Un amor del pasado. Un secreto doloroso. Y una voz que necesita ser escuchada.
Para el mundo criminal, Matteo Vitale es «El Lobo de Roma»: un capo despiadado, frío y sin corazón. Pero tras las puertas de su mansión, Matteo es solo un padre desesperado por proteger a Leo, su pequeño de siete años. Marcado por una traición desgarradora y traumatizado por los maltratos de su verdadera madre, el niño ha quedado sumido en un silencio absoluto y solo confía en Matteo.
Matteo juró no volver a abrir su corazón a nadie, hasta que Chiara Romano regresa a Italia tras diez años de ausencia.
Chiara ya no es la jovencita que él recordaba; ahora es una mujer independiente, experta en armamento, segura de sus curvas y con un espíritu vibrante que no se deja intimidar por la mafia. Sin lástima ni presiones, su calidez y su risa comienzan a derribar las defensas del pequeño Leo y a desafiar la armadura de hielo de Matteo.
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Capítulo 9: El domingo en la fortaleza del Lobo
El sol de la tarde caía sobre las colinas de Roma, bañando de un dorado cálido los olivares y la imponente fachada de piedra de la villa Vitale. La propiedad era una verdadera fortaleza: muros altos, cámaras discretas y guardias armados que se mimetizaban entre la vegetación. Sin embargo, detrás de esa fachada impenetrable, los jardines respiraban un aire de calma casi irreal.
Un sedán negro cruzó los portones principales y se detuvo frente a la escalinata de la entrada. La puerta se abrió y Chiara descendió con una soltura que contrastaba de inmediato con la rigidez del lugar. Vestía un vestido de punto en tono terracota, ajustado pero cómodo, que abrazaba cada una de sus curvas con elegancia natural mientras la tela caía suavemente hasta sus pantorrillas. Tenía el cabello recogido en un moño desenfadado y, bajo el brazo, sostenía un paquete cuidadosamente envuelto en papel craft: un juego artesanal de herramientas de madera y engranajes mecánicos infantiles que había tardado dos días en conseguir.
Desde la terraza superior, con un vaso de whisky en la mano que ni siquiera había probado, Matteo la observaba.
El Capo apretó la mandíbula al verla avanzar por el sendero. Había pasado las últimas cuarenta y ocho horas repitiéndose que Chiara Romano no era más que una intrusa, una distracción peligrosa que su padre había invitado de forma irresponsable. Pero al ver cómo la luz del sol resaltaba la calidez de su piel y la forma en que el vestido dibujaba su silueta a cada paso, un pensamiento invasivo le atravesó la mente. Matteo se obligó a endurecer la faz, intentando aferrarse a la frialdad que lo había mantenido a salvo durante años, aunque los ojos se le clavaron en ella con una intensidad posesiva que no pudo disimular.
Abajo, en la galería abierta hacia el jardín, Alonzo conversaba en voz baja con su esposa, la Sra. Stella. La matriarca de los Vitale, una mujer de mirada perspicaz y porte elegante, mantenía la vista fija en los rosales hasta que un ruido dentro de la casa interrumpió la paz del patio.
El sonido de pasos apresurados resonó contra el mármol del salón.
Leo, que jamás corría en presencia de visitas y que solía buscar los rincones más oscuros de la villa cuando escuchaba llegar un auto, cruzó el ventanal de la sala a toda velocidad. En su afán por salir al jardín, el pequeño ni siquiera miró hacia los lados y terminó tropezando suavemente contra las piernas de sus abuelos.
—¡Por Dios, Leo! —exclamó la Sra. Stella, tomándolo por los hombros antes de que el niño perdiera el equilibrio.
La sorpresa de la matriarca fue absoluta. El pequeño no mostraba signos de pánico ni de la rigidez habitual que lo invadía ante cualquier alteración en su rutina. Leo apenas se detuvo un segundo para recuperar la firmeza y, zafándose del agarre de su abuela con una prisa inédita, corrió directamente hacia el centro del césped, deteniéndose a solo dos metros de donde Chiara terminaba de subir el último escalón del jardín.
