Lolo siempre ha creído que los mitos pertenecen a los libros… hasta que regresa al valle de su infancia y descubre que el bosque esconde secretos que nadie quiere nombrar.
Entre leyendas de kitsune, advertencias silenciosas y una familia que parece saber más de lo que dice, Lolo se adentra en un mundo donde lo sobrenatural no solo existe, sino que observa, espera… y recuerda.
Cuando conoce a un ser tan hermoso como peligroso, Lolo deberá decidir si está dispuesta a confiar en alguien que no pertenece al mundo humano. Porque amar a un zorro no es solo un riesgo para el corazón, sino una amenaza para todo lo que cree conocer.
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Capitulo 12: Medallón
El silencio sagrado que debería haber seguido a la desaparición del Oni duró exactamente tres segundos.
—¡Escúpelo ya, viejo decrépito! —rugió Evan, cuya paciencia se había evaporado junto con los espectros. Sus garras brillaron bajo la luz del sol matutino mientras acorralaba al abuelo Juanjo cerca de la mesa de té.
—¡Tranquilo, Evan! ¡Puedo explicarlo, lo juro! —gritó el abuelo, usándome hábilmente como escudo humano mientras se asomaba por encima de mi hombro.
—¿Ah, sí? Bueno… ¡pues empieza explicando por qué carajos ella puede usar a Takemikazuchi sin que se le achicharren las manos! —Evan sacó los colmillos, con los ojos dorados echando chispas. Parecía un loco desquiciado, un depredador que acababa de encontrar un rompecabezas que no podía resolver con fuerza bruta.
Lo que siguió fue digno de una comedia de enredos de mal gusto. Evan empezó a corretear al abuelo por toda la sala, saltando sobre los cojines y tirando los pocos adornos que quedaban en pie.
El abuelo, lejos de rendirse, empezó a lanzarle lo primero que encontraba a mano, primero fueron unos palillos, luego un cojín, y finalmente empezó a lanzarle comida sobrante del mercado. Evan, cada vez más indignado, esquivaba los proyectiles con piruetas en el aire mientras gruñía insultos en un dialecto antiguo que yo no quería ni traducir.
Yune, de vuelta a su forma de gatito, se limitaba a lamerse una pata sobre el sofá, observándolos correr de un lado a otro con una mirada de absoluta superioridad.
Mi paciencia, que ya venía colgando de un hilo después de enfrentarme a un Oni gigante, se cortó en seco cuando sentí algo frío y viscoso resbalar por mi frente.
Me quedé estática. Una taza de mostaza que el abuelo había lanzado —y que Evan había esquivado con elegancia— me había dado de lleno en la coronilla.
—¡¡¡IDIOTAAAAAS!!! —mi grito hizo que hasta las vigas del templo vibraran.
Me lancé sobre ellos antes de que pudieran reaccionar. Con una fuerza que sospecho venía directamente de mi "sangre de Diosa", tomé a Evan de una oreja y al abuelo de la otra.
—¡Ay, ay, ay! ¡Lolo, suelta, que soy tu abuelo! —chilló el viejo.
—¡Suéltame, humana, que soy un espíritu sagrado! —protestó Evan, aunque se dejó arrastrar hasta el sofá.
Los senté a ambos de un golpe seco sobre los cojines. Se miraron con odio puro, Evan le enseñó los colmillos al abuelo y este le sacó la lengua como un niño de cinco años. Cuando Evan hizo amago de lanzarse de nuevo, le solté un golpe seco en la parte posterior de la cabeza.
—¡Loraine! ¡¿Por qué me pegas a mí?! —gritó, sobándose la zona afectada con una mirada de traición absoluta.
—Eso es por ser un idiota y no tener control —dije, cruzándome de brazos mientras la mostaza seguía goteando por mi mejilla.
—¡Ja! ¡Toma eso, zorro inservible! —festejó el abuelo, dándose palmaditas en las rodillas.
—¡A quién le dices inservible, viejo decrépito! ¡Yo fui el que desintegró a la mitad del ejército mientras tú dibujabas circulitos!
—¡¡¡ABUELO!!! ¡COMPÓRTATE! —le grité directamente en la oreja. El pobre se tambaleó, mareado por el volumen de mi voz.
