El Caos del Capitán
En la Universidad de Saint Jude, las apariencias no solo engañan... te destruyen.
Ian Thorne es el dios de la duela. El capitán de baloncesto con la sonrisa perfecta, el carisma que ilumina auditorios y el rugido de una motocicleta negra que anuncia su llegada. Todos creen conocerlo. Pero cuando las luces se apagan y la multitud se dispersa, el "chico de oro" se desvanece. En su lugar queda un hombre de pocas palabras, mirada gélida y una lengua tan afilada como un bisturí. Ian tiene una regla de oro: nadie lo toca. Su espacio personal es una fortaleza blindada, y su curiosidad por la anatomía humana es puramente científica... hasta que ella aparece para alterar toda su estructura.
Sky es el incendio que nadie pidió, pero que todos se detienen a mirar. Loca, atrevida y absolutamente sinvergüenza, vive la vida sin filtros ni frenos. Está cansada de los chicos predecibles y de las promesas vacías. Ella busca un reto, algo que no pueda descifrar a simple vista.
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capítulo 20: El calor de La rabia
La lluvia de Monte Sombrío no era una caricia; era un castigo constante que calaba hasta los huesos. El grupo de estudiantes avanzaba por el sendero embarrado bajo la luz intermitente de las linternas frontales, formando una hilera de figuras fantasmales envueltas en impermeables oscuros. El profesor Garrick marchaba a la cabeza, dictando instrucciones sobre la recolección de musgos y la medición de la saturación de humedad, pero para Ian Thorne, sus palabras eran solo un ruido de fondo que no lograba apagar el incendio que todavía sentía en la sangre.
Ian caminaba varios metros por delante de Sky, marcando un ritmo agresivo que obligaba a los demás a esforzarse para seguirlo. Su mente era un campo de batalla. Todavía podía sentir el peso de Sky sobre su cuerpo, la suavidad de su piel bajo su palma y ese desafío ardiente en sus ojos antes de que la puerta de la cabaña fuera golpeada. Se sentía expuesto, vulnerable de una forma que odiaba. Había permitido que ella viera al hombre salvaje que ocultaba bajo el uniforme de capitán, y ahora, el silencio del bosque le devolvía el eco de su propia debilidad. Necesitaba distancia. Necesitaba el aire gélido para enfriar la quemadura que ella había dejado en su pecho.
—Si sigues caminando así, Thorne, vas a llegar a la cima antes de que amanezca y solo habrás recolectado aire —se burló una voz masculina a sus espaldas.
Ian no se giró. Reconoció la voz de Oliver, un estudiante de tercer año de geología que formaba parte de la otra pareja de su cabaña. Oliver era el tipo de chico que Ian solía ignorar: extrovertido, con una sonrisa fácil y una confianza que rayaba en la arrogancia.
A unos metros de distancia, Sky observaba la espalda de Ian. Notaba la tensión en sus hombros, la forma en que su zancada era demasiado rígida para ser natural. Sabía que él estaba huyendo, no del bosque, sino de lo que casi había sucedido en la litera. Una punzada de frustración y despecho la recorrió. ¿Así que ahora jugaba al capitán distante otra vez? ¿Después de casi arrancarle la blusa?
—¡Vaya, Oliver! —exclamó Sky, elevando la voz lo suficiente para que llegara a los oídos de Ian—. No sabía que los geólogos tenían tan buen ojo para el ritmo. Al menos alguien aquí sabe que la biología no tiene por qué ser tan... aburrida y silenciosa.
Oliver, detectando la apertura, se posicionó al lado de Sky, ofreciéndole una mano para ayudarla a saltar un tronco caído.
—La geología se trata de capas, Sky. A veces hay que cavar profundo para encontrar el diamante. ¿Necesitas ayuda con ese equipo de recolección? Parece pesado para alguien tan... delicada.
Sky soltó una carcajada vibrante, esa risa descarada que solía ser el gatillo de la paciencia de Ian.
—¿Delicada yo? Tendrías que verme en el laboratorio de disección. Pero acepto la ayuda, Oliver. Es agradable tener a alguien que no parece estar cargando el peso del mundo sobre sus hombros todo el tiempo.
Ian se detuvo en seco. Sus botas se hundieron en el barro con un sonido sordo. No se giró, pero sus nudillos, envueltos en guantes técnicos, se cerraron con tal fuerza sobre el asa de su linterna que el plástico crujió. Podía oír cada palabra, cada risita de Sky, cada comentario sugerente de Oliver. La rabia, una sustancia oscura y espesa, empezó a sustituir al frío en sus venas.
