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CENIZAS DEL PECADO

CENIZAS DEL PECADO

Status: Terminada
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Diferencia de edad / Mujer despreciada / Venganza de la protagonista / Familias enemistadas / Completas
Popularitas:7.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Yazz García

Anne nunca fue la chica que pedía ayuda. Y esa noche tampoco lo hizo. Lo que ocurrió cambió algo dentro de ella. No fue un accidente. No fue un malentendido. Fue una decisión tomada con los ojos abiertos… y con la certeza de que después nada volvería a ser igual.

NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Un antes y un después

...11...

...NATHANIEL DEVERAUX ...

La adrenalina de la carrera todavía me vibraba en mi memoria mientras conducía. Bianca no dejaba de parlotear sobre la cara que puso Lucca Russo cuando crucé la meta; ver al engreído de los Russo perder medio millón de dólares en una sola noche era el mejor calmante para mis nervios.

—Ese tipo nunca aprende, Nate —decía ella, acomodándose el cabello—. Se cree el rey de la pista hasta que te ve.

—Eso le pasa por engreído —respondí con una sonrisa de suficiencia, aunque en el fondo mi mente seguía en la mansión, pensando en el desastre que era mi familia ahora que Anne vivía con el abuelo.

—Aquí está bien, Nate. Mis amigas me esperan en la pizzería —dijo Bianca, acercándose a mí. Me dio un beso en la mejilla, demasiado lento, demasiado cargado de una intención que en otro momento me habría interesado—. Gracias por traerme, guapo.

Dejé a Bianca frente a una pizzería. Le sonreí por compromiso y la vi bajarse. Mi plan era sencillo: llegar al anexo, encender la consola y olvidarme de que mi hermana se había mudado con el abuelo para convertirse en una versión miniatura de un capo de la mafia. Pero el destino es un maldito cínico.

Al pasar por el estacionamiento del supermercado, vi el auto de Tristán. Y al lado, la escena que me revolvió la bilis.

Frené de golpe, los neumáticos chillando contra el asfalto. Ahí estaba él. Tristán. Se veía demacrado, con la mirada perdida y los movimientos erráticos de alguien que lleva días hundido en la mierda. Tenía a Anne sujeta del brazo, sacudiéndola mientras le gritaba cosas al oído. Mi hermana, la que hace unos días se creía la reina de la mafia frente a la familia, estaba ahí, rígida, con la mochila colgando y los ojos hinchados de tanto llorar.

Me bajé del auto como un rayo. El aire frío me golpeó la cara, pero no tanto como la rabia que sentí al ver a ese drogadicto tocando a mi hermana.

—¡Suéltala ahora mismo! —rugí, llegando hasta ellos.

Anne no se movió, parecía una estatua de sal. Tristán se tambaleó, soltando una carcajada pastosa que olía a alcohol y a no se sabe a qué otra basura.

—¡Díselo! —se reía, mirándola con un desprecio asqueroso—. Dile que no fuiste tan santa, Anne. Dile a tu hermanito héroe quién buscó a quién.

—¿Qué carajos está pasando aquí? —pregunté, con los puños cerrados. Tristán se giró hacia mí, tambaleándose. Tenía la mirada perdida y una sonrisa torcida que delataba que su sangre era más químicos que otra cosa.

—¡Vaya, Nate! —soltó con una risa pastosa—. La zorra de tu hermana se está haciendo la difícil ahora, cuando la muy cínica me ha estado seduciendo todos esos días antes de que la suspendieran. Faltaba a las clases durante jornadas enteras para estar conmigo y luego anda por ahí lo más tranquila. Por eso la vine a buscar, para que deje de jugar.

Sentí un choque de confusión. ¿Anne faltando a clase para verse con él? ¿Después de todo? La miré de inmediato, alzando una ceja, buscando una explicación en medio de ese delirio de Tristán. Anne no dijo una palabra, pero sus ojos rojos se clavaron en los míos. Me hizo una señal casi imperceptible con el rostro, un movimiento de ojos que conocía bien: "Síguele la corriente".

Entendí el mensaje. Ella no estaba ahí por gusto, ni por seducción; algo estaba tramando.

