TEMPORADA 3 Y FINAL DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 4
El aroma de la comida y el café llenó la habitación, mezclándose con el leve rastro metálico de mi sangre aún presente en el aire.
Los sirvientes no dijeron una sola palabra.
Ni siquiera levantaron la mirada.
Una vez terminaron, hicieron una leve reverencia y se retiraron.
Las puertas se cerraron nuevamente.
Silencio.
Cassian no apartó la mirada de mí en ningún momento.
Ni cuando entraron.
Ni cuando se fueron.
Como si temiera que, si dejaba de mirarme un segundo…
yo desaparecería.
O peor aún…
que todo fuera una ilusión.
Entonces, finalmente, habló.
—Seis vidas…
Su voz era baja.
Peligrosa.
—Reencarnación… otros mundos… un colgante.
Tomó lentamente una de las copas, girándola suavemente entre sus dedos, observando el líquido oscuro en su interior.
—Y esperas que crea todo eso… sin pruebas.
Alzó la mirada hacia mí.
Sus ojos brillaban tenuemente en la penumbra.
—Aelina fué muchas cosas…
Hizo una breve pausa.
—Pero nunca fue una mentirosa.
Dejó la copa sobre la mesa.
—Así que dime…
Se inclinó ligeramente hacia adelante.
—¿Por qué debería creer tu historia?
El aire volvió a tensarse.
Como si la siguiente palabra…
pudiera decidirlo todo.
Tomé uno de los bocadillos sin apresurarme.
Mis dedos se cerraron sobre uno de cajeta.
Lo observé unos segundos.
Y luego…
lo dejé de nuevo en la bandeja.
Sin probarlo.
Tomé en su lugar uno de chocolate.
Le di un pequeño mordisco.
Tragué con calma.
Y entonces lo miré directamente a los ojos.
—Porque odiaba la cajeta.
Hice una pausa breve.
—Y tú lo sabías.
El silencio se volvió más denso.
No aparté la mirada.
—Porque cuando tenía ocho años amenacé con retar a duelo a todo el ala este del castillo… solo porque intentaron obligarme a comerla.
Una leve sonrisa apareció en mis labios.
—Y tú fuiste quien escondió el chocolate en la cocina para mí.
Sus pupilas se contrajeron apenas.
—Porque la frase que usé hace un momento…
Incliné ligeramente la cabeza.
—“En la sangre nacerá el cerezo”…
—No es un código cualquiera.
Mi voz bajó.
—Es algo que solo tú y yo conocíamos.
Un recuerdo.
Un secreto.
Un vínculo.
Di un paso más allá.
—Y porque…
Lo miré con una intensidad que no dejaba espacio a dudas.
—Tú nunca me llamabas “mi reina” cuando estábamos solos.
Hice una pequeña pausa.
—Me llamabas… Aelina.
El silencio cayó como una losa.
Pesado.
Irrompible.
Cassian no se movió.
Pero algo en su mirada…
se quebró.
Muy levemente.
Casi imperceptible.
Pero estaba ahí.
Entonces di el golpe final.
—Si aún dudas…
Me recosté ligeramente en el sofá, sin apartar los ojos de los suyos.
—Dime algo que solo ella sabría.
Mi voz fue firme.
Segura.
—Y te responderé.
El ambiente se tensó aún más.
Como si el destino entero…
estuviera contenido en ese instante.
Entonces él habló.
Su voz fue baja.
Controlada.
Pero había algo más debajo de ella.
—¿En qué parte del palacio imperial… sembramos el cerezo?
Me miraba fijamente.
De una forma intensa.
Como si esa pregunta…
fuera la última barrera entre la duda y la certeza.
Sonreí.
Una sonrisa suave.
Casi nostálgica.
Lentamente levanté la mano…
y me señalé a mí misma.
—Lo estás viendo.
Hice una pequeña pausa.
Sosteniendo su mirada.
—Yo soy el cerezo.
El silencio que siguió…
fue absoluto.
