Anna Marín muere a los 32 años con seis puñaladas en el pecho, asesinada por su hermanastra Mariana mientras su esposo Javier observa sin intervenir. Sus últimos pensamientos son de arrepentimiento: por amar demasiado, por callarse demasiado, por convertirse en invisible.
Pero cuando abre los ojos, está de vuelta dos años antes de su muerte.
Con todos los recuerdos intactos.
Anna sabe exactamente lo que viene: cómo Mariana manipulará a sus hijas gemelas para que la odien, cómo Javier la torturará durante meses para robarle la herencia de la abuela, cómo morirá sola en el mismo piso de mármol donde alguna vez creyó que construiría un hogar.
Esta vez no será la esposa sumisa que se arrastra por amor.
Esta vez será la Loba Blanca que todos temían en los tribunales.
Esta vez cada traidor pagará por adelantado.
Pero cambiar el futuro tiene un precio. Y Anna descubrirá que la venganza, aunque dulce, puede costarle lo único que aún le importa: el alma de la mujer que alguna vez fue.
Una histo
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CAPÍTULO 15
Rosa Margarita Rojas tiene una pistola calibre 38 que guarda en el cajón de su mesa de noche desde hace cuarenta años. Nunca la ha usado. Pero la tiene ahí como recordatorio: el poder no se pide. Se toma. Y se defiende.
Esta mañana la pistola está sobre la mesa del comedor mientras Rosa Margarita mira al hombre que sus guardias de seguridad atraparon hace tres horas intentando cortar los frenos de su auto.
El hombre no dice nada. Solo mira el piso con los labios partidos y un ojo hinchado que ya está morado. Los guardias no fueron delicados cuando lo encontraron debajo del Mercedes Benz con herramientas en las manos y aceite de frenos en los dedos.
—¿Cómo te llamas? —pregunta Rosa Margarita con voz que no sube ni baja.
El hombre no responde.
Rosa Margarita asiente hacia Diego, el jefe de seguridad. Diego da un paso adelante y golpea al hombre en las costillas con un puño cerrado.
El hombre tose. Escupe sangre en el piso de mármol.
—Carlos Méndez —dice finalmente con voz ronca.
—Muy bien, Carlos. ¿Quién te contrató?
Carlos no responde. Cierra los ojos.
Diego golpea otra vez. Esta vez en el estómago. Carlos se dobla hacia adelante y vomita en el piso.
Rosa Margarita no se inmuta. Solo espera. Ha visto hombres quebrarse antes. Sabe exactamente cuánto tiempo toma.
—Segundo intento —dice con la misma calma—. ¿Quién te contrató para sabotear mi auto?
Carlos respira con dificultad. Mira la pistola sobre la mesa. Mira a Diego. Mira a los otros dos guardias bloqueando las puertas.
—No sé su nombre —dice Carlos con voz temblorosa—. Solo era un contacto. Me llamaron por teléfono. Me dijeron que necesitaban algo discreto. Un accidente. Me pagaron la mitad por adelantado.
—¿Cuánto?
—Cincuenta mil.
—¿Por matarme?
Carlos no responde.
Rosa Margarita se recuesta en su silla. Mira a Carlos durante varios segundos. Este hombre es joven. Treinta y cinco años como mucho. No es la primera vez que hace esto. Probablemente no sería la última si ella lo dejara irse.
—Dame tu teléfono.
Diego busca en los bolsillos de Carlos y saca un celular. Rosa Margarita lo revisa. Encuentra el registro de llamadas. Un número sin nombre. Llamadas entrantes hace tres días. Hace dos días. Hace doce horas.
Anota el número en un papel y se lo pasa a Diego.
—Rastrea esto. Quiero saber de quién es ese número en dos horas.
Diego asiente y sale.
—¿Qué te dijeron que hicieras exactamente? —pregunta Rosa Margarita.
—Cortar los frenos. Hacer que parezca desgaste natural. Que el auto falle en la autopista. A esa velocidad... no sobrevive nadie.
Rosa Margarita se pone de pie. Camina hasta quedar frente a Carlos. Lo mira desde arriba.
—Te voy a hacer una oferta. Tú me dices todo lo que sabes sobre la persona que te contrató. Cada detalle. Y yo no llamo a la policía. Pero si me mientes, te dejo con Diego y sus muchachos durante una hora más. ¿Cuál prefieres?
—Le digo todo —dice Carlos rápido—. Todo lo que sé.
—Bien.
Dos horas después Diego regresa con el reporte.
El número pertenece a una línea prepagada. Sin registro real. Pero el detective rastreó las ubicaciones donde se hicieron las llamadas. Tres llamadas desde un edificio en el centro. Un edificio que Rosa Margarita conoce bien porque ahí está la oficina de Mariana Vélez en Grupo Rojas.
Rosa Margarita lee el reporte dos veces.
No hay sorpresa en su rostro. Desde que Anna vino hace semanas a hablar con ella Rosa Margarita empezó a sospechar. Anna le contó cosas que no tenía forma de saber a menos que las haya vivido. Le contó sobre Mariana. Sobre Javier. Sobre el matrimonio que nunca debió existir. Sobre la pérdida del bebé que Mariana causó. Y Rosa Margarita creyó cada palabra.
Ahora tiene la confirmación. Mariana Vélez intentó matarla.
Esa tarde Rosa Margarita llama a su abogado personal. Alejandro Vargas tiene sesenta años y lleva trabajando para la familia Rojas desde que Rosa Margarita quedó viuda.
