Hace veinte años, la Mansión Blackwood se convirtió en una pira funeraria. Tres niños entraron, pero solo uno fue visto salir con vida. Marta, la pragmática, construyó un imperio sobre las cenizas de su pasado, creyendo que el silencio era su mejor armadura. Pero el fuego no consume los recuerdos; solo los transforma en algo más volátil.
Ahora, las sombras han regresado para reclamar su lugar en el tablero.
Niclaus, el hermano que la historia dio por muerto, ha emergido de las tinieblas convertido en un arma de precisión quirúrgica, movido por una obsesión que roza la locura. Y en medio de su guerra privada se encuentra Elena, la pieza perdida, cuya mente fue fragmentada y reconstruida bajo una identidad falsa para ocultar el secreto más peligroso de la humanidad: la Iniciativa Quimera.
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Capítulo 2: El Peso de las Cenizas
La mañana siguiente a la gala, el sol entró por los ventanales de la mansión con una insolencia insoportable. Para ti, Elena, cada rayo de luz era una amenaza, un foco que exponía las grietas de tu máscara. Julián se había ido temprano a la oficina, dejándote sola con el eco de esa voz que juraste haber enterrado bajo toneladas de escombros y tiempo.
—No puede ser él —susurraste frente al espejo del baño, mientras te salpicabas la cara con agua helada—. Los muertos no regresan con trajes a medida y ojos de lobo.
Pero el soldadito de plomo no había sido una alucinación. El olor a cedro quemado todavía flotaba en la seda de tu vestido esmeralda, que ahora yacía en el suelo como la piel muerta de una serpiente.
I. La Búsqueda de un Fantasma
Tu primer impulso fue el miedo; el segundo, la necesidad de pruebas. Necesitabas confirmar que lo que viste en el balcón era un truco de tu mente culpable.
Te dirigiste al ático, donde guardabas una caja de seguridad que Julián nunca había visto. Dentro, entre documentos de tu "nueva identidad", conservabas un recorte de periódico amarillento de hace veinte años. El titular rezaba: "TRAGEDIA EN LA MANSIÓN BLACKWOOD: UN NIÑO DESAPARECIDO EN LAS LLAMAS".
Leíste las líneas que habías memorizado: "...aunque no se recuperó un cuerpo íntegro debido a la intensidad del fuego en el ala este, los peritos forenses confirmaron el hallazgo de restos óseos compatibles con un infante de diez años...".
—¿De quién eran esos huesos, Niclaus? —preguntaste al vacío.
Si él estaba vivo, ¿a quién habías enterrado en tu memoria? El suspenso se convirtió en una náusea física. Alguien había mentido. O el "Maestro" había preparado un escenario para que nadie buscara al niño, o Niclaus había encontrado una forma de morir y nacer de nuevo en el mismo infierno.
II. El Caballo de Troya
Mientras tú te hundías en el pasado, en el rascacielos de cristal donde Julián dirigía sus empresas, la trampa ya estaba en marcha.
Julián recibió a un nuevo consultor de inversiones. Un hombre que se presentó como Nicholas Vane. Su currículum era impecable, sus referencias internacionales inmejorables. Pero lo que realmente cautivó a tu esposo fue la frialdad magnética de aquel hombre.
—Su estrategia de mercado es... agresiva, Sr. Vane —dijo Julián, impresionado, mientras le servía un whisky.
—La supervivencia siempre es agresiva, Sr. Valmont —respondió Niclaus, observando el retrato de bodas que Julián tenía sobre su escritorio. En la foto, tú sonreías, ajena al hecho de que el hombre que estrechaba la mano de tu marido era el mismo que habías dejado morir—. Para ganar, hay que estar dispuesto a quemar todo lo que no sirve.
Julián rió, sin notar el doble sentido. Niclaus se acercó al retrato y pasó un dedo por el cristal, justo sobre tu rostro.
—Tiene una esposa hermosa. Se la ve... delicada. Como si nunca hubiera roto un plato en su vida.
—Elena es mi ángel —respondió Julián con orgullo—. Aunque últimamente está un poco nerviosa. Cosas del pasado, supongo. Perdió a su familia muy joven en un accidente.
—Ah, el pasado —Niclaus sonrió, y si Julián hubiera sido más observador, habría visto el brillo de la obsesión en sus pupilas—. El pasado es como un sótano mal cerrado. Siempre termina inundando la sala de estar.
III. La Infiltración del Dolor
Al regresar a casa esa tarde, Julián estaba eufórico.
—Elena, tienes que conocer a Vane. Es un genio. Lo he invitado a cenar mañana. Necesitamos su visión para la nueva expansión de la fundación.
El mundo se detuvo. Sentiste que el aire se volvía ceniza en tu garganta.
—¿Cenar? ¿Aquí? —tu voz tembló.
—Sí, ¿por qué no? Te vendrá bien conocer gente nueva, salir de ese estado de ánimo extraño en el que estás desde ayer.
Esa noche, no pudiste dormir. Te levantaste a medianoche para buscar un vaso de agua, pero al entrar en la cocina, te detuviste en seco. La puerta del jardín estaba abierta de par en par. El frío de la noche se colaba por la estancia, agitando las cortinas blancas como sudarios.
Te acercaste para cerrarla, pero en la encimera de granito, algo brillaba bajo la luz de la campana extractora.
No era un juguete. Era un frasco de farmacia antiguo, con una etiqueta escrita a mano con una caligrafía que conocías demasiado bien. Dentro del frasco, había un trozo de tela negra carbonizada. Un pedazo de la camisa que Niclaus llevaba la noche del incendio.
Y junto al frasco, una nota:
"Mañana cenaremos juntos, Elena. Espero que el menú incluya la verdad. Yo pongo el vino, tú pones los recuerdos. No le digas a Julián quién soy... todavía. Disfrutemos de su ignorancia antes de que se convierta en dolor."
Caíste de rodillas en el suelo frío. La obsesión de Niclaus no era solo un acoso, era un arte. Estaba entrando en tu hogar, en tu matrimonio, en tu mente. Estaba convirtiendo tu refugio en una jaula.
La venganza de Niclaus no buscaba tu muerte física. Buscaba que tú misma desearas el fuego que una vez te salvó, solo para escapar de su mirada.