Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Unidos por algo mas que la venganza
Punto de vista de Alix
El silencio que siguió a la partida de las patrullas fue más ensordecedor que las sirenas. Me quedé en la terraza, dejando que la lluvia fría empapara mi vestido de seda, lavando simbólicamente los restos de la confrontación. Mis manos, que minutos antes sostenían una copa con una firmeza de acero, ahora temblaban levemente. No era miedo. Era el peso de haber pronunciado mi nombre prohibido en voz alta.
Sentí el calor de Adrián antes de escucharlo. Se detuvo justo detrás de mi espalda, actuando como un escudo contra el viento frío de la noche. No intentó tocarme de inmediato; respetó ese espacio sagrado donde la víctima termina de morir para que la mujer pueda nacer.
—Se acabó, Alix —dijo su voz profunda, rompiendo el hechizo—. Él ya está en una celda. No volverá a tocarte.
Me giré lentamente. Mis ojos estaban rojos, no solo por el llanto, sino por el esfuerzo de sostener la máscara de frialdad durante tanto tiempo.
—Se lo dije, Adrián. Le susurré que el lago no me quiso. Vi su rostro... vi cómo se le escapaba la vida antes de que le pusieran las esposas.
—Lo vi también —asintió él, dando un paso más hacia mí—. Le diste el golpe de gracia. Pero ahora el precio de esa victoria te está cobrando factura. Entremos, estás empapada.
Entramos en la habitación. El caos del arresto había dejado huellas: cristales rotos, muebles movidos y ese olor metálico a pólvora y sudor que el aire acondicionado intentaba filtrar. Me dirigí al gran espejo del vestidor. Me quité los guantes negros, tirándolos al suelo como si fueran piel muerta.
Me miré. Las luces de la habitación eran despiadadas. Veía a Alix Thorne, la mujer de negocios impecable, la creación de los mejores cirujanos y mentores. Pero bajo esa superficie, los ojos que me devolvían la mirada seguían siendo los de Elena San Román.
—¿Quién soy ahora, Adrián? —pregunté, sin apartar la vista de mi reflejo—. Durante dos años fui un fantasma alimentado por el odio. Mi nombre era una clave, mi rostro una herramienta. Ahora que él sabe la verdad, la mentira ya no tiene sentido.
Adrián se acercó y, esta vez, puso sus manos sobre mis hombros. Su contacto era firme, real, anclado en el presente.
—Eres la mujer que sobrevivió a lo imposible. Eres Alix para el mundo que te respeta, y eres Elena para los que te amamos. No tienes que elegir una, Alix. Eres la suma de tus cicatrices y de tu renacimiento.
Me desabotoné el vestido con manos torpes. Adrián me ayudó con la cremallera trasera con una delicadeza que contrastaba con la violencia que acababa de presenciar. El vestido cayó al suelo, un jirón de seda mojada. Me quedé en ropa interior, vulnerable, mostrando la piel perfecta que ocultaba una historia de fuego y agua.
Caminé hacia el baño y abrí la llave del agua caliente. Necesitaba que el vapor llenara el espacio, que borrara el rastro de Julián de mi piel. Adrián entró conmigo, sentándose en el borde de la bañera mientras yo me sumergía.
—Sofía y Rosa están a salvo en la otra ala —comentó él, rompiendo el silencio—. Rosa no deja de preguntar por ti. Creo que sospecha que algo grande pasó allá arriba.
—Rosa siempre lo supo —susurré, cerrando los ojos mientras el agua me cubría—. El corazón de una nana no se engaña con bisturís. Mañana hablaré con ella. Mañana... seré Elena para ella por última vez, antes de cerrar ese capítulo para siempre.
Adrián tomó una esponja y empezó a pasarla por mis hombros con movimientos lentos y circulares. Era un acto de devoción, un ritual de limpieza.
—¿Y qué pasará con nosotros, Alix? —preguntó, y por primera vez detecté una pizca de incertidumbre en su voz—. Nuestra alianza se basaba en destruir a Ferrara. El objetivo está cumplido.
Abrí los ojos y lo miré. Adrián Valenzuela, el hombre de hierro que se había jugado su reputación y su vida por mi venganza, me observaba con una intensidad que me hizo olvidar el frío del lago.
—Nuestra alianza nació del odio, es cierto —dije, estirando una mano para acariciar su rostro—. Pero lo que siento cuando me abrazas no tiene nada que ver con Julián. Él fue el puente, pero tú eres el destino, Adrián. No quiero volver a ser la Elena que se sometía. Quiero ser la Alix que camina a tu lado, la que construye imperios, no la que los hereda.
Él sonrió, una sonrisa genuina que iluminó su rostro cansado. Se inclinó y me besó, un beso que sabía a alivio y a una promesa nueva. En ese momento, en medio del vapor y el silencio de la noche, comprendí que el renacer no consistía en recuperar mi vieja cara, sino en aceptar mi nueva fuerza.
—Mañana empezará el proceso legal para recuperar tus tierras —dijo él contra mis labios—. Pero esta noche, solo somos dos personas que sobrevivieron a la tormenta.
Salimos del baño y nos refugiamos en la cama, envueltos en sábanas limpias que olían a hogar. Me acurruqué en su pecho, escuchando el latido rítmico de su corazón. Por primera vez en setecientos días, no soñé con el agua oscura del lago. Soñé con el sol sobre las tierras San Román, con Rosa riendo en el jardín y con una vida donde mi nombre ya no era un secreto, sino un estandarte de victoria.
Alix Thorne se había quedado con el poder. Elena San Román se había quedado con la paz. Y yo, finalmente, me había quedado conmigo misma.