—Ya veo —dije, cambiando el tono y relajando los hombros para que Tristán bajara la guardia—. Entiendo.

Tristán asintió, orgulloso de su supuesta victoria, mientras Anne se mantenía rígida, con la mochila colgando y el rastro del llanto aún fresco, aunque su mirada ya empezaba a recuperar ese brillo gélido de los Moretti.

—Sube al auto, Tristán —le ordené, señalando mi vehículo con un gesto de cabeza—. No vas a conducir así y tenemos cosas de qué hablar tú y yo.

Tristán soltó otra risa estridente, desafiándome con esa valentía estúpida que da la droga.

—¿O qué, Nathaniel? ¿Me vas a pegar? ¿Como la última vez que me defendí de tu loca hermana? —escupió las palabras, acercándose a mi rostro—. Ella disfruta del dolor, ¿no te lo ha dicho?

No lo pensé. Mi mano se cerró alrededor de su brazo con una fuerza inhumana, apretando el hueso hasta que sentí que podría crujir. Lo acerqué a mí, obligándolo a sostener la mirada.

—Vuelve a abrir esa boca asquerosa y te juro que ni tu familia te va a reconocer cuando termine contigo —le siseé al oído—. Sube al maldito auto antes de que pierda la poca paciencia que me queda.

Tristán soltó un quejido de dolor, pero seguía sonriendo como un maníaco. Anne, mientras tanto, se subió al auto en silencio.

Tristán no dejaba de balbucear incoherencias en el asiento del copiloto, alardeando de cómo tenía a Anne "comiendo de su mano". Era patético. De repente, Anne se estiró desde el asiento trasero, se le subió encima y empezó a besarlo. Por un segundo me quedé de piedra, pero entonces vi el destello de la jeringa. Con una precisión quirúrgica, le hundió la aguja en el cuello.

Tristán se desplomó como un fardo de carne contra la ventana. Anne regresó al asiento del copiloto con una agilidad felina, limpiándose los labios con el dorso de la mano y una expresión de asco que no pudo ocultar.

—¿No podías haberle inyectado ese somnífero como una persona normal? —solté, haciendo una mueca de desagrado mientras ponía el auto en marcha—. ¿Tenías que montar ese numerito?

Anne soltó una risita seca, acomodándose el cabello.

—Para ti todo tiene que parecer que está bien, Nate. A veces hay que usar el factor sorpresa.

Suspiré, apretando el volante. El silencio que siguió fue denso, cargado de todo lo que nos habíamos dicho días atrás. Miré de reojo a mi hermana; se veía tan pequeña en ese asiento, pero la oscuridad que emanaba era inmensa.

—Anne... perdón por lo de la otra vez —solté de repente. El peso de la culpa me estaba matando—Fui un hipócrita al juzgarte cuando yo he hecho cosas parecidas cuando alguien se metía contigo en la academia. Pero tienes que entender... es muy raro ver a mi hermanita, la que era tierna y cariñosa, actuar de esta manera. Supongo que me tendré que acostumbrar a verte como una loca.

Anne se relajó un poco, mirándome con una chispa de la antigua Anne en los ojos.

—Está bien, Nate. Lo entiendo. Perdón por ser tan impulsiva... debí hablar contigo antes. Pero —añadió con una sonrisa de lado—, sin duda lo volvería a hacer.

—¡Anne! —exclamé, mitad regaño, mitad resignación.

—Solo bromeo, hermanito —rio ella, aunque ambos sabíamos que no era del todo cierto.

Miré a Tristán por el retrovisor; roncaba pesadamente, ajeno al destino que le esperaba.

—¿Qué ibas a hacer con él antes de que yo llegara? ¿Qué tramas exactamente?

Anne se encogió de hombros con una parsimonia que me puso los pelos de punta. Sacó un cigarrillo, puso los pies sobre el tablero —algo que normalmente me habría hecho gritarle que bajara los zapatos de mi tapicería— y lo encendió.

—Completar mi venganza —dijo tras dar una calada profunda, soltando el humo con lentitud.

—¿Pero qué le ibas a hacer?

—Lo iba a llevar al sótano de la casa de campo del abuelo —respondió con una naturalidad aterradora—. Pensaba divertirme con él un buen rato.

