Siete años después de graduarse de la Clase 3-E, Nagisa Shiota ha construido una vida estable como profesor, ocultando tras su calma el dolor del abandono de Karma Akabane. Karma, ahora un exitoso burócrata, regresa a la vida de Nagisa dándose cuenta de que el poder y el dinero no llenan el vacío de haber huido por miedo a sus propios sentimientos y al trauma del pasado.
Lo que comienza como un asedio de persistencia por parte de Karma choca con el muro de frialdad de un Nagisa que ya no está dispuesto a ser el pilar de nadie más. En un reencuentro cargado de reclamos honestos y cicatrices abiertas, ambos deberán decidir si son capaces de perdonar las ausencias del pasado para permitirse, finalmente, un futuro juntos.
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11_Confesión, Tormenta y Un Golpe
Nagisa asintió lentamente. El camino sería largo, sembrado de minas emocionales, pero por primera vez en mucho tiempo, ambos sentían que estaban, juntos, en el punto de partida de algo.
Nagisa se dirigió a la sala, dejando que Karma lo siguiera. No lo invitó a sentarse a su lado en el sofá, sino que se sentó en la silla individual, indicando con un gesto que Karma tomara el otro extremo del sofá. La distancia física, aunque menor que un océano, seguía siendo una declaración.
Karma se sentó, su corazón aún acelerado. Sabía que Nagisa no quería solo palabras, sino una confesión. Una verdad sin filtros.
—Empieza por el final —dijo Nagisa, su voz más suave, casi con un matiz de cansancio resignado—. Por ese día. El día en que... Koro-sensei...
Karma cerró los ojos un instante, invocando el recuerdo, el dolor que aún quemaba con la intensidad de una herida abierta.
—Ese día... El día en que lo hicimos —comenzó Karma, su voz grave y cargada—. Cuando su cuerpo se desvaneció, cuando su último aliento se fue... algo dentro de mí también murió. No fue solo la pena por Koro-sensei, que era abrumadora. Fue... el peso de nuestras manos, el cumplimiento de una misión que nos había cambiado para siempre. Tú, Nagisa, pudiste encontrar el significado en ello, la paz en su memoria. Yo... yo solo vi la oscuridad. La sangre en mis manos, la brutalidad de lo que habíamos hecho, a pesar de que fuera necesario, a pesar de que fuera lo que él quería.
La respiración de Karma se volvió irregular.
—Me perdí, Nagisa. Me vi a mí mismo, un asesino, sin brújula, sin el faro que había sido Koro-sensei y sin la ancla que habías sido tú para mí en esa misión. Recuerdo la noche después, estaba en mi apartamento, vacío, más vacío que nunca. Había un cuchillo en la mesa de la cocina. Lo miré. Pensé... en acabar con todo. Con el dolor, con la culpa, con la confusión. Creí que sería la única forma de encontrar esa paz que tú parecías tener.
Nagisa, que había mantenido una postura rígida, se estremeció visiblemente, sus ojos azules se abrieron con una mezcla de horror y sorpresa.
—Pero entonces... —Karma continuó, su voz apenas un susurro—, escuché las voces. La de Koro-sensei, diciéndonos que nuestras vidas eran importantes, que teníamos un futuro brillante. Y la tuya, Nagisa. La tuya, recordándome la promesa de que, no importara qué, siempre estaríamos allí el uno para el otro. Me vi a mí mismo huyendo, sí, pero huyendo de la única persona que realmente importaba. Y de alguna manera, esa contradicción, ese eco de tu fuerza, me detuvo. Me convenció de que, si no podía vivir para mí, al menos debía intentarlo por Koro-sensei... y por ti.
Karma hizo una pausa, permitiendo que la crudeza de su confesión se asentara. Nagisa no dijo nada, pero sus hombros se habían relajado un milímetro, sus manos ya no estaban tan apretadas.
