Valeria Castillo tiene una vida clara y ordenada: es periodista deportiva, ama su trabajo y sabe perfectamente cómo manejar a los hombres arrogantes del mundo del boxeo. Al menos… eso creía.
Todo cambia cuando conoce a Adrián Vega, el boxeador más prometedor del campeonato nacional. Talentoso, peligroso dentro del ring, insoportablemente seguro de sí mismo fuera de él… y con una sonrisa capaz de arruinarle la paciencia a cualquiera.
Lo que empieza como simples entrevistas pronto se convierte en algo más complicado: miradas demasiado largas, discusiones cargadas de tensión y una atracción imposible de ignorar. Adrián está acostumbrado a ganar todas sus peleas, pero nunca ha tenido que luchar por el corazón de una mujer que no piensa caer fácilmente.
Entre entrenamientos brutales, campeonatos que pueden cambiar una carrera, celos inesperados y momentos tan caóticos como románticos, Valeria descubrirá que amar a un boxeador significa vivir al borde del nocaut emocional.
Porque Adrián Vega puede derrotar a cualquiera en el ring…
pero con Valeria Castillo cada día es una pelea nueva.
Y tal vez la más difícil de todas.
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Capítulo 3: El visitante inesperado
Tres días.
Durante tres días completos Valeria Castillo logró algo que consideraba un pequeño milagro.
No pensar en Adrián Vega.
No hablar de Adrián Vega.
No ver peleas de Adrián Vega.
Ni siquiera abrir el archivo de la entrevista que había grabado.
La grabadora seguía sobre su escritorio como si fuera una amenaza silenciosa. Una pequeña caja negra de plástico que parecía mirarla cada vez que levantaba la vista. Roja. Acusadora. Recordándole que allí dentro estaba la voz de ese hombre, su tono burlón, sus respuestas irritantes.
Valeria estaba convencida de algo.
Ese hombre era un problema.
Un problema ruidoso.
Un problema insoportable.
Un problema que sonreía demasiado.
Y Valeria prefería mantener su vida libre de ese tipo de problemas.
Por eso estaba concentrada escribiendo otro artículo cuando escuchó el primer grito.
—¡NO PUEDE SER!
La voz de Camila atravesó la redacción como un cuchillo.
Valeria ni siquiera levantó la vista. En el periódico pasaban cosas raras todo el tiempo.
Luego otro grito, más agudo.
—¡DIOS MÍO, ES ÉL!
Y otro más, masculino esta vez.
—¡ES ADRIÁN VEGA!
La combinación de esas dos palabras hizo que Valeria levantara la mirada lentamente desde su computadora.
No. No podía ser.
La redacción del periódico normalmente era un lugar lleno de ruido.
Teclados golpeando con furia, teléfonos sonando sin descanso, discusiones entre periodistas sobre titulares y fuentes. El olor a café recalentado flotaba en el aire mezclado con el papel de los impresores.
Pero esta vez el ruido era diferente.
Era caos.
Un grupo de personas —al menos diez— se había levantado de sus escritorios y corría hacia la entrada de la redacción. Sillas que chirriaban contra el suelo, tacones que sonaban apresurados, voces emocionadas que se superponían unas a otras.
Valeria sintió un vacío en el estómago.
—¿Qué está pasando? —preguntó, aunque ya temía la respuesta.
Camila apareció a su lado como si hubiera volado. Tenía los ojos enormes, las mejillas encendidas, el teléfono ya en posición de cámara.
—No vas a creerlo.
—Dilo.
—Adrián Vega está aquí.
Valeria se quedó inmóvil.
Su cerebro procesó la información. La rechazó. La volvió a procesar.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí, Valeria. Está en la puerta. Con su sonrisa. Esa sonrisa.
—Eso es imposible. Los boxeadores no visitan periódicos. No tienen razón para—
—Está en la puerta —repitió Camila señalando con el pulgar—. Firmando autógrafos.
Valeria se levantó lentamente. Las piernas le respondieron a pesar del nudo en el estómago.
Caminó hacia la entrada con paso firme, esquivando escritorios, esquivando compañeros que corrían en dirección contraria a la suya.
