Valeria Rivas vive luchando por sobrevivir: trabaja como mesera, cuida a sus hermanos y trata de salvar a su madre enferma. Muy lejos de su realidad, su hermana gemela Isabella vive rodeada de lujo como heredera de la poderosa familia De Alvarenne.
Separadas por el dinero, el orgullo y un pasado lleno de secretos, sus vidas parecen destinadas a no cruzarse jamás… hasta que una inesperada llamada obliga a Valeria a regresar al mundo que la rechazó.
Entonces comienza un juego peligroso de mentiras, poder y destinos cambiados.
Porque a veces, para salvarlo todo…
tendrás que fingir ser alguien más.
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CAPÍTULO 17 - LA CELEBRACIÓN DE LO IMPOSIBLE
La música comenzó antes de que pudiera procesar que ya no era una novia.
Ahora era esposa.
Las puertas del salón principal se abrieron como si revelaran otro mundo… uno aún más brillante, más deslumbrante, más irreal que la ceremonia misma.
Y entonces lo vi.
La recepción. La celebración. El espectáculo.
El salón era inmenso, cubierto de luces cálidas que caían desde enormes lámparas de cristal, multiplicándose en reflejos dorados sobre mesas perfectamente dispuestas. Cada mesa estaba adornada con arreglos de peonías blancas y detalles en oro, tan delicados que parecían pintados a mano.
El aire olía a flores frescas, a dulces finos, a algo exquisito y cuidadosamente planeado.
Meseros impecables se movían con precisión silenciosa, sosteniendo bandejas de cristal con copas brillantes y pequeños bocados que parecían obras de arte.
Música en vivo llenaba el espacio: un cuarteto de cuerdas que se deslizaba suavemente entre notas elegantes, acompañando cada conversación, cada risa, cada susurro.
Todo era perfecto, demasiado perfecto.
—Sonríe.
La voz de Adrián llegó suave, apenas para mí. Y obedecí. Como siempre. Como debía. Porque todos nos miraban.
Porque esta noche… no era solo una celebración.
Era una demostración de poder, de unión y de perfección.
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Caminamos entre los invitados.
Saludando.
Asintiendo.
Sonriendo.
—Felicitaciones.
—Una pareja hermosa.
—La boda del año.
Las palabras se repetían. Como un eco constante. Como un guion que todos conocían. Pero yo… yo apenas escuchaba. Porque estaba demasiado consciente de su mano en la mía… Firme, cálida, real… demasiado real.
—Estás tensa —murmuró Adrián sin mirarme.
—Es un día importante.
—Eso no explica todo.
Su voz tenía un matiz distinto. Como si aún estuviera observando. Midiendo. Dudando.
—Estoy bien.
Mentí. Otra vez.
Como siempre.
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El primer brindis llegó rápido.
Doña Aurelia. Por supuesto. Se levantó con elegancia absoluta, capturando la atención de todos sin esfuerzo.
—Hoy celebramos no solo una unión…
Su voz llenó el salón.
—Sino la continuidad de dos familias que entienden el valor de la lealtad, la fortaleza… y el legado.
Sus palabras eran precisas y calculadas.
—Mi nieta…
Una pausa. Breve. Casi imperceptible.
—Isabella.
El nombre pesó. Siempre pesaba.
—Ha cumplido con el destino que le corresponde.
Mi pecho se tensó.
—Y sé que seguirá haciéndolo con la dignidad que esta familia exige.
Aplausos.
Sonrisas.
Aprobación.
Pero sus ojos… cuando se cruzaron con los míos… no celebraban. Advertían.
—Y tú…
Continuó, mirando a Adrián,
—Cuida lo que ahora es tuyo.
El silencio fue mínimo. Pero suficiente. Suficiente para entender. Para sentir. Para temer.
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El brindis de los padres de Adrián fue más… contenido. Más frío. Más medido.
—Esperamos que esta unión sea… beneficiosa para ambos.
No dijeron más. Pero no hacía falta. El mensaje estaba claro. Aún dudaban. Aún observaban. Aún esperaban.
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Y entonces… la música cambió.
Más suave.
Más íntima.
—Nuestro primer baile.
Adrián se giró hacia mí. Extendiendo su mano. Y por un segundo… dudé.
No debía. No podía. Pero lo hice. Porque esto… esto ya no era solo actuación. Era cercanía, contacto, realidad.
Tomé su mano.
Y el mundo desapareció otra vez.
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El centro del salón se abrió.
