Ethan Ashford tiene veinte años, un tío empeñado en casarlo cuanto antes y una lista interminable de pretendientes ricos, educados… e insoportables.
Para librarse de la presión, se le ocurre una broma: inventar a un prometido imposible de investigar. Un alfa extranjero. Un capitán de la Fuerza Aérea de Corea del Sur. Un tal Kang Min-Jae que jamás podría presentarse en Ravenshire.
Una noche, sin pensarlo, Ethan le escribe una carta. Cuatro páginas de confesiones, quejas y sueños que nunca le ha contado a nadie. Y, por capricho, la envía.
Lo que Ethan no sabe es que, en una base aérea de Seúl, existe un hombre llamado Kang Min-Jae. Que la carta llegó a sus manos. Y que no puede dejar de leerla.
Carta tras carta, entre el humor, la soledad y una sinceridad que no se atreve a mostrar de frente, Ethan se enamora de alguien que cree que no existe. Y Min-Jae, que lleva meses guardando cada sobre en un cajón, se enamora de un desconocido al que no sabe cómo responder.
Hasta que una misión militar lo trae a la ciudad de las cartas, a pocas calles de una florería.
¿Qué pasa cuando el destinatario imaginario resulta ser real? ¿Y cuando la verdad hiere más que cualquier mentira?
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Capítulo 9 — La carta que nunca debió existir
La lluvia caía sobre Seúl esa noche.
Pequeñas gotas resbalaban por la ventana del departamento de Kang Min-Jae mientras él seguía sentado frente a la mesa de la sala.
Las cartas de Ethan estaban esparcidas delante de él.
Todas.
Desde la primera.
Se había prometido a sí mismo que no haría aquello.
Que mantendría la distancia.
Que seguiría limitándose a leer.
Pero estaba fallando miserablemente.
Porque Ethan ya no era solo un desconocido.
No en su mente.
No en su corazón.
Min-Jae conocía sus miedos.
Sus sueños.
Su terquedad.
Su humor sarcástico.
Su amor por las flores.
Y la manera en que intentaba esconder su tristeza detrás de las bromas.
Quizá no conociera su rostro.
Pero conocía partes de su alma.
Y eso era peligroso.
Muy peligroso.
Sobre la mesa había una hoja en blanco.
Un bolígrafo.
Y una decisión.
Por primera vez, Min-Jae comenzó a escribir.
Querido Ethan...
La punta del bolígrafo se detuvo al instante.
Se quedó mirando esas palabras.
El corazón se le aceleró.
Le parecía incorrecto.
Porque Ethan creía que él no existía.
Aquellas cartas nunca se habían escrito esperando una respuesta.
Nunca se habían escrito para iniciar una conversación real.
Y aun así...
Min-Jae continuó.
Probablemente te sorprenderías si supieras que estoy leyendo esto.
Soltó una pequeña risa.
—Eso sería quedarse corto.
Siguió escribiendo.
Habló de los vuelos.
De la ciudad.
Del cielo visto por encima de las nubes.
De cuánto admiraba la sinceridad de Ethan.
Y de cómo sus cartas hacían los días más ligeros.
Al terminar, se quedó contemplando la hoja.
Durante mucho tiempo.
Luego dobló el papel.
Lo guardó en un cajón.
Sin sobre.
Sin sello.
Sin dirección.
Porque todavía no tenía el valor de enviarlo.
En Britania, la situación de Ethan se estaba complicando.
Esa mañana, Arthur Ashford lo llamó a su despacho.
Lo cual nunca era buena señal.
—Siéntate.
—Ya estoy preocupado.
—Ethan.
—Está bien.
El joven se sentó frente a la mesa.
El tío parecía serio.
Muy serio.
—Tenemos que hablar de tu futuro.
—Odio cuando empiezas las frases así.
Arthur ignoró el comentario.
—Oliver Bennett hizo una solicitud formal.
La sonrisa desapareció del rostro de Ethan.
—¿Qué?
—Pidió autorización para cortejarte oficialmente.
El silencio llenó el despacho.
Ethan se quedó inmóvil.
Sintiendo que el estómago se le hundía.
—¿Aceptaste?
Arthur tardó unos segundos en responder.
—Le dije que antes hablaría contigo.
Eso debería haber sido un consuelo.
Pero no lo fue.
Porque la sola posibilidad ya resultaba sofocante.
—No quiero.
—Ethan...
—No quiero.
—Es un buen alfa.
—Quizá.
—Respetable.
—Quizá.
—Educado.
—Quizá.
Arthur suspiró.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Ethan abrió la boca.
Pero no salió ninguna respuesta.
Porque ni él mismo sabía explicarlo.
Oliver de verdad parecía una buena persona.
Pero su corazón seguía vacío.
Completamente vacío.
Como si estuviera esperando algo.
O a alguien.
Más tarde, sentado a solas en el invernadero, Ethan empezó otra carta.
Quizá la decimoquinta.
Quizá la decimosexta.
Ya había perdido la cuenta.
Querido capitán Kang Min-Jae,
La pluma vaciló.
Luego continuó.
Hoy mi tío me dijo que un alfa quiere cortejarme oficialmente.
Las palabras parecían pesadas.
Mucho más de lo que había imaginado.
Debería estar feliz.
Hizo una pausa.
Tal vez esté roto.
Miró la frase.
Luego la tachó.
No le gustaba.
No le parecía correcta.
Empezó de nuevo.
Tal vez simplemente esté esperando algo que todavía no encuentro.
El viento movía suavemente las flores a su alrededor.
Ethan contempló el jardín.
Pensativo.
Entonces escribió algo que jamás se atrevería a decir en voz alta.
A veces imagino cómo sería hablar contigo de verdad.
Se puso rojo al instante.
—Cielos...
Pero no lo borró.
Porque era verdad.
Ridícula.
Imposible.
Pero verdadera.
Dobló la carta a toda prisa antes de arrepentirse.
Días después, cuando la nueva correspondencia llegó a Corea del Sur, Min-Jae abrió el sobre casi de inmediato.
Se sentó junto a la ventana.
Como siempre.
Y empezó a leer.
Conforme avanzaba por las líneas, su expresión se volvía más seria.
Oliver había pedido cortejar a Ethan.
Eso significaba que las cosas se estaban poniendo más serias.
Más reales.
Más peligrosas.
Entonces llegó a la última parte.
A veces imagino cómo sería hablar contigo de verdad.
Min-Jae se quedó inmóvil.
El corazón se le desbocó.
Lentamente, sus ojos se volvieron hacia el cajón donde estaba guardada la carta que había escrito.
La carta que nunca envió.
La carta que nunca debió existir.
Por primera vez, una pregunta surgió en su mente.
¿Y si respondiera?
¿Y si dijera la verdad?
¿Y si Ethan descubriera que el hombre imaginario era real?
Al otro lado del mundo, Ethan miraba el cielo nocturno a través de la ventana de su cuarto.
Sin saber que, en ese mismo instante, un capitán de la Fuerza Aérea sostenía una de sus cartas contra el pecho.
Y empezaba a considerar una decisión que cambiaría la vida de los dos para siempre.