La vida despreocupada de fiestas y alcohol del universitario Esteban Anderson da un vuelco total cuando una mañana encuentra una bebé en su porche con una nota de despedida. Tras confirmar por ADN que es su hija y comprobar que la madre nunca volverá, Esteban deja atrás los excesos para criarla solo. Entre trabajos de madrugada, clases universitarias y un amor incondicional, bautiza a la pequeña Isabella y descubre que el propósito más grande de su vida era convertirse en su padre.
NovelToon tiene autorización de Migu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 14
El despertador sonó exactamente a las cuatro de la mañana. No con un timbre estridente ni con una melodía alegre, sino con un zumbido seco y constante que cortó la oscuridad de mi habitación como un cuchillo.
Antes de que terminara de emitir el segundo pitido, ya había estirado la mano desde la cama para apagarlo. No me podía dar el lujo de despertar a mis papás ni de perder ni un solo segundo de ventaja. Afuera, el mundo seguía sumergido en una negrura helada y silenciosa; las calles del vecindario dormían profundamente, pero mi rutina diaria, esa máquina implacable de supervivencia, ya se había puesto en marcha.
Me senté en la orilla del colchón, frotándome los ojos con fuerza para espantar el sueño pesado que se aferraba a mis párpados como plomo. Me dolía la espalda, los músculos de los brazos protestaban por el esfuerzo del día anterior en el taller y tenía la boca seca. Sin embargo, no me quedé lamentándome. Me puse de pie a pasitos lentos, caminé con cuidado de no hacer ruido sobre el piso de madera y me acerqué a la cuna.
Isabella dormía profundamente. Su respiración era suave, un ritmo pequeñito y compasivo que llenaba el cuarto de una paz absoluta. Me incliné un poco, le acomodé la cobija azul sobre el pecho y dejé un beso muy suave en su frente tibia.
—Buenos días, princesa... hoy nos toca otro día duro, pero vamos a poder con él —susurré en un tono tan bajo que apenas si lo pude escuchar yo mismo.
Caminé hacia el escritorio de madera, encendí la pequeña lámpara de lectura de luz amarilla y me senté frente a mis libros de texto de la universidad. Eran las cuatro y diez de la mañana. Ese era el único momento del día en el que la casa entera estaba en silencio y podía concentrarme por completo en estudiar las materias que el profesor Benítez me había prohibido seguir en su aula. Abrí el cuaderno de apuntes, tomé un bolígrafo con los dedos entumecidos por el frío y comencé a repasar los conceptos de contabilidad y finanzas. Al principio, las letras se me movían enfrente de los ojos y el cerebro me pedía a gritos que me volviera a acostar. Pero respiré hondo, sacudí la cabeza y me obligué a leer el mismo párrafo tres veces hasta que entendí la fórmula de los costos fijos. Estudiar a las cuatro de la mañana se había convertido en mi única opción para no perder el semestre.
A las seis y media, cuando la claridad comenzaba a teñir de gris el cielo de la ventana, cerré los libros de golpe.
Me metí al baño a toda prisa, me lavé la cara con agua helada para despabilarme por completo y me puse el overol de trabajo. Justo en ese momento, como si tuviera un reloj biológico integrado, el llanto delgado de Isabella comenzó a sonar desde la cuna. Había llegado el turno de cambiar el primer pañal del día, preparar el biberón con la fórmula tibia y calmarla mientras mis papás se terminaban de despertar para echarme una mano con el desayuno express.
A las ocho en punto ya estaba manejando rumbo a la facultad de economía, con la pañalera colgada al hombro y Isabella asegurada en el portabebés contra mi pecho.