Los guardias de la entrada y el propio Edans, que supervisaba la seguridad desde una esquina del patio, se quedaron petrificados. Jamás en siete años habían visto al único heredero de la familia romper su aislamiento para salir al encuentro de alguien fuera de su círculo más íntimo.
Chiara se detuvo al verlo. Su rostro, que traía marcada una seriedad contenida por los secretos que su madre le había confesado la noche anterior, se transformó al instante. Una sonrisa luminosa y sincera se dibujó en sus labios.
—Hola, pequeño gran mecánico —musitó Chiara en voz baja, agachándose despacio hasta quedar a la altura de sus ojos, sin intentar tocarlo ni abalanzarse sobre él—. Mira lo que traje para ti.
Leo clavó sus grandes ojos oscuros en el paquete. Dio dos pasos vacilantes hacia adelante, recortando la distancia por voluntad propia hasta quedar al lado de las rodillas de Chiara.
A unos metros de distancia, en la galería, la Sra. Stella no salía de su asombro. Observó la escena con la mano presionada contra el pecho y los ojos entornados por la conmoción.
—¿Y eso? —preguntó la matriarca en un susurro cargado de desconcierto, mirando a su esposo—. ¿Quién es esa mujer y por qué Leo reacciona así con ella?
Alonzo dejó escapar una leve sonrisa de satisfacción, apreciando el impacto que la escena estaba causando en todos.
—Por lo visto llegó nuestra invitada, Stella —respondió el viejo patriarca con tranquilidad, ajustándose la chaqueta del traje—. Es la pequeña Chiara, la hija menor de Giordano Romano quien creció y mucho ¿viste? . Y te aseguro que te agradará.
La Sra. Stella entornó la mirada, recordando con amargura los años oscuros que habían marcado a su familia y la sombra que casi destruye a su nieto.
—Mientras no sea como la zorra esa... —murmuró Stella con frialdad, haciendo una clara e inequívoca referencia a la madre de Leo, aquella mujer que casi acaba con la vida del pequeño antes de desaparecer para siempre.
—Créeme, querida —intervino Alonzo con firmeza—. No se parece en nada a ella.
Mientras tanto, Matteo bajó las escaleras de la terraza con pasos pesados, rompiendo la tensión del patio con su sola presencia. Su figura imponente proyectó una sombra sobre Chiara y el niño justo cuando ella terminaba de retirar el envoltorio del regalo.
—Romano —dijo Matteo, con esa voz profunda y grave que parecía retumbar en el aire—. Veo que no sabes lo que significa la puntualidad. Te esperábamos hace quince minutos.
Chiara levantó la cabeza despacio, sin levantarse del suelo. La noche anterior había sentido un nudo de dolor al enterarse del infierno que Matteo y su hijo habían atravesado en el pasado, y por un segundo, al mirar los ojos grises del Capo, una chispa de empatía absoluta cruzó por su mirada. Pero no estaba dispuesta a dejarse pisotear ni a mostrarse vulnerable frente a su coraza de piedra.
—El tráfico en las colinas es complicado, Vitale —respondió ella, poniéndose de pie con una elegancia pausada que hizo que el vestido de punto se reajustara a sus caderas, arrancándole a Matteo un leve apretón de mandíbula—. Y además, alguien aquí tenía prisa por saludarme, a diferencia de ti.
Leo, ajeno a la tensión entre los dos adultos, ya había abierto la caja de madera y examinaba los engranajes con una fascinación silenciosa, hincado en el césped justo al lado de las sandalias de Chiara.
Matteo miró a su hijo en el suelo y luego volvió a fijar sus ojos en Chiara. Había un fuego peligroso en el ambiente, un choque de voluntades entre el hombre que intentaba mantener sus muros en pie y la mujer que, sin pedir permiso, acababa de entrar al corazón de su fortaleza.
Edans te soltó la bomba 💣💣💣 Vanessa sin filtro ahora veremos que le dirás 🤔🤔🤔❓❓❓
Ahora sí viene la fiesta de compromiso de Chiara y Matteo por fin.
Matteo ahora después de esa confesión te liberaste porque Chiara no se asustó sino que te respaldó por lo que hiciste.