Las luces bajaron ligeramente. Y quedamos solos. Solo nosotros. Bajo la mirada de todos.
—Relájate… —susurró él mientras colocaba su mano en mi cintura.
Mi respiración se detuvo.
—No puedo.
—Sí puedes.
Su voz fue suave. Casi tranquilizadora.
—Solo sígueme.
Y lo hice. Porque no tenía otra opción. Pero también… porque quería hacerlo bien. Porque necesitaba hacerlo bien. Porque todo dependía de eso.
Nos movimos.
Lento.
Elegante.
Perfecto.
Como debía ser. Pero por dentro… yo estaba temblando. Porque su cercanía era real. Porque su mirada era real. Porque cada segundo a su lado… se sentía peligrosamente real.
—Sigues siendo un misterio —murmuró.
—Tal vez porque nunca intentaste entenderme.
—Tal vez porque nunca fuiste así.
El golpe fue suave. Pero directo.
—La gente cambia.
—Sí…
Su mirada se intensificó.
—Pero tú…
Hizo una pausa.
—Cambiaste demasiado, en muy poco tiempo.
Mi corazón se aceleró. Pero no respondí. No podía. No debía.
Solo seguí bailando.
Sonriendo.
Fingiendo.
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La música terminó.
Aplausos.
Sonrisas.
Más felicitaciones.
Y luego… todo volvió a moverse.
Más comida.
Más bebida.
Más conversaciones.
Más perfección.
El pastel llegó… imponente, hermoso. Cinco niveles de perfección. Decorado con precisión absoluta.
Cortamos juntos.
Sonriendo.
Como una pareja real. Como si esto fuera real.
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Las horas pasaron.
Rápidas. Y antes de que pudiera darme cuenta… llegó el momento.
El final.
—Es hora.
La voz de Doña Aurelia. Siempre puntual. Siempre definitiva.
El exterior estaba iluminado.
Un auto elegante esperaba. Listo. Perfecto.
Como todo lo demás.
—Un mes. Alrededor del mundo.
Escuché a alguien decir.
—París.
—Roma.
—Tokio.
—Islas privadas.
—El viaje perfecto.
Claro que lo era.
Todo lo era.
Para ellos.
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—Cuídala.
La voz del señor Valcari.
Dirigida a Adrián.
—Lo haré.
—Y tú…
La señora Valcari me miró.
—Haz que esto funcione.
No fue una petición. Fue una advertencia.
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Las despedidas fueron rápidas. Controladas. Perfectas. Como todo esa noche.
Y entonces… subimos al auto.
Las puertas se cerraron.
El ruido quedó atrás.
El silencio llegó.
Por primera vez en todo el día… silencio.
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No hablé.
No pude.
Porque ahora… ya no había distracciones.
No había miradas. No había ruido.
Solo él y yo. Y lo que eso significaba.
Mi mente comenzó a correr. Demasiado rápido. Demasiado fuerte. Porque sabía lo que venía. Lo que tenía que pasar. Lo que debía hacer.
Ser su esposa. En todos los sentidos.
Las palabras de Doña Aurelia resonaron.
—Cumple con tus obligaciones.
Mi respiración se volvió irregular.
Porque yo… nunca… había estado con nadie. Con ningún hombre.
Nunca.
Y ahora… no tenía opción.
—¿Estás bien?
La voz de Adrián me sacó de mis pensamientos.
Asentí.
—Sí.
Mentí.
Otra vez.
—Estás muy callada.
—Ha sido un día largo.
—Lo sé.
Silencio.
—Pero esto apenas comienza.
Mi corazón se detuvo.
Sí.
Apenas comenzaba.
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Miré por la ventana.
Las luces alejándose. La ciudad quedando atrás. Mi vida quedando atrás. Todo.
“No es real…” Susurré en mi mente. Pero lo era. Demasiado.
Y ahora… ya no había vuelta atrás.
Porque esta vez… no solo tenía que fingir ser Isabella.
Tenía que convertirse en su esposa. De verdad.
Y eso… eso me aterraba más que cualquier otra cosa. Porque no sabía cómo hacerlo. Porque no sabía si podía.
Porque en el fondo… seguía siendo Valeria. Una chica que nunca debió estar en ese lugar. En esa vida. En ese matrimonio. Pero ahí estaba. Avanzando hacia lo inevitable.
Hacia lo desconocido. Hacia algo que… podía destruirme por completo. O peor aún… hacerme sentir cosas que no debía sentir.
Y perderme en ellas.
espero puedas seguirla disfrutando..!! 🥰🥰