Entrar al campus ya no me provocaba el pánico de las primeras semanas. Había aprendido a ignorar las miradas curiosas de los estudiantes en los pasillos y los murmullos de los de primer semestre. Aunque el profesor Benítez me tenía prohibida la entrada a su clase magistral, yo me las ingeniaba para conseguir los apuntes prestados por compañeros buena onda y me sentaba en las bancas del patio central a repasar los temas mientras Isabella dormía plácidamente contra mi corazón. Era una locura malabarista, un equilibrio constante entre ser un estudiante universitario de veintidós años y un padre de tiempo completo, pero de alguna manera empezaba a dominar el caos.
A mediodía, después de terminar las clases de la mañana, no había tiempo para descansar ni para ir a comer con amigos —amigos que, por lo demás, ya no existían en mi vida—. Conducí a toda velocidad hacia el taller mecánico de Martín.
A las doce y media en punto, ya estaba con las manos metidas en grasa hasta los codos, cargando neumáticos pesados, limpiando piezas de motores oxidados y barriendo las virutas de metal del suelo de cemento. El esfuerzo físico era brutal. Para cuando daban las cuatro de la tarde, los músculos de mis hombros ardían de dolor y las manos me temblaban por el cansancio acumulado.
—Ey, Esteban, tómate cinco minutos, muchacho, que no te vas a volver millonario por romperte la espalda en una sola tarde —me gritó Martín desde la oficina del taller, tirándome una botella de agua fría mientras se limpiaba las manos con un trapo sucio.
—Gracias, Martín, pero necesito terminar de revisar este alternador antes de que oscurezca —le respondí con una sonrisa cansada, secándome el sudor de la frente con la manga de la playera.
A las seis de la tarde, con el sueldo de la semana guardado en el bolsillo del pantalón y la ropa apestando a gasolina y aceite, subí al coche de regreso a casa. Pero la jornada estaba lejos de terminar.
Al cruzar la puerta principal, mi mamá me recibió con una sonrisa de alivio y me entregó a Isabella, que ya venía con hambre acumulada. El resto de la noche se convirtió en una carrera contra el tiempo: bañar a la pequeña, preparar la leche, lavar los biberones sucios, calentar la cena que mi mamá había dejado guardada en el microondas y revisar un par de tareas pendientes antes de que dieran las diez de la noche.
Y cuando por fin la casa se quedaba a oscuras y el silencio volvía a reinar, la rutina me regalaba su capítulo más difícil.
A la medianoche, Isabella despertaba con cólicos o fiebre repentina por la salida de sus primeros dientes. Me tocaba levantarme de la cama a oscuras, cargarla en brazos y caminar en círculos por la habitación durante horas, cantándole canciones suaves en voz baja mientras me dolían hasta los huesos del puro agotamiento.
Esa noche, mientras la mecía pegada a mi pecho a las dos de la mañana, sintiendo su respiración tranquila contra mi pijama, me detuve un segundo frente al espejo de la pared. Me vi el reflejo: ojeras profundas que parecían marcas permanentes, el rostro demacrado, el cabello revuelto y una apariencia de cansancio extremo que asustaba a cualquiera.
Cualquiera pensaría que estaba al borde del colapso, que mi vida se había convertido en una prisión insoportable de pañales, deudas, trabajo pesado y libros de texto a las cuatro de la mañana. Y tenían razón en parte; el agotamiento físico era tan brutal que a veces sentía que las piernas se me doblaban del cansancio.
Pero al mirar a Isabella, que abrió los ojitos un segundo para buscarme antes de volverse a dormir profundamente, sentí algo completamente distinto dentro del pecho.
Ya no había miedo. Ya no había dudas. Mi voluntad, que antes era de cristal y se rompía con cualquier fiesta de fin de semana, se había transformado en una pieza de acero puro templado a base de golpes, sudor y amor incondicional.
Apreté con suavidad su cuerpecito contra el mío y le susurré al oído:
—No importa lo cansado que esté, mi amor... por ti voy a llegar hasta el final del mundo.
Afuera, la madrugada seguía fría y oscura, pero dentro de mi pecho brillaba una fuerza indomable que ni el cansancio más hondo iba a poder apagar jamás.