—Después de eso, huir fue mi única respuesta —prosiguió Karma—. Me lancé a la universidad con una ferocidad casi autodestructiva. Quería ser el mejor, el más fuerte, el que no fallaría. Pero no fue fácil. Mis viejos hábitos, mi temperamento... me metí en problemas. No me importaba la gente, solo los resultados. Hubo confrontaciones, expulsiones casi seguidas, pero de alguna manera siempre encontraba la forma de salir adelante, de manipular la situación a mi favor. Mis conexiones de la Clase 3-E, las que pensé que nunca usaría en "la vida real", resultaron ser sorprendentemente útiles.
Una sombra de su antigua picardía cruzó el rostro de Karma, pero se desvaneció rápidamente.
—Y luego estaba el otro lado. Mi habilidad... o nuestra habilidad como asesinos. No pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que el mundo corporativo, el mundo de la política, es un campo de batalla tan sangriento como el de la Clase 3-E. La gente quería verme caer, Karma Akabane, el chico prodigio sin escrúpulos. Hubo "accidentes", "amenazas veladas", incluso un intento descarado de sabotear mi coche. Los viejos instintos asesinos regresaron. No para matar, sino para protegerme. Aprendí a defenderme en ese nuevo juego, a anticipar los golpes, a devolverlos con una precisión letal.
Nagisa escuchaba con una expresión compleja, una mezcla de horror por lo que Karma había pasado y una comprensión sombría de que, a su manera, Karma también había estado luchando por sobrevivir.
—Pero lo más difícil de todo, Nagisa —continuó Karma, su voz volviéndose más suave, casi íntima de nuevo—, fue la noche. Cada noche. En mis sueños, no había escape. Siempre estabas tú. A veces, te encontraba en nuestra antigua aula, riéndonos como si nada hubiera pasado. Otras veces, estábamos en medio de una misión, tu cabello azul bailando mientras te movías con tu cuchillo. Pero la mayoría de las veces, te buscaba. Te buscaba en cada rincón, en cada rostro de la multitud, y nunca te encontraba. Despertaba en un sudor frío, la soledad era un puñetazo en el estómago. Me sentía incompleto, vacío.
Los ojos de Karma se fijaron en Nagisa, una súplica desnuda.
—Era un tormento. Te añoraba tanto que me dolía físicamente. Mi mente, mi corazón, mi alma... todo te buscaba. Y cada vez que despertaba de esos sueños, me enfrentaba a la cruel realidad de mi cobardía. De que por orgullo, por miedo, por una equivocada idea de protegerte, había roto la promesa. Y cada día la agonía de no buscarte, de no atreverme a levantar el teléfono, a tocar tu puerta, era mi propio infierno personal. Hasta que ya no pude soportarlo más. Hasta que la idea de pasar un día más sin ti era más aterradora que la idea de enfrentarte a tu odio, a tu rechazo.
El silencio volvió a caer. Esta vez, era un silencio de revelación, de verdades difíciles que se habían mantenido ocultas durante demasiado tiempo. Nagisa estaba pálido, absorbiendo cada palabra. La imagen de Karma al borde del suicidio, las batallas que había librado, la constante presencia de Nagisa en sus sueños... era mucho.
La confesión final de que había sido la promesa y el recuerdo de Nagisa lo que lo había detenido, golpeó a Nagisa con la fuerza de un rayo.
Los ojos azules de Nagisa, que hasta hacía poco habían brillado con una mezcla de enojo y curiosidad, ahora se llenaron de lágrimas. No eran lágrimas de tristeza por Karma, al menos no directamente. Eran lágrimas de rabia, de frustración, de un miedo helado que le recorría la espina dorsal.
—¡Hubieses sido un idiota! —la voz de Nagisa estalló, aguda y cargada de una ira feroz que sorprendió a Karma, y que rara vez había escuchado de él. Se levantó de su silla de un salto, el café olvidado. Sus manos temblaban, no de frío, sino de pura emoción.
Karma lo miró, sus propios ojos, aún rojos y vidriosos por las lágrimas contenidas, se fijaron en la furia de Nagisa. El ardor en sus ojos no era solo por las lágrimas, sino por la cruda emoción que se desataba frente a él.