Me puse frente a ellos, tratando de ignorar el hecho de que olía a condimento de hamburguesa. Mi mirada pasó de uno a otro, seria y cargada de una autoridad que los hizo enmudecer de inmediato.
—¿Pueden dejar esta estúpida pelea para más tarde y centrarnos en lo importante? —les pregunté, fulminándolos con la mirada.
Evan bufó y se cruzó de brazos, mirando hacia la pared, pero asintió. El abuelo suspiró, se arregló las vendas de las manos y bajó la cabeza, adoptando por fin una actitud seria. El juego se había acabado.
—Abuelo —dije con voz más suave, pero firme— el Oni me llamó "Diosa". Y esa espada... esa espada se sintió como si fuera parte de mi brazo. Ya no más mentiras. ¿Quién era mi madre y qué es ese anillo que me diste?
—Bien, ese Oni vino por el Medallón de Izanagi… No sé cómo se enteró de que está en este templo, pero eso quiere decir que la noticia se está corriendo entre las sombras. Más espíritus malvados vendrán —dije, sintiendo un frío que no tenía nada que ver con el clima.
—Exacto —asintió Evan, recuperando su tono serio y analítico—. Y por lo que parece, tú no tienes ni la más remota idea de dónde está ese medallón.
Negué con la cabeza, sintiéndome frustrada. Siendo sincera, hasta hace unas horas el nombre "Izanagi" me sonaba a mitología polvorienta. Todo este mundo sobrenatural es nuevo para mí, un choque frontal contra mi realidad de estudiante.
Sé que con el tiempo tendré que acostumbrarme a las garras, los hechizos y las lunas negras... o eso espero.
—En realidad, sí tienes el medallón, Lolo —soltó el abuelo de repente.
Se acercó a mí con una solemnidad que me cortó la respiración y me tomó de la mano, elevándola entre nosotros. Sus dedos rozaron el aro de plata que yo siempre había considerado un regalo sentimental.
—Este anillo... es el medallón.
—¿Qué? —Evan soltó una carcajada seca, llena de escepticismo—. Viejo, ¿seguro que estás bien de la cabeza? Ese anillo es una baratija de plata. No emite ni una pizca de rastro espiritual. No puede ser el objeto más buscado del mundo celestial.
—Por supuesto que lo es, Evan. Solo que ha estado bajo un sello de ocultación que ni siquiera un Kyubi podría rastrear —replicó el abuelo con orgullo. Miró mis ojos fijos en él—. Lolo, dame el anillo.
Con el corazón latiéndome en la garganta, me quité la cadena y le entregué la joya. El abuelo la colocó en la palma de su mano tatuada. Cerró los ojos y un aura dorada empezó a emanar de sus pies, levantando un viento suave que agitó las cortinas de la sala. Empezó a trazar un círculo mágico complejo en el aire mientras entonaba unas palabras que sonaban antiguas, pesadas, como si cada sílaba tuviera masa propia,
—Gensō, Kami tabu a wa anata matawa jiyū ni narimasu...
El anillo reaccionó de inmediato. Empezó a vibrar y a aumentar de tamaño, desprendiendo chispas blancas. Vi, atónita, cómo la base del anillo se estiraba y se transformaba en una gruesa cadena de oro puro. El diamante central crujió hasta romperse en mil pedazos, revelando en su interior un disco dorado grabado con símbolos que parecían moverse por sí solos.
—Siempre estuvo conmigo... —susurré, estirando la mano hacia el objeto.
Me acerqué al medallón, atraída por un magnetismo que no pude resistir. En cuanto mis dedos rodearon el oro frío, no hubo calidez. Hubo una explosión.
Sentí una punzada eléctrica que me atravesó el cráneo, como si miles de recuerdos que no me pertenecían intentaran entrar por la fuerza en mi cerebro. El mundo a mi alrededor empezó a dar vueltas, la cara de preocupación de Evan y el grito del abuelo se distorsionaron hasta volverse ecos lejanos.
Mi cuerpo se sintió de repente demasiado pesado para mis piernas, y la oscuridad me reclamó antes de que pudiera tocar el suelo.
Me encanta la referencia ... o asi lo entendí 🤣🤣🤣
pero está muy interesante, es la primera vez que leo un libro de romance que tenga tanto folklore japonés 🤭