—De verdad que no me puedo acostumbrar a escucharte decir estas cosas —negué con la cabeza, sintiendo un escalofrío—. Básicamente eres otra persona.

—No exageres, Nate —se rio ella, extendiéndome el cigarrillo—. ¿Quieres?

—No, gracias. Sabes que no fumo y no me gusta esa mierda.

Anne puso los ojos en blanco, pero no insistió. Me quedé pensando en el sótano del abuelo; era demasiado arriesgado, demasiado "clásico". Si íbamos a hacer esto, teníamos que ser más inteligentes.

—Mira, te voy a ayudar —dije, tomando una decisión que probablemente me condenaría—. Pero es mejor que lo llevemos al bosque. Cerca de la casa de campo del abuelo, por donde él suele cazar. Es más fácil limpiar un rastro en la tierra que en un sótano.

Los ojos de Anne se iluminaron con una emoción genuina, casi infantil, que resultaba escalofriante dadas las circunstancias.

—¡Es perfecto! —exclamó, dando otra calada—Eres el mejor, hermanito.

Conduje hacia las afueras de la ciudad, dejando atrás las luces de Milán. El silencio en el auto solo era interrumpido por la respiración pesada de nuestra víctima y el chisporroteo del cigarrillo de mi hermana. Estábamos cruzando una línea de la que no había retorno, y lo peor de todo es que, por primera vez en mucho tiempo, sentía que Anne y yo volvíamos a ser un equipo.

...----------------...

El aire gélido del bosque parece espabilarlo. Tristán sacude la cabeza, parpadeando con pesadez hasta que sus ojos enfocan las cuerdas que lo mantienen pegado al árbol. El pánico empieza a asomar por debajo de su borrachera.

—¿Qué carajos hago aquí? —escupe, forcejeando inútilmente—. ¡Nate!

Lo miro desde arriba, con la mandíbula apretada y las manos hundidas en los bolsillos de mi chaqueta.

—¿Tú qué crees? —le respondo con una calma que lo hace temblar.

Tristán chista, intentando recuperar esa arrogancia que lo hace sentir invencible.

—No me metan en los juegos retorcidos de su familia, ¿oyeron? Quítenme estas cuerdas y llévenme a mi puta casa ahora mismo si no quieren que...

—¿Si no qué? —lo interrumpo, dando un paso hacia su espacio personal—. ¿Llamarás a tu papi? ¿Por qué no mejor eres un hombre por una vez en tu miserable vida y asumes las consecuencias de tus actos?

Él suelta una risotada seca, llena de veneno.

—Si lo dices por la zorra de tu hermana, lamento decirte que ella es la que quiere estar siempre encima de mí. Se muere por...

No lo dejo terminar. Mi puño impacta en su pómulo con un sonido sordo. Tristán ladea la cabeza y escupe sangre sobre la hojarasca, jadeando. En ese momento, escucho pasos detrás de mí. Anne aparece desde la penumbra de los faros.

—Anne, regresa al auto —le digo sin quitarle la vista al imbécil del árbol—. O vete a la cabaña. No me parece sensato que estés aquí.

La verdad, tengo miedo. Miedo de lo que hay en sus ojos, miedo de que Anne haga algo de lo que no pueda volver atrás. Pero ella no se mueve.

—Deja las pendejadas, Nathaniel —me suelta con una voz cortante—. Yo fui la que planeó esto y tú mejor que nadie sabes por lo que pasé por culpa de este mal nacido.

Lo señala con el dedo y, por un segundo, las lágrimas retenidas en sus ojos la traicionan. Ahí está. Por un breve instante puedo ver a la Anne tierna y frágil, a mi hermanita pequeña, rota por el dolor. Verla así me desgarra.

—Con más razón, vete —le insisto, tratando de proteger lo poco que queda de su inocencia—. Yo me encargo.

Pero ella no me hace caso. Se queda ahí, firme. Tristán, viendo que su fin está cerca, decide cavar su propia tumba y lanza otro comentario indecente sobre lo que supuestamente "disfrutaba" mi hermana en sus manos.