Y entonces lo vio.
Adrián Vega estaba parado en medio de la redacción como si aquel lugar fuera un escenario y él, el protagonista absoluto.
Llevaba jeans oscuros, una camiseta negra simple que se ajustaba a su torso sin esfuerzo, y una gorra ligeramente ladeada. Pero lo que realmente destacaba era esa sonrisa. Esa sonrisa relajada que parecía permanente, como si la vida fuera una broma privada que solo él entendía.
A su alrededor había al menos ocho personas. Ocho. No, nueve. Más se acercaban.
—¿Puedes firmar aquí, por favor?
—¡Una foto, una foto conmigo!
—¡Mi hermano es fan tuyo, se va a morir cuando se lo diga!
Adrián levantó ambas manos como si estuviera en un concierto, calmando a la multitud.
—Uno por uno, gente, uno por uno. Hay tiempo para todos.
Valeria cerró los ojos un segundo. Solo un segundo. Respiró hondo.
—Esto es ridículo —murmuró.
Camila estaba a su lado, encantada, con el teléfono grabando.
—Es maravilloso.
—Es un circo.
—Es el campeón nacional.
—Es una distracción enorme. La gente tiene que trabajar.
—La gente está feliz.
Valeria abrió los ojos justo a tiempo para ver cómo Adrián terminaba de firmar una hoja —un recorte de periódico con su foto— y levantaba la mirada.
Sus ojos recorrieron la redacción lentamente, como si buscara algo.
O a alguien.
Y entonces la vio.
A ella.
Su sonrisa se volvió más amplia. Más peligrosa. Más... satisfecha.
—¡Periodista!
La voz resonó en toda la sala.
Varias cabezas se giraron hacia Valeria. Miradas curiosas, sonrisas cómplices, cejas levantadas.
Valeria apretó la mandíbula. Los dientes rechinaron ligeramente.
—No.
Adrián caminó hacia ella atravesando la multitud como si el mar Rojo se abriera a su paso. La gente se apartaba, le sonreía, le tocaba el hombro al pasar. Él correspondía con gestos amables, pero no se detenía.
Llegó frente a su escritorio. Apoyó una mano en el borde. Sus dedos, largos y vendados, rozaron una pila de papeles.
—Te estaba buscando.
Valeria no se movió de su silla. Lo miró desde abajo, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Por qué?
—Porque prometiste volver.
—No prometí nada.
—Lo insinuaste.
—Eso tampoco. Insinuar requiere intención. Yo no tuve ninguna.
Adrián inclinó la cabeza. El gesto de pájaro curioso otra vez.
—Qué fría bienvenida. Después de venir especialmente a verte.
Valeria señaló el grupo de personas que aún lo miraban desde lejos.
—Parece que no vine solo para verme a mí.
—Ellos vinieron solos. Yo vine por ti.
La frase cayó entre ellos como una piedra en un estanque.
Valeria parpadeó.
Luego recuperó la compostura.
—Este es un lugar de trabajo —dijo, señalando los escritorios alrededor.
Adrián miró a su alrededor con fingido interés.
—También es un lugar con sillas cómodas. Las de los gimnasios son horribles.
—¿Qué haces aquí, Vega?
—Vine a visitarte. ¿No es obvio?
Valeria lo miró como si hubiera escuchado la frase más absurda del mundo.
—No somos amigos. Nos vimos una vez. Una entrevista de veinte minutos.
—Todavía.
—¿Todavía qué?
—Todavía no somos amigos. Pero podemos serlo.
Valeria respiró profundo. El aire entró y salió de sus pulmones con esfuerzo.
Luego tomó su teléfono con determinación.
—Voy a llamar a seguridad.
Adrián levantó una ceja. La izquierda, siempre la izquierda.
—Eso suena dramático. Y un poco exagerado.
—Es procedimiento estándar.
—¿Para visitas guapas?
—Para visitas no autorizadas.
Valeria ya estaba marcando. El teléfono sonó dos veces.
Dos minutos después aparecieron dos guardias del edificio.
Hombres uniformados, de expresión seria, con radios en los cinturones. Caminaban con paso firme hacia el escritorio de Valeria.