—Necesito modificar mi testamento —dice cuando Alejandro llega con su maletín—. Hoy. Ahora.
Alejandro no pregunta. Solo saca los documentos y se sienta frente a la mesa del comedor.
—¿Qué cambios quiere hacer?
Rosa Margarita se queda en silencio durante varios segundos. Piensa en Javier. En el nieto que crió después de que sus padres murieron cuando él tenía doce años. El niño brillante que se convirtió en un hombre frío que nunca aprendió a valorar lo que tiene. Piensa en Anna. En la mujer invisible que pasó diez años en una mansión sin que nadie la mirara. La mujer que perdió un bebé y nunca volvió a ser la misma. La mujer que limpió en silencio, crió a las gemelas.
—Sesenta por ciento de las acciones de Grupo Rojas van para Anna Marín de Rojas —dice Rosa Margarita con voz firme—. Ocho por ciento dividido entre las gemelas en fideicomiso hasta que cumplan veinticinco años.
Alejandro escribe sin levantar la vista.
—Javier Rojas recibe cinco por ciento de las acciones.
Alejandro se detiene. Levanta la vista.
—¿Cinco por ciento? —repite como si no hubiera escuchado bien—. Señora Rojas, Javier es su nieto. El actual CEO. ¿Está segura?
—Completamente. Y ese cinco por ciento viene con cláusula de buen comportamiento.
—¿Qué tipo de cláusula?
—Si Javier intenta desprestigiar públicamente a Anna, si intenta quitarle la custodia de las gemelas, si intenta manipular las acciones de cualquier manera, pierde ese cinco por ciento también. Todo va directamente a Anna.
Alejandro anota cada palabra.
—El resto de las acciones se distribuyen entre los otros miembros de la junta directiva. Veinte por ciento dividido equitativamente. Y quince por ciento queda como fondo de emergencia para la empresa bajo control directo de Anna.
—¿Y Mariana Vélez? —pregunta Alejandro porque conoce la dinámica de la familia.
—Nada. Mariana Vélez no recibe absolutamente nada. Y si alguien intenta darle algo de lo que es mío después de mi muerte, quiero que esté por escrito que fue en contra de mis deseos explícitos.
Alejandro escribe durante diez minutos. Cuando termina imprime tres copias del nuevo testamento. Rosa Margarita lee cada línea con cuidado. Cada porcentaje. Cada cláusula. Cada palabra que convierte a Anna en la dueña real de Grupo Rojas y deja a Javier con migajas.
Lee la cláusula de buen comportamiento tres veces. Cada condición es un reflejo de los errores que Javier ya cometió en su vida anterior. Cada límite es una advertencia de lo que Rosa Margarita no va a tolerar en esta vida. Y si Javier decide ignorarla, si decide seguir el mismo camino de destrucción que siguió antes, entonces ese cinco por ciento que le queda también desaparece.
No hay segunda oportunidad para el nieto que ella crió.
Solo hay consecuencias.
Cuando llega al final firma las tres copias con la pluma que heredó de su esposo.
—Necesito tres testigos —dice Alejandro.
Rosa Margarita llama a Diego y a dos de sus guardias más antiguos. Hombres que llevan trabajando para ella durante décadas. Hombres en los que confía.
Los tres firman sin leer el contenido. Rosa Margarita les agradece y los despide.
—Una copia va al banco —dice pasándole uno de los documentos a Alejandro—. Caja de seguridad bajo mi nombre. Con instrucciones específicas: solo se abre si muero de forma sospechosa o si yo misma doy la orden.
—¿Y las otras dos copias?
—Una se queda contigo. La otra la guardo yo.
Alejandro asiente y guarda los documentos.
—¿Hay algo más que necesite, señora Rojas?
Rosa Margarita lo piensa durante varios segundos.
—Sí. Quiero que investigues todos los movimientos financieros de Mariana Vélez en los últimos cinco años. Transferencias, compras, inversiones. Todo. Y quiero que lo tengas listo en dos semanas.
—¿Puedo preguntar por qué?
—Porque esa mujer intentó matarme. Y cuando Anna esté lista para destruirla quiero que tenga todas las municiones necesarias.
Alejandro cierra su libreta. No hace más preguntas. Solo asiente y se va.
Cuando Rosa Margarita está sola otra vez se sienta en la sala con una copa de brandy y mira las fotos en la repisa. Javier a los doce años. Javier graduándose de la universidad. Javier el día que tomó control de Grupo Rojas.
En ninguna de esas fotos está Anna.
Rosa Margarita toma otro sorbo de brandy y piensa en el testamento que acaba de firmar. Sesenta por ciento de un imperio construido durante cincuenta años ahora está en manos de la única persona en esta familia que realmente lo merece.
Anna no lo sabe todavía. No sabe que acaba de convertirse en la persona más poderosa de Grupo Rojas sin levantar un dedo. Anna tendrá el control absoluto de todo lo que Javier creía que era suyo. Y cuando lo sepa, cuando entienda lo que significa ese testamento, Rosa Margarita quiere estar viva para ver la expresión en el rostro de Javier cuando descubra que la mujer que ignoró durante diez años acaba de heredar el imperio que él creía que gobernaría para siempre.
Rosa Margarita sonríe. Esto va a ser interesante.
Vamos a ver como se destruyen Javier y Mariana 😅😅