La rabia me explota en el pecho. Me lanzo sobre él y lo golpeo. Una vez, dos veces, perdiendo la cuenta de cuántas veces mis nudillos chocan contra su rostro hasta que el sonido de sus súplicas reemplaza a sus insultos.

—¡Basta! ¡Por favor, basta! —ruega Tristán, con la cara bañada en sangre y el orgullo hecho pedazos.

Me detengo, jadeando, con los nudillos ardientes. Me giro hacia Anne y veo que fue a encender las farolas del auto ya que, ya se estaba oscureciendo.

El faro del auto corta la oscuridad, iluminando a Tristán como si fuera un animal acorralado. La boca le sangra y un ojo se le está cerrando por la hinchazón, pero cuando levanta la cabeza… sonríe. Es esa sonrisa asquerosa, irritante, porque es la sonrisa de quien se cree impune.

—Mírate —se ríe, escupiendo un coágulo de sangre a la tierra—. ¿Así que esta es la verdadera chica rara de los Moretti? ¿La princesita que juega a ser sicaria?

Me le acerco con calma, una frialdad que vibra con furia.

—¿Desde cuándo? —le pregunto, y mi voz suena como el filo de una navaja—. ¿Desde cuándo empezaste a tocarla, infeliz?

Tristán suelta una carcajada que termina en un quejido seco cuando intenta moverse contra las cuerdas.

—¿Tocarla? —inclina la cabeza, burlón, mirándome con desprecio—. No seas dramático, Nate. Ella quería. Se moría por un poco de atención que no fuera la de su familia de psicópatas.

Siento algo romperse en mi pecho. Un cristal que se astilla y me corta por dentro al imaginar el infierno que mi hermana pasó en silencio. No aguanto más y le hundo el puño en el estómago. El sonido del impacto es sordo, visceral.

—Respóndeme —le ruego entre dientes—. ¿Desde cuándo?

Tristán tose, jadeando por aire, pero la maldad en sus ojos no se apaga. Al contrario, parece alimentarse de mi desesperación.

—Desde que me di cuenta de que era una zorra mojigata a la que nadie iba a salvar. Ni tú, ni el imbécil de tu padre.

Cierro los puños hasta que las uñas me clavan la palma, sacando sangre de mis propios dedos. No quería que Anne estuviera aquí. Quería que se quedara en el auto, que cerrara los ojos, que olvidara que este despojo humano existe. Pero después de verla romperse, después de escucharla confesar con la voz destrozada lo que este animal le hizo mientras todos en la academia miraban hacia otro lado porque el apellido Holmes era "intocable"... algo en mí se pudrió para siempre.

Saco el cuchillo de caza. El acero brilla, gélido, bajo la luz blanca de los faros.

—¿Desde cuándo tenías planeado joder a mi hermana, infeliz? —le pregunto, acercando el filo a su garganta hasta que el metal toca su piel—. Dímelo ahora, antes de que te abra de arriba abajo.

—¿Eso te preocupa? —se mofa, sin un ápice de arrepentimiento—. Deberías preguntarle cómo gemía. Deberías preguntarle cómo le gustó que la hiciera sentir mujer.

Tengo la grabadora en el bolsillo encendida. Solo quiero que este mal nacido hable, que confiese para que el mundo sepa quién es. Yo no quería meterme en los temas turbios del abuelo, quería mi carrera, mi vida normal... pero por ella, quemaría el mundo entero.

—¿Con qué la chantajeaste? ¿Con el video?—presiono el cuchillo hasta que una gota de sangre corre por su cuello—. ¿La amenazaste?

Tristán ignora el arma y mira directamente a mi hermana, que permanece en las sombras.

—Ella volvió —dice con una voz melosa que me da náuseas—. Siempre vuelve. Son iguales, Nate. Les encanta el dolor.

Me mira con una confianza que me enferma. Se lame la sangre del labio y suelta una risita seca, como si estuviéramos discutiendo un partido de fútbol y no su sentencia de muerte.

—No te desesperes, Nate —continúa él, entornando los ojos—. No voy a decir nada que me pueda implicar. No soy tonto. Si me estás haciendo estas preguntas estúpidas es porque estás grabando esto, ¿cierto? Quieres tener pruebas para culparme de lo que sea que crean ustedes que "supuestamente" le hice a Anne.

