludó Mateo.
—Hola —respondieron las dos.
Julietta miró a Gio.
—¿Cómo estuvo el entrenamiento ayer?
—Bien.
Aunque creo que hoy voy a terminar más cansado.
—¿Por qué?
—El entrenador dijo que iba a aumentar la intensidad.
Julietta sonrió.
—Entonces... mucha suerte.
—Gracias.
Durante unos segundos volvieron a quedarse en silencio.
Era un silencio extraño.
Pero no incómodo.
Emma observó la escena y sonrió para sí.
Antes de que pudiera decir algo, el timbre volvió a sonar.
—Bueno... nos vemos después —dijo Lucas.
Cada uno tomó un camino diferente hacia su siguiente clase.
Las horas pasaron rápidamente.
Cuando terminó la jornada, los pasillos comenzaron a vaciarse.
Los estudiantes regresaban a sus casas.
Las luces de algunas aulas empezaban a apagarse.
Poco a poco, el edificio quedó casi en silencio.
Minutos después...
La puerta de un salón volvió a abrirse.
Era el profesor.
Entró con varias carpetas entre las manos.
Las dejó cuidadosamente sobre el escritorio.
Luego sacó una hoja doblada.
Era la lista de los grupos para el nuevo proyecto.
Mientras acomodaba las carpetas, una de ellas resbaló y cayó sobre la hoja.
Casi todos los nombres quedaron cubiertos.
Solo uno permaneció visible.
Giovanni.
El profesor observó la lista durante unos segundos y sonrió levemente.
—Creo que este grupo dará mucho de qué hablar...
Apagó la luz del salón.
Cerró la puerta.
Y el silencio volvió a apoderarse de la universidad.