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Un Grano De Café Para El Lobo Ruso

Un Grano De Café Para El Lobo Ruso

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Malentendidos / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:4.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

### Un grano de café para el lobo ruso

Una noche de traición los unió por error: ella, huyendo de una trampa; él, un temido mafioso ruso envenenado por sus enemigos. Al amanecer, ella desapareció dejando atrás una pequeña cadenita con un grano de café.

Lejos de Rusia, comenzó una nueva vida en Estados Unidos, sin imaginar que aquella noche cambiaría su destino para siempre. Mientras ella guarda un secreto capaz de alterar dos mundos, el lobo ruso mueve cielo y tierra para encontrar a la única mujer que logró escapar de sus garras.

Pero cuando sus caminos vuelvan a cruzarse, ¿será el amor más fuerte que la traición o terminarán destruyéndose mutuamente?

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Capítulo 14: El cerco de ceniza

—Si sabes que es una distracción para vaciar este edificio, ¿por qué demonios vas a cruzar esa puerta?

La voz de Maira cortó el chasquido del metal cuando Alekséi terminó de armar el percutor. Se plantó entre él y la salida del salón, con el pecho agitado bajo la camisa de lino y los ojos oscuros llameando en una mezcla feroz de pánico por su taller y desprecio por la temeridad del ruso:

—No juegues al héroe con la vida de mi hijo en juego, Alekséi. Si sales, dejas el búnker expuesto.

Alekséi se detuvo a un paso de ella. Tenía la mirada encendida en una frialdad homicida, pero cuando sus ojos grises se posaron en el rostro de Maira, la rigidez de su mandíbula cedió apenas un milímetro. Deslizó la pistola con silenciador dentro de la sobaquera y apoyó una mano grande sobre el marco de la puerta, cerniéndose sobre ella sin tocarla:

—Viktoria cree que pienso como un mafioso tradicional, Maira. Cree que el orgullo herido me va a hacer correr en coche hacia Brooklyn a apagar fuegos. No voy a Water Street. Mis camiones cisterna y dos escuadrones tácticos ya tenían cercada la manzana desde hace tres horas. A estas alturas, los que prendieron fuego a tu tejado están siendo desarmados en el asfalto.

Maira contuvo el aliento, procesando la frialdad milimétrica de su estrategia:

—¿Entonces a dónde vas?

—Viktoria está a menos de seiscientos metros de este ático —respondió él en un susurro gutural, señalando con la barbilla hacia las luces del distrito financiero que parpadeaban a través de la llovizna—. Alquiló el piso veintidós de la torre de telecomunicaciones frente al parque para monitorear el ataque con ópticas de largo alcance. Espera verme salir en convoy para ordenar a una segunda célula que suba por los conductos de servicio del hotel.

Alekséi bajó la vista hacia la pequeña esfera de resina que descansaba sobre el escote de Maira:

—No voy a dejar que esa mujer respire el mismo aire que ustedes una sola hora más. Voy a subir a la azotea, cruzaré por el paso técnico entre los dos edificios y le cortaré la cabeza a la víbora antes de que entienda por qué la presa no mordió el anzuelo.

De pronto, un zumbido agudo y seco recorrió las paredes de mármol.

Las luces halógenas del salón parpadearon una vez, dos veces, y se apagaron de golpe, sumiendo el ático en una penumbra azulada y densa antes de que los generadores de emergencia de gas inerte se encendieran con un murmullo sordo en el subsuelo.

En la consola del vestíbulo, tres pantallas tácticas se tiñeron de rojo escarlata.

—¡Pakhan! —la voz de Dmitri estalló por el comunicador de radio con estática lacerante—. ¡Cortaron los cables maestros de la subestación de la calle cincuenta y cuatro! No esperaron a que salieras... ¡Están subiendo por el pozo del elevador de carga! ¡Repito, están en la planta cuarenta y dos!

El aire del ático se congeló en un segundo.

Viktoria no estaba esperando a que Alekséi saliera: había asumido que el ataque en Brooklyn desataría el caos suficiente para asaltar la fortaleza directamente.

Alekséi no dudó. Con un movimiento instantáneo y fluido, atrapó a Maira por la cintura, levantándola casi en vilo para apartarla de la línea directa del vestíbulo y empujándola con firmeza hacia el pasillo este:

—¡Al dormitorio blindado! —bramó él, y su voz sonó con la autoridad de un cañón de guerra—. ¡Cierra el cerrojo de titanio por dentro y no abras por nada en este mundo hasta que escuches mi voz!

—¡Alekséi! —gritó ella, resistiéndose al empuje, clavando las uñas en el brazo del ruso—. ¡Traen fusiles automáticos!