Ladea la cabeza para mirar a mi hermana, que permanece rígida como una estatua de hielo a mi lado.

—Anne la pasó bien, nosotros tenemos algo casual, ¿cierto, preciosa? —le espeta con una burla cruel.

Anne baja la mirada. Sus hombros tiemblan, pero no es de tristeza; es una furia volcánica que está a punto de entrar en erupción.

—Yo de ti no la provocaría —le advierto, dando un paso hacia él y sintiendo cómo la paciencia se me escurre entre los dedos—. Agradece que yo tomé el control de esta situación. Si fuera por Anne, ya te habría cortado las bolas según su plan original. Estás vivo solo porque yo todavía tengo un poco de sentido común.

Tristán resopla, ignorando mi advertencia, creyendo que su linaje lo hace intocable incluso aquí, en mitad del bosque.

—Ya que sabes que estoy grabando y que no piensas confesar por las buenas, maldito... —lo agarro del cabello con violencia, obligándolo a tirar la cabeza hacia atrás para que me mire a los ojos—. Te recomiendo que escojas mejor esa opción. Te iría mucho mejor si hablas ahora que si dejas que ella pierda la paciencia.

Lo sacudo con fuerza, pegando mi rostro al suyo. El olor a miedo empieza a ganarle al de los químicos en su aliento.

—Confiesa, Tristán. Confiesa lo que le hiciste, confiesa lo del video, o juro por mi vida que dejaré que Anne haga contigo lo que quiera. Y créeme, no vas a querer estar despierto para cuando ella empiece.

Tristán soltó una carcajada seca, una que me hizo hervir la sangre. Ni siquiera el dolor del golpe o la amenaza del acero en su cuello parecían bajarle los humos. Seguía confiando ciegamente en que yo, el hermano "razonable", no permitiría que las manos de Anne se mancharan de forma definitiva.

—No sean ridículos —escupió, mirándome con una arrogancia que ya rayaba en la locura—. Quítenme estas estúpidas cuerdas.

Se giró hacia Anne, clavándole una mirada llena de desprecio y superioridad.

—Anne es una mojigata, Nate. La verdad es que estaba feliz saltando encima de mí —dijo, ensanchando su sonrisa asquerosa—. Se sentía bendecida de que una persona como yo se fijara en ella, de que alguien con mi estatus la viera siquiera. Deberían darme las gracias por darle un poco de valor a esa vida tan gris que lleva.

Escucho el susurro de Anne detrás de mí, una voz que me suena ajena, lejana: "No mientas".

—¿Miento? —Tristán sonríe, y en su mirada veo el reflejo de todas las noches que mi hermana pasó en vela—. Diles cómo temblabas. Cómo llorabas mientras decías que "no"... y aun así te quedabas ahí. Me llevaste a tu casa aquel día, después de lo que le hiciste a Maxine. Me buscaste porque sabes que solo yo puedo lidiar con lo morronga que eres.

Veo a Anne acercarse paso a paso. El bosque parece inclinarse bajo el peso de sus palabras. Tristán no para. Es como si deseara que lo matáramos.

—¿Sabes qué fue lo mejor? —dice, escupiendo sangre a mis pies—. Que cuando fuiste a denunciar, nadie movió un dedo. Porque mi apellido vale más que tu dignidad de niña rechazada.

El estallido de Anne fue algo puramente animal, una onda expansiva de rabia contenida durante meses que detonó en una fracción de segundo. No hubo gritos, ni advertencias, solo un movimiento furioso y letal hacia adelante.

Vi el destello del acero de mi propio cuchillo de caza en su mano antes de darme cuenta de que ya no estaba en la mía.

—¡ANNE, NO! —rugí, reaccionando por puro instinto para frenar la catástrofe que se avecinaba.

Me lancé sobre ella, interceptándola justo cuando estaba a centímetros de Tristán. El impacto de su cuerpo contra el mío fue brutal, mucho más fuerte de lo que su contextura delgada sugería; era la fuerza de la desesperación pura. Forcejeamos violentamente bajo la luz blanca y cruda de los faros del auto. Yo intentaba desesperadamente inmovilizarle el brazo, bloquear la muñeca que sostenía el cuchillo, mientras ella luchaba con una furia ciega por soltarse.

