PARA ELLA LA VIDA LA HA CONDENADO A UN HOMBRE QUE LA DESTRUYE. PERO ESA MISMA VIDA LE DA UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA CAMBIAR SU DESTINO...
LO QUE ELLA NO SABE ES QUE EL DESTINO YA ESTABA ESCRITO...
¿Crees que si regreso al pasado cambio mi destino?
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## Todo comienza de nuevo...
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### Capítulo 2: Volver al pasado no cambiará lo que siento por ti. Te odio.
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Abrí los ojos lentamente, sintiendo las pestañas pesadas y pegadas por la sal. Me pasé temblando la mano por el rostro; las mejillas seguían húmedas por el rastro de las lágrimas que creía haber derramado en la otra realidad.
Me incorporé de golpe en la cama, mirando aturdida a mi alrededor. Aquella no era la lúgubre habitación de paredes frías donde pasé el cautiverio. Era el cuarto principal de la casa de Diego, un sitio que mi memoria juraba no haber pisado jamás... a menos que hiciera memoria de aquella única vez, el maldito día en que todo empezó, cuando Max y Sofía, mi propia hermana, me habían arrastrado hasta allí justo después de la fiesta de graduación.
Me puse de pie con las piernas temblando, tambaleándome por un persistente y denso mareo. Aquella sustancia que Diego me había hecho beber en el último segundo me tenía el estómago revuelto y la cabeza dando vueltas. *Imbécil... me hizo creer que íbamos a morir juntos*, pensé, sintiendo que la bilis me subía a la garganta. Lo odio. Con toda el alma, lo odio.
Caminé arrastrando los pies hasta el baño, me abrí paso a tientas y me eché agua fría en la cara para despabilarme. Al levantar la vista y buscar mi reflejo en el espejo del lavabo, el grito se me quedó atrapado en el fondo del esternón.
Retrocedí dos pasos tropezando con la alfombrilla, incapaz de apartar los ojos de esa cristalina superficie.
La piel de mi rostro era tersa, luminosa, completamente desprovista de las líneas de expresión que los años de sufrimiento habían grabado a fuego en mi piel. Ya no reflejaba a la mujer madura de treinta y seis años que cargaba el peso de un infierno; me devolvía la imagen exacta de la chica de veinte que yo solía ser en mis años universitarios.
Salí del baño con el corazón desbocado, trastabillando, convencida de que todo aquello debía ser una pesadilla febril.
Apenas alcancé a dar un paso hacia el dormitorio, la puerta cedió por sí sola. En el umbral apareció Max, tan joven, tan radiante, con una sonrisa deslumbrante dibujada en los labios que en otro tiempo me habría hecho suspirar.
—¿Cómo te sientes, pequeña? —preguntó, cruzando el marco con pasos ligeros y una familiaridad que ahora me revolvía las tripas.
Me quedé congelada, clavando mis ojos en su rostro. Mis pupilas se dilataron al buscar instintivamente la ceja izquierda: allí estaba la cicatriz, limpia y reciente, la misma que Diego le había marcado el día que... el día que mi mente y mi cuerpo recordaban con terror. Lo miré con los ojos bien abiertos, escrutándolo de arriba abajo para cerciorarme de que no estaba perdiendo la cabeza.
*Definitivamente, esto tiene que ser un sueño.*
—¿Sigues mareada? Diego te trajo cargando hasta aquí; te quedaste profundamente dormida en el sofá de la sala. Al parecer no tienes ninguna resistencia al alcohol, con una sola copa caíste rendida —dijo con una risita ligera, ofreciéndome un vaso de agua fresca que llevaba en la mano.
—¿Max...? —logré articular, con un hilo de voz tembloroso y teñido de pánico puro.
Él giró el torso para mirarme, extrañado por el tono metálico de mi garganta.
—¿Sí? Oye, si te sigue doliendo la cabeza, puedes descansar un rato más. Diego dijo que no había problema en que nos quedáramos en su casa esta noche —añadió, extendiendo el vaso hacia mí con genuina preocupación.
Acepté el recipiente con dedos torpes y me lo tomé de golpe, desesperada por aplacar el fuego seco que sentía en la boca del estómago. Intenté aferrarme a la lógica, a la fría razón. Era imposible que estuviera soñando; mi piel recordaba el sabor del veneno, el calor de la sangre de Diego, el peso de la muerte. ¿Cómo demonios era posible que ahora estuviera frente a Max, diez años más joven, en este maldito bucle temporal?