Uno de ellos miró la escena. Primero a Valeria, seria con el teléfono en la mano. Luego al hombre de espaldas anchas frente a ella.
Y sus ojos se iluminaron.
—¡ES ADRIÁN VEGA! —exclamó, y su voz grave se volvió aguda por la emoción.
Valeria se quedó congelada con el teléfono en la mano.
—¿Qué?
El segundo guardia ya estaba sacando su teléfono del bolsillo. Los dedos le temblaban.
—¿Podemos tomar una foto, campeón? Mi hijo lo mata si no lo hago.
Adrián sonrió. Esa sonrisa otra vez.
—Claro, claro. Acérquense.
Valeria observó, incrédula, cómo los dos guardias se acomodaban a su lado —uno a cada lado— mientras Adrián levantaba el pulgar para la cámara con naturalidad.
Flash.
Flash.
Flash.
—Gracias, campeón —dijo uno de ellos, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Cuando quieran —respondió Adrián, como si fuera lo más normal del mundo.
Los guardias se fueron felices, mirando las fotos en sus teléfonos, completamente olvidados de su misión original.
Valeria se quedó mirando el espacio vacío donde habían estado.
—Esto es absurdo —susurró.
Adrián regresó frente a su escritorio. Se dejó caer en la silla vacía que había al otro lado, como si llevara años sentado allí.
—Tus guardias son muy amables.
Valeria lo ignoró y volvió a sentarse. Giró la pantalla de su computadora hacia sí, como si pudiera usarla de escudo.
—Estoy trabajando.
—Yo también.
—¿En qué exactamente? —preguntó sin mirarlo.
—En continuar nuestra entrevista.
Valeria levantó la mirada lentamente. Sus ojos verdes se encontraron con los de él, oscuros y divertidos.
—La entrevista terminó.
—No lo sentí así. Quedaron cabos sueltos.
—Eso no es mi problema.
Adrián apoyó los codos sobre el escritorio. El gesto era íntimo, cercano, como si compartieran un café en lugar de un espacio laboral.
—Tienes razón.
Valeria volvió a su computadora. Sus dedos encontraron el teclado.
—Gracias por entenderlo.
—Pero igual me quedaré aquí.
Valeria dejó de escribir. Las manos flotaron sobre las teclas.
—¿Qué?
—Quiero ver cómo trabajas.
—Eso es extraño.
—Soy curioso. Me interesa el periodismo.
—No te interesa el periodismo.
—Me interesa cómo lo haces tú.
Valeria decidió ignorarlo. Era la única estrategia posible.
Durante varios minutos el único sonido fue el tecleo rápido y rítmico de sus dedos. Clac-clac-clac-clac.
Adrián observaba todo con interés genuino. La cabeza ligeramente ladeada, los ojos recorriendo sus movimientos.
—Escribes rápido —dijo al fin.
Silencio.
—Tu escritorio está muy ordenado. El mío es un caos. Lucas dice que es porque tengo la cabeza igual.
Silencio.
—Creo que me estás ignorando.
Valeria siguió escribiendo sin pausa.
—Eso es exactamente lo que estoy haciendo.
Adrián sonrió.
—Interesante estrategia. La mayoría de la gente no puede ignorarme.
—Por eso lo hago.
En ese momento una voz conocida se escuchó detrás de ellos.
—¡VEGA!
El jefe de Valeria —traje arrugado, corbata torcida, café en mano— caminaba hacia ellos con una enorme sonrisa que le arrugaba toda la cara.
—¡Qué sorpresa, qué honor!
Adrián se levantó con una agilidad sorprendente. Extendió la mano.
—Buenos días. Mucho gusto.
—El gusto es mío, campeón. Un honor tenerlo aquí.
Se estrecharon la mano con firmeza. El jefe miró a Valeria con orgullo desbordante.
—Excelente trabajo, Castillo.
Valeria parpadeó. Una, dos veces.
—¿Perdón?
—Invitar al campeón al periódico. Gran movimiento periodístico. Me encanta tu iniciativa.
Valeria abrió la boca. Las palabras no salían.