—¡Métete con el niño, Maira! —rugió Alekséi, desprendiéndose de ella mientras desenfundaba su arma secundaria—. ¡Este es mi territorio!

El estruendo de una carga explosiva hueca reventó las compuertas del ascensor de carga al final del pasillo.

Una onda expansiva sacudió el suelo de madera, acompañada por el tintineo de fragmentos de metal volando contra las paredes y el siseo del humo químico inundando el vestíbulo. A través de la niebla gris, tres siluetas vestidas de negro táctico con cascos balísticos y rifles de asalto cortos irrumpieron disparando ráfagas cortas hacia la consola de mando.

Maira corrió hacia la habitación este.

Al abrir la puerta, encontró a Camila arrinconada contra el armario, pálida como un cadáver, protegiendo a León contra su pecho. Pero el niño no estaba llorando. Al ver a su madre entrar en la penumbra, León se soltó del abrazo de Camila, dando dos pasos al frente con una pequeña navaja de precisión para cortar hilos que había tomado del costurero de viaje de Maira.

—Mamá —dijo León, con la vocecita tensa y los ojos grises abiertos de par en par bajo el resplandor de emergencia—. Escuché el trueno.

Maira se arrodilló de golpe, arrebatándole la cuchilla de sastre con una mezcla de horror y ternura desgarradora:

—Quédate detrás de mí, León. Camila, a la esquina del baño. ¡Ya!

Fuera, en el gran salón, el infierno se desató con una violencia quirúrgica.

Alekséi Volkov no disparaba como un soldado asustado; se movía entre las columnas de madera ahumada como una sombra asesina que conocía cada ángulo muerto de su propio laberinto.

El primer asaltante avanzó hacia el corredor principal barriendo con el láser infrarrojo. Alekséi surgió de la penumbra lateral como un tren de carga: con la mano izquierda desvió el cañón del fusil hacia el techo mientras la ráfaga perforaba las molduras de yeso, y con la derecha descargó dos tiros sordos a quemarropa a través del chaleco antibalas, perforando la placa cerámica y quebrando el esternón del hombre antes de dejarlo caer sobre el mármol como un fardo inerte.

El segundo mercenario giró hacia el sonido de los casquillos, pero Alekséi ya no estaba allí.

Utilizó el cuerpo del primer caído como escudo móvil, absorbiendo una lluvia de proyectiles que destrozaron la tela táctica, antes de asomar el cañón de su propia pistola por encima del hombro del cadáver y disparar con una precisión sobrehumana directo a la visera del casco del atacante. El vidrio blindado se astilló en una telaraña roja, y el segundo hombre cayó de espaldas contra la mesa de granito de la cocina, derribando el molinillo de café que Maira había estado usando horas antes.

El olor a pólvora quemada, ozono y sangre fresca invadió el ático, asfixiante y espeso.

Desde el hueco humeante del ascensor, el tercer hombre —un operativo de mayor envergadura con el distintivo del clan Romanov cosido al hombro— comprendió que el asalto frontal estaba perdido.

En lugar de encarar al Pakhan, el mercenario vio la puerta entornada del pasillo este. Con un movimiento desesperado, arrojó una granada aturdidora hacia la alfombra y se lanzó hacia el dormitorio donde Maira custodiaba a su hijo.

—¡Atrás! —rugió la voz del hombre en ruso, pateando la hoja de madera para ganar acceso al refugio.

Maira no gritó. No se encogió en el suelo ni esperó a que el acero ajeno decidiera la suerte de su sangre.

En la fracción de segundo en que el mercenario cruzó el umbral con el rifle apuntando al rincón, la ingeniera textil actuó con la velocidad que le daba haber dominado la tensión de las máquinas industriales durante diez años: aferró el extremo de una pesada cortina de paño ignífugo y lana virgen de cuatro metros de caída que cubría el ventanal interior y tiró con todo el peso de su cuerpo hacia abajo.

La riel de acero cedió con un chasquido brutal, arrojando más de treinta kilos de tejido denso y pesado directamente sobre la cabeza y el arma del atacante, cegándolo y enredando sus brazos en una trampa de pliegues asfixiantes.

El hombre soltó una maldición ahogada, tambaleándose hacia atrás mientras intentaba liberar el cañón del arma.

Ese segundo fue todo lo que Alekséi necesitó.

El ruso cruzó el umbral como una ráfaga negra. Atrapó al mercenario por la nuca a través de la tela de la cortina, lo levantó en vilo del suelo con la fuerza de un titán desquiciado y estrelló su cráneo contra el marco de acero de la puerta con un impacto seco y demoledor que apagó la resistencia del hombre al instante.