—¿En qué año... en qué año estamos? —pregunté de repente, dejándome caer pesadamente al borde de la cama, incapaz de ocultar el temblor en mis manos.
Max me miró con el ceño fruncido, ladeando la cabeza como si me hubiera visto salir de un manicomio.
—¿Estás bien? Vaya resaca te cargas, parece que sigues ebria perdida. Hoy es tu cumpleaños número veinticuatro, ¿cómo diablos no vas a saber en qué año vivimos? Además, ¡es nuestra última fiesta universitaria, despierta! —bromeó, sentándose a mi lado y palmendome el hombro con confianza.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones de golpe. ¿Había regresado en el tiempo? ¿Doce años atrás?
Max estiró la mano y me palpó la frente con la palma tibia.
—No tienes fiebre... Si quieres, le aviso a los chicos y nos vamos adelantando a casa, si te sigue dando vueltas la cabeza...
—¿Diego... Diego está abajo? —interrumpí de inmediato, con una urgencia febril taladrándome las sienes, al recordar de golpe su última advertencia.
*“No me mires, no me hables, no me enamores.”*
Un escalofrío helado, punzante como agujas de hielo, recorrió toda mi columna vertebral. Volví a mirar la puerta del dormitorio, sintiendo un terror visceral que no supe ubicar.
¿Miedo? ¿Realmente era miedo lo que sentía hacia él?
Max asintió despacio, observando cada uno de mis movimientos con una creciente y silenciosa incomodidad ante mi repentina inestabilidad.
Puse los pies en el suelo con decisión, impulsada por una fuerza extraña. Necesitaba verlo con mis propios ojos. Tenía que comprobar si esta crueldad del destino era real o si mi mente destrozada me estaba jugando la peor de las partidas.
Me levanté de un salto y salí a toda prisa de la habitación, cruzando el pasillo en dirección a las escaleras. En un mal cálculo, mis piernas flaquearon y por poco me voy de bruces contra los escalones, de no ser porque Max me alcanzó al vuelo, rodeándome la cintura con fuerza para sostenerme en sus brazos.
Mi pulso se disparó a niveles peligrosos. El pánico me invadió al instante: *Diego nos va a ver. Si Diego nos ve juntos, se enojará.*
Con una repulsión instintiva que pilló a Max completamente por sorpresa, me aparté de su agarre de un manotazo brusco, sacudiéndome la ropa como si me quemara. Él abrió los ojos de par en par, perplejo ante mi violenta reacción.
En ese exacto instante, unas risas ahogadas flotaron desde la planta baja, filtrándose hasta el recibidor. La voz de Sofía, dulce y ligera, se mezcló con el tono grave y pausado de Diego.
Un pinchazo agudo, cargado de un rencor acumulado durante cuatro infiernos, me atravesó el pecho. Mis ojos se llenaron de lágrimas calientes en cuestión de segundos.
Avancé con paso firme hacia la puerta entreabierta de la sala, los nudillos blancos de tanto apretar los puños.
Empujé la madera lentamente. Mis pupilas buscaron de inmediato a Sofía, que estaba de pie junto al sofá con una sonrisa radiante en los labios. Pero en cuanto me vio aparecer en el marco, con el rostro pálido y los ojos anegados, la risa se le cortó en seco en la garganta.
—¡Eliza! —exclamó ella, dando un paso al frente con genuina extrañeza—. ¿Ya te sientes mejor? Te ves... pálida.
Mis ojos, sin embargo, se negaron a detenerse en ella. Se deslizaron pesadamente hacia la figura del chico que estaba de espaldas a la entrada.
Lentamente, Diego giró el cuello para ver de quién hablaban, y en el segundo en que sus facciones comenzaron a voltearse hacia mí, aparté la mirada con fiereza, sintiendo un nudo en la boca del estómago.
*“No me mires...”*
Las palabras de su otro "yo" resonaron en mi cabeza como un eco maldito.
—Sí, parece que la copa le cayó pesada, sigue algo aturdida y no se ve nada bien —intervino Max a mi espalda, volviendo a posar una mano familiar y posesiva sobre mis hombros.
El terror me sacudió de nuevo. Levanté la vista, muy a mi pesar, y cometí el error de cruzar la mirada con Diego.