"Ignóralos", se dijo a sí mismo. "Es solo Sky siendo Sky. Está provocándote. No caigas".
Pero el autocontrol de Ian estaba al límite. La falta de sueño, la excitación reprimida de hace apenas una hora y el aroma a lluvia y bosque estaban haciendo que sus instintos más primarios tomaran el mando.
—¿Y qué me dices de este musgo, Sky? —continuó Oliver, acercándose más a ella mientras examinaban una roca—. Dicen que tiene propiedades curativas. Tal vez podrías aplicarme un poco si me lesiono en este patrullaje tan peligroso.
Sky volvió a reír, una nota juguetona que flotó en el aire húmedo.
—Tendría que analizar primero tu tipo de piel, Oliver. No querría que tuvieras una reacción... inesperada.
—Oh, te aseguro que mi reacción sería muy positiva —respondió el chico con un tono que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones.
Ian no pudo más. Se giró con una lentitud depredadora. La luz de su linterna frontal barrió el sendero hasta detenerse directamente en el rostro de Oliver, cegándolo por un instante. La figura de Ian, recortada contra la negrura del bosque y bajo la lluvia torrencial, resultaba imponente. Parecía un espectro surgido de las sombras de Monte Sombrío.
—Garrick dijo que este es un ejercicio de recolección de datos, no un club de citas —soltó Ian, su voz fluyendo como un río de hielo, con un filo de autoridad que hizo que Oliver diera un paso atrás, soltando el brazo de Sky.
—Solo estábamos bromeando, Thorne —balbuceó Oliver, tratando de recuperar su compostura—. No sabía que el capitán también era el guardián de la moral del grupo.
—Soy el responsable de que este equipo entregue los resultados —respondió Ian, dando un paso hacia ellos. La distancia que había intentado poner se desvaneció en un segundo. Estaba de nuevo en el espacio personal de Sky, ignorando a Oliver y fijando sus ojos negros en ella—. Y tú, Sky, deja de perder el tiempo. Tenemos una muestra que recolectar en el arroyo. Ahora.
Sky mantuvo la barbilla en alto, aunque su corazón latía con una mezcla de triunfo y temor ante la furia contenida en la mirada de Ian. Había funcionado. Había roto su máscara.
—Como digas, capitán —respondió ella con un susurro desafiante—. Pensé que preferías estar solo con tus "pensamientos profundos". Pero si necesitas mi ayuda tan desesperadamente, supongo que Oliver puede esperar.
Ian la agarró del brazo, no con fuerza, pero sí con una firmeza que reclamaba cada centímetro de su atención.
—Camina —ordenó él, arrastrándola sutilmente hacia una parte más apartada del sendero, lejos de la mirada de Oliver y del resto del grupo.
Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, bajo el refugio de unos pinos densos que apenas dejaban pasar la lluvia, Ian la soltó y la acorraló contra el tronco de un árbol. El agua resbalaba por su rostro, pero sus ojos ardían con una intensidad que Sky no había visto jamás.
—¿Te divierte? —preguntó él, su voz era un gruñido bajo que apenas se distinguía del sonido de la tormenta—. ¿Te divierte ver cuánto puedo aguantar antes de perder los estribos?
Sky sonrió, a pesar de que la proximidad de Ian la dejaba sin aire.
—Me divierte ver que todavía te importa, Ian. Pensé que en cuanto saliéramos de esa cabaña volverías a ser el bloque de hielo de siempre. Pero parece que el capitán tiene un problema de celos muy humano.
Ian se inclinó, reduciendo el espacio hasta que sus respiraciones se mezclaron.
—No son celos, Sky. Es propiedad —susurró él, y la palabra golpeó a Sky como un rayo—. Porque después de lo que pasó en esa litera, tú y yo sabemos que nadie más tiene derecho a tocarte. Ni Oliver, ni nadie. Y si vuelves a reírte con él de esa forma, voy a olvidar que estamos en una reserva universitaria y voy a recordarte exactamente a quién le perteneces en este bosque.
La lluvia seguía cayendo, pero entre ellos dos, el ambiente estaba a punto de estallar una vez más. El patrullaje acababa de volverse personal, y Sky sabía que, en la oscuridad de Monte Sombrío, el lobo no solo había despertado; había decidido reclamar su territorio.