—¡Suéltame, Nathaniel! ¡DÉJAME! —me siseó entre dientes, retorciéndose como una serpiente, sus ojos clavados en su víctima con una fijeza aterradora.

—¡Anne, por favor! ¡Piensa en lo que estás haciendo! —le grité, logrando sujetarle ambas muñecas por un instante.

Pero ella ya no razonaba. En un movimiento desesperado por liberarse de mi agarre, Anne hundió sus dientes en mi antebrazo derecho con una ferocidad salvaje. Sentí el dolor agudo y punzante atravesar mi carne, un mordisco profundo que me hizo soltar un grito ahogado de sorpresa y dolor. El brazo me falló por una milésima de segundo, la suficiente para que ella, con un giro brusco, se zafara de mi control.

Tropecé hacia atrás, llevándome la mano a la herida sangrante del brazo, viendo horrorizado cómo Anne, con la respiración entrecortada y una mirada de determinación gélida, se giraba hacia Tristán Holmes con el cuchillo firmemente sujeto en su puño.

—¡ANNE! —grito—. ¡ANNE, BASTA!

Pero ella ya no me escucha. Solo escucha el latido de su propio corazón. Veo cómo clava el cuchillo en su muslo. Tristán suelta un alarido que desgarra la noche.

—¡MÍRAME! —le grita ella, fuera de sí—. ¡MÍRAME AHORA! ¿Quién es la perra ahora, imbécil?

Ella vuelve a clavar la hoja. En su hombro. En su costado. Una, otra y otra vez. No sé dónde, no sé cuántas. El sonido del metal entrando en la carne es lo más real que he sentido en años. Tristán ya no sonríe. Ahora llora, suplica, se retuerce contra el árbol mientras el rojo inunda su camisa de marca.

—¡Anne, vas a matarlo! —la agarro del brazo, intentando frenar su mano, pero tiene una fuerza inhumana.

—¡ÉL ME MATÓ PRIMERO! —me grita, empujándome—. ¡Él me arrancó el alma y ustedes solo miraron!

Ella sigue clavando el cuchillo por toda la rabia acumulada, por cada lágrima, por cada vez que sintió que su cuerpo no le pertenecía. Cuando finalmente se detiene, sus pulmones arden. Está cubierta de su sangre. El calor del líquido en sus manos la hace reaccionar.

La abrazo por detrás, envolviéndola con mis brazos para inmovilizarla. Está temblando de forma violenta, casi convulsionando.

—Ya —le digo al oído, con el corazón roto—. Ya terminó, Anne. Ya está.

Tristán ya no se mueve. Su cabeza cuelga hacia un lado, sus ojos vidriosos miran a la nada. El cuchillo cae de las manos de mi hermana, golpeando la hojarasca con un sonido sordo.

—Nate... —susurra ella, y su voz es la de una niña pequeña perdida en la oscuridad—. Yo... lo maté.

La aprieto más fuerte, escondiendo su rostro en mi pecho para que no vea el cadáver.

—Shh —le digo, besando su coronilla—. Yo me encargaré de esto. Limpiaré todo. Tú no hiciste nada, ¿entiendes? Tú no estuviste hoy aquí. No te preocupes.

Mientras la sostengo, entiendo que la oscuridad de nuestra familia finalmente la alcanzó. Fue este mundo podrido el que la empujó al abismo. Mi hermanita no nació siendo un monstruo. La obligaron a convertirse en uno para poder sobrevivir.

El silencio del bosque después de los gritos es lo que más pesa. Es un silencio espeso, que se te pega a la piel junto con el olor a hierro. Miré a Tristán; ya no era el tipo arrogante que hacía lo que se le viniera en gana como si fuera el dueño del mundo. Ahora solo era un bulto de carne y ropa costosa desparramado contra un árbol.

No iba a llamar al abuelo. Si Manuelle Moretti se enteraba de esto, tendría a Anne bajo su pulgar para siempre, usándolo como moneda de cambio para terminar de convertirla en su soldado. Y yo no iba a permitir eso. Este secreto nos pertenece a nosotros. Es el pacto de sangre definitivo entre hermanos.

