Alina siempre creyó que su matrimonio era solo un contrato frío con el hombre más poderoso de la ciudad. Durante tres años vivió ignorada por su esposo, el misterioso empresario Adrián Valek.
La noche en que decide firmar el divorcio, un atentado cambia todo.
Adrián pierde la memoria… y lo único que recuerda es que Alina es la persona más importante de su vida.
Mientras él intenta enamorarla otra vez, enemigos ocultos del imperio empresarial de Adrián comienzan a atacar.
Pero hay un secreto que nadie conoce:
Alina no es una mujer común… ella lleva años investigando quién intentó destruir su vida.
Y ahora que Adrián cambió…
tal vez el amor que nunca existió pueda nacer de verdad.
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Sombras que regresan.
Dos años.
Dos años habían pasado desde aquella noche en la que el fuego consumió la mansión Laurent, desde aquella boda que el mundo llamó la boda del siglo, desde aquel momento en que Adrián y Alina decidieron dejar atrás la guerra.
Y por primera vez… lo habían logrado.
El sol iluminaba suavemente los jardines de la nueva mansión Valek, completamente reconstruida, más imponente que antes, pero también más cálida.
Ya no era solo un símbolo de poder.
Era un hogar.
—¡Papá! ¡Más rápido! —gritó una pequeña voz llena de energía.
Adrián sonrió mientras corría por el césped, persiguiendo a un niño de ojos brillantes y cabello oscuro que no dejaba de reír.
—Si sigo así, vas a terminar siendo más rápido que yo —dijo Adrián, fingiendo cansancio.
Alina observaba desde la terraza, apoyada en la baranda, con una sonrisa tranquila.
Ese momento… ese simple momento… valía más que todo lo que habían perdido.
—Se parece a ti —dijo una voz detrás de ella.
Alina se giró y vio a Adrián acercarse con el niño en brazos.
—No, se parece a ti —respondió ella, acariciando el cabello del pequeño.
—Tiene tu carácter —dijo Adrián.
—Y tu terquedad —añadió Alina.
Los tres rieron.
El niño miró a ambos con curiosidad.
Adrián lo bajó al suelo y se agachó a su altura. —Porque eres lo mejor de los dos.
El pequeño sonrió, satisfecho, y volvió a correr hacia el jardín.
Alina observó la escena con los ojos brillantes. —Nunca pensé que podríamos tener esto…
Adrián tomó su mano. —Yo tampoco. Pero lo conseguimos.
Por un momento, el mundo volvió a ser simple.
Sin enemigos.
Sin traiciones.
Sin sombras.
Solo ellos.
La vida había cambiado.
Los negocios de los Black y los Valek habían crecido, consolidándose como uno de los imperios más fuertes del país. Pero esta vez, sin guerras internas, sin alianzas peligrosas.
Adrián ya no era el hombre frío de antes. Seguía siendo firme, estratégico… pero ahora también era padre.
Y eso lo había cambiado todo.
Alina, por su parte, había encontrado un equilibrio entre el poder y la paz. Su inteligencia seguía siendo clave en cada decisión, pero su prioridad era clara: su familia.
Por las noches, la mansión ya no era un campo de estrategias… sino un hogar lleno de risas.
—¿Otra historia? —preguntó el niño, ya acostado en su cama.
—Solo una más —respondió Alina.
—La de los héroes —insistió él.
Adrián se cruzó de brazos, sonriendo. —Esa ya la sabes.
—¡Pero me gusta!
Alina comenzó a narrar, suavemente: —Había una vez dos personas que lucharon contra muchas sombras…
El niño escuchaba atento, como si fuera la primera vez.
—Y aunque todo parecía imposible… nunca se rindieron —continuó Adrián.
—¿Y ganaron? —preguntó el pequeño.
Alina y Adrián se miraron.
—Sí —respondieron al mismo tiempo.
El niño sonrió y cerró los ojos.
—Buenas noches —susurró Alina.
