Amelia solo quería recuperar su inspiración, pero un espejo maldito la arrastró a una pesadilla victoriana. Ahora está atrapada en una dimensión oscura, habitando el cuerpo de Eleanor Bianchi, una duquesa de sangre de dragón tan cruel que su propio séquito planea asesinarla.
¿El problema? Sus sirvientes no son humanos. Son cuatro letales y seductores demonios que la odian con cada fibra de su ser.
Rodeada de traiciones y enemigos mortales, Amelia tiene dos opciones: convencer a los monstruos que desean su muerte de que ella no es la tirana que recuerdan... o despertar la verdadera magia de su linaje y someter al infierno entero. El juego de poder acaba de cambiar.
NovelToon tiene autorización de Celeste A. Godoy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Sin ideas
Amelia Hart
El cursor parpadea frente a mí. Parpadea una vez y otra y otra. No parece gran cosa, solo una pequeña línea blanca en medio de una página vacía, pero después de casi tres horas mirándolo fijamente empieza a sentirse como una burla personal, como si el maldito cursor estuviera esperando que haga algo inteligente mientras yo sigo sentada aquí sin poder escribir ni una sola línea decente.
Apoyo la frente en la palma de la mano y exhalo lentamente. Esto es absurdo, de verdad lo es.
He escrito cinco libros, tres de ellos fueron parte de una saga que se vendió en medio mundo, mi nombre aparece en revistas, entrevistas, convenciones, gente que nunca he visto en mi vida me escribe mensajes diciéndome que mis historias cambiaron su vida, y sin embargo aquí estoy, una escritora supuesta-mente exitosa sentada frente a una página en blanco como si fuera una principiante que no tiene idea de qué está haciendo.
—Vamos Amelia. —murmuro para mí misma mientras me paso una mano por el cabello, intentando que alguna idea aparezca—. Solo escribe algo.
Mis dedos vuelven al teclado y escribo una frase.
“La noche era oscura y…”
Me detengo. La miro dos segundos para luego presionar “borrar”.
—No. —resoplo, echándome hacia atrás en la silla—. Esto es terrible.
Me levanto del escritorio con frustración y camino por el departamento, intentando despejar la cabeza. Mi apartamento en New York City siempre me había parecido el lugar perfecto para escribir, tenía una buena vista de la ciudad, suficiente silencio por las mañanas y una cocina pequeña donde podía prepararme café cada vez que lo necesitaba.
Hoy nada de eso ayuda. La ciudad se mueve allá afuera. Todo sigue funcionando perfectamente mientras mi cerebro decidió tomarse vacaciones. Me detengo frente a la ventana, cruzando los brazos.
—Genial. —murmuro—. Justo cuando necesito escribir un libro nuevo.
Porque sí, ese es el verdadero problema. No es solo que no tenga ideas. Es que debo tener una. Mi editorial espera un libro, mi agente espera un libro, mis lectores esperan un libro. Y honestamente, también lo espero yo.
Vuelvo al escritorio y me dejo caer en la silla. Miro otra vez la pantalla e intento pensar en algo, cualquier cosa, un personaje, una escena, una idea ridícula que pueda convertirse en algo más grande, pero nada llaga. Es como si alguien hubiera limpiado mi cabeza con una escoba.
Mi teléfono vibra sobre el escritorio. Lo miro sin tocarlo, y ya sé quién es.
Marcus. Mi editor. Suspiro antes de responder.
—Hola Marcus.
—Amelia. —su voz suena exactamente como esperaba, tensa, y directa—. Necesitamos hablar.
—Eso nunca es una buena señal.
—Dime que tienes algo para mí.
Miro la pantalla vacía frente a mí.
Luego cierro los ojos un segundo.
—Aun no.
Hay un silencio incómodo del otro lado de la línea.
—¿Cómo qué no?
—No tengo nada.
—Amelia, tu último libro salió hace seis meses.
—Lo sé.
—Y tu contrato establece otro para este año.
—Marcus, lo sé.
Me froto la frente mientras hablo.