—Anne —le dije, agarrándola de los hombros para que me mirara—. Escúchame bien. Esto nunca pasó. Tristán se fue de la ciudad porque es un drogadicto cobarde. Esa es la única verdad que existe.

Ella asintió con la mirada perdida. La llevé hasta la casa de campo del abuelo, que estaba a pocos kilómetros. La cabaña estaba desierta a estas horas. Entramos por la puerta trasera.

—Quédate aquí —le ordené, mi voz sonando más ronca de lo habitual—. En el armario de arriba hay ropa. Quítate eso, quémalo en la chimenea pequeña. No dejes ni un hilo. Lávate bien, Anne. No quiero ver ni una gota de él en tu piel cuando vuelva.

—Nate... —susurró ella, mirándose las manos manchadas.

—Estaré fuera. En unos minutos termino. No salgas.

Salí de la cabaña y fui directo al cobertizo de herramientas. Agarré una pala, una lona resistente y dos bidones de cal viva que el abuelo guardaba para "mantenimiento". Mi mente trabajaba con una frialdad mecánica que no sabía que poseía.

Caminé de regreso hacia el árbol donde yacía el cuerpo. El proceso fue crudo. Solo se escuchaba el sonido del metal golpeando la tierra fría y el jadeo de mis propios pulmones. Usé la cal para acelerar lo inevitable y me aseguré de que el agujero fuera lo suficientemente profundo para que ni los animales ni el tiempo lo sacaran a la luz.

Mientras echaba la última palada de tierra, miré hacia la cabaña. Una pequeña columna de humo salía de la chimenea. Anne estaba quemando su pasado. Me limpié el sudor de la frente con el brazo, sintiendo el peso de lo que acabábamos de hacer. Había salvado a mi hermana, pero al precio de enterrar mi propia conciencia junto a Tristán Holmes.

Cuando regresé a la cabaña, dejé las botas llenas de barro en el porche y entré. Anne estaba sentada frente al fuego, vestida con una camisa de franela enorme que le quedaba gigante. Tenía la mirada fija en las llamas.

—Ya está —dije, sentándome a su lado. Mis manos todavía temblaban un poco—. Tristán ya no existe, Anne. Se terminó.

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Rocio Raymundo
me encantó de principio a fin la novela , muchos éxitos escritora.
Rocio Raymundo
me encantó me encantó la novela cual sería la primera de la saga me dise mi querida autora
Rocio Raymundo: gracias iré a su perfil 😃
total 2 replies
Patricia Enríquez
esta muy bien la historia pero no hay mas capitulos o segunda parte
Yazz: Falta el capítulo final que lo estaré subiendo ahora. (Porque está novela es como una historia alterna de la secuencia original de la saga) La segunda parte después del capítulo de “la reina de la pirámide” es la novela “Dinastía de la serpiente” que está en mi perfil, ahí continúan los acontecimientos.
total 1 replies
Teresa Guardoni
pero fue bárbara l a historia de estos mafiosos tambien eran adicto al sexso👏
Teresa Guardoni
Muy buena la reina
Teresa Guardoni
👏🥰
Teresa Guardoni
Que brava la chiquilla los paso por arriba a todos los hombre
Teresa Guardoni
Que buena histora👏
Teresa Guardoni
me registra muy buena
Rocio Raymundo
que fuerte en verdad
Rocio Raymundo
cuál es la novela de eyos cuando por lo que entendí hay una dag de eyos me da el orden de las novelas
Yazz: Hola, la historia de ellos es “dinastía de la serpiente” la puedes encontrar en mi perfil. También están los libros anteriores y el primero de toda la saga es “Rivales de oficina” 🤗
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Rocio Raymundo
ese bebé no tiene la culpa an si no lo quieres puedes darlo en adopción irte lejos y darlo en adopción es un ser indefenso a Tristán destruyelo Pero a ese bebé no 😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭lo déjalo nacer y dalo en adopción pero no lo mates 😭😭😭😭😭😭
Rocio Raymundo
tu hermana se está perdiendo an , que manipulador salió Tristán en verdad
Rocio Raymundo
algo malo le pasará si va
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