El atacante se desplomó inconsciente sobre el suelo del pasillo.

El silencio que cayó de golpe sobre el ático fue monumental, roto únicamente por el siseo del humo disipándose y el jadeo ronco y violento de Alekséi.

El Pakhan permaneció de pie en el umbral, con la pistola todavía humeante en la mano derecha, la camisa negra desgarrada en el hombro por el roce de un proyectil y un reguero de sangre oscura bajándole por el pómulo izquierdo donde una esquirla de cerámica lo había alcanzado. Parecía un demonio salido del fango de una trinchera, con el pecho ensanchado por la adrenalina pura y los ojos grises dilatados en una ferocidad salvaje que aterraba a cualquiera.

Despacio, Alekséi levantó la cabeza y miró hacia el interior de la habitación.

Allí estaba Maira.

Tenía las manos rozadas por el tirón de la cortina, el cabello azabache revuelto sobre los hombros y el pecho subiendo y bajando en respiraciones cortas y ardientes. Detrás de ella, pegado a sus piernas, León sostenía la pequeña cadenita con el grano de café que se le había caído a su madre durante el forcejeo, con sus dos ojos de hielo fijos en el hombre que acababa de masacrar a tres hombres para defenderlos.

Alekséi bajó lentamente el arma. Sus pupilas desorbitadas barrieron el cuerpo de Maira buscando heridas, sangre ajena o signos de daño.

—¿Están bien? —la voz del ruso salió como un crujido de piedras trituradas, áspera y temblorosa por una angustia que no supo esconder.

Maira respiró hondo, tragándose el temblor de sus rodillas. No miró los cadáveres en el pasillo; clavó sus ojos oscuros en la sangre que manchaba la cara de Alekséi y dio dos pasos firmes hacia él, deteniéndose a escasos centímetros de su respiración caliente:

—Estamos vivos, Volkov. Porque en esta familia nadie se queda esperando a que otro dispare.

Un destello de asombro y adoración casi devota cruzó el rostro del gigante ruso. Dejó caer el arma al suelo con un chasquido sordo, extendió su mano ensangrentada y, con una delicadeza infinita, rozó con el dorso de los nudillos la mejilla caliente de Maira, comprobando que su piel seguía intacta:

—Eres de hierro puro, ptichka... —susurró él, cerrando los ojos por una milésima de segundo para saborear que seguían respirando.

La radio de su cintura crepitó de pronto. La voz de Dmitri cortó la penumbra con una claridad triunfal:

—¡Pakhan! El taller de Water Street está a salvo. El sistema de extinción interno sofocó los focos en el tejado antes de que tocaran las máquinas. Neutralizamos a las dos células de apoyo... y capturamos la furgoneta de enlace de Viktoria.

Alekséi abrió los ojos, clavándolos en el horizonte nocturno más allá de los ventanales blindados con una frialdad que heló el ambiente:

—¿Dónde está ella, Dmitri?

—Acaba de subir al helipuerto del edificio de telecomunicaciones en la calle cincuenta y dos —respondió el lugarteniente—. Tiene un helicóptero privado con matrícula suiza despegando en diez minutos para sacarla hacia Canadá.

Alekséi retiró la mano del rostro de Maira, pero antes de que pudiera dar un solo paso hacia el pasillo, unos dedos pequeños y firmes se cerraron alrededor de su muñeca derecha.

Alekséi bajó la vista.

León lo miraba desde abajo. El niño no le temía a la sangre en su camisa ni a la sombra de muerte que envolvía al gigante. Con una seriedad marcial, León levantó la mano y le ofreció la cadenita de platino con la cápsula de resina:

—Toma, lobo —dijo el pequeño con voz firme—. Mi mamá dice que esto da fuerza para no perderse en la tormenta.

Alekséi se quedó paralizado.

Sintió que el corazón le daba un vuelco tan violento que le dolió en las costillas. Se arrodilló despacio sobre el mármol manchado de pólvora, tomó la pequeña joya de las manos del niño y cerró los dedos con una veneración infinita, levantando la mirada hacia Maira, que lo observaba con una intensidad que ya no guardaba rencor:

—No voy a tardar —prometió Alekséi, mirando a ambos como quien jura lealtad ante su único altar—. Y cuando vuelva... nadie en este mundo volverá a encender un fósforo cerca de su casa.

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julliana bard
Excelente capitulo!!!🥰🥰
Elizabeth Mendez Leon
👏La encontró y a su niño, ahora que?????
Elizabeth Mendez Leon
Excelente inicio 👏
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