—Estoy intentando escribir, te lo juro, pero cada cosa que escribo suena terrible.
—Eso nunca te pasó antes.
—Pues ahora está pasando.
Escucho cómo exhala al otro lado del teléfono.
—Necesitamos una fecha.
—No puedo darte una fecha si ni siquiera tengo una historia.
—El consejo quiere anunciar tu próximo libro.
—Entonces dile al consejo que estoy teniendo un bloqueo creativo como cualquier ser humano normal.
—No puedes desaparecer ahora, Amelia. Tu nombre vende demasiadas copias.
Ahí está, esa maldita presión. Siempre termina apareciendo.
—Marcus, dame un poco más de tiempo.
—No demasiado, Linda. Dependemos de esto.
—Lo intentaré.
La llamada termina.
Dejo el teléfono sobre el escritorio y me quedo mirando el techo unos segundos.
—Perfecto. —murmuro—. Sin presión ni nada.
Abro el cajón del escritorio y saco un cuaderno viejo donde suelo anotar ideas, páginas llenas de notas, frases sueltas, conceptos que alguna vez me parecieron interesantes.
Normalmente con leer una de estas cosas mi cabeza empieza a trabajar sola, conectando ideas, creando personajes.
Pero hoy no parece ser el caso. Me levanto otra vez.
Necesito un buen café.
Mientras la cafetera hace su trabajo me apoyo contra la encimera de la cocina y cierro los ojos un momento.
Es curioso. Cuando mi vida era más complicada, cuando no tenía éxito ni dinero ni estabilidad, escribir era fácil.
Las historias salían solas. Ahora que todo debería ser más sencillo, mi mente decidió apagarse. Tal vez estoy cansada. Tal vez estoy presionándome demasiado. Tal vez solo necesito un cambio.
El sonido del teléfono me saca de mis pensamientos.
Vuelvo al escritorio con la taza de café en la mano.
Número desconocido.
Frunzo el ceño y contesto.
—¿Hola?
—¿Señorita Amelia Hart?
La voz es masculina, mayor, y muy formal.
—Sí, soy yo.
—Mi nombre es Arthur Whitmore, soy abogado del despacho Whitmore & Kelland.
Me siento lentamente en la silla.
—No creo conocer ese despacho.
—Es posible. La llamo en relación con sus abuelos.
Mis abuelos. La palabra me toma por sorpresa.
—Mis abuelos murieron hace años.
—Así es.
—Entonces no entiendo.
—Ellos dejaron propiedades a su nombre.
Parpadeo, confundida.
—¿Propiedades?
—Sí.
—No sabía que tenían propiedades.
—La familia Hart posee tierras en Scotland desde hace generaciones.
Me quedo en silencio unos segundos.
Escocia.
—¿Qué tipo de tierras?
La pausa del abogado es breve.
—Un castillo con más de 1.400 km de hectáreas.
Casi dejo caer la taza de café.
—¿Perdón?
—Un castillo histórico perteneciente a su familia.
Lo miro todo a mi alrededor como si el departamento pudiera explicarme lo que acabo de escuchar.
—¿Está diciendo que heredé un castillo en Escocia?
—En términos simples, sí.
Me recuesto lentamente en la silla.
Un castillo, antiguo... en Escocia.
Después de todo el silencio creativo de esta mañana, de repente mi cabeza empieza a moverse otra vez. No es una historia todavía. Pero es algo. Algo diferente.
Algo inesperado.
—Señor Whitmore.
—Sí, señorita Hart.
—Creo que… necesito ver ese castillo.
—Podemos organizar el viaje cuando usted desee.
Miro la pantalla vacía del portátil una vez más y luego la ciudad al otro lado de la ventana. Quizás lo que necesito no es quedarme aquí mirando una página en blanco. Quizás lo que necesito es ir a algún lugar completamente diferente.
—Entonces será mejor que empecemos a organizar ese viaje.
No tengo idea de que voy a encontrar en Escocia.
Pero por primera vez en semanas… siento que algo está a punto de cambiar.