Liam la cambió por dinero; ahora tendrá que inclinar la cabeza ante ella si quiere conservarlo. La venganza perfecta ha comenzado.
NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 19
Faltaban apenas unas horas para que el calendario marcara el inicio del Año Nuevo, y la mansión Blackwood respiraba una agitación contenida, como una bestia de lujo preparándose para mostrar los colmillos. Me desperté con el sonido del viento golpeando los ventanales reforzados del piso superior. El invierno de Nueva York intentaba entrar, pero aquí dentro, el clima lo dictábamos nosotros.
Alexander no estaba en la cama, pero el rastro de su presencia era un perfume de sándalo y autoridad que impregnaba las sábanas de seda. Me quedé un momento inmóvil, mirando el techo artesonado. Mañana sería el clímax. Mañana, Liam recibiría su primera lección real de jerarquía frente a toda la estirpe. La anticipación corría por mis venas como un licor dulce y espeso.
Me levanté y caminé hacia el vestidor de mármol. Al pasar frente al espejo de cuerpo entero, me detuve. La mujer que me devolvía la mirada tenía los hombros rectos y la barbilla alta; no quedaba rastro de la chica que contaba monedas para pagar un café mientras Liam le prometía un futuro que nunca tuvo intención de darle.
Sentí el clic de la puerta principal de la suite. Alexander entró, ya vestido con un pantalón de sastre oscuro y una camisa blanca abierta en el cuello. Se detuvo en el umbral, observándome con esa intensidad que siempre me hacía sentir como si estuviera bajo un foco.
—Mañana es el gran día, Luna —dijo, su voz resonando en las paredes de mármol con una vibración que me hizo estremecer—. Los sobres rojos ya están listos. El nombre de Liam está escrito en el que tú entregarás.
Caminé hacia él, mis pies descalzos hundiéndose en la alfombra de lana virgen. Al llegar a su lado, puse mis manos sobre sus hombros, sintiendo la solidez de sus músculos bajo la tela fina.
—¿Estás seguro de que esto es lo que quieres, Alexander? —pregunté, aunque conocía la respuesta—. Exponer la jerarquía de esta manera... no hay vuelta atrás.
Él me tomó de la cintura, atrayéndome hacia su cuerpo con una firmeza que me robó el aliento. Sus dedos se hundieron en mi piel, marcando su territorio.
—En esta familia, la lealtad se premia y la estupidez se castiga —susurró contra mi oído, su aliento cálido provocándome un escalofrío—. Liam fue estúpido al dejarte ir, pero fue aún más estúpido al creer que podía seguir siendo el centro del mundo sin pagar el peaje. Mañana, tú le cobrarás ese peaje.
Alexander se inclinó, su boca buscando la curva de mi cuello. No era un gesto de ternura, era un reclamo. Sus labios eran exigentes, una promesa de que antes de la batalla de mañana, debíamos sellar nuestra propia alianza en la oscuridad. Me deshice de la bata de seda, dejándola caer al suelo como una piel vieja. El contacto de su pecho caliente contra mi piel fría fue un choque eléctrico. En la penumbra de la habitación, la sensualidad se convirtió en nuestro lenguaje secreto de guerra; cada caricia era una reafirmación de que yo ya no era una sombra en su vida, sino la dueña del imperio que él había construido.
Sus manos recorrieron mi espalda, bajando por la línea de mi columna con una lentitud tortuosa que me hizo arquearme hacia él. No había palabras en ese momento, solo el ritmo de nuestra respiración y la certeza de que, frente a todos, mañana seríamos invencibles porque hoy nos pertenecíamos por completo.
A mediodía, el salón principal era un hervidero de sirvientes colocando orquídeas blancas y preparando las bandejas de plata. Bajé las escaleras con un vestido de punto color humo que se ajustaba a mis curvas con una discreción insultante. Liam estaba en el bar, sirviéndose un trago. Al verme, sus ojos se entrecerraron.
—¿Te diviertes con los preparativos, tía? —escupió la palabra como si fuera veneno—. Elena dice que has rechazado el envío de las flores que ella eligió para el centro de mesa.