—Yo no—
Pero Adrián habló primero, con total naturalidad.
—Fue una invitación muy insistente. No pude negarme.
Valeria giró la cabeza lentamente hacia él. Sus ojos verdes lanzaban rayos.
—Mentira.
El jefe se rió, ajeno a la tensión.
—Me encanta. Así se hace periodismo, Castillo. Relaciones, contactos, iniciativas.
Valeria intentó explicarse.
—Jefe, con todo respeto, yo no lo invité. Él apareció aquí sin avisar. Estaba a punto de llamar a seguridad cuando—
—Claro que me invitaste —interrumpió Adrián con una calma insultante—. ¿No recuerdas? Dijiste "la próxima vez puedes venir directamente". Pues aquí estoy.
Valeria abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.
—Eso no fue una invitación. Fue sarcasmo.
—Para mí fue una invitación.
El jefe los miraba de uno a otro como si estuviera viendo un partido de tenis.
—Bueno, bueno —dijo finalmente, dando palmadas en el hombro de Adrián—. Lo importante es que está aquí. Castillo, cuando termines tu artículo, acompáñalo a la salida. Y campeón, cuando quiera venir, las puertas están abiertas.
Adrián sonrió.
—Muchas gracias. Muy amable.
El jefe se alejó silbando, orgulloso de su redacción.
Valeria se quedó mirando el espacio vacío donde había estado su jefe. Luego miró a Adrián.
—Eres increíble.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé. Pero suena bien.
El teléfono de Adrián vibró sobre el escritorio. Miró la pantalla.
—Es mi entrenador.
Contestó.
—¿Sí, Lucas?
Pausa.
—Sí, estoy en el periódico.
Pausa más larga.
—Ya sé que no te avisé. Relájate.
Pausa.
—Sí, voy para allá. Diez minutos.
Colgó.
Luego miró a Valeria con una expresión que mezclaba diversión y algo más. Algo más suave.
—Tengo que irme.
—Qué pena —dijo ella, y esta vez el sarcasmo era evidente.
Adrián se levantó. Ajustó la gorra.
Caminó hacia la puerta entre miradas y susurros. Pero antes de salir, se volvió.
—Oye, periodista.
Valeria levantó la mirada desde su computadora.
—¿Qué?
Adrián sonrió. Esa sonrisa que parecía guardar secretos.
—La próxima vez puedes invitarme directamente. Sin rodeos. Sin sarcasmo.
Valeria cruzó los brazos.
—No habrá próxima vez.
Adrián guiñó un ojo.
—Eso lo veremos.
Y se fue.
La puerta giratoria dio dos vueltas y se cerró tras él.
El silencio duró unos segundos.
Luego la redacción explotó en murmullos.
—¿Lo conoces?
—¿Cómo es?
—¿Por qué vino?
Camila se acercó corriendo.
—¡Cuéntame todo!
Valeria apoyó la cabeza sobre el escritorio. La frente contra el frío de la superficie.
—Esto es un desastre.
Su jefe reapareció como por arte de magia.
—Buen trabajo, Castillo.
Valeria levantó la cabeza solo lo suficiente para verlo.
—No lo invité.
—Claro que sí.
—No lo hice. Apareció. Así, sin más.
—Sea como sea —dijo él, con una sonrisa de satisfacción—, acabas de conseguir que el campeón nacional visite nuestro periódico. Y se fue con tu nombre en la boca. Eso es periodismo.
Valeria dejó caer la cabeza sobre el escritorio otra vez. Más fuerte.
Camila se sentó en la silla que Adrián había ocupado. Aún estaba caliente.
—Admite algo.
Valeria levantó la mirada. Un ojo abierto, el otro aplastado contra la mesa.
—¿Qué?
Camila sonrió con picardía. Apoyó los codos donde él los había apoyado.
—Ese boxeador definitivamente está coqueteando contigo.
Valeria abrió la boca para negarlo.
Para decir que no, que era absurdo, que solo era un tipo insoportable que disfrutaba molestándola.
Pero no encontró ninguna respuesta.
Ninguna que sonara convincente.
Y eso...
la irritó aún más.