Cassian no se movió.
Pero sus ojos…
se abrieron apenas.
Como si algo dentro de él hubiera sido sacudido.
Ese no era un lugar.
Nunca lo fue.
Era una promesa.
Un secreto.
Algo que solo ellos dos entendían.
Porque aquel día…
cuando hablaron de “sembrar un cerezo”…
no se referían a tierra ni raíces.
Se referían a dar origen a algo que sobreviviera incluso a la muerte.
A un legado.
A ella.
Y Cassian lo sabía.
Su expresión cambió.
Muy levemente.
La frialdad… comenzó a resquebrajarse.
Confusión.
Incredulidad.
Algo parecido a esperanza.
Y miedo.
Mucho miedo.
—Eso…
Su voz se quebró apenas, casi imperceptible.
—Eso no…
No terminó la frase.
No pudo.
Porque en ese instante…
ya no estaba frente a una desconocida.
Sino frente a algo mucho más peligroso.
Mucho más imposible.
La mujer que se juró proteger…
Y... Su peor culpa...
había regresado de la muerte.
Suspiré suavemente.
Esta vez, sin tensión.
Sin estar alerta.
Lo miré con más confianza.
—Cassian… ¿podrías cambiar los bocadillos?
Incliné ligeramente la cabeza, con un gesto casi caprichoso.
—Ya no tolero el olor a cajeta.
Hice una pequeña pausa antes de añadir, con total naturalidad:
—Quiero bocadillos de chocolate… y café con leche caliente.
El silencio duró apenas un segundo.
Y entonces—
Cassian soltó una leve risita.
Baja.
Casi imperceptible.
Pero real.
Por primera vez desde que entré en ese castillo…
su expresión cambió de una forma distinta.
No era ira.
No era desconfianza.
Era…
nostalgia.
Como si, por un instante, hubiera vuelto a ver a aquella niña de antes.
Sin decir nada, levantó la mano.
La puerta se abrió de inmediato.
El mayordomo apareció como si hubiera estado esperando.
—Cambia todo —ordenó Cassian sin apartar la mirada de mí—. Tráelo como ella lo pidió.
El mayordomo inclinó la cabeza.
—Sí, mi señor.
En cuestión de segundos, los sirvientes entraron nuevamente.
Retiraron cada uno de los bocadillos de cajeta.
Los sustituyeron por delicadas piezas de chocolate, aún tibias.
El aroma dulce llenó la habitación.
Luego colocaron una taza.
De porcelana fina.
De la cual comenzó a elevarse vapor.
Café con leche caliente.
Exactamente como lo había pedido.
Se retiraron en silencio.
Y otra vez…
solo quedamos Cassian y yo.
Pero esta vez…
el ambiente ya no era el mismo.
Cassian me observaba.
Ya no con pura hostilidad.
Sino con algo mucho más complejo.
—…Sigues siendo igual.
Murmuró.
Su voz ya no era tan fría.
Apoyé el codo sobre el sofá, sosteniendo ligeramente mi mejilla mientras lo miraba.
—Claro que no.
Una pequeña sonrisa apareció en mis labios.
—Ahora soy peor.
Después de decir eso…
no pude evitarlo.
Tomé uno de los bocadillos de chocolate.
Luego otro.
Y otro más.
En cuestión de segundos, mis mejillas estaban completamente llenas, infladas de tanto comer, como si el tiempo no hubiera pasado y siguiera siendo aquella chica caprichosa de antes.
Sabores dulces.
Familiares.
Nostálgicos.
Bocadillos que había extrañado… desde mi segunda vida en el mundo vampírico.
Cerré los ojos un instante mientras masticaba.
Era ridículo.
Pero…
me hacía feliz.
Frente a mí, Cassian no dijo nada.
Solo me observó.
Su mirada se suavizó apenas.
Y en sus labios apareció una ligera sonrisa.
Pequeña.
Casi imperceptible.
Pero real.
Porque recuperó algo que creía perdido para siempre.