—He elegido flores que representen a la familia Blackwood, no los caprichos de una invitada que todavía no ha firmado el acta de matrimonio —respondí, caminando hacia él con una parsimonia que lo sacaba de quicio.
Me detuve a un metro de él. Podía ver el ligero temblor en su mano. La arrogancia de Liam se estaba resquebrajando; el Bloque 2 de mi plan estaba surtiendo efecto. Ya no me miraba con desprecio, sino con una mezcla de miedo y una nostalgia sucia que me daba asco.
—Mañana por la noche —continué, bajando la voz—, habrá una ceremonia tradicional de Año Nuevo. Alexander quiere que todos estemos presentes. Es una cuestión de respeto y jerarquía. Espero que sepas comportarte.
Liam soltó una carcajada amarga.
—¿Respeto? ¿De qué respeto hablas, Luna? Hace un año estabas rogándome que no te dejara en aquel apartamento húmedo. Ahora me hablas desde un pedestal de mármol que te ha regalado mi tío. No eres una Blackwood, eres un trofeo que él usa para recordarme mi error.
—Si fuera solo un trofeo, Liam, no tendría las llaves de tu herencia —me acerqué un paso más, invadiendo su espacio, permitiendo que el aroma de mi perfume —un jazmín oscuro y prohibitivo— lo asfixiara—. Alexander me ha dado algo que tú nunca entenderás: autonomía. Mañana entenderás que el pedestal no me lo regaló él, lo construí yo misma sobre las cenizas de lo que tú tiraste.
Liam intentó rodearme la muñeca con la mano, un último intento de dominación física, pero antes de que pudiera cerrarla, Alexander apareció en el balcón superior, observándonos en silencio. Liam retiró la mano como si se hubiera quemado.
—Vete a descansar, Liam —sentencié—. Mañana vas a necesitar todas tus fuerzas para mantener la compostura.
La noche previa al gran cambio de tablero fue larga. Alexander y yo cenamos en silencio, compartiendo una botella de vino tinto que parecía sangre en las copas de cristal. No necesitábamos hablar sobre la estrategia; ambos sabíamos que el golpe final de este bloque sería psicológico.
Regresamos a la suite cuando la mansión ya estaba sumida en el sueño de los demás. Alexander me ayudó a desabrochar el cierre de mi vestido, sus dedos rozando mi piel con una delicadeza que contrastaba con la frialdad del día. Me giré para encararlo, mis manos buscando los botones de su camisa.
—¿Crees que se romperá mañana? —pregunté, mi voz apenas un susurro.
—Se romperá —afirmó Alexander, su mirada fija en la mía—. Y cuando lo haga, estarás allí para ver cómo las piezas caen a tus pies. Pero ahora... ahora olvídate de él.
Él me levantó, sentándome en el borde de la mesa de despacho de caoba, apartando los documentos de la familia. El contraste del frío de la madera contra mis muslos y el calor abrasador de sus manos fue el detonante. Alexander me reclamó con una intensidad que borró cualquier rastro de Liam de mi mente. En la oscuridad de la biblioteca privada, rodeados de siglos de historia familiar, nos perdimos en una sensualidad cruda y absoluta. Sus manos marcaron mi piel con una urgencia que me recordaba que, aunque ante el mundo yo fuera la Matriarca de hielo, para él era fuego puro.
Cada movimiento suyo era una reafirmación de nuestro pacto. No era solo sexo; era la comunión de dos arquitectos del caos preparándose para reconstruir el mundo a su imagen. Mientras me hundía en su abrazo, sentí que la chica del orfanato finalmente descansaba en paz. Mañana, Liam Vanderbilt conocería a la mujer que él mismo había ayudado a crear, y no habría sobre rojo en el mundo capaz de cubrir la vergüenza de su derrota.
el sonido del reloj marcando la medianoche. El Año Nuevo estaba a las puertas, y con él, la caída definitiva de la máscara de Liam. Me quedé dormida en el pecho de Alexander, escuchando su corazón, lista para entregar el regalo más amargo de la noche.