Margo siempre fue la mujer de los planes perfectos, hasta que su prometido la abandonó en el altar por su mejor amiga. Humillada y con la prensa social acechando, Margo decide que no será la víctima de esta historia. En un arrebato de orgullo y dolor, recurre a la única persona que odia tanto como a su ex: Lucas, el rival empresarial de su familia y el hombre que ha intentado hundir sus negocios por años.
Lucas acepta la propuesta de un matrimonio por contrato, pero no por caridad. Él ve la oportunidad de finalmente entrar en el círculo de poder de los de Margo. Lo que comienza como una alianza gélida y transaccional, pronto se convierte en un campo de batalla emocional donde el odio se confunde con una atracción eléctrica. En un juego de apariencias, Margo y Lucas deberán decidir si su unión es la mejor venganza o la peor de sus derrotas.
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Capitulo 5
El penthouse de Lucas Thorne no era un hogar; era una declaración de principios. Situado en la cima de una torre de cristal que vigilaba la ciudad como un panóptico, el espacio estaba definido por ángulos rectos, mármol negro y una ausencia casi violenta de calidez. No había fotografías en las paredes, ni libros con el lomo desgastado, ni el rastro de una vida que no fuera la de un hombre que se preparaba cada día para la guerra.
Margo entró arrastrando una maleta de cuero, el sonido de las ruedas contra el suelo pulido resonando como un trueno en el silencio sepulcral del lugar. Se sintió pequeña, una intrusa de seda en un reino de acero.
—Tu habitación es la del fondo a la derecha —dijo Lucas, sin siquiera levantar la vista de su portátil—. Tiene su propio vestidor y baño. El resto del apartamento es zona común, aunque agradecería que no alteres el orden de la cocina.
Margo se detuvo y lo miró. Él estaba sentado en un sofá de cuero que probablemente costaba más que un coche de lujo, perfectamente integrado en la penumbra.
—No soy una inquilina, Lucas —respondió ella, con la voz cargada de un cansancio que empezaba a filtrarse por las grietas de su armadura—. Soy tu esposa. Si voy a vivir aquí para mantener las apariencias, espero al menos no sentir que estoy en un hotel de paso.
—Para el mundo eres mi esposa. Aquí dentro, eres un activo que ocupa espacio —replicó él, cerrando la pantalla con un golpe seco—. No confundas los roles.
Los primeros días fueron una sucesión de batallas silenciosas por el territorio. El penthouse, que antes le parecía a Lucas un santuario de eficiencia, comenzó a sentirse extrañamente pequeño.
El conflicto estalló por nimiedades que ocultaban una tensión tectónica. El café, por ejemplo. Lucas lo tomaba negro, amargo y a una hora exacta.
Margo, acostumbrada al ritual pausado de su antigua casa, invadió la cocina con granos de vainilla y un aroma dulce que se quedaba pegado a las cortinas, desafiando la esterilidad del ambiente.
—Huele a pastelería —se quejó él una mañana, entrando en la cocina con el ceño fruncido mientras ella leía informes financieros.
—Huele a vida —respondió ella sin mirarlo—. Deberías probarlo. Quizás te ablande un poco el carácter.
Luego fue el armario. Al mudarse, Margo tuvo que comprimir su existencia en la mitad del vestidor de Lucas. Ver sus vestidos de seda y sus zapatos de tacón junto a las filas monocromáticas de trajes de Lucas era una imagen perturbadora. Era la mezcla de dos mundos que nunca debieron tocarse. Para Margo, cada vez que colgaba una prenda, sentía que entregaba una parte de su libertad. Para Lucas, ver aquel estallido de colores y texturas en su vestidor era un recordatorio constante de que ya no estaba solo. Su soledad, tan cuidadosamente cultivada, estaba siendo saboteada por el perfume de ella.
Por las noches, el penthouse se convertía en un campo de minas emocional. Margo se encontraba vagando por los pasillos, incapaz de dormir en una cama que no olía a nada familiar. Se sentía vulnerable, expuesta. En su casa, ella era la heredera; aquí, era una sombra en el territorio de un depredador.
