Gael Eryx Valcázar lo tiene todo: poder, dinero y control absoluto sobre su mundo… hasta que ella aparece.
Naelith Corvane, una chica recién graduada con grandes sueños, entra a trabajar en la empresa equivocada… o tal vez en la correcta.
Lo que empieza como una simple oportunidad se convierte en un juego peligroso de secretos, ambición y emociones que ninguno puede controlar.
Porque en un mundo donde todo tiene un precio… enamorarse puede ser el error más caro.
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Capítulo 16: Lo que ya estaba decidido
La casa Valcázar no era simplemente una residencia.
Era una declaración.
Desde el momento en que Gael Eryx Valcázar cruzó las puertas principales, el peso de su apellido se hizo más evidente que nunca. No era un lugar cálido ni acogedor en el sentido tradicional; era imponente, estructurado, diseñado no para el descanso, sino para reflejar poder, historia y control. Cada espacio parecía construido con una intención clara: recordar a quienes habitaban en él quiénes eran… y qué se esperaba de ellos.
Esa noche, el ambiente no era diferente.
Pero sí más tenso.
Más… contenido.
Gael avanzó por los pasillos con pasos firmes, sin apresurarse, pero sin detenerse tampoco. No necesitaba que nadie le indicara dónde debía ir. Sabía perfectamente quién lo había llamado. Sabía perfectamente por qué.
Y aun así…
Había algo en su interior que no encajaba del todo con la calma que mostraba por fuera.
Cuando llegó al salón principal, la escena ya estaba preparada.
Kaelion Valcázar no se levantó al verlo entrar.
No lo necesitaba.
Su sola presencia era suficiente para dominar el espacio. Sentado con la espalda recta, la mirada fija y esa expresión que no dejaba lugar a interpretaciones, representaba todo lo que ese apellido significaba: autoridad, decisión y una falta absoluta de duda.
A su lado, en una posición ligeramente más relajada pero no menos imponente, se encontraba Lyrisse Valcázar, su abuela.
Lyrisse no necesitaba imponerse con rigidez.
Su poder era distinto.
Más sutil.
Más antiguo.
Había en su mirada una inteligencia afilada, una capacidad de observar que iba más allá de lo evidente, como si cada gesto, cada silencio, cada respiración fuera parte de una lectura que solo ella sabía interpretar.
Gael se detuvo frente a ellos.
No saludó de inmediato.
No hizo preguntas.
Porque entendía.
Ese no era un encuentro casual.
Era una decisión.
Y él había sido llamado para escucharla.
El silencio inicial no fue incómodo.
Fue… protocolar.
Hasta que Kaelion habló.
Su voz no era elevada.
No necesitaba serlo.
Era firme.
Directa.
Le dijo que había tardado.
No fue un reproche emocional.
Fue una observación.
Y eso…
Lo hacía peor.
Gael no respondió, no justificó su tiempo.
No era necesario.
Porque eso…
No era lo importante.
La conversación no tardó en avanzar.
No hubo rodeos.
No hubo preparación.
Kaelion fue directo al punto.
Había una alianza.
Una decisión.
Un acuerdo.
Y Gael…
Era parte de él.
El nombre no tardó en aparecer.
Aurelia Vexen.
Heredera.
No de una empresa, sino de un imperio.
El sector automotriz no era pequeño, ni limitado, ni secundario. La familia Vexen dominaba mercados enteros, tenía influencia en múltiples países, controlaba líneas de producción que no solo generaban riqueza, sino poder real dentro de estructuras económicas que pocos podían alcanzar.
Y ahora…
Ese imperio…
Se uniría al suyo.
A través de él.
El matrimonio no fue presentado como una opción.
Fue una realidad.
Algo que ya estaba decidido.
Algo que ya estaba en marcha.
Gael no reaccionó de inmediato.
No mostró sorpresa.
Pero tampoco aceptación.
Su silencio no era vacío.
Era cálculo.
Lyrisse fue quien intervino después.
Su voz, a diferencia de la de Kaelion, tenía una suavidad engañosa, una que no disminuía el peso de sus palabras, sino que las hacía más precisas.
Le habló de legado.
De continuidad.
De lo que significaba llevar ese apellido más allá de una sola generación.
No como una obligación.
Sino como un destino.
Y en cada palabra…
Había una certeza absoluta.
Para ellos…
Esto no era discutible.
Era inevitable.
Gael escuchó.
No interrumpió.
Pero algo en su postura cambió apenas.
No lo suficiente para ser evidente.
Pero sí lo suficiente.
Porque, por primera vez en mucho tiempo…
Algo no encajaba.
La imagen de Aurelia Vexen se construyó en su mente a partir de lo que decían. Inteligente. Preparada. Fría, probablemente. Acostumbrada a ese tipo de decisiones. Alguien que no cuestionaría el acuerdo porque entendía perfectamente su valor.
Era lógica.
Era conveniente.
Era perfecta…
En papel.
Y sin embargo…
Había algo más.
Algo que no pertenecía a esa sala.
Algo que no tenía lugar en esa conversación.
Pero que apareció igual.
Una imagen.
Un recuerdo.
Naelith.
Y no fue inmediato.
No fue consciente.
Pero fue suficiente.
Lo suficiente para crear una mínima fisura.
Una duda que no debía existir.
Y eso…
Lo cambió todo.
Kaelion continuó hablando, detallando fechas, encuentros futuros, formalidades que debían cumplirse antes de hacer el anuncio oficial. Todo estaba planeado, estructurado, definido con una precisión que no dejaba espacio para decisiones personales.
Porque no era personal.
Era negocio.
Era poder.
Era legado.
Y Gael…
Era la pieza clave.
El silencio volvió cuando la explicación terminó.
Esta vez…
—
No fue protocolar.
Fue expectante.
Porque ahora…
La decisión le correspondía a él.
—
O al menos… eso parecía.
Gael levantó la mirada ,los observó a ambos.
Y en ese momento…
Entendió algo con claridad.
No le estaban pidiendo su opinión.
Le estaban dando su rol.
Y aun así…
No respondió de inmediato.
Porque por primera vez…
No estaba completamente seguro.
Y esa duda…
Era lo único que no debía tener.
Después de un rato del silencio de Gael y de sus dudas internas, habló y por primera vez le dijo con vos firme a su padre que no pensaba casarse, que lo respetaba, pero esa decisión cambiaría su vida, él quería escoger a la persona con quien casarse no quería que le suceda lo que le sucedió a su padre...
Fue ese momento en el que Kaelion por primera vez, después de que su mujer lo abandonará sintió un dolor, el recuerdo de aquella noche, de cómo encontró la carta de su mujer y de que a pesar de que nunca la había buscado, pues ese matrimonio arreglado no era lo que ellos querían y eso era algo que el sabía perfectamente desde el momento en el que se casaron.