—Buenas noches, campeón —añadió Adrián.
Cuando salieron de la habitación, el silencio del pasillo era tranquilo.
Pero no vacío.
Era paz.
Días después, una noticia inesperada llegó.
—Lucas viene de visita —dijo Alina, sosteniendo su teléfono.
Adrián levantó la vista. —¿En serio?
—Sí. Dice que tiene algo importante que contarnos.
Adrián sonrió levemente. —Ya era hora.
Lucas había decidido irse del país después de la guerra. Necesitaba distancia. Necesitaba empezar de nuevo.
Pero nunca dejó de ser parte de sus vidas.
—Va a conocerlo por fin —dijo Alina, mirando hacia el jardín donde su hijo jugaba.
—Le va a caer bien —respondió Adrián.
—Más le vale —bromeó ella.
Los días pasaron con expectativa.
Prepararon todo.
Organizaron una cena.
Incluso el pequeño estaba emocionado.
—¿Lucas es como un superhéroe? —preguntó.
Adrián sonrió. —Algo así.
—¿Lucha contra villanos?
Alina intervino suavemente. —Antes lo hacía.
—¿Y ahora?
Adrián miró a Alina un segundo. —Ahora… viene a vernos.
El día llegó.
Pero Lucas no apareció.
—Tal vez se retrasó —dijo Alina, mirando la hora.
—Es raro —respondió Adrián—. No suele hacer eso.
Pasaron horas.
Nada.
Pasó un día.
Nada.
Dos días.
El ambiente comenzó a cambiar.
—Voy a intentar llamarlo otra vez —dijo Adrián.
Sin respuesta.
Tres días.
Cuatro.
La preocupación ya no podía ocultarse.
—Algo no está bien —dijo Alina, seria.
Adrián asintió. —Lo sé.
Cinco días.
Seis.
El niño preguntaba constantemente: —¿Cuándo llega Lucas?
Nadie sabía qué responder.
Una semana después…
Todo cambió.
El teléfono sonó.
Adrián respondió de inmediato.
Su expresión se transformó.
Silencio.
Alina lo miró, sintiendo cómo el aire se volvía pesado. —¿Qué pasó?
Adrián no respondió de inmediato.
Colgó lentamente.
—Lo encontraron… —dijo finalmente.
El corazón de Alina se detuvo por un segundo. —¿Dónde?
Adrián tragó saliva.
—Las autoridades… lo encontraron sin vida.
El mundo se detuvo.
Alina dio un paso atrás, como si las palabras no pudieran sostenerse en la realidad.
—No… —susurró.
El silencio fue absoluto.
Pesado.
Irreal.
Lucas…
El hermano y el cuñado que había luchado con ellos.
El que había sobrevivido a todo.
El que era parte de su familia…
Ya no estaba.
Los días siguientes fueron un vacío.
Dolor.
Rabia.
Silencio.
El niño no entendía del todo, pero sentía el cambio.
—¿Lucas ya no viene? —preguntó.
Alina lo abrazó con fuerza. —No…
Adrián miraba desde la distancia, con los puños apretados.
Había algo más.
Lo sentía.
Y entonces… llegó.
Un sobre.
Sin remitente.
De nuevo.
El mismo tipo de papel.
El mismo silencio antes de abrirlo.
Adrián lo sostuvo unos segundos antes de entregárselo a Alina.
—Hazlo —dijo él.
Ella lo abrió lentamente.
Dentro…
Una carta.
Breve.
Directa.
“El hombre de las sombras ha vuelto.”
El aire se volvió frío.
Irrespirable.
Alina levantó la mirada, con los ojos llenos de miedo.
—No terminó…
Adrián tomó la carta, leyéndola una vez más.
Su expresión se endureció.
—No… —dijo con voz baja—.
—Esto… recién empieza.
A lo lejos, el viento movía las hojas del jardín.
La casa seguía en pie.
La familia seguía unida.
Pero las sombras…
Habían regresado.