—¿Cómo pudiste siquiera pensar eso, Karma? ¿Cómo pudiste ser tan... tan egoísta? —Nagisa apenas podía respirar, el dolor y la indignación ahogando sus palabras. Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas, dibujando senderos brillantes—. ¡Si hubieras hecho algo así, Karma! ¿Qué hubiese sido de mí? ¿Qué se supone que haría yo entonces? ¿Enterrar a otra persona a la que amo? ¡No lo habría soportado! ¡No lo habría soportado!
La última frase de Nagisa fue un grito ahogado, un lamento que brotaba de lo más profundo de su ser. El rostro de Karma se contrajo. La furia de Nagisa era una verdad que no había considerado, una faceta del dolor que su cobardía había infligido. Nunca se le ocurrió pensar en el impacto de su posible muerte en Nagisa. Había estado tan absorto en su propio infierno.
Nagisa se pasó una mano temblorosa por el cabello, jalando las hebras azules con fuerza. Las rodillas le flaqueaban. La habitación, de repente, se sentía pequeña, sofocante. La intensidad de la confesión de Karma, la revelación de la profundidad de su sufrimiento y la cercanía que eso implicaba, era demasiado.
El saber que él mismo había sido, sin saberlo, la delgada cuerda que había evitado que Karma cayera al abismo, era un peso inmenso. La idea de que su propio dolor no había sido el único, que Karma también había luchado batallas tan oscuras... Era abrumador.
Pero en lugar de huir, algo se quebró dentro de Nagisa. La rabia, el miedo, el dolor acumulado por siete años, todo se condensó en un solo punto. Con un movimiento repentino e inesperado, Nagisa se acercó a Karma, que seguía sentado en el sofá, y sin previo aviso, lanzó un puñetazo directo a su rostro.
El impacto resonó en la habitación. Karma ladeó la cabeza bruscamente, sintiendo el ardor de la piel rompiéndose en su mejilla. Un hilo de sangre comenzó a brotar de la comisura de sus labios, pero no se movió. No se defendió. No respondió. Sus ojos dorados, ahora fijos en Nagisa, estaban llenos de una mezcla de impacto, sí, pero también de una extraña aceptación, casi gratitud.
Para Karma, ese golpe, ese puño furioso de Nagisa, fue una respuesta que no esperaba, pero que de alguna manera entendía. No era un simple acto de violencia, sino la manifestación física del dolor que Nagisa había sentido, el pánico de pensar en su pérdida.
Era Nagisa diciendo, de la forma más cruda y honesta posible: "Me dolió, Karma. Me dolió hasta lo más profundo pensar que podrías haberme dejado de esa manera."
Nagisa, con el puño todavía contraído y el pecho agitado, miró la sangre en el rostro de Karma. Sus propias lágrimas se mezclaban con el sudor frío. La furia de la acción lo drenó, dejando un vacío helado.
—No... no puedo con esto —murmuró Nagisa, retrocediendo un paso, luego otro. Su mirada, llena de lágrimas, se encontró brevemente con la de Karma, que ahora tenía el rostro marcado. La cruda verdad de la conexión entre ellos, la certeza de que no había sido el único en sufrir, lo arrolló por completo. Era demasiado. Necesitaba aire, espacio. Necesitaba huir, aunque solo fuera por un momento, de la aplastante realidad que acababa de derramarse entre ellos.
Se dirigió hacia la puerta del apartamento, cojeando ligeramente.
—Quédate aquí —dijo, su voz entrecortada—. Quédate en el sofá. Necesito... necesito salir. Necesito... pensar.
Y sin esperar una respuesta, sin una mirada atrás, Nagisa abrió la puerta y salió del apartamento, cerrando tras de sí con un suave clic que sonó como un portazo en el silencio que dejaba. Karma se quedó solo, sentado en el sofá, inmóvil. Se llevó un dedo a la comisura del labio, sintiendo la humedad tibia de la sangre.
La imagen de Nagisa, con el rostro descompuesto por las lágrimas y la furia, se grabó a fuego en su mente. La taza de café permanecía sobre la mesa, un vapor tenue aún ascendía de ella, un fantasma de la conversación que acababa de terminar, y que lo había dejado completamente solo en el epicentro de la tormenta que había desatado.