Lucas, por su parte, descubrió que tenerla allí era mucho más perturbador de lo que su lógica empresarial había previsto. Su presencia llenaba habitaciones que él siempre había mantenido vacías, no solo físicamente, sino con una energía vibrante y caótica. La escuchaba caminar descalza por el pasillo; escuchaba el agua de la ducha; percibía el sutil cambio en la presión del aire cuando ella entraba en una habitación.
Una noche, Lucas la encontró en la terraza, mirando las luces de la ciudad con una copa de vino en la mano. El viento le agitaba el cabello y, por un instante, la máscara de "novia de hielo" desapareció. Se veía cansada, rota por los bordes.
—¿Extrañas tu antigua vida? —preguntó él, acercándose lo suficiente para que ella sintiera su calor, pero no lo suficiente para tocarla.
Margo no se giró.
—Extraño la ignorancia —confesó ella en un susurro—. Extraño el tiempo en que creía que el amor era suficiente para construir un muro contra personas como tú.
—El amor es una debilidad de diseño, Margo. El odio, en cambio, es un motor sólido. No te traiciona.
—El odio también quema al que lo carga, Lucas. ¿O es que tú ya no sientes el fuego?
Él no respondió. Se quedó allí, a su lado, compartiendo un silencio que ya no era de negocios, sino de dos náufragos que han decidido hundirse en el mismo barco.
Al quinto día, la tensión alcanzó su punto de ebullición durante una cena que Lucas insistió en tener para discutir los próximos movimientos contra Mateo.
El comedor estaba iluminado solo por unas velas que Margo había colocado, un intento desesperado por suavizar la frialdad del mármol. Comieron en un silencio espeso, solo roto por el tintineo de los cubiertos contra la porcelana. Cada bocado se sentía como un trámite.
Margo observaba a Lucas. Sus movimientos eran precisos, casi robóticos. Se preguntó si alguna vez había amado a alguien, o si su corazón era simplemente otra pieza de maquinaria de Thorne Enterprises. Por un momento, sintió una punzada de lástima por él, y luego por ella misma. Estaban casados, encadenados el uno al otro por un contrato y un enemigo común, y sin embargo, estaban a años luz de distancia.
—Mañana empezaremos con la venta de las acciones de Mateo en la empresa de transporte —dijo Lucas, rompiendo el silencio. Su voz sonó demasiado fuerte en la habitación—. Para el mediodía, no tendrá crédito ni para pagar el hotel de su luna de miel.
—Bien —dijo Margo. Pero no sintió el triunfo que esperaba. Solo sintió un vacío persistente.
Al terminar, ambos extendieron la mano al mismo tiempo para alcanzar la botella de vino situada en el centro de la mesa.
Fue un error de cálculo. Sus dedos se entrelazaron.
El contacto fue breve, apenas un segundo, pero tuvo la intensidad de una explosión. La piel de Lucas estaba caliente, áspera, y cuando sus dedos rozaron los de Margo, una descarga eléctrica recorrió el brazo de ella, instalándose directamente en su pecho.
Margo retiró la mano como si se hubiera quemado con brasas. Lucas, por primera vez, perdió la compostura. Sus ojos se dilataron y su respiración se detuvo por una fracción de segundo.
En ese roce accidental, ambos recordaron algo que habían intentado ignorar: no eran solo socios, no eran solo piezas en un tablero. Eran un hombre y una mujer, jóvenes y llenos de una rabia que fácilmente podía confundirse con algo más oscuro y peligroso.
—Perdón —dijo Lucas, con la voz más ronca de lo habitual.
—No pasa nada —mintió ella, poniéndose de pie con movimientos erráticos—. Solo es... el cansancio.
Margo abandonó el comedor casi huyendo, dejando a Lucas solo con la luz de las velas agonizantes. Él se quedó mirando su propia mano, la que había tocado a Margo, sintiendo todavía el rastro de su piel fría.
La habitación, antes vacía, ahora estaba impregnada de ella. Y por primera vez en su vida, Lucas Thorne sintió miedo. No de perder dinero, ni de perder el control de su empresa, sino de la grieta que esa mujer acababa de abrir en su armadura de cristal.
Genial la novela! Gracias por compartir tu talento!